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Somos retaguardia: La disputa real no es electoral, es estructural

Por: Tania Karina Martínez Cedeño
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Foto: El LIbertador.

Cuando la izquierda hondureña, la histórica, la insurgente y la nueva izquierda nacida del golpe de Estado logre reunirse con un diagnóstico común y un proyecto compartido, Honduras podrá comenzar a articular sus fuerzas dispersas. El FSLN avanzó cuando unificó sus tres corrientes internas. La Tendencia de Guerra Popular Prolongada apostaba por una acumulación lenta basada en organización rural y desgaste militar sostenido.

La Tendencia Proletaria priorizaba la construcción política en sindicatos y centros de trabajo. La Tendencia Tercerista impulsaba una línea insurreccional rápida, abierta a alianzas amplias y acciones urbanas de alto impacto. Ninguna tenía capacidad de disputar poder por sí sola. La unificación permitió articular base social, dirección política y eficacia militar frente a una dictadura respaldada por Estados Unidos.

El FMLN también surgió de la necesidad de unificar líneas distintas frente a un Estado militarizado sostenido por la Doctrina de Seguridad Nacional. Las FPL eran la organización más antigua, con trabajo profundo en sindicatos, estudiantado y estructuras campesinas. El ERP operaba con una línea militarista más vertical, centrada en comandos urbanos y acciones de choque.

La RN, nacida de una ruptura interna, combinaba flexibilidad organizativa con trabajo territorial. El PRTC aportaba una visión marxista regional y énfasis en la coordinación centroamericana. El PCS sumó cuadros formados, legitimidad política y articulación internacional. Ninguna de esas fuerzas avanzó sola. Solo la unificación estratégica permitió coordinar trabajo político, capacidad militar y acumulación ideológica en un conflicto prolongado.

La verdad que casi nadie se atreve a decir es esta: sin organización político-militar no hay continuidad del cambio; sin acumulación política e ideológica el proceso se congela; sin retaguardia territorial en el Aguán, la Mosquitia, Atlántida y la Costa Norte, el viejo poder se reorganiza desde sus enclaves y recupera lo perdido. Esta no es teoría, es la experiencia concreta de América Latina desde los años setenta y ochenta.

El bloque dominante en Honduras no compite por votos; compite por la reproducción de su hegemonía de clase. Su lucha no es electoral, es estructural, y actúa igual que las élites subordinadas al imperialismo en Centroamérica durante la Guerra Fría, preservando el orden interno que garantiza la acumulación del capital, la intocabilidad de la propiedad privada y la subordinación geopolítica a Washington.

Su arsenal político no es democrático, es la continuidad moderna de las contrainsurgencias de los ochenta adaptadas a la democracia neoliberal. Sus herramientas siguen siendo las mismas: financiamiento sin límites, operadores incrustados en el Estado, estructuras militares formadas en doctrina contrarrevolucionaria, redes religiosas como mecanismos de control social, diplomacia estadounidense como respaldo del orden existente, medios corporativos que moldean percepción pública y una memoria colectiva marcada por décadas de violencia, pobreza y control ideológico. Nada de esto es coyuntural; es una estructura estable diseñada para preservar la hegemonía de una clase dominante respaldada por injerencia externa.

Después del post de Trump ocurrió lo esperado cuando un actor imperial interviene en un país dependiente: los sectores subordinados siguieron la señal. Asfura fue el más asombrado; su posición cambió de un día para otro porque comprendió que el mensaje no era comentario sino instrucción.

Esa señal redefinió posiciones internas, afinaron el golpe mortal .Trump no habló de Honduras; habló a sus operadores. Presentó a Asfura como opción preferida, intentó frenar a Rixi Moncada con el discurso anticomunista clásico y redujo a Nasralla etiquetándolo como amenaza ideológica.

Esa intervención no describió la realidad; la alteró. Los medios alineados amplificaron el mensaje, las élites reforzaron su agenda, los operadores conservadores retomaron iniciativa y la embajada ajustó postura para no quedar fuera del libreto. El proceso electoral quedó condicionado por esa intervención, no por la voluntad real del electorado. Asi de frágiles son nuestras estructuras.

En ese contexto, la decisión de enviar a JOH de regreso confirma que Estados Unidos administra los tiempos y los actores del escenario nacional. Su retorno no responde a intereses hondureños; responde a criterios de Washington. Es evidencia de la dependencia estructural del país.

Honduras no avanzará ganando en las urnas. Avanzará cuando el pueblo organizado sea capaz de sostener, defender y profundizar lo que gana, y cuando el bloque popular tenga la fuerza suficiente para no depender del azar electoral.

Ese es el contraste central: sectores jóvenes de la izquierda hondureña buscan resultados sin pasar por el proceso político que las organizaciones históricas enfrentaron durante años, con formación, disciplina, debate interno, errores, correcciones y continuidad. Para ellos, la unidad no fue un deseo; fue una condición para sobrevivir y avanzar.

Somos retaguardia cuando asumimos esa realidad. Somos retaguardia cuando dejamos atrás la improvisación. Somos retaguardia cuando entendemos que la organización no es una opción sino la condición básica para sostener cualquier conquista democrática. Sin acumulación, sin disciplina y sin estrategia cualquier avance puede revertirse. Somos retaguardia porque entendemos que la disputa real no es electoral, es estructural.

Se han publicado 1 comentarios



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  • Israelssp dijo:

    La autora de artículo no es conocida por el lector, tampoco aparecen sus creditos, pero el análisis es muy lógico, sencillo y fácil de comprender, se podría extrapolar a las izquierdas en América Latina que no acaban de cumplir una ley de la izquierda, en la unión está la fuerza y nos están ganando la batalla

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