Santiago de Cuba, 25 de julio

El Santo Patrón Santiago Apóstol se desplaza durante el desfile del Carnaval 2019, por la Avenida Jesús Menéndez, en la ciudad de Santiago de Cuba. Fotos: Miguel Rubiera Justiz/ACN/Archivo.
Desde el siglo XVII se celebraba en Santiago de Cuba la fiesta del Santo Patrono. Los gremios de artesanos lucían sus mejores galas para desfilar con representaciones de teatro callejero e híbridos conjuntos musicales. Desde entonces, se hallaba extendido el temor a la insubordinación de los esclavos entre la aristocracia de la tierra y el Príncipe de los Montes, que así se hacía llamar el jefe de un palenque, fue ajusticiado en vísperas de los festejos.
A medida que la ciudad ganaba prestancia, por su importancia como centro de actividades económicas, la conmemoración de Santiago Apóstol tomaba fuerza inusitada con la participación de las tumbas o atabales organizados por libres de color y bozales. Tanto fue así que, en más de una oportunidad, los gobernadores del Departamento Oriental suspendieron las festividades en el siglo XVIII temerosos del contagio de los siervos motivados por los alzamientos en las minas vecinas de Santiago del Prado.
Ya en el siglo XIX la importancia de los mamarrachos será reconocida por todos los viajeros y testimoniantes de época, cuando la inmigración franco-haitiana aportó su cultura ilustrada, expresada en el teatro del Tívoli con la puesta en funciones de la ópera y las danzas. Así se nutrió Laureano Fuentes. Los recién llegados alimentaron la tradición de la alimentación y los licores. El ron reemplazaba al aguardiente y al cañambril en el barrio de los Hoyos. En 1828 la solemnidad del desfile, entre el Ayuntamiento y la Catedral, ganó con la incorporación de una estatua ecuestre de madera de Fernando VII que acompañaba el Pendón de Castilla.
Quizás no hay mejor descripción de aquellos mamarrachos, en toda su eclosión y regocijo, que la del pintor inglés Walter Goodman a comienzos de la segunda mitad del siglo XIX, pocos años antes del inicio de la lucha por la independencia:
Lo principal que tiene el carnaval de Santiago son las comparsas callejeras, o conjuntos de enmascarados o “mamarrachos” como se les llama en lenguaje criollo, y los bailes de máscaras. Tenemos aquí una comparsa de africanos bozales, o de pura raza, que, aunque parezca increíble, se tiñen de resplandeciente carmesí las pasas de la cabeza y se iluminan el rostro con una capa de pintura color carne, de tono suave. Los hombres visten de mujer, aunque la otra mitad de la especie no corresponde a la cortesía. La comparsa de los mulatos es un poco mejor, con las mejillas resplandecientes de bermellón llameante, pelucas de amarillo hoja seca y barbas postizas. La ropa del diario la usan poniéndola al revés y las costuras las han embellecido con cordoncillos de latón y cobre que parecen de oro y palta, pintura y cintas. Se hacen preceder de una charanga que se compone de un gran tambor, tamboriles, manojos de mimbre que producen ruido, caracoles y ralladura de semillas duras. Los componentes bailan y cantan a paso rápido por las calles, deteniéndose alguna que otra vez frente a las casas de las amistades a dar la serenata. Se detienen frente a una quinta, a cuya puerta se divierte un grupo de mulaticas francesas.[1]
Al iniciarse la Guerra de los Diez Años, los mamarrachos sirvieron de medio de comunicación entre la manigua y la ciudad. Disfrazados de comparseros los mambises llevaban mensajes a los familiares de los patriotas y, a su vez, transmitían y recibían información de carácter estratégico.
Desde 1880 volvieron a reunirse los directores de comparsas, cabildos y sociedades para organizar lo que para entonces comenzaban a llamarse carnavales en Santiago. La diversión latía en: el Cocoyé de obreros, vendedores de dulces y carnes en tableros; La Cobrera, El Cabildo del rey congo, Alto Pino, El Tívoli, Los Casinos de Personas de Color, El Club San Carlos y en la Sociedad Filarmónica.
Manuel Palacios Estrada describe la noche del carnaval:
Subiendo San Pedro, avanzaba un grupo de gigantes cabezones danzando al compás de las tamboras y llevando altísimas farolas multicolores montadas en largas pértigas bamboleantes y giratorias […] Por la calle de Santo Tomás subía la comparsa de Los Hoyos, rumbo a la Plaza de Marte; se trataba de un gran éxito de parrandera demostración presentado por Los Hoyos y la gente acudía formando apretados grupos para verla pasar, bloqueando completamente las bocacalles.[2]

Desfile de carrozas y comparsas durante la celebración del Carnaval santiaguero, en la Avenida Jesús Menéndez. Fotos: Miguel Rubiera Justiz/ACN/Archivo.
A finales del siglo XIX la algarabía en las sociedades de bailes de máscara se extendía a los días de San Pedro, San Juan, Santa Cristina, Santiago, Santa Ana y San Joaquín así como los sábados y domingos con bailes públicos: “Los pollos de sociedad también tenían sus comparsas, y llevaban orquestas asaltando las casas para bailar”, algunos de ellos, “llevaban un bazin grande de los que llaman portugueses, lleno de vino moscatel y en el que habían puesto tres o cuatro butifarras y del que sacaban el vino con unas baceniquitas de juguetes y ofrecían a las muchachas”.[3] Con el tiempo la estatua de Fernando VII se transformó en la de Santiago Apóstol y seguía transitando entre el Ayuntamiento y La Catedral, entre el 24 y 25 de julio para iniciar la diversión de los mamarrachos donde se combinaban el baile y la música popular.[4]
Las férreas autoridades coloniales, que conocían el sentir de los santiagueros, dictaron prohibiciones para que los mamarrachos no se burlaran de las autoridades del Gobierno o de la Iglesia.

Desfile de comparsas durante la celebración del Carnaval santiaguero, en la Avenida Jesús Menéndez, en la ciudad de Santiago de Cuba,. Fotos: Miguel Rubiera Justiz/ACN/Archivo.
Ya en la República, los carnavales perdieron su prevalencia bajo la mirada de quienes lo juzgaban como algo bárbaro; pero la cultura popular se impuso, y a partir de la década del 40 del siglo XX, el carnaval retomó su papel en la idiosincrasia del santiaguero, ahora patrocinados por comerciantes e industriales. El 25 de julio día del Santo Patrón los mamarrachos hacían visitas a las casas de padrinos y madrinas, vestidos con sus disfraces, antes de comenzar el desfile de congas y comparsas.[5]
Y en la práctica de la costumbre ancestral, beneficiada por la concentración humana; en 1953, vísperas de la conmemoración de Santiago Apóstol, jóvenes patriotas se dispusieron a empuñar las armas en la madrugada de la Santa Ana para hacer valer su derecho a reivindicar la independencia nacional…
notas:
[1] Walter Goodman: La Perla de las Antillas. Un artista en Cuba, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2015. p. 166.
[2] Olga Portuondo Zúñiga: Personajes y Pasajes en Santiago de Cuba (Siglo XIX), Ediciones Santiago, Santiago de Cuba, 2017, p. 141.
[3] Ibidem, p. 159.
[4] Olga Portuondo Zúñiga: Viñetas Criollas, Ediciones Santiago, Santiago de Cuba, 2001, pp. 44 y 45.
[5] Vid, Santiago Portuondo Zúñiga y Olga Portuondo Zúñiga: De la mojiganga al teatro y fiesta de mamarrachos, Ediciones Santiago, Santiago de Cuba, 2019.

Excelente artículo de tan destacada historiadora. Un acercamiento a tan importante tradición santiaguera y de toda Cuba.