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José Martí visto por Fina García Marruz

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Foto: Archivo.

Más de una vez Fina García Marruz ha dicho cuánto ha significado siempre para ella, como ser humano, patriota y poeta, José Martí. O sea, visto en todas las facetas de la vida del Apóstol. De ahí que escojamos también, como homenaje a la brillante intelectual cubana, en el 95 cumpleaños (1923-2018) estos fragmentos de sus Ensayos dedicados, precisamente, a Martí .

Desde niños nos envuelve, nos rodea, no en la tristeza del homenaje oficial, en la cita del político frío, o en el tributo inevitable del articulista de turno, sino en cada momento en que hemos podido entrever, en su oscura y fragmentaria ráfaga, el misterioso cuerpo de nuestra patria o de nuestra propia alma. Él solo es nuestra entera sustancia nacional y universal. Y allí donde en la medida de nuestras fuerzas participemos de ella, tendremos que encontrarnos con aquél que la realizó plenamente, y que en la abundancia de su corazón y el sacrificio de su vida dio con la naturalidad virginal del hombre.

Acaso por esto, siempre nos parece que los demás nos lo desconocen o fragmentan, porque cada cubano ve en él, un poco, su propio secreto. Y así lo vemos como el hermano mayor perdido, el que tenía más rasgos del padre, y al que todos quisiéramos parecernos porque contiene nuestra imagen intacta a la luz de una fe perdida. Pensamos que si estuviera entre nosotros todo sería distinto, lo cual es a la vez lo más sencillo y lo más misterioso que se pueda decir de alguien. Desconfiados por hábito o malicia, creemos en él a ciegas; enemigos de la rigidez de todo orden, aun del provechoso y útil, nos volvemos a este austero en quien la libertad no fue una cosa distinta del sacrificio; burlones y débiles, buscamos, como a invisible juez, la gravedad de este hombre, poderoso y delicado. Él es el conjurador popular de todos nuestros males, el último reducto de nuestra confianza, y olvidadizos por naturaleza, rendimos homenaje diario, profundo o mediocre, a aquel hombrecillo de cuerpo enjuto, de frente luminosa y ojos de una penetrante dulzura, que tiene esta irresistible fuerza: la de conmover.

Conmueve si escribe, si habla, si vive, si muere. ¿Cuál es su secreto? Él no actúa: obra. Todo lo que hace está como tocado de un fulgor perenne. Si aún niño le escribe a su madre que monta en su caballo brioso, si escucha en la penumbra del colegio de Mendive los tímidos sabores cubanos que después habían de arrebatarlo para siempre, si sufre con Lino Figueredo, si estudia en el destierro, si ama siempre, se graba y permanece de todos modos en la memoria, con el levitón conmovedor, la voz grave y encendida, en la tribuna humilde, en el billete escrito al pie del barco que va a partir, con las grandes y generosas letras con que firma «Su José Martí» en las cartas más hermosas y ardientes que un hombre ha escrito jamás a otro hombre.

Él no teme decir esas delicadezas que tantos evitan por una falsa idea de la hombría. «Flor de toda ternura, y hermano mío», llama en carta antológica a su amigo Serra. «Haga como si yo lo estuviera viendo» repite con frecuencia. Y nos sobrecogen siempre un poco esas cartas que escribe desde la oficina de Front Street de Nueva York, que termina con un «Quiérame», «Piénseme», que tienen tanto de contenido como de vehemente, de generoso como de necesitado. Cartas suyas de períodos largos que se cierran, de pronto, con una frase breve como un relámpago y que tiene como la veladura de la muerte.

Cuando lo evocamos en estos primeros años neoyorkinos en que aún es desconocido por sus compatriotas, trabajando hasta bien entrada la noche en una labor mecánica de remuneración pobrísima, entre el calor agotante, «de que sólo lo consuela —nos dice Iduarte—, el elevado y el vaporcito que lo lleva a Brooklyn, corriendo con su bomboncito negro y su casaca común por todos los rincones de la gran colmena americana», pensamos maravillados que es por entonces no sólo el escritor que asombra a Darío sino el hombre de quien afirma un soldado humilde: no entendíamos todo lo que decía, pero al oírlo, queríamos morir por él.

Lo vemos venciendo las reticencias de los hombres de la Guerra grande hacia la guerra nueva, de espíritu diferente, a puro amor de hijo y desinterés de héroe. Es enérgico y dulce. Apena leer las cartas que escribe a Maceo receloso y a Gómez sagaz. Pero no vio nuestra isla mañana más pura que aquélla en que el viejo guerrero miró con sus ojos de malicia campesina el intenso rostro piadoso, y sonriendo, le tendió la mano a la subida de una loma o le cargó la mochila.

De noche, después de las fatigosas marchas del día, vela mientras los otros duermen, cura y alienta a los heridos, escribe entre las hamacas y las candelas nocturnas, las que sabe que serán sus últimas cartas, a Mercado, a Quesada o a la pequeña María Mantilla, a la que enseña, con conmovedor cuidado, cómo ha de hacer la plana diaria de francés para traducir poco a poco L'Histoire Générale, o aprender geografía siguiendo el viaje de él en su diccionario, aunque sabemos que el dedo de la niña sobre el mapa señalando Cap Haitien se ha de detener tan pronto. Y es que atiende a lo grande y a lo ínfimo, y si escribe con sencillez: «Sirve, y habla con finura», también comprende: «No le tengas miedo a sufrir.»

Este orador nato, que puede conmover y arengar como nadie, tiene el secreto, acaso más difícil, de hablarle a una niña, con este tono encantador por su simplicidad y su ternura:

¿Ves el cerezo grande que da sombra a la casa de las gallinas? Pues ese soy yo, con tantos ojos como hojas tiene él, y tantos brazos para abrazarte como él tiene ramas. Y todo lo que hagas, y lo que pienses, lo veré yo, como lo ve el cerezo. Tú sabes que yo soy brujo, y que adivino los pensamientos desde lejos, y soy como los vestidos de esas bailarinas que anuncian el agua, que cuando hay tiempo bueno tienen el vestido azul, y si el tiempo es malo, el vestido es color de un golpe, de morado oscuro, y si hay tormenta, negro. Si piensas algo que no me puedas decir, de lejos lo sentiré, por donde quiera que yo ande, y me pondré oscuro, como el vestido que anuncia el mal tiempo.

¿Quién reconocería en este hombre exquisito y familiar, casi tímido, según afirman, en el trato diario, a aquel que cierra así el párrafo de un discurso, después de haber evocado, como el que lo está viendo, toda la historia americana en frases que parecen versos?

¡A caballo la América entera! Y resuenan en la noche, con todas las estrellas encendidas, por llanos y por montes, los cascos redentores. Hablándoles a sus indios va el clérigo de México. Con la lanza en la boca pasan la corriente desnuda los indios venezolanos. Los rotos de Chile marchan juntos, brazo en brazo, con los cholos del Perú. Con el gorro frigio del liberto van los negros cantando detrás del estandarte azul. De poncho y bota de potro, ondeando las bolas, van a escape de triunfo, los escuadrones de gauchos. Cabalgan suelto el cabello, los pehuenches resucitados, voleando sobre la cabeza la chuza emplumada. Pintados de guerrear vienen tendidos sobre el cuello los araucos con la lanza de tacuarilla coronada de plumas de colores; y al alba cuando la luz virgen se derrama sobre los despeñaderos, se ve a San Martín allá sobre la nieve, cresta del monte y corona de la revolución, que va envuelto en su capa de batalla cruzando los Andes. ¿Adónde va la América y quién la junta y guía? Sola, y como un solo pueblo se levanta. Sola pelea. Vencerá, sola.

Nótese cómo el movimiento creciente, de tan épico impulso, de las primeras frases, se ve al final acallado por la figura quieta del héroe en la solemnidad de la nieve.

(....) Nunca he visto nada parecido a lo de Silvita. Cada cuadro era, además, un objeto. Un lugar en que se tenía la sensación, no de que se miraba, sino que “se podía entrar”. (…) Me pareció que era una nueva forma de pintar. Entrando, más que viendo. Todos unicos, originales, imprevistos. Tu exposición magnífica!.
Fina García – Marruz
Diciembre 2014.
(Acerca de la exposición “Secretos de madera” de Silvia R. Rivero)

Voluntariamente contrapongo el tono recogido de sus cartas al libre y henchido de los discursos para obtener rápidamente su doble imagen, ese cruce de lo armonioso y lo desgarrado que constituye su verdadera originalidad. Lo armonioso que le yergue y le dilata el párrafo, le templa y unifica el carácter, le descubre lo Uno en lo diverso, en fin, y lo desgarrado que contiene y liberta a la vez su poesía, vela de tristeza sus conmovedoras despedidas, lo echa del bienestar de una vida simplemente justa a la agonía «creciente y necesaria» de una vida heroica. De no haber tenido esa doble dimensión, habría sido acaso tan solo un seguidor de Emerson o de Walt Whitman, de los que escribió tan hermosas páginas.

Josefina García-Marruz Badía (Fina García Marruz) es una poetisa e investigadora literaria cubana, que ha recibido numerosas distinciones entre las que destacan los premios Nacional de Literatura 1990, Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2007 y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2011.

Entre sus obras se destacan Créditos de Charlot (1990); La familia de "Orígenes" (1997); Darío, Martí y lo germinal americano (2001) y otros.

Pero no se crea que le señalamos una contradicción a la figura más plena de nuestra América. Creemos por el contrario que la intuición central de Martí hay que buscarla en el sentimiento de la relación necesaria entre ambas zonas y aún en la certidumbre de su secreta unidad. De ello proviene el sentido de su poesía y de su vida. Es esta unidad la que liga invisiblemente las estrofillas de sus Versos sencillos, dándoles tantas sutiles correspondencias de sentido a todo lo que observa en la naturaleza y en su alma. Es esta unidad la que ve en el mal siempre un accidente y en la bondad una esencia. Es también esta unidad la que percibe en la Historia de América. La evoca, a un tiempo que en sus más primorosos detalles, con lujo de pintor y cariño de hijo, en sus giros más amplios, con un sentido coral de voces que entran y se entremezclan, y que, naciendo solas, van a afluir a la misma crecedora música. Y es este sentido coral de la historia americana la que lo lleva a afirmar de nuevo la unidad de sentido y de destino de los pueblos nuestros, y a percibir, coralmente también, el sufrimiento, no acallado por la armonía general, sino —más cristiano en esto que griego— preparando su advenimiento.

El hombre

Es en esta fe en la bondad natural de lo creado donde hay que buscar el secreto de la fascinación —no encuentro otra palabra mejor—, que ejerció sobre los que lo conocieron. Pues tiene esa virtud —acaso menos frecuente que el valor o el talento—, de provocar los dones mejores de cada hombre. Unas pocas horas en un lugar le bastan para dejarlo todo transformado e iluminado por su verdadero sentido. En cualquier momento de su vida que lo evoquemos lo veremos rodeado de rostros conmovidos, como si él les hubiera devuelto una relación olvidada y más antigua con el mundo, rostros humildes como los de las guajiritas de Jesús Domínguez que siembran para él unos tiestos de flores, o David, el de las Islas Turcas, que le da su único chaquetón en la cubierta para que le sirva de almohada, o el del librero, «el caballero negro de Haití», a quien manda dinero para unos libros «y me manda los libros —dice Martí—, y los dos pesos». Rostros anónimos, en su hora de claridad, que se detienen un poco extrañados ante este que siempre se está como despidiendo un poco, pero cuyo paso los ha tocado, y al que no podrán ya olvidar. Sí, todo el que lo oyó un momento o lo conoció alguna vez, nos hablará luego de él como el que ha visto un milagro.

Ah, no haberle visto nunca entrar a aquellas oscuras tribunas de Liceo provinciano donde su nombre se anunciaba al fervor de un público vario —trabajadores en quienes los vacíos de la cultura entregan un estilo de atención y candor que en medios más elevados falta, muchachas que apenas salidas de la niñez ya tienen ese maduro señorío de la criolla, jóvenes cuyas aspiraciones más íntimas no son aún diferentes de la realización exterior de su país, viejos que esperan en el trabajo de las inmigraciones, con los recuerdos recientes del 68 y su sabor gustoso y prohibido—, no haber oído esos párrafos de tan compleja y delicada estructura que se asombra uno que fueran dejados a la improvisación del momento y en los que lo exquisito volvió a ser el modo más natural de dirigirse a todos, no haber oído aquella grave voz vehemente —que casi sentimos intacta en la lectura—, en la que las palabras «Cuba», «cubano» tenían todo el orgullo y la confianza en nuestra naturaleza que ahora nos falta, palabras con el decoro y la tiesura que todavía tienen en nuestro campo.

No deja de ser extraña esta irresistible piedad y ternura que lo lleva a todo hombre en alguien que conoció tan de cerca la maldad humana. Recordemos que es apenas un muchacho cuando conoce todos los horrores del presidio que después relatará en el folleto famoso. Allí —donde apenas gasta, por darlo a los otros, el poco dinero que le consigue el padre para los parcos consuelos del café—, ve encerrar a un niño y martirizar a un anciano. Allí lo rodean de grillos cuya marca conservará toda la vida. De modo que conoce bien a esa «fiera admirable» como llama al hombre, pero a pesar de todo eso nos dice que «no ha encontrado nada más maravilloso en toda la Creación». Porque el hombre —dice bellamente—, «no es lo que se ve, sino lo que no se ve».

A primera vista diríamos que su idea del hombre es rousoniana, pues cree con éste que sólo hay que producirle un medio de bondad para que aparezca lo hasta entonces velado: el hombre bueno, original. También escribe que «lo impuesto es vano: sólo lo libre es vivifico», y todas sus ideas están en el fondo sustentadas por esta fe en lo natural frente a lo convencional o impuesto, que le exige en la vida la libertad, en lo político la independencia, en lo poético la inspiración y la conciencia en lo religioso. Pero decimos que su semejanza con Rousseau —inevitable hasta cierto punto y necesaria por su fermento revolucionario en la época—, es más aparente que real, porque creemos que en él el antagonismo naturaleza-convención no se identifica tan rápidamente como en Rousseau al antagonismo bondad-pecado. Esa «naturaleza» no es para él algo tan resuelto y estático. Martí cree que la humanidad no se redime sino por determinada cantidad de sufrimiento «y cuando unos lo esquivan es preciso que otros lo acumulen para que así se salven todos». ¿Cómo? ¿Qué falta nos hacen estas extrañas palabras para explicarnos al solitario «hombre natural»? Es que en el fondo su idea del hombre está mucho más cerca de Cristo que de Rousseau. Aunque no afirme dogmáticamente el pecado original —que remonta el origen del mal al hombre y no a la convención , hay en él la oscura evidencia de algo que hay que redimir en uno, que es lo que late confusamente y como a destiempo en la carta juvenil que manda a Rosario la de Acuña, cuando le dice que él necesita encontrar una justificación noble de su vida. Evidencia de un ser que no se basta a sí mismo, como se basta lo que es sólo natural, sino que sus límites por el contrario están fuera, y que sólo se empieza a poseer al darse sin tasa en bien de los otros. Ya al fin de su vida esto cobra el sentido no de un altruismo amoroso sino de una reparación cósmica. Recordemos que es el hombre que escribe «la muerte es un derecho» o esto que resulta poco lógico en un discípulo de Rousseau: «el martirio: he ahí la calma».

Pues Rousseau quiere una vuelta a la naturaleza en tanto que ella ofrece «armonía y proporciones» pero ha habido siempre algo pagano en este amor a la armonía y a las proporciones. Esta naturaleza que quisiera devolver al hombre no es ciertamente la original, perdida por el pecado, sino una especie de inocencia segunda, que es sólo una apariencia de orden y una falsa unidad. No sé si Martí fue consciente de esta vaga contradicción entre su idea un poco rousoniana del hombre natural «que nace bueno» y su inmensa sed cristiana de reparación por el sacrificio. Frente a aquella «armonía y proporciones» el sacrificio aparece como algo desproporcionado, como una distensión de lo natural, que sólo se justifica por un sentirse a sí mismo como indigencia esencial, vivida no en el plano histórico de la convención, sino en el metafísico del ser.

Esta «naturalidad» no podrá ser en él, pues, un estado al que se regresa, sino un movimiento por el que se llega a merecer la existencia. No se trata de una moral a posteriori, sino de un dilema en el ser mismo, por el cual la idea de sacrificio se le fue ahondando cada vez más hacia el sentido de una urgencia no de lo fortuito o histórico sino de lo esencial y necesario. Sólo así se nos torna explicable la importancia que da al sufrimiento, cuya justificación racional o meramente histórica buscaríamos en vano, como si por encima de la naturaleza humana, del armonioso y proporcionado mundo moral, existiera una exigencia espiritual aún mayor: la sobrenaturalidad del sacrificio.

La obra y la vida

Su obra se nos aparece como el inmenso preludio de un ofrecimiento mayor, tan fundida a su propia vida que sentimos la insuficiencia de lo literario en sí mismo para explicárnosla. A veces nos angustia esa poesía que desprende, tan disímil que confunde y desorienta al extraño, donde no hallaremos nunca esas pequeñas malicias que siempre ha tenido el escritor para escoger, aprovechar, componer, y que hace que aparezcan ideas o imágenes esenciales, que hubieran requerido tratamiento aparte, en un artículo de circunstancias, acaso aparecido en un periódico local, y que posiblemente no conozca nunca aquél que no ha rastreado amorosamente toda su vasta obra. Y sin embargo comprendemos que no podríamos sin desnaturalizarlos, entresacar esos momentos que nos revelan ese no reservarse nunca, ni aún en lo trivial, que es como una suerte de delicadeza oculta.

Tampoco al árbol lo hacen más bello sus colecciones mejores de hojas, sino su cuerpo desigual e indivisible en la luz. Pero así, generosamente natural, a un tiempo «trémulo y desbordado», nos dará a veces esas páginas inolvidables, en que lo espontáneo se nos aparece como una exactitud orgánica, más exquisita que la consciente.

Nos entristecemos a veces de tanta ausencia de prevención con el tiempo. ¿Acaso no se sabe que los discursos que conocemos son sólo una pequeña parte de los que pronunció —ante auditorios humildes de emigrados o tabaqueros—, que él sentía todo lo que había hecho como producto de las circunstancias, y que se iba «con sus libros inescritos» a la tumba? Pero a la tristeza nos sucede la tranquila certidumbre de que acaso el escritor que se hubiera detenido a recoger todo lo escrito, sin dejar perder nada, nos habría dado también otros discursos, y reconocemos entonces que ese inmenso impulso de desinterés que le hizo olvidar los trabajos perdidos es el que hace que nos emocionen de un modo tan singular los trabajos salvados.

Obra y vida, perfección o abandono, se nos ofrecen en una sola pieza en estas figuras americanas que todavía no han aprendido a separarse de sí mismas y en las cuales no encontraremos ese sentido europeo del espíritu como mirada, creación, ironía, juego. Mucho más elementales, más refinados y simples a un tiempo, ellos pertenecen a la Naturaleza. ¡La Naturaleza! Frente a las formas impuestas desde afuera, ella representa a un tiempo la tierra y el alma, que, amenazadas a la vez, se le confunden y abrazan para siempre, lo propio y creador, lo libre y lo vivo, en toda su sobrecogedora dulzura. Y pues es ella con lo único que contamos frente al prestado esplendor de lo extranjero, porque fecunda y maternal es su pobreza, «Muévante —dice Martí a un poeta americano—, esos solemnes vientos.»

Y aquí no podemos menos que detenernos —siquiera sea un momento—, en el modo tan distinto que tuvo Darío —tan fascinado por las formas—, de sentir lo americano.

No podemos entrar en las relaciones que acaso ello tenga con ese fondo pasivo —por algo tenía de indio—, desolado, que hay detrás del sentido luminoso y sonoro de la forma en Darío, de toda su conmovedora pompa americana. La posición de Martí creemos que está dada por el hecho de ser un creyente, y por esto mismo, un ser profundamente activo, que más que expresar lo americano se propone actualizarlo, aunque para ello tenga que sacrificar la inmovilidad de la forma o el cuidado de la vida. Si uno compara las figuras políticas o literarias que estudió Martí con las que aparecen en Los raros de Rubén Darío, tendremos que anotarle al segundo una mayor conciencia de lo literario en sí mismo, del límite formal. Darío da la impresión que sabe todo lo que va a decir, como si lo tuviera delante de sus ojos y pudiera modelarlo en todos sus detalles, escucharle todas sus sonoridades. Pero Martí, menos espacial o arquitectónico, más ligado a las sugestiones del tiempo, nos da la angustiosa sensación de que la riqueza mayor de las imágenes y su desbordante precisión nacen a cada momento del azar de la mirada contra las impaciencias de su espíritu y su imaginación.

A Darío le suena más la palabra, a Martí el idioma. Es de los pocos escritores que parecen escribir con todo el idioma. No tiene la sonoridad fija de Darío, pero por lo mismo ha sido capaz de una poesía de lo simultáneo que no creo que haya sido igualada. Las palabras no se le configuran en la página ligadas indisolublemente al espacio y al límite de la expresión como en Darío, cuya sonoridad es metálica —dura, vibrante, sonora—, sino que sus metáforas más bien que hechas están haciéndose, las palabras se abrazan unas a otras, y lo que percibimos es, más que ellas mismas o lo que ellas significan, el rumor envolvente de su último y más amoroso sentido. «El rumor de la palma va mucho más lejos que la palma», escribía.

En este asombroso escritor que se avergüenza siempre de escribir porque sólo lo que va a hacer le parece digno, las palabras parecen actos: eficaces y límpidas, están más ligadas a la voz que a la letra. No es que tenga un vocabulario «rico» —esto da demasiada idea de un adorno o un privilegio de formación—, es que cuenta con el caudal del idioma con la naturalidad del que lo toma de su fuente, sin esfuerzo visi­ble. ¿Cuándo los verbos fueron más móviles, precisos, cam­biantes? Puede seguir con palabras la variación más sutil de movimiento. ¿Y los adjetivos? Lea su crónica «El 10 de Abril» quien quiera asistir a un desfile de parejas de adjetivos casi tan bello como el desfile de patriotas que con ellos evocaba. Es lástima no poder dedicarle a todo esto más tiempo.

Que un escritor como éste se haya ofrecido a la acción ha dado lugar a un doble equívoco: unos dan en creer que ello resulta un símbolo de lo que debe ser todo hombre de letras que no esté vuelto de espaldas a los ideales comunes de su pueblo; otros —los amantes de la poesía entre ellos—, se duelen por la obra que nos habría dejado de no haber estado obsedido por la independencia de su patria. Y es que acción y contemplación se suelen ver como dos órdenes diferentes que tienen tan poco que ver entre sí que es necesario aban­donar uno para entregarse al otro, menospreciando alguno de los dos, cuando son justamente estas figuras como la de Martí las que nos revelan más claramente su misteriosa rela­ción. Pues la acción no es la agitación vacía con que se la confunde ni la contemplación es una vacía especulación. Sólo han actuado realmente aquellos hombres en que el acto ha sido —como decía un apologista católico—, sólo esto: sobreabundancia de la contemplación. No creo que haya definición más justa. Es preciso llenarnos de silencio y sole­dad para que sobreabundemos en palabra y en obra. El vaso colmado de agua desborda naturalmente hacia fuera, y el alma colmada de contemplación actúa y fecunda. Pero todo acto que no procede de una contemplación es hueco y esté­ril, porque ya no es el agua que desborda de una fuente man­teniéndola intacta y llena, sino la que se vacía poco a poco de un cántaro hasta que no queda nada en él. ¿Qué idea tene­mos de lo que es esa fuerza tremenda y exquisita de la acción?

¿Es algo acaso que hay que dejarle a los bárbaros, que no necesitan madurez? Cristo meditó treinta años, actuó sólo tres, pero todavía el mundo se mueve por la semana de su pasión. El demagogo que con Martí de bastón, le pide al menos dotado que interrumpa su labor interior para dedicarse a algo útil para todos, no se da cuenta hasta qué punto está minando la fuente futura y misteriosa de toda acción verdadera y hasta qué punto puede ser más útil —si no le alcanzan las fuerzas para llegar a ese fondo—, absteniéndose de ofrecer una inmadura y festinada actividad. Pues para dar ¿no hay que tener? ¿Y cómo si no en soledad se podrá seguir ese delicadísimo descenso del alma hasta su propio centro de caridad? Luego hay que aislarse primero de los demás para poder ofrecer algo a los demás. Hoy se le pide al intelectual que intervenga en la vida pública, y éste se siente en el deber —cuántas veces prematuro—, de influir y mejorar. Pero cada vez que una obra ha influido realmente no ha sido por una decisión voluntaria de su autor, sino por una sobreabundancia involuntaria de la obra misma, no por un interrumpir su soledad, sino por ahondarla hasta ese centro último que es siempre una trascendencia y una entrega. Lo que hay en el fondo de aquella exigencia es un inmenso desprecio de la contemplación, que se disfraza de servicio, sin comprender que en ella se funda la acción que permanece. Muchos escritores de buena fe caen en el lazo, pero ay, que no es tan fácil imitar a estos hombres como Martí en los cuales el acto es su intimidad. En ellos actuar no es abandonar la contemplación sino consumarla.

Lo cubano

La destacada intelectual cubana Fina García-Marruz, durante la ceremonia donde le fuera concedida la Orden José Martí, que otorga el Consejo de Estado de la República de Cuba, en La Habana, el 29 de abril de 2013. AIN FOTO/Oriol de la Cruz ATENCIO.

Pero también nos parece falsa la otra posición que ve en Martí una gran obra literaria frustrada. Uno tiende a pensar: ¡qué inmenso poeta sacrificó a su labor redentora! Este pensamiento toma tintes casi de reproche en las páginas que le dedicó Darío a su muerte. Pero esto es una falacia. Los hombres como Martí tienen poco que ver con el azar. Sólo al hombre común le sucede el azar. En el no común todo es destino. Desde niño, parece que lo tiene delante; la carta que le escri­be a su madre poco antes de morir —esa carta que Unamuno llama una de las oraciones más bellas que se han escrito en lengua española—, es la carta asombrosa del que sabe que va a morir. Frente a su muerte sentimos no el azar que inte­rrumpe sino el destino que sella, el generoso cántico de «su» hora profunda, cuya alegría lo turbó como un niño, y des­pués de la cual ya no era posible vivir. Cuando leemos sus últimas cartas desde el campamento, su diario, tenemos la arrasadora sensación de que es cierto que ha llegado, como él dice, a la plenitud de su naturaleza, como esos temas mu­sicales, largamente preparados a lo largo de una sinfonía y que percibimos sólo hacia el fin en su verdadera, golpeante nitidez. Tal parece como si la batalla real lo hubiera rechaza­do de su campo, a él que fue hombre de acción espiritual, lo hubiera hecho retroceder al mundo suyo y distinto, al im­pulso ideal de morir. Al borde de la acción oscura, sin poder llegar a su centro mágico quedó Martí, como si no quisiera ofrecer allí sino su propia muerte, a la que fue con el candor augusto de los fuertes, ligero «como un niño». Y si acaso hubiéramos podido estar allí, frente a su pobre cuerpo derri­bado, hubiéramos comprendido de pronto toda la diferencia que va del guerrero a quien mata siempre un solo hombre y el mártir a quien matan un poco todos los hombres.

Pero no es sólo porque toda su vida tiene la cualidad nece­saria de un destino por lo que no podemos comprender su muerte como una frustración. Es que la sustancia misma de su estilo es el sacrificio. Su mirada es la del que va a decir adiós, la del que se va. Por eso es tan penetradora, tan «rápi­da». Se ve siempre que le interesa otra cosa más que el hecho de decir lo que dice. La pura fruición del escribir ha pro­ducido sin duda obras maestras, pero no es suficiente para explicar algunas obras maestras. El acento inconfundible de Martí como escritor, lo que le da el tono más suyo, es ese grado de tensión que tienen las palabras corno el de un arco que dispara una flecha a otro blanco lejano. Él va a otro sitio, y por eso, «de un ojeo copio toda la sala», nos dice en el Diario. Uno no puede menos que asombrarse de todo lo que «mira» con sólo estar unos segundos en un lugar. Y del mismo modo que las cosas se nos fijan en una forma más indeleble cuando las vamos a abandonar para siempre, he tenido a menudo la sensación de que es esa ausencia de «de-tención» en las cosas, de fruición por ellas mismas, lo que da al estilo de Martí esa mirada última, amorosa, que las fija y las trasciende, y el secreto de su intensidad se nos aparece explicado por esa mirada que precede a una despedida, en que rostros y cosas se nos fijan tan profundamente, esa mirada del huésped en una ciudad extraña en la que se va a estar sólo un breve tiempo. Y así, no podemos olvidar ya nunca las prístinas imágenes nocturnas de la isla en el desembarco (último diario), que es como rumoroso preludio de imágenes y sonidos cubanos, la crecida del río «con estruendo de piedras que parecía de tiros», las conversaciones para ordenar las patrullas, para asar el puerco en la improvisada parrilla, mientras el General le cuelga la hamaca como a hijo y viene José con los catauros de miel. ¿Cuándo tuvo nuestra poesía estas calidades: «y otro, flotaba al aire leve, veteado...»? ¿Cómo explicar la presencia en su expresión de ese «imponderable» de lo cubano, que hace que diferenciemos al punto las páginas que escribe sobre Juárez o Bolívar de las que dedica a Gómez, por ejemplo, o al campo nuestro en las páginas del Diario? Estas últimas diríamos que son más blancas, más siluetadas, tienen esa «lisura» tan cubana —acaso posterior a la intimidad penumbrosa de lo criollo—, ese modo de aparecer las cosas en la luz como si no tuvieran nada detrás, en una especie de pobre, dura, rugosa intemperie.

Martí es acaso el primero en quien lo paradisíaco nuestro no se confunde con el paisaje «virgen» que descubre el cansancio europeo y que influye hasta en el mismo Heredia con sus palmas «deliciosas», redondeándole radiosamente su esbelto tono propio. Poesía que llamaríamos de «descubrimiento» a la que debemos tanta Oda superficial, en la que la enumeración de las frutas y las delicias del clima hacen todo el gasto poético. Qué diferencia entre estas «palmas deliciosas» que ve Heredia en su poema mayor, y estos «tristes», estos «mágicos palmares» que en un simple poema de circunstancias ve Martí.

Y es que ni como escritor ni como hombre es Martí un romántico sino un realista. Todos los mártires lo son. Por esto, si los poetas anteriores nos dan el elogio, la sorpresa o la nostalgia del campo cubano, sólo Martí nos da su ser mismo, en una especie de apasionada objetividad. Para la bondad, como para la poesía, tiene un adjetivo preferido, nos dice que la bondad es útil, que la poesía es útil a los pueblos. Reduce sus contenidos románticos y se atiene a los prácticos, pero no al modo del pragmatismo posterior que refiere lo útil al plano histórico de la existencia humana, sino que tal parece —aunque Martí no se extendió nunca sobre este tema—, que ve en estas formas elevadas una utilidad diríamos ontológica, referida no a la existencia sino a la esencia del hombre o de los pueblos. Esta palabra «útil» tiene en él un sabor especial, porque sentimos que envuelve también al espíritu desposeído de su soberbia. ¿No nos dice que la virtud preserva como la sal al alimento? Es este sentido práctico a lo divino el que hace de él el último héroe y el primer clásico americano.

No, no perdimos al escritor. Los que quisieran ver a Martí entregado sólo a sus faenas literarias y se duelen de la obra que pudo haber dejado, no imaginan hasta qué punto fue central a la obra misma esa prisa profunda de su vida, hasta qué punto fue su constante olvido de sí, su sentido vigilante de la utilidad preciosa de todo, lo que le permite trascender los modos de expresión romántica, la cámara de espejos del «yo» romántico, y, despojado de sí mismo, darnos las cosas como a través de un cristal donde aparecieran los dibujos candorosos y solemnes de las palmas más puras, de los hombres más nuestros.

El estilo

La poeta cubana Fina García Marruz, quien ha obtenido el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, posa en su oficina de La Habana, hoy jueves 28 de abril de 2011, día de su cumpleaños 88. García Marruz afirmó que el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana es "el más querido" que haya podido recibir debido a la "vieja deuda" que tiene en su vida con España. "Me he quedado sin palabras. No sé cómo agradecer este reconocimiento que es también un reconocimiento a Orígenes, a Cintio (Vitier), a Lezama Lima, a Julián Orbón", indicó la escritora. Foto: Alejandro Ernesto/ EFE.

Decimos de un escritor que tiene estilo no tanto en cuanto piensa o expresa con una mayor hondura o variedad, como en cuanto logra comunicar, universalizándolo, lo que tiene justamente de más personal o intransferible. Hay detrás de todo estilo algo que tenemos que poder identificar con un gesto en el idioma, en el que —a la manera de las especies angélicas—, se nos dé una individualidad ya no limitada y una generalidad ya no abstracta. También todo problema de estilo lo es de concentración, no entendida como una contracción avariciosa de las palabras, sino como esa velocidad del espíritu, esa intensidad del sentido que hace que la palabra nieves, por ejemplo, en la famosa «Elegía» de Villon, pueda darnos nada menos que la visión poética absoluta de lo histórico a través de eso que es sólo como una forma ausente que cae leve y sin huellas.

Está por hacer el estudio estilístico de Martí, ni gracianesco ni teresiano —aunque es claro que la lectura de los clásicos le dejó un sedimento de idioma—, de raíz hablada y viva. Está por estudiar el especial impulso o movimiento de su prosa en que se dijera que cada frase «entra» por un tiempo propio, distinto al anterior, y en donde la argumentación central, sobre todo en los discursos, es sólo la plaza rendida, en el frente, en los costados, por los ejércitos simultáneos de las imprecaciones, las preguntas, la piedad, la ira.

Pero acaso la cualidad más encantadora de su estilo sea esa extraña mezcla de lo apasionado y lo realista, esa lealtad al detalle y a la vida con que de pronto concentra el impulso de su entusiasmo. Hombres y cosas aparecen así vistos en su rasgo esencial, y a menudo nos han recordado esos nombres suyos seguidos de dos adjetivos definidores aquellos héroes de Homero o del Cid a los que siempre llaman recordando seguidamente sus virtudes o hazañas más notorias, que acaso no es más que el reflejo en las palabras de ese ir derechamente a «lo útil», lo definidor, el fermento heroico. Este ver los hombres en esa «última instancia» esencialmente afirmadora, no porque ella misma sea una virtud sino por ser el centro vivo y eternamente moldeable del alma de donde parte toda acción, es lo que hace que sus estudios de figuras, sus semblanzas cubanas o norteamericanas, tengan algo de juicio post-mortem, algo de involuntario epitafio, como si él viera aquello que va a quedar después de muerto en cada vivo. Son frecuentes en él esas frases lapidarias, generalmente de tres palabras, con que cierra un período tumultuoso y en las que uno ve de repente a un hombre, o esas enumeraciones de figuras de las que ofrece sólo un breve juicio o un rápido retrato en el que destaca siempre el fragmento que tiene el don de evocar el todo, sin reconstrucciones fatigosas. Así cuando nos pinta la atmósfera del Sur esclavista antes de las guerras de secesión, en la frivolidad recogida de sus salones, y nos dice de pronto que allí «todo es minué y bujías», vemos casi materialmente los gestos, las luces, los trajes. Si en el mismo discurso nombra así a Lincoln «el leñador de ojos piadosos» tenemos entero el doble trazo del desgarbado cuerpo que ha trabajado y el noble rostro melancólico. Y para sólo ceñirnos a uno de sus artículos críticos sobre pintura, recordemos aquél en que dice de Velázquez esta frase lapidaria, en que sentimos toda la humanidad española de los rostros, en contraposición a su tratamiento convencional en otros pintores: «Creó los hombres olvidados.»

Señalemos también en este mismo artículo dos aciertos más: el juicio sobre Goya y sobre los impresionistas. «Goya, que dibujaba cuando niño con toda la dulcedumbre de Rafael, bajó envuelto en una capa oscura a las entrañas del ser humano y con los colores de ellas, contó el viaje a su vuelta.» Fijémonos en cada una de las insustituibles palabras: «Vio la corte, la guerra, y el amor, y pintó naturalmente la muerte.» Es curioso que si cualquiera podía haber dicho que Goya bajó «a las entrañas del ser humano» sólo él podía haber escrito «envuelto en una capa oscura», en que se diría que el símbolo cobra ya otra precisión, y que el rojo, como en el propio Goya, se tiñe un poco de negro. Por último, en el juicio sobre los impresionistas, la fuerza del último verbo: «Quieren pintar como la luz pinta, y caen.» Nótese el espacio que abre esa coma y lo sintético del juicio. Podría centuplicar los ejemplos.

Quisiéramos poder detenernos en la peculiar adjetivación martiana, rápida como un instinto. Cuando nos dice, en frase incidental, refiriéndose a Mark Twain, «entiende el poder de los adjetivos, los adjetivos que ahorran frases...», nos pone en guardia del error de ver en el adjetivo la parte floja de la frase, aquélla que, por ser adherente y no sustancial, no nos obliga a precisiones. El adjetivo, nos dice, tiene un poder. Veamos. El adjetivo llena al parecer una doble función, puede expresar las cualidades que una cosa tiene como parte inseparable de ella misma o aquellas que la atribuimos como parte de nuestra percepción o reacción ante ellas. Si de un lado puede confundirse con los contornos mismos del nombre, del otro puede confundirse con su horizonte más lejano, si de un lado puede caer en el peligro de lo obvio que no añade nada que no esté ya en el nombre, del otro está el peligro de lo arbitrario o gratuito, de lo que prolifera sobre él añadiéndole demasiado. Adjetivación clásica la primera (la nieve fría, la noche oscura), romántica la segunda (el ángulo oscuro, la luz tibia y serena). Podríamos decir que en Martí el adjetivo ocupa una posición intermedia. Ni se superpone al nombre, ni se aleja gratuitamente de él. Visualmente nos impresiona como un ejército que retrocede al punto de partida, como una cualidad que avanza sobre el nombre para desentrañarle su secreto, es decir, como algo que sin ser adherente al nombre tampoco le es intrínseco, como si esa acometida exterior le entregara de pronto una vibración propia que le era desconocida.

Y nos preguntamos ¿no es éste además del modo de conocer o penetrar las cosas en Martí, el modo que tuvo de conocer y penetrar los hombres? ¿No es uno y el mismo el procedimiento que lo lleva a rendir la sustancia del nombre por la acometida del adjetivo y la que lo lleva a actualizar lo mejor de cada hombre por la acometida del amor y la esperanza?

Este que nos dice que anda «como enamorado de los hombres» dista mucho de ser un optimista justamente porque es un creyente. La diferencia esencial estriba en que el optimismo es un punto de vista que se tiene sobre la realidad, no aspira a una visión que se entrevé como dolorosa y confusa, sino a un acomodo momentáneo con vistas más a la vida que al conocimiento. Por eso el optimismo siempre ha sido más propio de los pueblos utilitaristas al estilo de los Estados Unidos, que de los desinteresados y tristes de la América nuestra. Martí cree en los hombres no por lo que ve en ellos —hay relámpagos de amargura en su obra en que le vemos la herida—, sino por todo lo contrario, porque el hombre «es lo que no se ve» nos dice. De modo que esta fe, sin ser justificada, dista mucho de ser gratuita. ¿Cómo actuará entonces la alabanza —y sobre esto se extendió mucho en ocasión en que se le reprochaba de excesivo—, como un embellecimiento galante y momentáneo de las cosas o como un provocador de ser, como la íntima creencia en este ser mismo como secreto de belleza que conjura la confianza? Y como la alabanza en la vida, actúa el adjetivo sobre el nombre, con el adjetivo que es un poder, como él dice, y no un ciego dispensador de dones. Fluctúa el adjetivo en la zona de lo posible, en la zona del deseo y del amor, y no es sustancia fría ni alabanza ardiente actuando aisladas, sino un penetrar la sustancia por la alabanza que fue en Martí el doble secreto de vida y obra fascinadas.

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  • 8yta dijo:

    Martí, inspiró a la generación de su centenario y hoy junto a Fidel, nos guía en la consolidación de nuestro proyecto social.
    ¡Viva por Siempre José Martí!

  • DelaGiraldilla dijo:

    Gracias Marta por mostrar este magnifico trabajo de Fina Garcia.

    Muy conveniente en estos momentos, en que Fina se refiere a la fragmentación y por supuesto mala interpretación, ya fuera de contexto, de las palabras de nuestro Marti.

    Es muy bueno que trabajos como estos salgan a la Luz, que bueno seria que se abriesen paso en la jungla de la información diaria.

    saludos

    DelaGiraldilla

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Marta Rojas

Marta Rojas

Es escritora y periodista cubana. Premio Nacional de Periodismo José Martí del año 1997. Ganadora del Premio Alejo Carpentier de novela 2006. Recién graduada fue testigo excepcional de los sucesos del 26 de julio de 1953, el asalto al Moncada por Fidel Castro.

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