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“New York, New York”

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Desde que la famosa canción bajo este título, en versión magistral de Frank Sinatra, surcó el éter rumbo a Cuba y aquí fue pasando de casete a casete, se instaló con rapidez en la sensibilidad de incontables oyentes, entre los que me cuento.

Sinatra había conquistado en poco tiempo un rotundo hit musical que no sonrió por cierto a sus verdaderos autores, John Kander y Fred Ebb, cuando la compusieron para el filme homónimo de Martin Scorsese, interpretada por Liza Minelli, en 1977, justo en el año en que visité New York por primera vez para cubrir las sesiones de la Asamblea General de la ONU.

Confieso que por esa fecha de iniciado huésped cosmopolita todavía me sentía mareado por el impacto que provocaba el gigantismo y la magnificencia de una urbe que antes sólo conocía por las imágenes mitificadas en las pantallas cinematográficas, y que luego  me hicieran creer que  la canción conseguía transmitir una empalagosa sensación de opulencia y bienestar de ciudad que nunca duerme.

Años más tarde, sin embargo, esa misma melodía penetraría con otros acentos y significados, y fue en un atardecer otoñal de 2001, a escasas semanas de la tragedia del 11 de septiembre, cuando tras una jornada en la ONU me dirigía en un tren que atravesaba el puente de Manhattan,  hacia las proximidades de Brighton Beach, en Brooklyn, donde residía temporalmente.

De repente, en medio del apesadumbrado silencio de los pasajeros, emergió de una de las puertas del vagón uno de esos habituales buscavidas que muchas veces exhiben verdaderos talentos artísticos marginados y desperdiciados por la despiadada  maquinaria competitiva. Era un hombre maduro, encorvado y casi calvo, quien levantó su gastada trompeta para que emergieran las notas de un “New York New York” electrizante, esta vez conmovedor, al que algunos viajeros acompañaron con tarareos lúgubres, otros apretando las manos de sus parejas, visiblemente sensibles todos.  Una mujer no pudo contenerse, y  pegó su turbado rostro en el cristal de una de las ventanillas, desde  las que meses atrás yo mismo solía contemplar admirado  las emblemáticas  torres gemelas, y que ya no estaban, al igual que

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en este décimo aniversario de su destrucción también sigue faltando una explicación a fondo, verídica  y coherente de lo que realmente sucedió.

Otra noche en ese medio de transportación, pero en ruta inversa, mi esposa y yo entablamos conversación con un robusto voluntario que se encaminaba a cumplir su turno de dolorosa búsqueda de restos de cadáveres entre las ruinas de la zona cero. Aunque de apariencia fuerte, nos relataba su experiencia, trémulo de emoción, y ya empezaba a mostrar con gestos de fatiga,  voz enronquecida y frecuente tos los daños colaterales de esa humana y arriesgada tarea. Tal vez nuestro interlocutor sea uno más de los que seriamente afectados de salud hoy denuncian la suspensión de la protección económica y social prometida cuando el acontecimiento se vislumbraba en encumbradas esferas como fuente de dividendos políticos electorales.

Lo cierto fue que el 11 de septiembre por tratarse de un golpe tan inesperado y demoledor,  marcó un antes y después en las vidas de los citadinos de la gran Babel, y que entre otros resultados, sacó a flote una nueva sensibilidad puesta a flor de piel, aunque pugnando con una aterrada paranoia insuflada  mediáticamente.  Al menos pude constatar el afloramiento de lo mejor de esos sentimientos, la tarde en la que casi tres años después, de regreso al minúsculo apartamento que ocupaba en Queens, un colosal apagón que abarcó tres Estados del Este nos atrapó durante horas en la profundidad de una línea subterránea  hasta que fuimos rescatados por policías. Y al lograr salir al exterior mediante una incómoda escalerilla vertical, ya en medio de la calle Lexington, nos vimos rodeados de un enjambre de espontáneos civiles  prestos a auxiliarnos con una calidez insospechable.

Tampoco carecimos de ese apoyo, cuando en nuestro caso particular nos unimos a la masiva marcha durante otras largas horas para poder llegar hasta las profundidades del populoso condado de residencia, y al paso salían solícitos vecinos a ofrecernos agua, toallas para secarnos y sitio para descansar en el hirviente agosto del suceso.  En determinado momento, un divertido joven trepado en la defensa trasera de uno de los contados autobuses repletos hasta más allá del límite que se mantenía en servicio, puso una nota de humor al gritarnos jocoso y estridente  ¡It’s New York! ¡It’s New York!

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Era apenas uno de sus muchos rostros despojados de caparazones,  de los que se nos presentaban hoscos y ensimismados en sus propias angustias e intereses durante  los rutinarios trayectos de los metros y a los que no podíamos prodigar por más de 30 segundos esa humana mirada curiosa y acercadora, a la que tan habituados  estamos en nuestro país, so pena de terminar encausados por presunto hostigamiento.

New York puede abrumarte, pero nunca deja de sorprenderte en sus diversidades y contrastes: de lo sublime a lo ridículo, de la virtud al vicio, del derroche desenfrenado de las clases opulentas a la indigencia humillante, las simbólicas edificaciones ostentosas junto a los míseros hacinamientos de inmigrantes, los radiantes espectáculos de Broadway y la espectacular  violencia cotidiana, el torrente fecundador de sus más brillantes pensadores frente a la fuerza brutal silenciadora.

Por lo que viví allí se qué es también el simbólico Wall Street canalla que resuma la hegemonía perturbadora de este mundo, pero a su vez lo han sido los hombres y mujeres que desde la histórica Plaza Washington estremecieron céntricas avenidas de la ciudad durante intensas jornadas de movilización popular para tratar de impedir en el 2003 la sangrienta guerra desatada en Iraq, en una actitud que dice suficiente de convivencia pacífica y solidaridad.

Por todo ello creo que enhorabuena New York posee múltiples caras, las que me fueron bastantes para ver en las 25 millas a la redonda en Manhattan a las que estamos confinados los corresponsales cubanos, a diferencia de los colegas de otras nacionalidades, que un día pueden estar reportando un debate en el Consejo de Seguridad, y al siguiente desplazarse a Los Ángeles.

Esta es mi más sentida y personal lectura de New York New York.

Se han publicado 7 comentarios



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  • gilberto dijo:

    que lindo trabajo,

    sobre todo por las imagenes que sugiere, esto se lee y la mente genera aquellos escenarios y vivencias.

    NY es la unica ciudad de EU a la que regreso y regreso, y cuando pasan unos meses se siente que algo te falta si no la repasas nuevamente.

    una ciudad que se percibe dificil desde el avion, pero muy facil desde sus calles, porque es una ciudad en cuadricula, como el vedado, centro habana, y se puede caminar por horas porque toda la ciudad esta viva.

    el SoHo es un dejavu a Galiano y Neptuno, Infanta y Belascoain.

    gracias por este trabajo, me recordo que estan cercas las navidades y NY se multiplica para entonces.

  • EMELE dijo:

    HUGO, NUNCA HE ESTADO EN NY, TU ARTICULO ME HACE SOÑAR , TIENE OLOR, GRACIAS

  • Lisandro Alfredo Arias Baró dijo:

    Saludis cordiales…Há usted hecho una perfecta imagen panorámica de lo que realmente es la Ciudad de Nueva York!!. Solo puede hablar así, quien la haya caminado por todas sus zonas; suburbios; barrios opulentos ó rincones de Harlem, Brooklyn o el Bronx…Estoy en total acuerdo con su material aquí expuesto, pués resido en la Grán Manzana” desde hace dieciocho años…Un abrazo muy cubano!!!…Lisandro.

  • Mario Trujillo Lanuza dijo:

    Digan lo que digan, Nueva York es la capital del mundo.

  • gilberto dijo:

    no se si es la capital del mundo aunque asi se siente, porque es tan grande la diversidad de expresiones y nacionalidades por todas partes, por todas las calles y barrios, ricos y pobres, que realmente es como estar en una de esas ferias universales que se celebran a cada rato con pabellones de todos los paises y todos los continentes.

    es muy impresionante, te atrapa para siempre.

    la imagen que describe el autor de la gente saliendo a repartir agua y ofreciendo ayuda a lo largo del recorrido aquel, eso como dijo el tipo de la guagua “eso es NY !”

    mi Habana no te cambio por nadie, pero dejame quedarme en casa de NY algunas veces.

  • Lisandra-veraniega dijo:

    Su artículo es muy bonito pero no creo que pudiera vivir en ese cerco de cemento.
    El otro día veíamos CSI y mi papá dijo algo que yo pensaba , sentía pero no había dicho, la ciudad de ese NY trasnmitía una senación opresiva, de encierro , como estar en una gran jaula de cemento y acero.

  • Raúl Cordovés Delgado dijo:

    Hola Hugo:

    No puedo decir que estoy de acuerdo al cien porciento con lo que dices en tu artículo, pero New York es una ciudad fascinante, en eso coincidimos a tope y te felicito por traernos este tema.

    Incluso para mí, que no me gustaría vivir en New York mucho tiempo, enseguida empecé a sentirme tan en casa como en Madrid, donde resido con gusto hace casi 20 años.

    Cuando tenía veinte eneros y mi vida en Moa no me permitía ver mucho más allá de mis narices, imaginaba que un día iría a New York pero deseaba que eso ocurriera siendo joven, para verla y vivirla con pasión.

    Por entonces también pensaba que la pasión se apaga con la edad, del mismo modo en que el contenido de una taza que queda olvidada en una habitación termina evaporándose. Ahora que voy para los 64 te digo que no, que la pasión sigue y seguirá viva mientras dure dura… ríete, chinois.

    Pero cuando estuve en New York, con 50 tacos en las costuras, año 2000, me la recorrí con un ansia tal que ahora, cuando recuerdo aquel viaje, la veo y me asalta una pasión y una sensación de exotismo que le retraquetea el tallo.

    Los taxis amarillos que pasan a toda velocidad tocando el claxon, las mujeres con sus maletines que no se sorprenden al ver a una diminuta anciana japonesa vestida con kimono esperando en la esquina para cruzar… la gente, la gente de New York es su gran espectáculo.

    Ya te digo, de joven, en la tierra colorá de Moa, soñaba que mi vida iba a ser de viajeteos por todos sitios. Se ha cumplido, sí, se ha cumplido con creces, pero mis condiciones de entonces no me permitían imaginar que un día me iba a ir de la casa de los viejos para no volver más que de vacaciones.

    Y que en el interín iba a conocer muchas tierras e iría a New York. Así es la vida, ahora sé que nuestro mundo no es nunca más permanente que una ola que se eleva sobre el mar. Cualesquiera sean nuestras luchas y nuestras victorias, comoquiera que las padezcamos, enseguida desaparecen en la corriente.

    Vale por ti, chavalote, y por New York, carajo.

    Un abrazo

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Hugo Ríus

Hugo Ríus

Periodista de Prensa Latina. Msc profesor titular de la Facultad de Comunicación. Premio Nacional de Periodismo José Martí.

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