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Septiembre 11, Chile: Salvador Allende según Galeano, Neruda y García Márquez

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Hace 42 años, en un dramático combate por el asalto a La Moneda, el Palacio Presidencial de Chile, murió el Presidente Salvador Allende. Las fuerzas golpistas entregaron al General Augusto Pinochet un escueto informe: “Misión cumplida. Moneda tomada, presidente muerto”. Poco después se conformó la Junta de Gobierno. La Unidad Popular y su presidente habían sido aniquilados, iniciándose diecisiete años de dictadura militar.

Tres grandes escritores de Nuestra América describen esos sucesos, con los que queremos rendir homenaje al Presidente chileno, socialista y amigo de Cuba.

La Trampa

Salvador Allende en la Moneda, el 11 de septiembre de 1973.

Salvador Allende en la Moneda, el 11 de septiembre de 1973.

Por Eduardo Galeano

Por valija diplomática llegan los verdes billetes que financian huelgas y sabotajes y cataratas de mentiras. Los empresarios paralizan a Chile y le niegan alimentos. No hay más mercado que el mercado negro. Largas colas hace la gente en busca de un paquete de cigarrillos o un kilo de azúcar; conseguir carne o aceite requiere un milagro de la Virgen María Santísima.

La Democracia Cristiana y el diario «El Mercurio» dicen pestes del gobierno y exigen a gritos el cuartelazo redentor, que ya es hora de acabar con esta tiranía roja; les hacen eco otros diarios y revistas y radios y canales de televisión. Al gobierno le cuesta moverse; jueces y parlamentarios le ponen palos en las ruedas, mientras conspiran en los cuarteles los jefes militares que Allende cree leales.

En estos tiempos difíciles, los trabajadores están descubriendo los secretos de la economía. Están aprendiendo que no es imposible producir sin patrones, ni abastecerse sin mercaderes. Pero la multitud obrera marcha sin armas, vacías las manos, por este camino de su libertad. Desde el horizonte vienen unos cuantos buques de guerra de los Estados Unidos, y se exhiben ante las costas chilenas. Y el golpe militar, tan anunciado, ocurre.

Le gusta la buena vida. Varias veces ha dicho que no tiene pasta de apóstol ni condiciones para mártir. Pero también ha dicho que vale la pena morir por todo aquello sin lo cual no vale la pena vivir.

Los generales alzados le exigen la renuncia. Le ofrecen un avión para que se vaya de Chile. Le advierten que el palacio presidencial será bombardeado por tierra y aire. Junto a un puñado de hombres, Salvador Allende escucha las noticias. Los militares se han apoderado de todo el país. Allende se pone un casco y prepara su fusil. Resuena el estruendo de las primeras bombas. El presidente habla por radio, por última vez: —Yo no voy a renunciar…

Una gran nube negra se eleva desde el palacio en llamas. El presidente Allende muere en su sitio. Los militares matan de a miles por todo Chile. El Registro Civil no anota las defunciones, porque no caben en los libros, pero el general Tomás Opazo Santander afirma que las víctimas no suman más que el 0,01 por 100 de la población, lo que no es un alto costo social, y el director de la CIA, William Colby, explica en Washington que gracias a los fusilamientos Chile está evitando una guerra civil. La señora Pinochet declara que el llanto de las madres redimirá al país. Ocupa el poder, todo el poder, una Junta Militar de cuatro miembros, formados en la Escuela de las Américas en Panamá. Los encabeza el general Augusto Pinochet, profesor de Geopolítica. Suena música marcial sobre un fondo de explosiones y metralla: las radios emiten bandos y proclamas que prometen más sangre, mientras el precio del cobre se multiplica por tres, súbitamente, en el mercado mundial.

El poeta Pablo Neruda, moribundo, pide noticias del terror. De a ratos consigue dormir y dormido delira. La vigilia y el sueño son una única pesadilla. Desde que escuchó por radio las palabras de Salvador Allende, su digno adiós, el poeta ha entrado en agonía.

“Mi pueblo ha sido el más traicionado de este tiempo”

Salvador Allende y Pablo Neruda.

Salvador Allende y Pablo Neruda.

[Desde Isla Negra, su residencia en Chile, el 14 de septiembre de 1973, Pablo Neruda escribió su dramático testimonio del 11-S latinoamericano. Luego, el 23, fallece de cáncer. Todos dicen que murió de pena.]

Por Pablo Neruda

De los desiertos del salitre, de las minas submarinas del carbón, de las alturas terribles donde yace el cobre y lo extraen con trabajos inhumanos las manos de mi pueblo, surgió un movimiento liberador de magnitud grandiosa. Ese movimiento llevó a la presidencia de Chile a un hombre llamado Salvador Allende, para que realizara reformas y medidas de justicia inaplazables, para que rescatara nuestras riquezas nacionales de las garras extranjeras.

Donde estuvo, en los países más lejanos, los pueblos admiraron al presidente Allende y elogiaron el extraordinario pluralismo de nuestro gobierno. Jamás en la historia de la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, se escuchó una ovación como la que le brindaron al presidente de Chile los delegados de todo el mundo.

Aquí en Chile se estaba construyendo, entre inmensas dificultades, una sociedad verdaderamente justa, elevada sobre la base de nuestra soberanía, de nuestro orgullo nacional, del heroísmo de los mejores habitantes de Chile. De nuestro lado, del lado de la revolución chilena, estaban la Constitución y la ley, la democracia y la esperanza. Del otro lado no faltaba nada. Tenían arlequines y polichinelas, payasos a granel, terroristas de pistola y cadena, monjes falsos y militares degradados.

Unos u otros daban vueltas en el carrusel del despecho. Iban tomados de la mano el fascista Jarpa con sus sobrinos de “Patria y Libertad”, dispuestos a romperles la cabeza y el alma a cuanto existe, con tal de recuperar la gran hacienda que ellos llamaban Chile. Junto con ellos, para amenizar la farándula, danzaba un gran banquero y bailarín, algo manchado de sangre; era el campeón de rumba González Videla, que rumbeando entregó hace tiempo su partido a los enemigos del pueblo. Ahora era Frei quien ofrecía su partido demócrata – cristiano a los mismos enemigos del pueblo, y bailaba además con el ex coronel Viaux, de cuya fechoría fue cómplice.

Estos eran los principales artistas de la comedia. Tenían preparados los viveros del acaparamiento, los “miguelitos”, los garrotes y las mismas balas que ayer hicieron de muerte a nuestro pueblo en Iquique, en Ranquil, en Salvador, en Puerto Montt, en la José Maria Caro, en Frutillar, en Puente Alto y en tantos otros lugares. Los asesinos de Hernán Mery bailaban con naturalidad santurronamente. Se sentían ofendidos de que les reprocharan esos “pequeños detalles”.

Chile tiene una larga historia civil con pocas revoluciones y muchos gobiernos estables, conservadores y mediocres. Muchos presidentes chicos y sólo dos presidentes grandes: Balmaceda y Allende. Es curioso que los dos provinieran del mismo medio, de la burguesía adinerada, que aquí se hace llamar aristocracia. Como hombres de principios, empeñados en engrandecer un país empequeñecido por la mediocre oligarquía, los dos fueron conducidos a la muerte de la misma manera.

Balmaceda fue llevado al suicidio por resistirse a entregar la riqueza salitrera a las compañías extranjeras. Allende fue asesinado por haber nacionalizado la otra riqueza del subsuelo chileno, el cobre. En ambos casos la oligarquía chilena organizó revoluciones sangrientas. En ambos casos los militares hicieron jauría. Las compañías inglesas en la ocasión de Balmaceda, las norteamericanas en la ocasión de Allende, fomentaron y sufragaron estos movimientos militares.

En ambos casos las casas de los presidentes fueron desvalijadas por órdenes de nuestros distinguidos “aristócratas”. Los salones de Balmaceda fueron destruidos a hachazos. La casa de Allende, gracias al progreso del mundo, fue bombardeada desde el aire por nuestros heroicos aviadores.

Sin embargo, estos dos hombres fueron muy diferentes. Balmaceda fue un orador cautivante. Tenía una complexión imperiosa que lo acercaba más al mando unipersonal. Estaba seguro de la elevación de sus propósitos. En todo instante sé vio rodeado de enemigos. Su superioridad sobre el medio en que vivía era tan grande, y tan grande su soledad, que concluyó por reconcentrarse en sí mismo.

El pueblo que debía ayudarle no existía como fuerza, es decir, no estaba organizado. Aquel presidente estaba condenado a conducirse como iluminado, como un soñador: un sueño de grandeza se quedó en sueño. Después de su asesinato, los rapaces mercaderes extranjeros y los parlamentarios criollos entraron en posesión del salitre: para los extranjeros, la propiedad y las concesiones; para los criollos las coimas.

Recibidos los treinta dineros todo volvió a su normalidad. La sangre de unos cuantos miles de hombres del pueblo se secó pronto en los campos de batalla. Los obreros más explotados del mundo, los de las regiones del norte de Chile, no cesaron de producir inmensas cantidades de libras esterlinas para la City de Londres.

Allende nunca fue un gran orador. Y como estadista era un gobernante que consultaba todas sus medidas. Fue el antidictador, el demócrata principista hasta en los detalles. Le tocó un país que ya no era el pueblo bisoño de Balmaceda; encontró una clase obrera poderosa que sabía de qué se trataba.

Allende era dirigente colectivo; un hombre que, sin salir de las clases populares, era un producto de la lucha de esas clases contra el estancamiento y la corrupción de sus explotadores. Por tales causas y razones, la obra que realizó en tan corto tiempo es superior a la de Balmaceda; más aun, es la más importante en la historia de Chile.

Sólo la nacionalización del cobre fue una empresa titánica, y muchos objetivos más se cumplieron bajo su gobierno de esencia colectiva. Las obras y los hechos de Allende, de imborrable valor nacional, enfurecieron a los enemigos de nuestra liberación.

El simbolismo trágico de esta crisis se revela en el bombardeo del Palacio de Gobierno; uno evoca la Blitz Krieg de la aviación nazi contra indefensas ciudades extranjeras, españolas, inglesas, rusas; ahora sucedía el mismo crimen en Chile; pilotos chilenos atacaban en picada el palacio que durante siglos fue el centro de la vida civil del país.

Escribo estas rápidas líneas para mis memorias a sólo tres días de los hechos incalificables que llevaron a la muerte de mi gran compañero el presidente Allende. Su asesinato se mantuvo en silencio; fue enterrado secretamente; sólo a su viuda le fue permitido acompañar aquel inmortal cadáver.

La versión de los agresores es que hallaron su cuerpo inerte, con muestras de visible suicidio. La versión que ha sido publicada en el extranjero es diferente. A reglón seguido del bombardeo aéreo entraron en acción los tanques, muchos tanques, a luchar intrépidamente contra un solo hombre: el Presidente de la Republica de Chile, Salvador Allende, que los esperaba en su gabinete, sin más compañía que su corazón, envuelto en humo y llamas.

Tenían que aprovechar una ocasión tan bella. Había que ametrallarlo porque nunca renunciaría a su cargo. Aquel cuerpo fue enterrado secretamente en un sitio cualquiera. Aquel cadáver que marchó a la sepultura acompañado por una sola mujer que llevaba en sí misma todo el dolor del mundo, aquella gloriosa figura muerta iba acribillada y despedazada por las balas de las metralletas de los soldados de Chile, que otra vez habían traicionado a Chile.

La verdadera muerte de un presidente

Salvador Allende y Fidel Castro.

Salvador Allende y Fidel Castro.

Por Gabriel García Márquez

La contradicción más dramática de su vida fue ser al mismo tiempo, enemigo congénito de la violencia y revolucionario apasionado, y él creía haberla resuelto con la hipótesis de que las condiciones de Chile permitían una evolución pacífica hacia el socialismo dentro de la legalidad burguesa. La experiencia le enseñó demasiado tarde que no se puede cambiar un sistema desde el gobierno, sino desde el poder.

Esa comprobación tardía debió ser la fuerza que lo impulsó a resistir hasta la muerte en los escombros en llamas de una casa que ni siquiera era la suya, una mansión sombría que un arquitecto italiano construyó para fábrica de dinero y terminó convertida en el refugio de un Presidente sin poder.

Resistió durante seis horas con una metralleta que le había regalado Fidel Castro y que fue la primera arma de fuego que Salvador Allende disparó jamás.

El periodista Augusto Olivares que resistió a su lado hasta el final, fue herido varias veces y murió desangrándose en la asistencia pública.

Hacia las cuatro de la tarde el general de división Javier Palacios, logró llegar hasta el segundo piso, con su ayudante el capitán Gallardo y un grupo de oficiales. Allí entre las falsas poltronas Luis XV y los floreros de Dragones Chinos y los cuadros de Rugendas del salón rojo, Salvador Allende los estaba esperando. Llevaba en la cabeza un casco de minero y estaba en mangas de camisa, sin corbata y con la ropa sucia de sangre. Tenía la metralleta en la mano.

Allende conocía al general Palacios. Pocos días antes le había dicho a Augusto Olivares que aquel era un hombre peligroso, que mantenía contactos estrechos con la Embajada de los EE.UU. Tan pronto como lo vio aparecer en la escalera, Allende le gritó: Traidor y lo hirió en la mano.

Allende murió en un intercambio de disparos con esa patrulla. Luego todos los oficiales en un rito de casta, dispararon sobre el cuerpo. Por último un oficial le destrozó la cara con la culata del fusil.

La foto existe: la hizo el fotógrafo Juan Enrique Lira, del periódico El Mercurio, el único a quien se permitió retratar el cadáver. Estaba tan desfigurado, que a la Sra. Hortencia Allende, su esposa, le mostraron el cuerpo en el ataúd, pero no permitieron que le descubriera la cara.

Había cumplido 64 en el julio anterior y era un Leo perfecto: tenaz, decidido e imprevisible.

Lo que piensa Allende sólo lo sabe Allende, me había dicho uno de sus ministros. Amaba la vida, amaba las flores y los perros, y era de una galantería un poco a la antigua, con esquelas perfumadas y encuentros furtivos.

Su virtud mayor fue la consecuencia, pero el destino le deparó la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico del derecho burgués, defendiendo una Corte Suprema de Justicia que lo había repudiado y había de legitimar a sus asesinos, defendiendo un Congreso miserable que lo había declarado legítimo pero que había de sucumbir complacido ante la voluntad de los usurpadores, defendiendo la voluntad de los partidos de la oposición que habían vendido su alma al fascismo, defendiendo toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda que él se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro.

El drama ocurrió en Chile, para mal de los chilenos, pero ha de pasar a la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los hombres de este tiempo, que se quedó en nuestras vidas para siempre.

Septiembre de 2003, al cumplirse 30 años del golpe militar de 1973 en Chile.

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Se han publicado 33 comentarios



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  • Isidoro dijo:

    ¡Dignas y justas palabras, de enormes escritores latinoamericanos, sobre un honesto, valiente, buen hombre!!

    ¡Que la historia de los pueblos americanos, pletórica de héroes, no sea nunca olvidada!!

    Ahora que nos convidan de las migajas de los despojos capitalistas, no olvidemos quienes somos, de donde venimos y a donde debemos ir.

    ¡Salve, ejemplo luminoso de Allende!!

  • eric dijo:

    un gran hombre allende, es una lastima que en este mundo existan tantos asesinos de valientes, tantos asesinos por dinero, hombres sin moral ni escrupulos capaces de terminar de un sarparzo con hombres que hacen historia y guian multitudes.

  • Lissette dijo:

    Solo faltaba Nicolás Guillén.Cuanta grandeza humana.

  • Linda dijo:

    Chile sería otro hoy, mucho mejor, si no hubieran asesinado a Allende por orden del Imperio.

  • mercury dijo:

    Siempre me ha impresionado la grandeza de Allende y su inmolación defendiendo sus principios y siendo consecuente hasta el final.
    Aún hoy Chile no sabe lo que debe a su entereza y ejemplo.
    Viva Salvador Allende.

  • Jorge Luis 951. dijo:

    Lo que acabo de leer sobre ALLENDE , de esos grandes.

    SOLO GRACIAS.

  • yonsi dijo:

    Allende vive entre nosotros, como un gran revolucionario del siglo XX, como el presidente sin poder, como el presidente del pueblo que fue traicionado, la nobleza de Allende así como la de Sandino fue quien lo elimino, porque ellos pensaron que sus enemigos traidores serian como ellos, un gran error, como dijera Correa refiriéndose a Sandino, pero Allende Vive, Sandino Vive, así como nuestros próceres.
    Lealtad a la Patria Grande.

  • Galvan dijo:

    !Eso no esta muerto, no me lo mataron ni con la distancia nI con el vil soldado!
    !Gloria eterna al COMANDANTE ALLENDE!

  • Omar Hernández Fleitas dijo:

    Excelentes escritos sobre Salvador Allende por también, dos grandes hombres: Neruda y García Marquez. Tuve la oportunidad de visitar el Palacio de La Moneda e Isla Negra en 2005, cuando viajé a Chile para un curso sobre Política Comercial, organizado por la OMC en la Universidad de Chile. El primer día nos llevaron a un recorrido por Santiago, incluida La Moneda, donde se podía visitar muy poco de la edificación y un patio interior, saliendo por el costado, por donde sacaron a los supervivientes de los bombardeos y las ordas facistas los tendieron en el suelo, para impresionarlos y supuestamente pasarles por encima con sus tanques. La victoria mayor, es que hay un monumento frente a La Moneda de los tres Presidentes de las tres facciones que han gobernado Chile (en la Plaza de la Constitución), uno es Salvador Allende, Pinochet no aparece. Pinochet ha pasado a la historia como el asesino que fue y el vulgar ladrón en que transformó cuando se descubrieron sus cuentas secretas en un banco estadounidense. Viva Allende.

  • Buergo dijo:

    Salvador Allende fue un hombre íntegro, un político de avanzado pensamiento humanista, convencido socialista consecuente en actos y pensamientos.

    Fue un revolucionario valiente no solo por el gesto heroico de inmolarse antes que entregarse a su enemigos, fue valiente también por concebir y trabajar sin descanso, toda su vida, por llevar el Socialismo a la cima del poder político en Chile y lograr la justicia social tan anhelada y reclamada por su pueblo, el mismo que lo llevó al triunfo en las urnas y al cual juró lealtad hasta la muerte.

    Allende, el padre revolucionario que puesto en la disyuntiva de preservar las mujeres que aun permanecían dentro del palacio de “La Moneda”, luego de exigirles a ellas que debían abandonar el lugar, dialoga minutos antes del bombardeo aéreo, con su hija Beatriz y frente a la observación hecha por esta ,de que serían capturadas y utilizadas para presionarle y obligarle a el a su rendición, dijo con decisión: “En tal caso dejaré que las fusilen y cargarán además de la traición , con la cobardía de asesinar mujeres indefensas”
    Decisión y conducta semejantes a las de Allende, solo son propias en hombres que llevan en sí la dignidad y el decoro de muchos hombres como sentenciara nuestro José Martí.
    Actitud como esta recuerda la conducta siglos atrás, del cubano Carlos Manuel de Céspedes, puesto en la encrucijada de decidir por la vida de su hijo a cambio de su rendición y su respuesta fulminante fue similar.
    Por ello hoy tenemos en Cuba un Padre de la Patria que consideró a todos los cubanos como sus hijos. Por ello ante una actitud como esa, merece Allende igual honor.

    Fue un hombre de su época, pero su pensamiento y su actitud trascienden hasta hoy, incluso con más fuerza, como un ejemplo de dignidad, patriotismo y lealtad a los principios.
    Su idea de lograr un socialismo en libertad, democracia y pluralismo no fue una quimera, es posible, hoy lo vemos.

    Cada momento histórico y cada escenario tienen sus particularidades. No hay fórmulas.
    La refundación del socialismo en Latinoamérica, como se viene observando en Venezuela, es un proceso revolucionario con un fundamento social y humanista que nos recuerda los sueños de Salvador Allende, entonces, digamos que el destino del socialismo en Venezuela, su necesario triunfo y su futura consolidación, son un sentido y digno homenaje al pensamiento y la vida de Salvador Allende.
    ¡Comienzan ya a abrirse las Grandes Alamedas de América Latina!

  • Omar Hernández Fleitas dijo:

    Antes de entrar en La Moneda, la guia chilena dijo al Grupo de Estudiantes, que Allende se había suicidado con un fusil AK que Castro le había regalado. Me sentía tan impresionado y emocionado por visitar La Moneda que no puede responder a la guia como se merecía. Poco importaba si Allende se suicidó o no como han difundido sus asesinos para disminuir su altura como estadista o si finalmente lo mataron. Lo significativo es que no se entregó y no huyó como le propusieron. En su monumento están las palabras que dijo en su último discurso «… Más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor». Aún dejando constancia en este sitio no dejo de emocionarme. Gracias por publicar los escritos de Neruda y García Márquez, lo mejor que se ha escrito sobre Salvador Allende. Discrepo con Neruda respecto a que Allende no fue un gran orador, quizás sí mejor que el Presidente Balmaseda (no tengo la referencia), sólo hay que leer el discurso que hizo en La Plaza de la Revolución de La Habana.

  • Jesús González Barrera. dijo:

    Las palabras de Allende constituyen un paradigma indeleble para las nuevas generaciones de Latinoamericanos.La muerte no tiene dominio alguno sobre los hombres que por su actitud digna y heroica prevalecen eternamente.

  • Quincás Borba dijo:

    abajo la muerte…

  • granito de arena dijo:

    Asesinaron a uno de los hombres más grandes de Latinoamérica, luego torturaron, desaparecieron, masacraron, hundieron a ese país y las conquistas de los oprimidos, pero a Chile le tiembla el brazo a la hora de impartir justicia. Pinochet se murió de viejo cuando le dio la gana de morirse, y la justicia no llega. Recientemente hubo un asomo contra los que torturaron y asesinaron a Víctor Jara, para mí no pasa de ser un maquillaje. ¿Dónde está la fibra, el amor patrio de los chilenos?

  • Aristides Rondón Velázquez dijo:

    He leido que Allende se suicidó. Cuando vio la imposibilidad de rechazar con éxito el ataque dijo:
    Ríndanse.
    Él no se rindió. Es justificado que se suicidara en aquel momento,no tenia opción, su pueblo no estaba armado y no eran los tiempos de Chavez. Tambien intentó suicidarse Calixto García en un gesto que lo enaltece.
    Allende dijo que sólo salia de La Moneda muedrte. Cumplio.
    DE el se ablara sidempre….sus asesinos no serán personalizados.

  • Osvaldo dijo:

    Solo una frase de José Martí dicha en el escrito de “Los tres héroes” que podemos referir aquí “Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay otros que llevan en sí el decoro de muchos hombres”.

  • Aristides Rondón Velázquez dijo:

    …de él se hablará siempre

  • Fernando Acosta Riveros dijo:

    Reciban un fraternal saludo de paz y bendiciones desde México. Excelentes artículos sobre el compañero presidente de Chile, Salvador Allende Gossens. Lo escuché hablar en Bogotá, Colombia, durante una visita histórica que dejó mucha huella. Aquel 11 de septiembre de 1973 ví a muchos estudiantes salir por las avenidas Caracas y Chile en la capital colombiana con banderas chilenas y fotos de Salvador Allende. Un año después y gracias a integrantes del Comité de Solidaridad con Chile me empecé a interesar en la política, comprendí la importancia de la integración de nuestra América y empecé a escuchar por onda corta los programas de Radio Habana Cuba, siempre solidaria con Chile y con todos los pueblos del Mundo. A Salvador Allende nunca lo olvidaremos. ¡Hasta la Victoria Siempre!, Fernando Acosta Riveros, lector de Cubadebate y suscriptor de Granma Internacional, edición impresa

  • Rolando dijo:

    Momentos inolvidables que conmovieron al mundo, jamás olvidaremos la valentia y la decisión con que Salvador Allende y sus hombres se enfrentaron a Pinochet y su ejercito de facistas, sus muertes no fueron en vano, es parte de ese fruto que en la actualidad esta germinando por toda América…Posteriormente ese ejercito de facistas con Pinochet a la cabeza, asesinaron a miles y miles de hombres y mujeres, pensando que aplastarian la resistencia del pueblo chileno, pero en la actualidad esas semillas volvieron a crear al hombre nuevo que hoy vemos nuevamente por las calles de Chile… Gloria eterna al compatriota y ejemplo de héroe Salvador Allende…

  • Juan Leonardo Alvarenga dijo:

    Fue la fecha de la instauración de la barbarie en Chile. Hoy las victimas de las hienas y chacales militares, claman justicia desde sus ignotos aposentos, que en el Chile “democrático” de hoy, es una asignatura pendiente.

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