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El terrorismo no siempre se viste de bomba

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Dengue hemorrágico de 1981: crimen que perdura en la memoria. Foto: Bohemia.

Quince años: Ramón García Guerra tenía solo quince años cuando los bandidos encabezados por Ramón del Sol Sorí le pusieron un lazo al cuello, tiraron de la soga hasta que sus pies se separaron del suelo en medio de un pataleo desesperado, y se alejaron del árbol donde colgaba como fruto macabro al darlo por muerto seguro.

¿Qué delito puede merecer tamaño castigo para un muchacho de quince años?

El crimen más atroz de todos: enseñar a leer y escribir. Ser alfabetizador en el Escambray, Cuba, en 1961. Ser apenas un adolescente con un farol, una cartilla y un lápiz, que se atrevió a compartir la luz del conocimiento con campesinos que hasta entonces solo conocían la oscuridad del analfabetismo. Por eso lo ahorcaron. Por eso lo dejaron colgando de un árbol, como una advertencia, como un mensaje: quien siembre saber será castigado con la muerte.

Pero el peso de ese muchacho, flaco y desgarbado como la mayoría de los adolescentes, era menor del que los asesinos imaginaron. La soga no cumplió su propósito. El niño sobrevivió milagrosamente.

Esa misma lógica criminal, la de castigar con la muerte a quienes se atrevían a construir un futuro mejor, se manifestó con particular ensañamiento en la noche del 24 de enero de 1963, en la finca “La Candelaria”, en Bolondrón, Matanzas. Una banda de alzados, bajo las órdenes de Juan José “Pichi” Catalá, tiroteó la vivienda campesina de Gregorio Rodríguez y Nicolasa Díaz.

Como resultado del ataque, fallecieron los niños Fermín Rodríguez Díaz, de 13 años, y su hermana Yolanda, de 11, quien murió horas después a causa de las heridas. También resultaron gravemente heridas las niñas Felicia, de 16 años, y Josefa, de apenas 7 años, quien quedó con secuelas permanentes.  La madre, Nicolasa Díaz, también resultó lesionada durante el ataque.

Su única ofensa había sido pertenecer a una familia que apoyaba la Revolución. La comunidad de Bolondrón quedó consternada, y el sepelio de los niños se convirtió en una manifestación de duelo y condena popular.

Pero el terrorismo no siempre se viste de bomba o de soga. A veces se viste de plaga, de enfermedad, de epidemia silenciosa que se cuela sin hacer ruido y siega vidas a su paso.

En 1981, Cuba fue víctima de un ataque biológico que pocos conocen y casi nadie recuerda fuera de la Isla. Una epidemia de dengue hemorrágico, introducida deliberadamente por agentes de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA), afectó a 344 mil 203 personas en todo el país. Murieron 158 personas. De ellas, 101 eran niños menores de 15 años.

El doctor José González Valdés, director del Hospital Pediátrico de Centro Habana en aquel entonces, relató cómo los cuerpos de guardia comenzaron a recibir niños en oleadas, con síntomas que parecían un resfriado común pero que se agravaban con rapidez.  El hospital llegó a recibir entre 400 y 500 enfermos diarios, y en ocasiones hasta 1,200.

Las historias de las familias que perdieron a sus hijos son desgarradoras. Silvia Torres Lara perdió a su hija Ernestina, de 12 años. Antes de dormirse, la niña le dio un beso muy frío y le pidió que no le soltara la mano. “A eso de las dos de la madrugada su mano empezó a perder fuerzas dentro de la mía. Cuando la miré, estaba moradita... Y ya”.

Casimira Camejo perdió a su hija de 13 años. Zenayda Isla perdió a su pequeña Yamilé, de 4 años y medio, quien antes de morir le dijo: “Mamita, yo creo que me voy a morir”.  Rosa María Acuña perdió a su único hijo de diez años.

El terrorismo contra Cuba no ha sido un accidente. Ha sido una política de Estado, mantenida durante más de seis décadas. No terminó con el fin de los atentados con bombas, ni con el cese al financiamiento abierto de bandas violentas, aunque todavía voces calenturientas desde el norte clamen por un regreso a los años más sangrientos de la violencia contrarrevolucionaria. El terrorismo de Estado se ha transformado, ha mutado. Hoy se manifiesta en el bloqueo económico, comercial y financiero más largo que ha conocido la humanidad.

Esa guerra económica es terrorismo en estado puro. No hiere con metralla, hiere con hambre, con desabastecimiento, con medicinas que no llegan, con vidas que se acortan porque un país entero no puede acceder al mercado mundial. Es una estrategia sucia, diseñada para ahogar a una nación sin disparar una bala, pero con el mismo resultado: muertes evitables, sufrimiento innecesario.

El 21 de agosto, el mundo recuerda a las víctimas del terrorismo. Pero no todas las víctimas tienen nombre. No todas pesan igual en la balanza de la memoria del llamado mundo occidental.

Cuba ha sufrido más de 3 500 muertes directas por actos de terrorismo organizado, financiado y ejecutado desde Estados Unidos. Más de 2 000 personas quedaron con incapacidad permanente. Y la lista no incluye a los que han muerto por el bloqueo: esas no son “víctimas del terrorismo”, según la clasificación oficial. Pero duelen igual. Sangran igual.

Hoy, cuando recordamos a las víctimas, recordamos a Ramón García Guerra. Recordamos a los niños de Bolondrón: Fermín, de 13 años, y Yolanda, de 11. Recordamos a los 101 niños que murieron por el dengue hemorrágico introducido por la CIA. Recordamos a todas las víctimas olvidadas de una guerra que nunca declararon.

En honor a ellos, a sus familias, a los que han sido diezmados por el terrorismo en todas sus formas, incluyendo la guerra económica que asfixia a un pueblo entero: el terrorismo no tiene justificación.

Ninguna víctima del terrorismo es un dato estadístico.

Son personas. Son cubanos. Son valientes.

Su derecho a la vida no se negocia, ni con bombas, ni con leyes, ni con bloqueos.

Fidel junto a una niña víctima del dengue hemorrágico. El Comandante en Jefe recorría constantemente los centros asistenciales durante la epidemia. Foto: Granma/ Archivo.

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