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Los colores de la política

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Por una mutación que no es fruto de la casualidad o de la filantropía anglosajona, sino de intensas y seculares luchas que incluyeron una guerra civil de cuatro años y medio millón de muertos, otros inenarrables sufrimientos y humillaciones, protagonizadas no sólo por el Ku Klux Klan, y que a la postre obligaron a reformar la Constitución; al fin la élite de poder norteamericana, se ha tornado bicolor y por primera vez la parte más alta puede ser negra.

No obstante, aunque Barack Obama resulte convincente y sea elegido presidente, Obama y us esposa Michelleel componente femenino del establishment, conservador y elitista, integrado por damas de la alta sociedad, forman el escenario donde Michelle Obama deberá triunfar para sumar a su esposo que con ella y sus niñas trata de hacer historia.

Fue una periodista, Mari Clemmer, quien en un afortunado día de 1877  aplicó a Lucy Web, esposa de Rutherford Hayes, decimonoveno presidente de los Estados Unidos, el calificativo de Primera Dama. Una bella expresión que rápidamente se universalizó.

De un plumazo, el talento creó una figura, para algunos una frivolidad, que equiparó el rango (no el poder) de la esposa al del marido presidente, haciendo justicia a mujeres que sin buscarlo fueron catapultadas a posiciones cimeras en la vida política y social de su país. Al reivindicar a la oscura y muchas veces vilipendiada figura de "La Doña", el sistema político norteamericano sumó un atractivo al que Michelle Obama intentará cambiar el color.

Hasta el presente, Estados Unidos ha tenido 42 presidentes, aunque se cuentan 43 porque uno, Grover Cleveland, fue electo para dos mandatos no consecutivos (1885-1889 y 1893-1897) y, en cada uno de ellos tuvo primeras damas diferentes, su hermana Rose Cleveland cuando fue el presidente número 22º y a su mujer Francés Cleveland cuando fue el vigésimo cuarto. Las primeras damas son cerca de sesenta.

En Estados Unidos, un país conservador, por cierto la Nación desarrollada donde proporcionalmente hay menos divorcios y donde los matrimonios duran más, la figura de la Primera Dama, fue siempre un elemento relevante, a tal punto que los presidentes que eran solteros, viudos o divorciados, por razones protocolares, asignaban esa función a otras mujeres como quien nombra a un ministro.

Andrew Jackson, gobernó con dos primeras damas, ninguna fue su mujer: Emily Donelson sobrina y Sarah Yorke, nuera. Martin Van Buren, tuvo a Hannah Hoes, su esposa y luego a Angélica Van Buren, su nuera. El record corresponde a John Tyler, décimo presidente que tuvo tres primeras damas: Leticia Christian, su primera esposa, Priscila Cooper, su nuera y luego su segunda esposa, Julia Gardiner.

Para los ejercicios protocolares, Millard Fillmore se auxilió de su esposa Abigail Fillmore y luego por Mari Abigail, su hija. La historia se repitió con Andrew Johnson que utilizó a Elisa McCardle, esposa y a Martha Paterson,  hija. El presidente número 15° James Buchanan tuvo como Primera Dama a Harriet Lane, una sobrina y Benjamín Harrison, además de su esposa Caroline Lavinia, tuvo a Mary Harrison hija de ambos.

Lo mismo ocurrió con el 27º, William Taft que tuvo a Helen Herron, esposa y a Helen Taft Manning, hija. Estando en la Casa Blanca, Woodrow Wilson, tuvo dos esposas, naturalmente, una después de la otra: Ellen Louise Wilson y Edith Bolling Wilson, esta última considerada la más poderosa y entrometida en la política de todas las primeras damas.

Todas las mujeres presidenciales, excepto la primera, Martha Dandridge, esposa de George Washington, residieron en la Casa Blanca y nueve la abandonaron antes de tiempo, ocho por la muerte de sus maridos durante el ejercicio presidencial; cuatro de ellas lloraron allí el asesinato de sus esposos: Mary Ann Todd por Abrahán Lincoln, Lucrecia Garfield por James Garfield, Ida Saxton a William McKinley y Jacqueline Kennedy por JFK. Thelma "Pat" Nixon salió porque su marido, Richard Nixon renunció a la presidencia.

Michelle Obama, una bella morena de origen humilde, abogada, con 44 años, madre de dos niñas y con una exitosa carrera por delante, parece estar predestinada a empeños mayores. Si como todo indica, de esposa del candidato pasa a ser la mujer del presidente, se convertirá en ama de casa de la familia que convertirá en una paradoja el nombre de su hogar en los próximos años.

Barack Obama junto a su esposa Michelle y sus hijas Malia y SashaCon Barack, Michelle, Malia y Sasha, sus hijas la mansión presidencial tendrá la fachada blanca y el alma negra, cosa que seguramente no la hará peor. De todos modos el experimento da para vender las entradas.

Gane o no gane, Barack Obama cambió la historia al acceder al establishment por la puerta ancha: negro, liberal, joven y carismático, no es exactamente el mejor entre los malos, aunque tampoco "una monedita de oro", aunque si una opción, no para todos en todas partes, sino para los norteamericanos.

La sociedad y el sistema y no simplemente el gobierno norteamericano están obligados a cambiar, no los rostros, sino el diseño de su economía y de sus finanzas, las políticas y los estilos de vida. Allí, como en todas partes, ante los defectos sistémicos y estructurales, los riesgos del inmovilismo son mayores que los del cambio. El viraje no será revolucionario ni expedito, pero dar a los negros un acceso a la cima legitimado por el voto popular y por los resortes del sistema, puede ser un comienzo.

De ninguna manera se trata de una victoria de los negros sobre los blancos. Ese no es el debate ni la sociedad norteamericana lo percibe en esos términos. Probablemente la parte más avanzada de su pueblo, así como de la intelectualidad creadora, los científicos y los académicos asuman que, en los ámbitos jurídicos, laborales, escolares y sociales la cuestión racial es un asunto resuelto.

No se trata de que el tema racial sea cosa del pasado o de que Obama pueda ignorarlo. De esa problemática forman parte también los problemas sociales y el marginalismo heredado, los prejuicios raciales y las rémoras adheridas a la conciencia social e incluso los aspectos sicológicos presentes en las relaciones entre blancos, negros y otras minorías, incluso al interior de las comunidades negras, indias e hispanas.

El hecho de que los reaccionarios y los conservadores racistas existan en Estados Unidos como en todas partes, no desmiente los esfuerzos y los avances de la sociedad norteamericana en ese terreno. Lorenzo Gonzalo, un colega residente en Estados Unidos cuenta que, según su experiencia, en los entornos sociales populares y de la clase media, la generación de norteamericanos menores de cincuenta años: "No ve el color…como tampoco juzga a las gentes por su origen nacional, las preferencias sexuales ni las militancias políticas. Según él en esos ámbitos la tolerancia es la regla…"

A lo largo de más de tres siglos, los negros sufrieron, resistieron y libraron sus propias luchas contra la esclavitud, la segregación y la discriminación racial, terrenos los cuales avanzaron en la medida en que lograron convertir sus demandas en causas nacionales y sumaron a ellas a los blancos hasta lograr que el liderazgo nacional actuara a su favor.

Excepto algunos radicales, los líderes negros nunca se propusieron conquistar el poder para alcanzar sus derechos, sino que apostaron a lograrlo mediante la movilización social y la desobediencia civil para obligar a la élite dirigente y al Estado norteamericano a asumir sus roles, enfatizando la resistencia, el humanismo y la lucha de ideas.

Frederick Douglas, Harriet Tumban, Broker Washington, Thurgood Marshall, Jesse Owens, Benjamín Davies, Rosa Parks, Martin Luther King y otros de entre los que no puede excluirse a Andrew John, Jesse Jackson, Colin Powell e incluso Condoleezza Rice, reivindicaron la condición de norteamericanos de los negros y reclamaron para ellos las prerrogativas de esa condición, comportándose como patriotas y ciudadanos cumplidores de sus deberes, incluyendo morir por su país.

Por ese camino consiguieron que Abrahan Lincoln, que no era un abolicionista ni un benefactor de los negros, sino un político realista que comprendió inviabilidad de semejante institución y reaccionó ante la idea de dividir al país, se colocara al lado de las demandas, no sólo de los negros sino de los abolicionistas blancos, posición que, según se afirma, le costó la vida.

Avanzando de hito en hito, los líderes negros lograron tres Enmiendas a la Constitución en las que se alude sus derechos: la 13º que abolió la esclavitud, la 14º donde se reafirmó la igualdad jurídica de todas las personas nacidas en los Estados Unidos y la 15º que en 1870 les permitió votar. En más de una docena de oportunidades, el movimiento negro consiguió pronunciamientos de los organismos blancos de poder como la Corte Suprema y el Congreso, hasta que con el debut de JFK, se puso fin a la segregación racial y se asestó un duro golpe a los prejuicios y la discriminación racial.

Reconózcanlo o no, Powell, Rice y Obama y toda la burguesía negra norteamericana son usufructuarios de las luchas de sus mayores y su inclusión en el establishment es una conquista a la que se llega no sobre el fracaso de sus adversarios políticos, sino por el estoicismo y las victorias de millones de africanos que cazados como fieras y vendidos como bestias contribuyeron al florecimiento de los Estados Unidos. Obviamente, la élite de la cual el presunto presidente forma parte no lo reconocerá así. No hay que pedir peras al olmo.

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Jorge Gómez Barata

Jorge Gómez Barata

Periodista cubano, especializado en temas de política internacional.