Artículos de Historia
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Pedro Vargas fue una especie de puente musical entre Cuba y México. A partir de 1940 visitó la Isla por lo menos una vez al año. Por eso, Cristóbal Díaz Ayala, musicógrafo cubano radicado en Puerto Rico, lo define como “casi nuestro”. Siempre que se disponía a viajar a La Habana, pedía a Agustín Lara y a otros compositores importantes que le entregasen sus últimas producciones para estrenarlas en Cuba, e igual solicitud hacía a creadores cubanos al regresar a México.
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Comenta Dulce María Loynaz en sus memorias que fue una suerte de locura colectiva la que se adueñó de los habaneros durante la estancia en la ciudad del cantante mexicano José Mojica. Corría el mes de diciembre de 1931 y estaba el artista en la cúspide de la fama. La gente formaba largas filas frente a su hotel o al teatro, solo para verlo escapar rápidamente al salir, si no se escabullía antes por una puerta secreta.
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Quizás uno de los aspectos menos tratados, y por ello poco conocidos en la vida de Celia Sánchez Manduley, sea el papel que desarrolló en el aseguramiento de la supervivencia inicialmente de los combatientes guerrilleros y más tarde del Ejército Rebelde, al punto de ser considerada por Fidel, desde los primeros meses de la Sierra Maestra como imprescindible y por Raúl como la madrina de los guerrilleros.
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La Habana vivió una semana de espera apasionada. Desde el 2 de enero careció de día y hora la entrada de Fidel a la capital. Parecía que su arribo ocurriría en cualquier momento y las agencias de prensa contribuían no poco a la confusión. El héroe de la Sierra Maestra, que había sido capaz de derrotar a las fuerzas armadas de la tiranía, quedaba ahora, en su avance desde Santiago de Cuba hacia el occidente de la Isla, prisionero de una marejada desbordante que quería demostrarle su cariño.
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“La Revolución es como un horno”, pensó el Comandante mientras observaba las manos encallecidas y el rostro cubierto de tizne del hombre bajito y de aspecto huraño que en 1959, al verlo llegar en un aerobote, se dijo para sus adentros, sin dejar de mascar tabaco y con una sonrisa entre labios: “¡coñooó, si parece que Fidel bajó del cielo”.
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El almanaque marcaba jueves primero de enero de 1959. Sobre las cinco de la madrugada, por Radio Rebelde que estaba en ese momento en Palma Soriano, Fidel dictó a los jefes de columnas las órdenes precisas para no detener el fuego ante la traición de Eulogio Cantillo: el tirano Fulgencio Batista había huido y se gestaba una componenda en la capital para frustrar el triunfo revolucionario con una junta cívico militar.
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La relación directa con este pueblo de carboneros, que le demuestran una cercanía casi familiar y una comprensión de sus sentimientos, azuzan tal alegría en Fidel que nos conmueve a todos. Pienso que al tocar Fidel en el mismísimo fondo de su pueblo, al reunirse con estos hombres, mujeres y niños para festejar la Nochebuena, muestra su profundo amor por los humildes, que lo hermana a Martí. Esa fue la primera Nochebuena de Fidel al triunfo de la Revolución.
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El general Calixto García fue capturado herido en septiembre de 1874. La ley española estipulaba la pena de muerte. ¿Por qué no lo fusilaron como habían hecho con tantos insurrectos? En 1874 la guerra en Cuba estaba empantanada en sangre. “Seis largos años de lucha llevamos, sin que se pueda vislumbrar la aurora del triunfo” --escribía Calixto García el 4 de julio de ese año.
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La Habana es una de las pocas ciudades del mundo donde existe un monumento al diablo. Se emplaza en uno de los patios del Capitolio y es obra del italiano Salvatore Buemi, que en 1910 la obsequió a Orestes Ferrara. Su autor la tituló “El ángel caído”, y es la escultura menos mentada y menos vista de todas las que se erigen en el Palacio de las Leyes cubano. »
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Cuando el doctor Federico Baglieto vio el estado en que llegó Calixto García a Veguitas, pensó que le habían traído un cadáver en trámite. Juicio que confirmó al retirar los vendajes. Los orificios de salida de las balas eran más grandes que los de entrada, imaginemos como sería la herida de Calixto en la frente, que se disparó con un calibre 44.
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