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Revolución egipcia, acto II

En este artículo: Egipto, Protestas, Violencia
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Alain Gresh
Le Monde diplomatique

Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

Las previsiones más pesimistas se volvieron moneda corriente. Después de la primavera venía el otoño árabe, la contrarrevolución estaba en marcha y la revolución ni siquiera había tenido lugar. para algunos Sin duda este sentimiento era tanto más imponente cuanto que el derrocamiento de los regímenes tunecino y egipcio se había producido con una aparente facilidad, lo que creó la ilusión de que las transformaciones serían simples. En cuanto pareció que el proceso se ralentizaba los augures anunciaron que la revolución había perdido. Sin embargo, toda la historia de las revoluciones, desde la revolución inglesa a la revolución francesa, desde la revolución bolchevique a la argelina demuestra que las transformaciones necesitan tiempo, energía y con frecuencia enfrentamiento violentos. Raramente las clases dominantes ceden sin luchar. Pero si la contrarrevolución es una realidad, nada indica que deba imponerse necesariamente.

La caída del presidente Hosni Mubarak no fue sino una primera etapa seguida del nombramiento de un nuevo gobierno y después de la detención del presidente y de miembros de su familia, y del inicio de su proceso, que no deseaba el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA). La calle había impuesto otras medidas, sobre todo la disolución del Partido Nacional Democrático (PND, el partido de Mubarak) y después el nombramiento de una dirección provisional en el sindicato oficial.

Pero en todas partes los responsables del régimen anterior opusieron resistencia para mantener sus privilegios. El ejemplo más evidente era el de los medios de comunicación del Estado, prensa oficial y televisión. A pesar de unos pequeños cambios estos medios difundían el punto del vista del CSFA, sin dudar en utilizar la mentira y la calumnia, como en la época del ex dictador. Así, en cada empresa, en cada universidad, en cada administración se mantuvieron unos “pequeños Mubarak” que habían participado en las malversaciones del régimen anterior. Y por todas se multiplicaron las huelgas y las luchas para obtener un cambio de dirección y, a la vez, una mejora de las condiciones de vida de los asalariados. Tanto más cuanto que las movilizaciones obreras habían preparado la actual revolución (véase Raphaël Kempf, Racines ouvrières du soulèvement égyptien, Le Monde diplomatiquemarzo 2011).

Paralelamente las elecciones en diversos sindicatos profesionales trajeron unos cambios profundos en las organizaciones con un peso real en la sociedad. En primer lugar, el sindicato de los médicos: al tiempo que conservaban la mayoría a nivel nacional, los Hermanos Musulmanes perdían el control de la mayoría de las secciones regionales. Ganaron las elecciones del sindicato de profesores (no he podido obtener los resultados exactos), pero también perdieron la presidencia del sindicato de periodistas y, sobre todo, la del poderoso sindicato de abogados. Más que los reveses (a veces relativos) de los Hermanos, la fuerte participación en todos estos escrutinios era lo que indicaba la voluntad de sus miembros de ver a estas organizaciones desempeñar un papel combativo.

Esta actividad, lo mismo que las huelgas y las movilizaciones locales contra la corrupción o contra unos dirigentes del régimen anterior que continuaban en sus puestos, no era espectacular y en parte estaban disimuladas por el juego de los aparatos políticos, las interminables discusiones entre los partidos y las fuerzas armadas sobre el calendario electoral, el contenido futuro de la Constitución, etc.

Lo que más que nada va a perder al CSFA (que al menos al principio disponía de una cierta credibilidad) es el mantenimiento de su política represiva en relación a todos los oponentes y, de manera más amplia, al conjunto de la población: las mismas detenciones arbitrarias, los mismos malos tratos y torturas, el uso de tribunales militares para juzgar a civiles, la negativa a investigar los casos de torturas, incluso de muerte en las prisiones. El hecho de seguir con estas prácticas desacreditó al ejército no sólo ante la juventud intelectual movilizada desde el 25 de enero sino también ante todas las capas populares. La participación activa en los enfrentamientos de los ultras, estos grupos de seguidores de los clubes de fútbol, cuyo odio por las fuerzas del orden no deja de recordar el odio de la juventud de los banlieues franceses por las brigadas anti-criminalidad (BAC), da testimonio de la hartura general ante el autoritarismo y la arbitrariedad (véase Claire Talon, Egypte: génération ultra, LeMonde.fr, 17 de octubre de 2011). El caso del bloguero Alaa Abdel Fattah, detenido por motivos absurdos, emocionó tanto más a la población cuanto que la carta enviada desde prisión sacó a la luz las condiciones de detención de sus compañeros de celda y la situación de decenas de miles de jóvenes, con frecuencia procedentes de medios populares y sin contactos para protegerlos. Esta arbitrariedad y la violencia inaudita de cada represión (tanto contra la manifestación de los coptos en octubre, como contra los manifestantes de Tahrir, le viernes 18 de noviembre y los días después) fueron el elemento esencial de la extensión de las manifestaciones. Recordemos que tanto en Egipto como en el resto del mundo árabe lo que unió a todas las capas de la sociedad fue la consigna “dignidad” (karama).

Por otra parte, la adopción de un documento “supraconstitucional” con objetivo de fijar unos límites estrictos al futuro Parlamento encargado de redactar la Constitución, suscitó muchas oposiciones, sobre todo la de los Hermanos Musulmanes que veían en ello una herramienta para apartarlos de cualquier ejercicio real del poder. En efecto, este texto otorgaba al ejército la posibilidad de rechazar cualquier decisión del Parlamento, incluso de disolverlo. Era el “modelo turco”, aunque no el actual, sino el de hace treinta años, cuando el ejército “velaba” por el poder civil… un derecho que le quitaron las reformas de los diez últimos años.

El CSFA hacía así bascular a los Hermanos Musulmanes hacia una oposición abierta y estos llamaban, junto con otras fuerzas, a una manifestación de un millón de personas el viernes 18 de noviembre: por primera vez desde la primavera de 2011, los Hermanos bajaban a la calle. La magnitud de la manifestación y después su violenta represión desencadenaron los actuales acontecimientos y una manifestación que superó con mucho el marco de El Cairo y Alejandría. La negativa de los Hermanos Musulmanes a participar en nuevas movilizaciones (a pesar de su clara denuncia de la represión) confirma que tienen dificultades para adaptarse a la nueva situación tras Mubarak, lo que no deja de crear divisiones entre ellos (Hany ElWaziry y Ghada Sherief, Discord within Brotherhood for not participating in demo, Al-Masry Al-Youm en inglés, 22 de noviembre). Es cierto que su objetivo a corto plazo es la celebración de las elecciones el 28 de noviembre, que les garantizará un gran cantidad de diputados.

Todavía es difícil saber cómo se desarrollará esta etapa (véase Isandr El Amrani, Tahrir: What next?, The Arabist, 22 de noviembre). Lo que es seguro es que los egipcios no buscan, como afirma de manera despectiva el editorial de Le Figaro de 23 de noviembre, su “nuevo faraón”. El día 22 por la noche el CSFA hizo algunas concesiones: dimisión del gobierno, promesa de que las elecciones presidenciales tendrán lugar antes de finales de 2012 y de que el poder pasará entonces a los civiles, apertura de investigaciones sobre la represión. Pero parece que es demasiado poco, demasiado tarde… Continúan las manifestaciones, la movilización se extiende: así, se ha visto un hecho sin precedentes, 250 diplomáticos en activo pedir la vuelta al poder de los civiles. La revolución continúa.

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