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Presentación del libro de Arnold August

En este artículo: Cuba, Cultura, Elecciones, Lectura
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Elecciones_en_cubaQueridas amigas, queridos amigos

Agradezco a la Editorial de Ciencias Sociales y al Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos el privilegio de presentar aquí estos comentarios. Como ustedes comprenderán, con el brillante prólogo de Ricardo Alarcón y la magistral presentación de Jesús García, estoy ante un difícil reto.

Considero que los análisis que presenta este libro tienen mensajes de extraordinaria importancia sobre un tema que ha sido y es una constante de la agresión contra la nación cubana.

Primero que todo, su principal valor es para los propios cubanos, sobre todo para las nuevas generaciones, porque no pocas veces se minimiza el contenido y el sentido del proyecto de modelo democrático que tenemos. Se ve como algo rutinario bajo la óptica de ese defecto que subyace en nuestra idiosincrasia, fustigado con vehemencia por el insigne patriota Manuel Sanguily al tomar posesión de su cargo como presidente del Senado en 1901, cuando señaló que vemos siempre con el brillo del oro a todo lo que provenga del extranjero, mientras subestimamos el valor de lo nuestro.

Es imperioso el estudio a fondo y el mayor conocimiento de las bases de este modelo de sociedad que hemos tratado de construir, ajustado a nuestra historia, nuestra idiosincrasia y nuestras realidades, donde sea posible el desarrollo con equidad y la transformación con justicia social.

Estados Unidos ha dicho claramente que cambia los métodos pero no el objetivo. No me cabe la menor duda que su apuesta es no solo a la desaparición física del liderazgo histórico de la Revolución, sino también a la de toda la generación que se aglutinó junto a ellos, y en la recomposición de las relaciones algunos alimentan el retorno a la posición de subordinación; de ahí la campaña de distorsión en torno a cómo Cuba desarrolla los temas de democracia y derechos humanos.

Por eso me parece también imprescindible difundir las comparaciones que el autor nos presenta en su arduo trabajo de investigación que pueden servir de mucho para los que ignoran como se desenvuelven los procesos cubanos y de otros hermanos latinoamericanos, y también para los que malintencionadamente nos presentan como una ridícula caricatura.

Hace menos de un mes tuve dos ejemplos bien visibles. ¿Ustedes se imaginan conversar con una delegación de parlamentarios japoneses, integrada por representantes de varios partidos, sobre  nuestro modelo, el partido único no electoral, la comisión de candidaturas, la asamblea municipal de delegados como fuente para decidir la postulación? Por muchos esfuerzos del traductor, los rostros evidenciaban con respeto que no alcanzaban a comprender aquello que les resultaba un crucigrama.

Para mí fue comprensible pues cada día se percibe esa tendencia a estandarizar valores, supuestamente desde principios democráticos universales y se ve con aprehensión lo diferente, a pesar de que no hay una sola definición conceptual sobre la democracia que no lo refiera al sistema político donde el pueblo ejerce la soberanía o la doctrina favorable a la intervención del pueblo en el gobierno.

La discrepancia cubana con ese modelo no reside en cuestiones de forma, sino de contenido, como una y otra vez aparece en los análisis del autor. Tener elecciones no es suficiente. La democracia no se acredita sólo mediante ilusiones de mecanismos formales para avalar una supuesta representatividad, mucho más cuando puede propiciar viciadas prácticas como el clientelismo, el fraude, el incumplimiento de los compromisos electorales y otras manifestaciones que deslegitiman a los gobernantes y debilitan el sistema democrático, impidiendo que la gente sienta en su vida cotidiana la utilidad de la política.

El otro ejemplo es ridículo y grosero. Es un documento circulado por un grupo parlamentario  sobre Los Municipios en Latinoamérica, donde de manera malsana se hace una  presentación de nuestro país con una manipulación absoluta de su realidad inmediata y concreta y de su marco constitucional y legislativo. Los peor es que por desconocimiento fue aceptado hasta por personas de buena voluntad.

Dice el documento circulado:

Cuba:

Cantidad de Municipios: 168

Como se eligen: En cada municipio del país existe un Comité del Partido Comunista, el que como fuerza dirigente de la sociedad y el Estado cubano, ejerce la misma función a nivel local.

Organigrama: 1 Secretario Municipal y un Consejo de Administración Municipal 

Funciones: Administran los recursos, se encargan de los servicios básicos

Autonomía: Tienen autonomía limitada  

Recursos: Reciben partidas del Gobierno y en algunos casos poseen escasos recursos propios 

Los que hicieron esa manipulación, son los mismos que sostienen por este mundo las tesis que pretenden deformar la experiencia histórica cubana y hablan de un fenómeno político llevado adelante expresamente por la voluntad de un hombre, cuando para menoscabarla  se obvia el hecho inédito de que con  su amplia concepción de participación popular ha sido posible que las mayorías sociales de la población cubana logren expresarse como mayorías políticas.

Por supuesto que están en contra del sistema cubano por ese ejemplo donde Cuba con  sus ideas no ha tenido esos inestables vaivenes en su mercadotecnia política al disponer de un solo Programa Político Nacional, respaldado por los más amplios sectores de su sociedad, lo que reduce en cierta medida la apatía y los grados abstencionistas.

Cuando se habla de Partido único en Cuba, se diluye el contexto de  que la Revolución cubana triunfó sobre la dictadura batistiana el lro de Enero de 1959 como fruto de la acción de tres organizaciones políticas que al principio tuvieron sus contradicciones, pero decidieron en 1963, al cuarto año del proceso revolucionario en el ejercicio del poder, integrarse en un solo Partido para hacer de la unidad el factor esencial en la resistencia contra las amenazas norteamericanas, tal y como lo concibió  nuestro Apóstol José Martí en 1892 al formar el Partido Revolucionario Cubano.

También evitan por todos los medios confrontar, y creo que este libro es un puntal en esa demostración, que las libertades formales de competencia política pueden no solamente convivir indefinidamente con la injusticia social, sino igualmente propiciarla y encubrirla. Eso fue lo que ocurrió en toda la historia republicana cubana anterior a la Revolución, donde ni el pluripartidismo ni la teoría de los tres poderes resolvieron jamás el problema de la democracia y la justicia social. Mientras más pluripartidismo hubo en Cuba más dependiente fue la nación de los Estados Unidos y más corrupción, robo, frustración, desempleo, analfabetismo, falta de atención médica, desigualdad, discriminación racial y escepticismo hubo en el país.

Muchas veces se pierde de vista que las raíces y naturaleza del intenso conflicto nacional con los Estados Unidos surgió cuando no había nacido Carlos Marx, ni se hablaba de ideologías. La encrucijada de la independencia o el anexionismo ha signado la lucha de Cuba mucho antes de que surgiéramos como nación. Por eso dentro de nuestro país no ha habido una real oposición ni tampoco ninguna corriente política de alternativa al Programa Nacional de la Revolución, que se sustenta básicamente en los pilares de la independencia, la justicia social y el derecho al desarrollo.

Esa es la fortaleza que necesitamos mantener piedra sobre piedra para los tiempos futuros. Por la esencia y los valores históricos de la nacionalidad cubana, el contenido y la expresión de su lucha nacional, sometida a la permanente pretensión de anexar la isla a los designios norteamericanos, ninguna fuerza patriótica que estuviera en discrepancia con la manera en que se aplica ese Programa Político, se aliaría con los Estados Unidos, porque sencillamente estaría perdida la nación.

Como se destaca en este libro, una de las cosas más distintivas hoy del proyecto político cubano es la convocatoria permanente a toda la ciudadanía para que exponga sus criterios en torno a los problemas más acuciantes del país, conocer sus opiniones sobre la forma de resolverlos, aún en asuntos tan complejos como las reformas económicas. Esa práctica se ha extendido en la conciencia ciudadana, de tal manera, que puede afirmarse que en la Cuba de hoy no es posible gobernar por decreto. Cualquier medida política, cualquier decisión estatal, necesita de la argumentación, de la explicación, de la persuasión para que realmente sea aceptada y pueda tener efecto a escala social.

En una entrevista con mi compañero de la redacción en Bohemia, Luis Toledo Sande, el autor del libro declaró: No soy un apologista del sistema político cubano, y no presento el camino de Cuba hacia la democracia como ideal. Pero tampoco estoy interesado en criticarlo. No me considero, como otros muchos autores extranjeros, un “asesor” de los cubanos. Sí creo que hay muchos y muchas en el Poder Popular, en las universidades, en la prensa, que tienen una visión realista y la mirada puesta en cómo mejorar su sistema político, manteniendo el orden constitucional establecido por el referéndum de 1976. Estoy de acuerdo con esos cubanos.

“En Cuba hay un gran debate, serio, sobre la forma de mejorar su sistema político. Mi libro abre sus páginas como parte de ese debate. Creo que debería haber más publicaciones de ese corte”.

Yo creo que estamos en un  momento crucial  para hacer que la institucionalidad tenga el proceso de reforzamiento  necesario que otorgue más autoridad al Parlamento, tanto por la vía de la actividad legislativa, como por la asignación de un papel mucho más preponderante de sus Comisiones Permanentes en el control y la fiscalización de la gestión estatal y administrativa, así como de los gobierno locales, sobre todo a las municipalidades,  que es donde transcurre la simiente del Poder Popular.

No debemos cejar en el empeño de lograr un Estado que garantice, además , la manera en que las instituciones funcionen con plena autonomía, haya una política de descentralización que robustezca el poder local y promueva garantías para, dentro de la diversidad de opiniones, facilitar la participación ciudadana en el control y fiscalización de las políticas públicas.

Si algo está aposentado en el pensamiento político cubano actual es que creemos falso que la absolutización de la propiedad privada y la competencia del mercado resulten a la larga beneficiosas para la sociedad, como creemos también inadecuada la opción del Estado burocrático, paternalista y con superestructuras centralizadoras e ineficientes.

Pero no podemos ignorar que las necesidades económicas fueron distorsionando la pirámide del funcionamiento del Sistema de Poder Popular, peligro advertido por Raúl en Matanzas en 1974 durante la puesta en marcha de la experiencia. Hay que rescatar la autoridad de los elegidos sobre la administración, restaurar la rendición de cuenta del delegado en el análisis y discusión de la gestión del gobierno ante la población que lo eligió y no sobre hechos cotidianos que debe y pueden resolver las administraciones.

El riesgo que corremos si no hacemos  todo lo que debemos hacer para avanzar en cuanto a la participación real del pueblo en cada uno de los aspectos de nuestro sistema de gobierno, es que nos aboquemos a la ecuación,  que no tiene retorno, de “Ellos” y “Nosotros”, que es la fractura entre los que dirigen y la población. Esa ruptura o distanciamiento ha sido la ansiada búsqueda de  los enemigos de Cuba para acabar con el proceso revolucionario.

Parte de la sensibilidad de la democracia socialista es que los que dirigen no pierdan  la capacidad, como decía Fidel, de ir hasta los lugares más intrincados a dialogar con la gente y no ver sus problemas detrás de un buró, o como señaló Raúl, tener siempre el oído pegado a la tierra.

Tenemos como herramientas muchos valores éticos de democracia: rendición de cuenta, proceso de revocación, el hecho de que el núcleo fundamental de los legisladores cubanos no sean activos de oficio en el trabajo parlamentario, sino que combinan su actividad de Diputados con sus habituales tareas sociales,  lo que ciertamente requiere de ellos una mayor consagración para poder llevar adelante las misiones que desempeñan como integrantes de la Asamblea Nacional, que no haya salario de parlamentario, por mencionar algunas.

Coincido plenamente en que las tesis de este libro deben servir para abrir mayores discusiones entre nosotros, luchar contra la enajenación y el agotamiento, pulir lo que tenemos para enfrentarnos a los cantos de sirena que trataran de traer a las futuras generaciones lecciones democráticas envueltas en aparentes discursos de pluralidad, para negar precisamente nuestro derecho a ser diferentes y para justificar condicionamientos al destino de nuestra nación, que nunca deberán ser negociables.

Finalmente, no quiero cansarlos o abusar de su tiempo, pero para mi tranquilidad espiritual desearía expresar que en la década de los 90 me desempeñaba como vicepresidente de la Comisión de Relaciones Internacionales de la Asamblea Nacional y no creí que resultara provechosa la orientación de Alarcón  de apoyar  a Arnold August  en su proyecto de análisis de la democracia cubana. En medio de aquellas tensiones del período especial y el enfrentamiento constante en materia de democracia y derechos humanos que teníamos que debatir en cuanta reunión internacional fuese convocada, le expresé mi escepticismo a Jorge Lezcano: ¿Qué va a ser un canadiense con varias entrevistas y unas visitas?

Me alegro haber estado super equivocado y haber incurrido en ese error que cometemos a veces  muchos cubanos de “irnos por la primera”.

Arnold nos ha dado muchas lecciones. Por eso sentí regocijo cuando Túbal Páez, entonces presidente de la Unión de Periodistas, le hizo entrega a este amigo de Cuba y periodista destacado, el reconocimiento de la Distinción Félix Elmuza.

Muchas Gracias

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Lázaro Barredo

Lázaro Barredo

Periodista cubano. Fue director del diario Granma y coator del libro “El Camaján”. Ahora trabaja como periodista en la Revista Bohemia.

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