El relato del lector: La noche que rugió Melissa

El miedo, en el oriente cubano, no comenzó con el agua, sino con el sonido. Una queja larga y grave, como de un gigante despertando de mal humor, fue la primera advertencia de que Melisa, la furiosa diosa categoría 3, había llegado para reclamar su territorio. Era la tarde del 28 de octubre, y el cielo, de un plomizo enfermizo, presagiaba el infierno que se avecinaba.
Al principio, el viento era un silbido insistente, un sonido casi musical que se colaba por las rendijas de las puertas y ventanas, selladas con esmero y desesperación, mediante tablas y cinta aislante. Pero Melisa no era paciente. En cuestión de minutos, el silbido se transformó en un rugido. No era una metáfora: era un rugido gutural, profundo, que parecía surgir de las entrañas de la tierra misma. Era el sonido de mil locomotoras desbocadas atravesando el cielo a la vez, un estruendo continuo que no daba tregua, que anulaba el pensamiento y encogía el alma.
Las casas, antaño refugios de serenidad, se convirtieron en cajas de resonancia del pavor. El ruido era una entidad viva. Golpeaba las paredes con furia —¡BAM! ¡BAM!— como un ariete gigante decidido a derribar cualquier resistencia. Se podía escuchar, con horrible claridad, el crujido de la madera sometida a una tortura extrema, el tableteo frenético de las tejas de zinc al ser arrancadas de cuajo —un sonido metálico y agudo, como latas siendo trituradas— y el estallido sordo y seco de los árboles centenarios al ceder, partiéndose el espinazo con un quejido final.
Dentro de las viviendas, la desesperación se palpaba. No era un silencio de resignación, sino un terror activo y húmedo. Familias enteras se apiñaban en los baños o bajo las mesas, sus caras eran máscaras pálidas iluminadas por la tenue luz de las velas que bailaban con cada ráfaga. Los niños, antes intranquilos, ahora lloraban en silencio, aterrorizados por el monstruo invisible que quería entrar. Los adultos intercambiaban miradas cargadas de un entendimiento sombrío, miradas que preguntaban “¿y si la pared cede?” sin necesidad de palabras.
El sonido más aterrador no era el impacto, sino el vacío que seguía a un estruendo particularmente fuerte. Era aquel segundo de silencio robado al huracán, inmediatamente lleno por gritos o rezos entrecortados. Se podía oír el viento colándose por donde fuera, un silbido endemoniado que se convertía en un aullido al encontrar una nueva rendija. La presión cambiaba tan rápido que zumbaban los oídos y se sentía un dolor sordo en el tímpano.
Y luego, el agua. No una lluvia, sino una catarata horizontal. Golpeaba los cristales —milagrosamente intactos o estallando en una lluvia de diamantes mortales— con tal fuerza que parecía que el mar entero había sido lanzado contra la ciudad. El rugido del viento tenía ahora un acompañante: el fragor del agua arrasándolo todo, llevándose consigo macetas, muebles, recuerdos.
La noche se hizo eterna. Diez o doce horas en las que el mundo se redujo a ese cuarto, a ese grupo de personas, y al rugido ensordecedor de Melisa. No había afuera. Solo existía el interior, un frágil cascarón, y el exterior, un infierno de viento y ruido que quería devorarlo todo.
Cuando el rugido comenzó a ceder, no fue con un final, sino con un lento desvanecerse. El tren de mil locomotoras se alejaba, dejando tras de sí un silencio nuevo, pesado, roto solo por el goteo del agua y el llanto de alivio de alguien, en alguna parte. Al amanecer, Santiago de Cuba salió a ver el rostro de su verdugo. El paisaje, desolado y mutilado, confirmó lo que el rugido de Melisa había anunciado toda la noche: que la naturaleza, en su furia, no pide permiso.
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Muy bueno este relato, impresionante. Gracias
Dios mío una descripción perfecta. Mientras leía sentía que lo estaba viviendo de nuevo y doy gracias que mi casa no cedió y no viví lo que vivieron muchos cuando lo perdieron todo y el agua formó parte de ellos. Bendiciones para el escritor