Imprimir
Inicio »Especiales, Historia  »

Fidel y la descomunal humanidad de la Revolución

Por: Frank Josué Solar Cabrales
| 4

El Comandante en Jefe Fidel Castro en la Mesa Redonda Informativa “La extraordinaria obra educacional cubana y el nuevo curso escolar”. Foto: Ismael Francisco.

Fidel tuvo todas las condiciones para no ser Fidel. Era hijo de una familia acaudalada, de buena posición económica, con posibilidad de estudiar en La Habana, de hacerse abogado, de trabajar en un bufete privado, con una vida relativamente cómoda. Tenía todas las premisas, familiares y de talento personal, para una existencia muelle y tranquila, sin grandes penurias, que le permitiera labrarse una trayectoria profesional destacada. “Fidel tiene madera y no faltará el artista”, auguró el profesor jesuita Armando Llorente, quien no dudó que el joven estudiante llenaría de páginas brillantes el libro de su vida, aunque sin sospechar siquiera el contenido futuro de esos folios.

Fidel, en lugar de poner todas esas ventajas y privilegios en función de la obtención de beneficios personales, se dedicó a la lucha por objetivos más trascendentes de emancipación social y nacional. Ser revolucionario no es una característica genética, adquirida con el nacimiento, sino una condición que se va formando a través de elecciones individuales durante el recorrido vital de una persona. Fidel se fue definiendo como revolucionario con las elecciones que tomó y las posiciones que fue asumiendo a lo largo de su vida. Pudo haber elegido los cauces de la política tradicional, incluso en época de dictadura, y convertirse en uno de tantos cuadros de la Ortodoxia que pujaban por arreglos pacíficos para asegurarse curules y prebendas. Pero escogió la senda más difícil, la revolucionaria, y sorprendió a todos, al frente de un grupo de jóvenes prácticamente desconocidos, como él, dirigiendo un asalto que nadie esperaba, contra la fortaleza militar más grande fuera de La Habana.

Una constante en la historia de Fidel fue la de sorprender siempre con decisiones que desafiaban la lógica de estrechos cálculos de factibilidad. El fundamento práctico de su política revolucionaria fue la de convertir en realidades sueños que parecían imposibles. Lo normal en la América Latina del siglo XX, incluida la experiencia cubana, es que procesos revolucionarios victoriosos contra regímenes dictatoriales, abrían paso a reformulaciones de la hegemonía burguesa y el dominio imperialista, que en ningún caso producían rupturas abiertas con el orden vigente. En Cuba, donde la sujeción neocolonial a Estados Unidos lucía como un sino inevitable, el derrocamiento de Batista podría haber significado el regreso del país a la situación imperante el 9 de marzo de 1952, con el poder real en las manos de siempre y la continuidad del tutelaje foráneo, quizás ahora bajo nuevas formas y ropajes. En este escenario, el más probable según las normas de hierro de la geopolítica y la dominación, la condición de héroe mítico que había liberado al país de una dictadura le habría garantizado a Fidel una posición de privilegio, el aplauso y el apoyo de “poderosas fuerzas dominantes” nacionales y extranjeras, y una vida sin riesgos, sin la exposición a más de 600 planes de atentados.

Sin embargo, otra vez tomó Fidel el camino más duro y peligroso, pero el único que podía traerle justicia y dignidad al pueblo cubano, el de una revolución profunda, la transformación radical de las estructuras de explotación que atravesaban a la sociedad insular, aunque ello implicara desafiar al poder imperial más imponente y avasallador de todos los tiempos.

Fidel es una de las grandes personalidades históricas del siglo XX, que dejó una huella imperecedera en el devenir de la humanidad. Y esa dimensión universal la adquirió no desde una nación central, con abundantes recursos económicos, sino desde una pequeña isla en la periferia del sistema mundo capitalista, agredida y bloqueada, y con enormes límites materiales. En esas condiciones, desde el subdesarrollo y desde un pasado colonial y neocolonial, haber convertido a nuestro país en una referencia y potencia mundial en los más variados ámbitos, y haberse convertido él mismo en un símbolo internacional de la lucha de los pueblos por su emancipación, tiene un mérito extraordinario y acrecienta su estatura de dirigente revolucionario.

Una peculiaridad del liderazgo de Fidel, cultivada desde la insurrección, era su capacidad táctica para descifrar con exactitud las claves de cada momento histórico, y actuar en consecuencia. Esa cualidad de saber cómo proceder según las exigencias de la coyuntura, al tiempo que se mantenía una firmeza inclaudicable en los principios, le granjeó una enorme confianza entre sus compañeros para tomar las decisiones adecuadas en cada circunstancia. Así lo expresaba Armando Hart, en carta a Celia Sánchez a finales de 1957: “él tiene una extraordinaria capacidad para comprender cuándo políticamente debemos hacer planteamientos de tipo radical”.[1] La mayoría de los cubanos experimentamos también, a lo largo de las décadas de la Revolución en el poder, la seguridad de que, sin importar la envergadura de las dificultades que enfrentáramos, Fidel siempre sabría qué hacer y nos conduciría a la victoria.

Su excepcional talento para realizar correcciones necesarias y giros sobre la marcha a estrategias políticas ya decididas, y de manejar con inteligencia sus ritmos y tiempos, lo asemeja a otro grande del siglo XX, Vladimir Lenin, reconocido también por su habilidad dialéctica, como en las Tesis de Abril, para operar cambios tácticos repentinos y no seguir líneas rectas en la consecución de objetivos revolucionarios. Bien podría aplicarse al líder cubano la semblanza que hizo Trotsky de Lenin: “aquel estratega revolucionario que sabía orientarse de un modo genial a la vista de cada situación (…)  era un genio, un perfecto genio humano, lo cual no quiere decir que fuese una máquina calculadora que funcionase de un modo infalible. Lo que ocurría era que los errores que él cometía eran muchos menos de los que cualquier otro hubiera cometido, puesto en su lugar”.[2]

La dimensión mayúscula en todo cuanto hacía fue advertida en Fidel por uno de sus amigos más cercanos y queridos, el escritor colombiano Gabriel García Márquez, quien lo definió como alguien “incapaz de concebir ninguna idea que no sea descomunal”. Hacer una revolución como la cubana, en medio de las condiciones y obstáculos que enfrentó, con los objetivos que se propuso, no podía ser otra cosa que una idea descomunal. No era un proyecto que pudiera hallar cabida dentro de moldes normales o lógicos, tenía que expandir al máximo las fronteras de lo posible. Y esa ha sido una marca permanente de la revolución cubana: proponerse metas y objetivos muy superiores a los que parecen permitir las condiciones materiales.

El mejor homenaje a Fidel en su centenario es seguir concibiendo ideas descomunales para mantener y profundizar esta revolución fuera de lo común.

Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. Foto: Roberto Chile.

Notas:
[1]     Carta de Armando Hart a Celia Sánchez, 6 de diciembre de 1957. Fondo Armando Hart Dávalos, Archivo de la Oficina de Asuntos Históricos de la Presidencia de la República.
[2] Trotsky, León: Mi vida, Editorial Verbum, Madrid, 2019, p. 501.

Se han publicado 4 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

  • Cocuyo dijo:

    La Revolución en 1959 tenía un gran apoyo popular, el tirano Batista quería mantenerse por la fuerza en el poder, él y su camarilla de corruptos empañaban la imagen de un pueblo trabajador, mucha gente ingeniosa y capaz dedicó toda su vida a la agricultura, a la ganadería, la construcción, el comercio, etc., pero había una gran desigualdad social y mucha gente analfabeta y con baja calidad de vida. La gran mayoría se sumó al proceso de construcción de una nueva Cuba, a alfabetizar, a organizar, a llevar la salud a los más pobres, a darle derechos a los campesinos, pero como en todos los procesos, se cometieron grandes errores, el estado quería controlar todos los negocios por más pequeños que pudieran ser, la tristemente célebre UMAP, la instalación de cohetes nucleares en nuestro territorio, la preparación de guerrillas de muchos países de Latinoamérica, la instalación de bases de espionaje como la base rusa Lourdes, el sistema peculiar de elecciones donde el pueblo directamente no participa en los cargos principales del gobierno, la corrupción, algunos se creyeron más grandes que la misma Revolución y se consideraron intocables, la ambición cegó a otros, otros no dan oportunidad a nuevos dirigentes, la economía se ha manejado muy mal, con inversiones muy pobres en sectores claves como el sistema eléctrico o la agricultura, la deuda externa enorme y la poca transparencia del uso de esos fondos y de los ingresos en divisa por concepto de remesas, misiones médicas, etc. La Revolución es una idea descomunal, eso sí, pero no hay nadie más grande, es un proceso de todos.

  • Renato Peña dijo:

    Algunos/as intelectuales, compañeros/as, y similares nos llaman a "releer a Marx", creo que hoy más que nunca hay que "releer a Fidel" pues su pensamiento tiene un fuerte carácter latinoamericano que no fue tragado por el eurocentrismo o Eurasia-centrismo

  • Manuel Francisco Pérez Ortega dijo:

    Fidel.
    Diste al mundo, en momentos muy difíciles, junto con tus revolucionarios, un gran ejemplo, qué la historia no lo olvidará.
    Un abrazo.

  • Prometeo Liberado dijo:

    Como diría el poeta nacional, Nicolás Guillén, " Martí te lo prometido y Fidel te lo cumplió". No fueron pocos los avances extraordinarios en el corto plazo y en medio de las condiciones más adversas. La segunda y definitiva independencia de Cuba encajaba a la perfección en el proceso descolonizador de la Carta de la ONU salvo en que el sistema fraude de Estados Unidos solo entendía por tal la descomposición de los viejos imperios clásicos ( el británico y francés especialmente) para facilitar la entrada en los mercados de su
    capitalismo corporativo sobre bases neocoloniales, un proceso injerencista sin puerta oficial de entrada o salida. Así se explica la terquedad de Estados Unidos, que, sin ningún derecho sobre la vida de los cubanos, lleva desde 1959 violando su independencia como si fuera una colonia irreverente con su destino manifiesto.

    Ya lo dejó claro Lester Mallory en 1960, ante los abrumadores avances de la revolución y la entrega absoluta del pueblo. Únicamente condenando a la sociedad cubana a una situación de hambre y desesperación podía ser reversible un proceso, que en pocos años redistribuyó la riqueza y otorgó derechos fundamentales en el patio trasero monroista. Y en ello están todavía como única estrategia posible de derrota contra una pequeña isla. Sería profundamente injusto que un proceso histórico tan exitoso cayera en el olvido y que se pretendiera pasar la cuenta a su máximo líder por lo que hicieron. Fueron otros los que fallaron estrepitosamente cuando la ficha de dominó cubana se mantuvo en pie sin renunciar a ninguna de sus conquistas.

Se han publicado 4 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

Vea también