Imprimir
Inicio » Noticias, Sociedad  »

Oscar Loyola: Un historiador sin imaginación es un “datólogo”

En este artículo: Cuba, Educación, Historia, obituario
| 22 |
Oscar Loyola. Foto: Trabajadores

Oscar Loyola. Foto: Trabajadores

El pasado viernes 5 de septiembre falleció en La Habana, víctima de un accidente de tránsito, el doctor Oscar Loyola Vega, destacado pedagogo e historiador cubano, profesor de la facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana. El impacto de su personalidad, su pasión por la épica cubana y la fluidez de sus intercambios con el estudiantado, marcaron su impronta y presencia irrepetible, en quienes tuvieron la dicha de ser sus alumnos, sus compañeros, y sus lectores.

Poco antes de este infausto suceso, dos jóvenes ex alumnos del Dr. Loyola, Reinier Borrego Moreno y Fabio E. Fernández Batista, sin imaginar el desenlace que se avecinaba, lograron entrevistar a quien en una modestia proverbial, evitaba la publicidad. Ante la infausta noticia, ambos decidieron socializarla, a través del Instituto de Historia de Cuba. Sea este, un sincero homenaje de sus estudiantes y colegas historiadores.

Una vida en la Historia

Entrevista al Dr. Oscar Loyola Vega. Doctor en Ciencias Históricas. Profesor Titular de la Facultad de Filosofía e Historia  de la Universidad de La Habana.

Por: Lic. Reinier Borrego Moreno y Lic. Fabio E. Fernández Batista

Una buena parte de su laboreo profesional ha transcurrido en las aulas de la Universidad de La Habana. ¿Cuánto de su formación humana e intelectual debe el Dr. Oscar Loyola al ejercicio docente que por décadas ha desempeñado en tan prestigiosa Casa de Estudios?

Yo di mi primera clase a los trece años de edad, estaba en octavo grado. No había profesores para séptimo, yo conocía a todo el mundo y descaradamente me atreví a hacerlo. En la primera clase que di descubrí que iba a ser profesor. En esa primera clase, fue maravilloso. Saber uno que va a ser profesor a los trece años. O sea, saber uno que ya tiene una profesión en la vida. No sabía de qué iba a dar clase pero sabía que iba a dar clase. Creo que todo lo que yo he logrado en la vida -estoy satisfecho, dado los problemas de mi generación, con lo que he logrado-, todo lo he logrado gracias al hecho de trabajar como profesor de la Universidad de La Habana.

Estar constantemente al día con los estudiantes, estar discutiendo con diferentes generaciones, ver cómo han ido cambiando de una manera de pensar y asumir el mundo a otra manera de verlo. Ver como se han ido distanciando de mí en la misma medida que yo he ido cumpliendo años, e iba pasando de los 25 a los 30, de los 35 a los 40. El estar en constante discusión con mis compañeros ha sido para mí fundamental. Yo no hubiera sido el Oscar Loyola que soy si hubiera estado en otro lugar que no fuera en la Universidad de La Habana.

¿Qué criterios han determinado su trabajo profesoral en la formación de nuevas generaciones de historiadores?

Bueno, hay un viejo refrán que dice que cada maestro tiene su librito. Yo diría dos cosas necesarias para mantenerse con un mínimo de éxito en este trabajo. En primer lugar, no considerar jamás que uno tiene la verdad en la mano. Considerar que el estudiante, hasta el estudiante más aparentemente pobre en ideas que uno tenga, tiene derecho a tener un enfoque diferente al mío, y aceptarlo.

Tuve un alumno una vez que en un trabajo de pensamiento cubano, hizo, y me lo había comunicado, un trabajo para destruir la figura de Félix Varela, que es un mito nacional. Hizo un trabajo terrible en el plano afectivo de todos nosotros con Varela y fabuloso en el plano del análisis con la misma información que existe, y a mí me pareció que aquello era un trabajo excelente de cinco puntos que yo nunca hubiera hecho, pero él lo hizo. Trabajó enormemente y eso creo que es importante.

O sea, mis criterios fundamentales han sido dos. El primero, admitir cierta pluralidad general en el alumnado, en el derecho al alumno en expresarse y en pensar distinto a mí. Yo no tengo la verdad en la mano. Y por otro lado, algo que me parece que es elemental: el respeto a toda inquietud que el alumno tenga.

El estudiante viene a la universidad para tener inquietudes. No viene, es mi criterio a estas alturas de mi vida, a aprehender la manera en la que el profesor piensa. El viene a tener inquietudes. Entonces usted tiene que respetarles las inquietudes al muchacho y tiene que hacer otra cosa: impulsarlas si no las tiene. Tratar que el estudiante se vaya de aquí con criterios personales que la vida le puede enmendar o que le puede reafirmar. Sea quien sea el profesor, debe respetar la pluralidad de opiniones. Eso no obsta para que usted transmita un conocimiento. Pero ese conocimiento no debe ser aprendido a pie juntilla por el alumno, debe ser reprocesado por el estudiante.

Ello implicaría potenciar la capacidad de análisis en los estudiantes. Teniendo en cuenta nuestras problemáticas, ¿cuánto de provechoso puede ser ello para la sociedad cubana actual?

La historia es como ustedes saben, la más antigua de las ramas del saber. Es muy densa, es muy sólida y no tiene, es mi criterio, una tradición como otras ramas que han tenido –digamos la filosofía-, amplia discusión plural. Hoy por hoy se utilizan mucho las expresiones otredad, pluralidad, que me parecen muy buenas. Yo creo que una buena enseñanza de la Historia a lo que tiene que tender no es a una acumulación del saber que se puede encontrar en el mundo contemporáneo en cualquier base de datos. Eso no es necesario.  A lo que tiene que tender es a que el ser humano comprenda su lugar en una sociedad concreta.

Nadie vive en abstracto. Vive en una sociedad, en un medio geográfico con características socioeconómicas, con características de identidad, con características de tipología nacional, distinta a la de otros conglomerados humanos. El historiador lo que tiene que aprender como simple ser social es a ser un habitante de su momento histórico, del lugar en el que vive y responder a sus problemas. Sería absolutamente tonto considerar que alguien desde nuestra nación se especializara en el Medioevo de la Polinesia, si es que existe esta temática, dándole la espalda a la cantidad de problemas que la nación cubana ha tenido siempre y que para ser mejores habría que responder. Eso no se logra con una acumulación verbalista del conocimiento.

Por supuesto, un estudiante de Historia tiene que saber qué pasó en la antigua Grecia. Pero ya desde la época de José Martí se había detectado muy bien que hace mucho más falta el conocimiento de la “Grecia” en la que uno vive, que la Grecia Clásica, necesaria para él. A veces desde Cuba el estudiante no entiende que un estudiante europeo, apenas estudia Historia Antigua o Medieval, para ellos esa es historia nacional. O sea, las asunciones son diferentes. Luego las divisiones son diferentes. Las crea el hombre, por lo tanto, es el hombre quien tiene que dinamitar todas esas divisiones.

Mientras más se logre que el estudiante de Historia se ubique en lo que pueda ser la sociedad como tal, mejor historiador será, creo yo.

¿Cuáles cree usted que sean los elementos fundamentales que deban regir la actividad docente en el campo de la Historia? ¿Usted considera que en este campo son subvalorados los docentes?

Bueno, yo pienso –aquí insisto en que cada cual tiene sus ideas- después de varias décadas en el ejercicio de la profesión que un docente de Historia no es cualquier docente. Yo no quisiera ofender a nadie, a ninguna otra rama del saber, pero es un poco difícil apasionarse enseñando el subjuntivo en una lengua extranjera y es muy difícil no apasionarse sabiendo que un joven de 23 años llamado Frank País, que toca el Órgano en una Iglesia, se encomienda a su Dios, besa a la novia y se va a dirigir una revolución en toda una provincia cubana de más de dos millones de habitantes. Es difícil no emocionarse con eso.

Yo pienso que lo primero que tiene que tener un profesor de Historia es un determinado apasionamiento por lo que enseña. Puede que el profesor de ecuaciones algebraicas no se tenga que apasionar con una ecuación. Pero el profesor de Historia tiene necesariamente que vivir la Historia que enseña. Si usted no la pasa por sus venas y la transmite con toda su fuerza, no podrá usar todos los hierros históricos.

Sé que una gran parte de mis compañeros podrían no estar de acuerdo conmigo. Pienso que otra cosa que es fundamental en la actividad docente de la Historia -está muy relacionada a cosas que ya se hablaron- es tratar de evitar el unanimismo. Cada ser humano pasa la Historia por sí y, al pasarla por sí, hay que aceptarle que tenga elementos que se distancien de otras personas.

Ahora bien, el final de lo añadido. En el gremio de los historiadores no me atrevo a hablar de otros gremios, la profesión de enseñar Historia no es excesivamente respetada. Es extraordinariamente respetado tener cinco libros, noventa y nueve artículos o setenta y tres ensayos. Pero no el haber contribuido a formar a todos los que escribieron los cinco libros o los ensayos referidos.

El poder hacer uno como profesor una lista de los éxitos de los alumnos de uno, no se puede exhibir como parte del currículo de un profesor de historia. Entonces resulta ser que un historiador que trabaja en un centro de investigación y en cuarenta años de vida profesional hizo tres libros, puede gozar –cuarenta años tres libros, a trece años y medio por libro, a ocho horas diarias- dé más prestigio que un profesor que impartió diez horas de clase a la semana durante cuarenta años y que tiene cincuenta y cinco doctores formados por él, en la calle. Eso es una cosa muy dura que limita el prestigio del profesor, que no es valorado para determinadas corporaciones históricas. O sea, la obra de la formación en el aula no es valorada en la misma dimensión que la obra puesta por escrito.

Luego se da el caso de personas que son historiadores de ramas muy particulares poco leídas y que nadie conoce y que tienen más rango otorgado de manera oficial que las personas que se han pasado la vida formando a otras personas. Esa es una realidad que atravesamos todos los docentes de la historia y que simplemente hay que aceptarla o no aceptarla.

En tal sentido, ¿cuáles –piensa usted- puedan ser las consecuencias de la subvaloración del docente de la historia?

Sobre todo este fenómeno tiene un impacto en la propia docencia. Usted no anda por la vida diciendo este año les di clase a cincuenta y nueve personas, sino que usted puede decir, este año publique dos artículos. El joven que empieza a trabajar o la persona que se interesa por la historia, trata, desde hace tiempo, por múltiples razones y no solo por esta, de derivar hacia centros de investigación donde logre dejar una producción escrita que le permita cierta notoriedad en el gremio.

Esto no es igual en todo el mundo, en otros países es más valorado que en Cuba el acto de enseñar. Entonces nuestro país tiene una cantidad enorme de profesores, miles de profesores que enseñan historia en varios niveles escolares, que son tremendamente necesarios para hacer avanzar la historia, pero que nunca van a escribir libros ni a publicar artículos en las distintas provincias en las que viven. Luego, muchos de los estudiantes formados en universidades pedagógicas tratan rápidamente de derivar hacia una comisión de historia o hacia un museíto local donde puedan empezar a escribir, subvalorando el acto de la enseñanza. Entonces usted se encuentra en muchos casos, que excelentes profesores en función hace unos treinta, veinte o diez años, se encuentran hoy en centros de investigación y ya no continúan su labor docente.

En la actualidad, los historiadores tienen que desarrollar su profesión en un mundo signado por la acción hegemónica de los medios de comunicación; ¿Qué retos  les ha planteado al profesional de la Historia, y en especial al ejercicio docente, el actual escenario mediático?

Lo primero que se impone es que los historiadores tienen que cambiar su propia mentalidad. Como todo el mundo sabe, al menos en el gremio, la historia es una rama del saber extraordinariamente vieja en comparación con la nanotecnología. Al historiador le cuesta un trabajo enorme cambiar, y dejar de hacer el papelito, la anotación, etc., etc. El historiador puede y debe aprovechar en su favor muchas herramientas de las nuevas tecnologías y los medios de comunicación.

Asimismo, los programas de divulgación histórica tienen que ser más atractivos. Es un poco difícil -es mi valoración- trabajar ocho horas al día, vivir no solo las dificultades que se viven en Cuba, vivir las dificultades de la contemporaneidad, llegar a tu casa, realizar en ella las labores cotidianas, sentarte a descansar frente a ese habitante fundamental del hogar que es el televisor y ver un programa de historia que sea un enjundioso análisis sobre la problemática de las clases sociales en el capitalismo. Esto, dicho con palabras contemporáneas, no tiene salida de mercado. El historiador tiene que aprender que el mercado existe.

Tiene que aprender como “vender” mejor su producto. Aunque le parezca que esto es ceder, esto no es más nada que adaptarse a los tiempos que se viven. La literatura dio un gran salto con Honoré de Balzac en Francia en la primera mitad del siglo XIX, pero Balzac escribía atando las cuartillas en folletines, luego esos folletines se compilaron y ahí están sus novelas. Pero si el hombre hubiera seguido con el método clásico, no hubiera hecho avanzar la literatura como la hizo avanzar. Esto hay que tenerlo en cuenta.

Existen los medios de comunicación actuales y el historiador muchas veces no los aprovecha en la medida que debiera. Cuando los utiliza lo hace en ocasiones de una manera clásica, para dar la misma disertación que daría en un congreso de historiadores. No obstante, vale reconocer el éxito que han tenido en Cuba programas como Fotogramas o Pasaje a lo desconocido, que proyectan documentales realizados fuera de la isla, con un impactante nivel histórico, pero en los cuales las problemáticas fundamentales están en ocasiones trabajadas de una manera completamente diferente a como dentro del patio, en este país, se analiza.

De ahí que lo primero, para resumir, que tendría que hacer un historiador es cambiar un poco su cabeza. Entender que el mundo avanza y utilizar una serie de reglas que le permitirían enormemente difundir mejor su producto.

En su caso, la creatividad ha resultado ser una poderosa herramienta de atracción y divulgación histórica. ¿En qué medida la imaginación histórica puede complementar o limitar el trabajo científico del historiador?

Bueno, a riesgo de ser fusilado por la mitad del gremio, y, expulsado del mismo sino fusilado por las tres cuartas partes del resto de la mitad; me atrevo a decir que la historia no existe con independencia de mis sentidos. El historiador construye la historia. Y si la construye, lo hace de manera subjetiva, y al construirla de manera subjetiva la imagina. La imaginación es fundamental para un historiador. Un gran sociólogo escribió un libro esencial, La imaginación sociológica. Sería imprescindible uno sobre imaginación histórica.

El historiador que no eche mano a sus recursos mentales en la creación de un proceso, se puede convertir en un “datólogo”, un recuperador de datos, con una enfermedad total para encontrar datos y datos y datos. No obstante, esa persona podría no saber nunca que pasó realmente en la sociedad que estudia. El historiador tiene que relacionar con su imaginación, con pleno conocimiento de la historia, pero también con imaginación, toda la información dispersa e incluso aparentemente inconexa que existe en el decurso histórico. Si es que existe un decurso histórico –eso sería otra discusión- y no es el historiador el que lo crea.

Su trabajo profesoral no ha estado limitado a la enseñanza superior.  Usted ha colaborado, junto a otros historiadores, en la escritura de varios libros y proyectos docentes para la enseñanza preuniversitaria. En este sentido; ¿qué opinión le merece la enseñanza de la Historia en los niveles preuniversitarios? ¿Qué cambios en ella promovería?

De todas las preguntas realizadas hasta ahora, esta es para mí la más difícil. Como profesor universitario recibo el producto del trabajo en la enseñanza anterior. No puedo hacer otra cosa que actuar sobre la base de lo que allí se hizo. Yo no trabajo en preuniversitario, no debería juzgar esto; pero como recibo el producto del trabajo de pre, como maestro, como padre y como ciudadano de este país, puedo tener una opinión desde hace mucho de aquello.

Si me lo permitieran, todo el trabajo que yo cambiaria de pre no es de la Historia como materia, sino del profesor de Historia, simplemente. Con un profesor formado correctamente y con ganas de instruir, a pesar de los escasos recursos, la enseñanza de la historia en los niveles preuniversitarios cambiaría muchísimo. El maestro es una pieza fundamental e irremplazable del sistema de educación. El maestro puede y debe lograr que la historia sea una materia querida. Es inconcebible que lo que nos explica quienes somos, no produzca en nosotros apasionamiento y sí lo provoque un teorema geométrico.

Hablando un poco de las características de su laboreo con la Historia. En varios de sus trabajos y en sus clases, la figura histórica nos parece invocada desde una profunda concepción personal. ¿Cuánto de vida le hace falta al discurso histórico de una nación?

Siempre he pensado que cada figura y proceso histórico, es una figura para y un proceso para. Ello quiere decir para un estudioso. O sea, hay un estudioso que se acerca a cada figura y proceso histórico y los asimila para sí. Por lo tanto, a toda figura y proceso histórico lo que más le hace falta es la verdadera asunción del estudioso. Es el investigador el que lo crea y luego lo proyecta. Sucede que lo que para alguien es un signo de grandeza, puede que para otra persona no lo sea. Si nos acordamos todos, en determinado momento, para explicarlo y que se comprenda, alguien se ofendió en la manigua porque Carlos Manuel de Céspedes para comerse un boniato ponía un mantel con cubiertos arriba de una rústica mesa. Sin embargo, otra persona se conmovió al ver a un hombre tan educado a pesar de la paupérrima situación de la manigua. Cada cual construye su figura. Desde la vida que cada cual le da, avanza la Historia.

Su trabajo está impregnado de no poca substancia teórica. ¿Considera usted que la teoría es una fuente necesaria en el análisis histórico? ¿Cuáles han sido sus principales referentes dentro de la producción teórica contemporánea?

Todo esto es muy complejo y se podría hablar mucho. Trataré de resumir mi opinión. Considero que sin teoría no hay historia. Que me perdonen los seguidores de Leopold Von Ranke. El solo hecho de aproximarme a una problemática ya implica una asunción teórica. ¿Por qué ese problema y no otro? Pienso que la historiografía cubana debe trabajar con mayor rigor en las maneras de hacer historia para llegar a comprender mejor la enorme trascendencia de un problema.

Por otra parte, es muy difícil pasarle uno mismo balance a ciertas cosas. Sin ser un teórico, ni blasonar de ello, yo aprendí mucho cuando era joven de Julio Le Riverend. El Dr. Le Riverend tenía una extraordinaria capacidad para el pensamiento abstracto, y tenía una gran capacidad para relacionar, en los marcos cubanos, disciplinas diversas de las ciencias sociales. Tuve la suerte de compartir con él en varias ocasiones y aprendí enormemente de él a no analizar los problemas solo desde un enfoque.

Me forme además con los textos de dos apasionados historiadores, Marc Bloch y Lucien Fevbre. De las cosas que he leído en la contemporaneidad me han interesado los trabajos sobre filosofía del discurso, tema muy desarrollado en Europa. Ello me ha servido para plantearme los problemas de la discursividad y narración en el campo de la Historia. Me he valido también de los análisis de Pierre Bourdieu para plantearme problemas globales de las ciencias sociales. En fin, podría citar a otros autores útiles para cuestiones particulares.

¿Por qué las Guerras de Independencia como centro de su labor investigativa? ¿Qué otra etapa de nuestra Historia le fascina?

Yo no escogí trabajar las guerras de independencia. Me ubicaron en ese campo. Pertenezco a una generación que tuvo que asumir determinados “vacíos” en la investigación y la enseñanza de la historia. A mí me fascinaba el periodo de la Historia de Cuba que va desde 1895 hasta la cuarta década del siglo XX. Me parecía que allí estaba la verdadera génesis de lo que nosotros éramos en aquellos momentos.

Cuando digo en aquellos momentos me refiero a los años setenta. Sin embargo, por varias circunstancias no pude asumir esa etapa y me ofrecieron las guerras de independencia. En aquel entonces, con mi personalidad, me dije que a los cuarenta años iba a conocer algo de los mambises. Me puse a estudiar entonces lo que Dios me puso en la mano. No podía imaginar que nunca iba a saber mucho de los mambises, cosa que sé hoy; aunque desde mis treinta y cinco años varias personas consideraban que yo conocía bastante de los mambises, y me pedían que hablara y escribiera sobre el tema.

Esa etapa de nuestra historia fue fundamental en la formación de la identidad cubana. A propósito, nos gustaría saber sobre qué presupuestos prefiere usted pensar la «cubanidad».

¿Qué sería ser cubano? Tengo un trabajo que me agradó mucho publicarlo en un libro que hizo una gran amiga, María del Pilar Díaz Castañón, sobre la construcción de la identidad cubana. Este resulta un tema muy complejo en nuestro caso particular; pero creo que hay tener en cuenta que todos cambiamos en nuestras vidas la manera de ser cubanos y, que la cubanidad, es y debe ser un proceso en transformación continua. La cubanidad debe pensarse además como categoría incluyente. Debemos evitar las falsas imágenes y los estereotipos.

En varias ocasiones usted se ha referido a la calidad de los jóvenes profesionales cubanos. En este sentido, quisiéramos conocer su valoración sobre la producción de las nuevas generaciones de historiadores.

Sinceramente, estoy plenamente orgulloso de la producción y el trabajo de los jóvenes en el campo de la Historia. Me parecen excelentes varios trabajos publicados por editoriales de provincia. No participo del criterio de algunos de mis colegas de que se han perdido las grandes historias. Me parece fabuloso que las generaciones actuales se dediquen a relatos más breves pero mucho más verídicos, más sentidos, más próximos a la cotidianidad. Creo que los jóvenes hacen una historia muy buena y han logrado además superar defectos graves de mi generación.

Lo jóvenes historiadores han sabido utilizar herramientas de otras disciplinas, y, por tanto, tienen una visión más integradora de las ciencias sociales. He tenido la posibilidad de participar como jurado en varios certámenes como los premios de la Crítica Científico-Técnica y las becas Dador, en los cuales resulta bien complicado definir los premios por la excelente calidad de los trabajos presentados.

Si duda, muchos de los jóvenes historiadores han logrado madurar con gran rapidez y ello se refleja en la calidad de sus obras. Con solo revisar los catálogos de varias editoriales uno advierte los resultados. En fin, como profesor e historiador puedo afirmar que estoy muy contento con los jóvenes, creo que la Historia en sus manos goza de extraordinaria salud.

Se han publicado 22 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

  • Oscar Alonso dijo:

    ¡Qué triste noticia! Fue uno de los más grandes maestros que he tenido. Una gran inspiración para mí. Le esperaba a la salida de las clases para irnos caminando y conversando. Sobre cualquier tema que hablara se aprendía un mundo. Ahora, leyendo la entrevista me pareció que le escuchaba.
    Pero es una gran ironía que el profesor Loyola muera en un accidente de tránsito en la Habana, luego de haber dejado de fumar, eso sólo se le pudo ocurrir a él.

  • La masacre dijo:

    Sencillamente genial la entrevista.

    No puedo creer la noticia todavía.

    Parece que la muerte le jugó una mala pasada cuando en verdad usted está mas vivo que nunca.

    Un modesto homenaje para un grande entre los grandes. Me parece verlo todavía conversar en cualquier rincón de la facultad con los grupos de estudiantes q se aglomeraban a su alrededor para escucharlo. Se nos fue físicamente, pero se quedan sus magistrales clases de historia, sus ocurrencias, su pasión por la profesión que ejercía, su modestia y sencillez, su honestidad ante cualquier problema, sus ganas de enseñar y de aprender.

    No se ha ido profesor, usted se quedó en esa facultad para siempre.

    Nosotros los ¨españolitos malos¨ nunca le olvidaremos.

  • Antonio dijo:

    Hasta siempre Profesor!! Fui su alumno y era un intelectual increíble. Cuanta tristeza!! Siempre lo recordaré!!

  • El Bayames dijo:

    Que triste noticia!!!. Pero mas triste aun que no se publicara el suceso en los medios nacionales de mas alcance. Pero seria aun mas imperdonable que esta fabulosa entrevista no se publicara y mas de una vez en todos los medios de comunicacion. Perfectamente puede servir de consulta a muchos y hablo no solo de los docentes, sino sobre todo de periodistas, escritores, empresarios y sobre todo de los politicos. Es una clase magistral de etica y de HISTORIA. Gracias al Profesor Loyola.

  • recneck dijo:

    Hemos perdido a uno de los más queridos profesores de la Universidad de La Habana. Tuve el privilegio de haber sido uno de sus alumnos y doy fe de experta maestría a la hora de impartir una clase. Siempre le recordaremos como el enigmático Profesor y amigo que fue.
    Entre lágrimas y un fuerte nudo en mi garganta te doy las gracias R. Borrego. La última vez que hablé con Loyola fue justo en la puerta de nuestra facultad y tu estabas presente…. se que, más que un profesor, has perdido un amigo…….

  • ramon dijo:

    Muchas gracias profesor, tuve el inmenso honor de conocerlo y sabía de lo polémico, claro y objetivo que era, es, no solo en sus criterios sino en el modo de enseñarlo. El problema con la historia en que se vincula mucho,a la ideología y los grupos dominates tratan de adecuarla a sus intereses, endiosamientos, verdades como templo y nada de discusión, si no me conviene, suscribo cada criterio de Loyola y amplio, el aula es más grandes tenemos oportunidad los que enseñamos historia de impartir magisterios desde los museos, los centros de investigación o el lugar donde nos toque, pero con el ser humano delante de nosotros con ese libro que se cierra al terminar la disertación, la palabra, pero que deja la polémica en el aire y el pensamiento chispeante, yo creo en esa historia, no en la momia concatenada.Gracias Loyola por tu magisterio

  • fusil dijo:

    lajusticia de la vida existe

  • eddyscu dijo:

    Cuanta enseñanza en esa entrevista, que pena que se nos vayan de esa manera personas tan necesarias en estos momentos sobre todo, cuanta confianza en los jóvenes historiadores, en el futuro de la historia, que pasión por su profesión, ojalá y su legado dure, que su manera de aceptar criterios diversos sea regla y no excepción, leyendo su trabajo pensaba en el curso que impartía la Dra Monal en Universidad para Todos, algo aburridísimo, ¿culpa de quien? ¿de la Dra? para nada, me parece que culpa de los realizadores de estos cursos, que falta de mentalidad para utilizar recursos simples y que tienen a la mano, una realización plana, la Dra hablando sobre un fondo “recortado”, eso fue poco aprovechado por los que planificaron y ejecutaron técnicamente este curso, carencia total de imaginación “pedagógica” y como este otros, al Dr Loyola que descanse en la paz de su obra bien aprovechada y continuada en sus alumnos y compañeros…

  • Carlos Gutiérrez dijo:

    Lamentable la pérdida de este profesor. No lo conocí personalmente, pero oí hablar de él, siempre en bien. Mis condolencias a los familiares.

    La Historia es una de mis pasiones.

    De la entrevista, y con el respeto que me merece su opinión, sólo tomo con cautela su concepto sobre el lugar de la imaginación en la Historia. El historiador no debe “construir” la Historia, sino “reconstruirla” a partir de datos comprobados, objetivos y reales. En mi opinión, eso no significa ser un “datólogo”. Un exceso de imaginación y subjetivismo puede conducir a una Historia parcializada y falsa, lo cual sucede demasiado a menudo, por desgracia.

    Otra cosa es tratar de rellenar las lagunas históricas con lo que supuestamente debió ocurrir según el sentido común, cuando no hay información suficiente sobre determinado aspecto. Pero hay que dejar bien claro qué es lo que “probadamente” ocurrió y que es lo que pensamos que “probablemente” debió ocurrir, para no confundir al destinatario de la información.

    La pasión sí. No concibo el estudio de la Historia sin una gran dosis de pasión. Pero hay que tener cuidado con la imaginación en este campo.

    Y una observación; vaya, de ir, se escribe con Y. Valla es otra cosa.

  • Ania dijo:

    Qué triste noticia!!!, pero me parece una falta enorme a un gran hombre haber publicado el artículo con tal falta de ortografía!!!! por dos licenciados!!!!!valla!!!! en vez de vaya!!!!!eso demuestra cómo hacen falta tantos profesores como el que acabamos de perder!!!

  • mayte dijo:

    No puedo creer que Loyola no esté entre nosotros. Me encantaba oirlo hablar y dar clases, oirlo discutir con su gran amiga Maria del Pilar sobre custiones que no estaban de acuerdo. No queda duda alguna la universidad ha perdido a un gran profesor y los alumnos a un gran amigo.

  • Meylin dijo:

    INCREÍBLE…Y PENOSA PÉRDIDA. SIEMPRE RECORDARÉ COMO DISFRUTÁBAMOS SUS MAGISTRALES CONFERENCIAS E INCLUSO SUS BROMAS. CON UNA INTELIGENCIA MAGISTRAL LE DIO VIDA EN LAS AULAS A LA HISTORIA DE CUBA.
    HASTA SIEMPRE, PROFE.
    SU ALUMNA MEYLIN

  • gerardo.milanes dijo:

    La vida no termina cuando obras como la suya trascienden y su ejemplo vive en nosotros.

  • PatriaesHumanidad dijo:

    YO ESTUDIÉ DERECHO, PERO EL PROFESOR LOYOLA ERA, EN VIDA, UN MITO. MUCHAS VECES MI PROFESOR JULIO FDEZ BULTÉ, YA FALLECIDO TAMBIÉN, AÚN DISCREPANDO DE ALGÚN QUE OTRO ENFOQUE, DECÍA QUE LOYOLA ERA UN PROFESOR EXTRAORDINARIO.

  • Juno dijo:

    Descanse en paz profesor. Siempre sera recordado

  • rirro dijo:

    Sin ser su alumno, ni tan siquiera ser hitoriador he leido la entrevista y ya admiro ha este hombre. Solo discrepo de cuando dice “…pero es un poco difícil apasionarse enseñando el subjuntivo en una lengua extranjera…”. Soy docente y pienso que todo docente debe, sin serle muy dificil, apasionarse de la materia que imparte. pero como el mismo dijo “…El primero, admitir cierta pluralidad general en el alumnado, en el derecho al alumno en expresarse y en pensar distinto a mí. Yo no tengo la verdad en la mano…”, y eso es válido no solo para los alumnos sino para todas las personas.

    • Oscar Alonso dijo:

      Él decía eso como ejemplo generalizador, no literalmente. Loyola coexistió con el igualmente querido y llorado profesor Amaury Carbó de la facultad de Artes y Letras, a quién también tuve la grandísima suerte de contar como maestro, Amaury enseñó Latín toda su vida con una pasión similar a la que Óscar enseñaba la Historia.

  • BABY dijo:

    EL PROFESOR OSCAR LOYOLA FUE MI PROFESOR EN LA UNIVERSIDAD, Y YA HACE MUCHOS ANOS DE ESO Y TODAVIA RECUERDO CON EL FERVOR Y LA PASION CON QUE EL DABA SUS CLASES, EXCELENTE PROFESOR DEL CUAL GUARDO RECUERDOS MUY AGRADABLES Y SIENTO MUCHO SU PERDIDA.

  • Prudencio dijo:

    Yo no tuve la suerte de ser su alumno pues no llegué a la Universidad pero me habría gustado mucho conocerlo.
    Tuve en mis años mozos una profesora, precisamente de historia nombrada Carmen Cuevas y leyendo este maravilloso artículo la he recordado mucho, pues era como escucharla a ella.
    Donde quiera que se encuentre, en paz descanse su alma profesor pues por lo que he leido era Ud. una excelente persona.

  • Carlos dijo:

    Oscar Loyola era uno de los más brillantes profesores de la Universidad de La Habana. Su rigor, seriedad y honestidad se reflejaban en todos los aspectos de su trabajo. Una persona muy respetada y admirada en toda la Universidad. Me encuentro temporlmente en México y recibo con retraso la triste noticia y esta entrevista que es casi un testamento pedagógico. No soy profesor de Historia, sino de Física, pero creo que esa pasión por lo que se enseña es imprescindible en cualquier profesor que quiera realmente, como Loyola, llegar al alma de sus alumnos.

  • Sergio Miguel Ávila Galindo dijo:

    Con la ausencia de Loyola no sólo su familia está de luto, sino también la Facultad de Filosofía e Historia y en general la Universidad de La Habana. Para quienes fueron sus alumnos, muy pocos de los elementos comentados en la entrevista nos asombrarían pues él los hablaba a diario con su acostumbrada ironía. A veces pienso, y lo reafirmo, que no sólo perdí al mejor profesor que he tenido y a mi tutor, sino también a mi mejor amigo dentro de la Facultad de Filosofía e Historia. Si a lo anterior se le suma el hecho de que lo consideraba mi padre, puede entenderse el inmenso vacío que siento en estos momentos. Ha sido muy difícil para mí sentarme frente a una computadora y escribir sobre el profe Loyola, pero leyendo todos los comentarios que preceden al mío, no puedo dejar de pasar por alto la maestría que lo caracterizaba. Como mismo Máximo Gómez, su figura predilecta de las guerras de independencia, y Carlos Manuel de Céspedes, la figura que nos unía, Oscar Loyola será considerado un hito.

Se han publicado 22 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

Vea también