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Legitimización y normalización del terror

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Por: Jane Franklin

Progreso Weekly
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En la playa de Varadero, una lluvia de balas disparada desde una lancha rápida hizo blanco en el Meliá, uno de los principales hoteles turísticos de Cuba. Una semana después, The Miami Herald reportó que había recibido un “comunicado de guerra” que se jactaba de que “La noche del 7 de octubre de 1992, Comandos L atacó un objetivo militar en la costa de la provincia de Matanzas, Cuba”. Un hotel turístico se había convertido públicamente –no en secreto– en “objetivo militar”. Y tres meses después, Tony Bryant, jefe de Comandos L, se jactó en la TV nacional durante una conferencia de prensa en Miami de sus planes para más ataques contra objetivos en Cuba, especialmente hoteles. Bryant advirtió a los turistas que no fueran a la isla y declaró: “Desde este momento, estamos en guerra”. Es más, Washington había comenzado su Guerra al Terror contra Cuba en 1959. La conferencia de prensa televisada de Tony Bryant simplemente demostraba lo legítima y normal que se había convertido esa Guerra al Terror.

Ese año, 1992, con la Unión Soviética desintegrada, Washington hubiera podido encontrar una política de cambio hacia Cuba. En su lugar, el Congreso hizo más rígidas las prohibiciones al comercio y a los viajes con la Ley Torricelli –una de las leyes que es parte del Estado de Sitio, dirigido específicamente, según palabras del propio Torricelli, a “crear el caos en esa isla”. La Fundación Nacional Cubano-Americana orquestó la Ley Torricelli al mismo tiempo que creaba su propio brazo paramilitar dedicado a matar a Fidel Castro y derrocar al gobierno cubano. Los terroristas comprendieron que al aprobar la Ley Torricelli, Washington les daba luz verde. Si los arrestaban, no tenían que temer una condena. Cuando Tony Bryant fue acusado de posesión y transporte de armas de fuego por parte de un delincuente condenado, el Juez Federal James Lawrence King en Miami desestimó los cargos al decidir que “Bryant no actuó como si hubiera cometido un delito”. Los tribunales se habían convertido en una cohorte de la Guerra al Terror.

La matriz para esta legitimización y normalización del terror fue el plan para la invasión de Bahía de Cochinos, al combinar la tóxica mezcla de actividades encubiertas y mentiras constantes que han constituido desde entonces la política de EEUU hacia Cuba

En 1959 comenzó el Estado de Sitio. Ataques aéreos golpearon repetidamente la industria azucarera, pilar de la economía en esa época. Otros bombardearon La Habana misma. Otro atacó un tren lleno de pasajeros.

Los cubanos, en el papel de víctimas, experimentaron las muertes y la destrucción. Pero en Estados Unidos, esos ataques fueron discutidos en memorandos secretos entre gente con autorización para recibir información de seguridad según lo necesitaran, lo que desarrolló una adicción al drama y al poder de estar entre aquellos que conocen los secretos.

La Guerra al Terror obligó a Cuba a distorsionar su economía al tener que desarrollar las Fuerzas Armadas Revolucionarias y la milicia popular para defender constantemente el país de varios ataques armados e invasiones. Desde esta dinámica entre terroristas y sus blancos llegaron dos agencias opuestas; por un lado, el ejército de terroristas con base en Estados Unidos, del otro, el Departamento de Seguridad del Estado de Cuba, o G-2. Cuba no tiene la opción de enviar sus fuerzas armadas a invadir a Estados Unidos a fin de eliminar los grupos terroristas. En su lugar, el G-2 debe infiltrar agentes en esos grupos para descubrir sus planes. Fabián Escalante, ex jefe del Departamento de Seguridad del Estado, ha escrito con amplitud acerca de esta “silenciosa guerra contra el terrorismo”.

¿Quién sabía que en marzo de 1960 el Presidente Eisenhower ordenó al director de la CIA Allen Dulles que organizara a emigrados cubanos para una invasión? Aunque era un secreto para la mayoría de los norteamericanos, fue descubierto enseguida por el G-2.

Mientras que el G-2 tenía que rechazar a los asesinos, el pueblo norteamericano fue mantenido ignorante de la trascendental decisión por parte de la CIA de reclutar al crimen organizado para que le ayudara a matar a Fidel Castro antes de la invasión. No fue hasta 1975 que se supo de la conexión cuando, a raíz de la Guerra de Viet Nam, el Comité Senatorial Selecto de Inteligencia, y más tarde el Comité Selecto de la Cámara de Representantes para los Asesinatos, realizaron audiencias que incluyeron testimonios acerca del reclutamiento de la Mafia.

Richard Mervin Bissell Jr., ex profesor de Yale convertido en jefe de operaciones encubiertas de la CIA, pidió al Cnel. Sheffield Edwards, director de la Oficina de Seguridad de la CIA, que le consiguiera a alguien para asesinar al Primer Ministro Castro. Edwards acudió al ex agente del FBI Robert Maheu, el cual reclutó a los jefes mafiosos John Roselli, Sam Giancana y Santo Trafficante, Jr. Trafficante declaró que él presentó a Maheu, Giancana y Roselli a algunos cubanos “muy activos” en la Florida –quizás el origen de lo que Cuba llama la Mafia de Miami.

Aunque los planes para asesinar a Castro fracasaron, los planes encubiertos para la invasión provocaron grandes medidas públicas que se han mantenido. En enero de 1961, como parte del plan de invasión, Washington rompió relaciones con La Habana e impuso restricciones de viaje a los norteamericanos. Pero nadie contó a los norteamericanos la verdad acerca de los cambios. La Administración Eisenhower estaba poniendo en práctica un proceso que se convirtió en un modo de vida, una cultura de demonizar a Cuba. Los secretos y las mentiras se convirtieron en la base de creencias y políticas.

Después del comienzo de la invasión el 15 de abril con bombardeos de “ablandamiento”, el Primer Ministro Castro, en el funeral del día siguiente de los cubanos muertos en esos bombardeos, declaró: “¡Cómo ayudan estos hechos a nuestro pueblo a educarse!” Mientras tanto, al pueblo norteamericano le decían mentiras: que los bombarderos eran cubanos, piloteados por cubanos que se habían alzado contra el gobierno.

El patrón establecido por el Presidente Eisenhower fue continuado por el Presidente Kennedy después de la derrota de Bahía de Cochinos, cuando este lanzó otro plan secreto de invasión: Operación Mangosta. Una vez más, los planes encubiertos dieron vida a un importante componente público de la Guerra al Terror. En un memorando secreto del 18 de enero de 1962, bajo el titular “Guerra Económica”, el agente de la CIA General Edward Lansdale hizo “planes para un embargo al comercio con Cuba”. Tres semanas más tarde los planes de Lansdale se convirtieron en política oficial.

Nuevamente nadie dijo a los norteamericanos que el embargo comercial era parte de un plan de invasión. La gente aún no entiende el significado. La “Guerra Económica” de Landsdale ha continuado a un precio para Cuba superior a los $93 mil millones de dólares y de miles de vidas.

La fecha tope de octubre de 1962 para derrocar al gobierno cubano provocó directamente la Crisis de los Misiles de octubre, que casi resultó en una guerra nuclear –el efecto definitivo provocado por la CIA. Cuba había anunciado repetidas veces que se estaba planeando una nueva invasión, pero de alguna manera Washington, incluso después de terminar la crisis, logró ocultar la relación entre la Crisis de los Misiles y la Operación Mangosta. Cuba fue demonizada aún más, y la mayoría de los norteamericanos todavía vive actualmente ignorante de la causa de la Crisis de los Misiles. La tóxica mezcla de acción encubierta y mentira aún persiste.

Los terroristas entrenados por la CIA para los planes de invasión por Bahía de Cochinos se convirtieron en proveedores de esta historia de secretos y mentiras. En diciembre de 1962, Cuba puso en libertad a más de mil prisioneros de la Brigada 2506, los invasores de Bahía de Cochinos. Ellos se unieron a miles de otros emigrados cubanos para recibir entrenamiento adicional por parte de la CIA. De 1963 a 1966 inclusive, unos 300 agentes de la CIA como E. Howard Hunt trabajaron desde una estación de la CIA situada en la Universidad de Miami. Controlaban a miles de operativos cubanos en una campaña de constantes ataques armados, sabotajes, infiltraciones, propaganda, incendios y asesinatos.

Algunos veteranos de Bahía de Cochinos se enrolaron en Fort Benning para entrenamiento de la CIA y recibieron el grado de teniente del Ejército. En el marco de este foro, seguiré brevemente a solo uno de estos terroristas entrenados: Luis Posada. Pero Posada tenía tres importantes amigos íntimos en Fort Benning –Jorge Mas Canosa, Orlando Bosch y Félix Rodríguez–, todos los cuales se conectaron de una u otra forma al terrorismo. Décadas más tarde, Luis Posada dijo a The New York Times que “la CIA nos enseñó todo –todo”. Posada dijo: “Nos enseñaron explosivos, cómo matar, poner bombas; nos entrenaron en actos de sabotaje”.

Posada se convirtió en un asesino de la CIA, especializado en tratar de matar a Fidel Castro en sus visitas al exterior –por ejemplo, en Chile en 1971. Pero en 1976 aquellas audiencias del Senado se reflejaron en un informa que la Administración Ford sabía que iba a recomendar que la CIA dejara de asesinar a gente en todo el mundo. Así que la CIA privatizó su negocio de asesinato. Posada fue eliminado de la nómina de la CIA en febrero de 1976, y se convirtió en un asesino independiente financiado por cubano-americanos ricos. Posada se lanzó a una aventura de terror, ligándose con Orlando Bosch en el Comando de Organizaciones Revolucionarias Unidas (CORU), dedicado al terrorismo contra Cuba y contra cualquier institución e individuos considerados amigos de Cuba. En los últimos seis meses de 1976, el CORU hizo estallar 50 bombas en varios países. Su plan más asesino fue en octubre de 1976, cuando Posada y Bosch organizaron las dos explosiones que hizo estallar un avión de pasajeros de Cubana de Aviación, matando a las 73 personas a bordo–la primera vez en el Hemisferio Occidental que unos terroristas trataban de matar a todos los pasajeros y tripulación de un avión civil. La próxima vez que sucedió fue el 11/9/2001.

Finalmente, el mes pasado Posada fue acusado de perjurio en El Paso, Texas –no en Miami–por mentir a un juez de Inmigración al negar que hubiera organizado en 1997 que un salvadoreño, Raúl Cruz León, llevara explosivos a Cuba para detonar bombas en hoteles y restaurantes de La Habana. Esas bombas provocaron más muerte y destrucción.

Pero Posada está acusado de perjurio, no de asesinato, y el Departamento de Justicia insiste en no extraditarlo a Venezuela para ser juzgado por 73 acusaciones de asesinato a bordo de aquel avión civil de pasajeros.

En 1998, el FBI fue a La Habana, donde funcionarios cubanos entregaron páginas y páginas de información acopiada por agentes cubanos acerca de los terroristas en la Florida. Pero en vez de arrestar a los terroristas, el FBI arrestó a los cubanos que habían acopiado la evidencia. Conocidos ahora como Los Cinco –Gerardo Hernández, Ramón Labañino, Antonio Guerrero, Fernando González y René González– fueron juzgados y condenados en Miami a penas de cárcel, dos con cadena perpetua y uno con dos cadenas perpetuas. En Estados Unidos es legal dar protección a terroristas y enviar a prisión a contraterroristas.

Pienso en lo que dijo en 2005 el entonces Presidente Fidel Castro acerca de los Cinco. Dijo: “el aspecto más trágico de todo esto para el pueblo norteamericano, es que mientras (Héctor) Pesquera (el jefe del FBI en Miami en el momento del juicio a Los Cinco) y sus tropas dedicaban maliciosamente todo su tiempo a la persecución, arresto y fraude del juicio a los cubanos, no menos de 14 de los 19 responsables de los ataque del 11 de septiembre a las Torres Gemelas de Nueva York y otros blancos estaban viviendo y entrenándose exactamente en la misma área de la que Pesquero era responsable”.

Afortunadamente, agentes del G-2 continuaron su trabajo y descubrieron otro plan para matar a Castro en 2000. Como ha documentado meticulosamente Fabián Escalante en su libro Acción ejecutiva: 634 maneras de matar a Fidel Castro, la CIA inició estos intentos en 1959, mientras que el FBI comenzó incluso antes, en 1958, mientras Castro estaba aún en la Sierra Maestra. La mayoría de ellos han pasado inadvertidos, pero el Presidente Castro se aseguró de llamar la atención sobre este. Al llegar a Ciudad Panamá para asistir a la Cumbre Iberoamericana. Castro realizó una conferencia de prensa para anunciar que Posada y sus tres co-conspiradores cubano-americanos tenían planes de asesinarlo por medio de una bomba en el auditorio de la Universidad de Panamá, donde él iba a pronunciar un discurso. Hasta reveló donde la policía podía encontrar a los aspirantes a asesinos. Agentes del G-2 no solo salvaron una vez más la vida del Presidente Castro, sino también la vida de cientos de personas, principalmente estudiantes, que llenaron el auditorio de la Universidad de Panamá para oír hablar a Castro.

Cuando Posada fue amnistiado y llevado de contrabando a Miami, le dieron un recibimiento de héroe en la comunidad de terroristas de Miami. Se están organizando colectas para pagar sus gastos legales. El modo normal de vida trata a los terroristas como héroes. En Cuba, durante medio siglo, el modo normal de vida ha sido una lucha para derrotar al terrorismo.

Este documento fue presentado en la conferencia “La Medida de una Revolución: Cuba, 1959-2009” en Kingston, Canadá, por la escritora e investigadora Jane Franklin.

“…los asuntos que estamos presentando, nos dan en este momento la más grande de nuestras oportunidades para liberar a los Cinco. Este es un momento crítico y es muy importante que la red de apoyo esté al tanto e involucrados activamente en el caso.” Leonard Weinglass, abogado estadounidense del equipo de la Defensa. www.amigosdecuba.com.ar/5patriotas (Argentina); www.thecuban5.org (Comité Internacional por la Libertad de los Cinco)

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