Fidel y la descomunal humanidad de la Revolución

El Comandante en Jefe Fidel Castro en la Mesa Redonda Informativa “La extraordinaria obra educacional cubana y el nuevo curso escolar”. Foto: Ismael Francisco.
Fidel tuvo todas las condiciones para no ser Fidel. Era hijo de una familia acaudalada, de buena posición económica, con posibilidad de estudiar en La Habana, de hacerse abogado, de trabajar en un bufete privado, con una vida relativamente cómoda. Tenía todas las premisas, familiares y de talento personal, para una existencia muelle y tranquila, sin grandes penurias, que le permitiera labrarse una trayectoria profesional destacada. “Fidel tiene madera y no faltará el artista”, auguró el profesor jesuita Armando Llorente, quien no dudó que el joven estudiante llenaría de páginas brillantes el libro de su vida, aunque sin sospechar siquiera el contenido futuro de esos folios.
Fidel, en lugar de poner todas esas ventajas y privilegios en función de la obtención de beneficios personales, se dedicó a la lucha por objetivos más trascendentes de emancipación social y nacional. Ser revolucionario no es una característica genética, adquirida con el nacimiento, sino una condición que se va formando a través de elecciones individuales durante el recorrido vital de una persona. Fidel se fue definiendo como revolucionario con las elecciones que tomó y las posiciones que fue asumiendo a lo largo de su vida. Pudo haber elegido los cauces de la política tradicional, incluso en época de dictadura, y convertirse en uno de tantos cuadros de la Ortodoxia que pujaban por arreglos pacíficos para asegurarse curules y prebendas. Pero escogió la senda más difícil, la revolucionaria, y sorprendió a todos, al frente de un grupo de jóvenes prácticamente desconocidos, como él, dirigiendo un asalto que nadie esperaba, contra la fortaleza militar más grande fuera de La Habana.
Una constante en la historia de Fidel fue la de sorprender siempre con decisiones que desafiaban la lógica de estrechos cálculos de factibilidad. El fundamento práctico de su política revolucionaria fue la de convertir en realidades sueños que parecían imposibles. Lo normal en la América Latina del siglo XX, incluida la experiencia cubana, es que procesos revolucionarios victoriosos contra regímenes dictatoriales, abrían paso a reformulaciones de la hegemonía burguesa y el dominio imperialista, que en ningún caso producían rupturas abiertas con el orden vigente. En Cuba, donde la sujeción neocolonial a Estados Unidos lucía como un sino inevitable, el derrocamiento de Batista podría haber significado el regreso del país a la situación imperante el 9 de marzo de 1952, con el poder real en las manos de siempre y la continuidad del tutelaje foráneo, quizás ahora bajo nuevas formas y ropajes. En este escenario, el más probable según las normas de hierro de la geopolítica y la dominación, la condición de héroe mítico que había liberado al país de una dictadura le habría garantizado a Fidel una posición de privilegio, el aplauso y el apoyo de “poderosas fuerzas dominantes” nacionales y extranjeras, y una vida sin riesgos, sin la exposición a más de 600 planes de atentados.
Sin embargo, otra vez tomó Fidel el camino más duro y peligroso, pero el único que podía traerle justicia y dignidad al pueblo cubano, el de una revolución profunda, la transformación radical de las estructuras de explotación que atravesaban a la sociedad insular, aunque ello implicara desafiar al poder imperial más imponente y avasallador de todos los tiempos.
Fidel es una de las grandes personalidades históricas del siglo XX, que dejó una huella imperecedera en el devenir de la humanidad. Y esa dimensión universal la adquirió no desde una nación central, con abundantes recursos económicos, sino desde una pequeña isla en la periferia del sistema mundo capitalista, agredida y bloqueada, y con enormes límites materiales. En esas condiciones, desde el subdesarrollo y desde un pasado colonial y neocolonial, haber convertido a nuestro país en una referencia y potencia mundial en los más variados ámbitos, y haberse convertido él mismo en un símbolo internacional de la lucha de los pueblos por su emancipación, tiene un mérito extraordinario y acrecienta su estatura de dirigente revolucionario.
Una peculiaridad del liderazgo de Fidel, cultivada desde la insurrección, era su capacidad táctica para descifrar con exactitud las claves de cada momento histórico, y actuar en consecuencia. Esa cualidad de saber cómo proceder según las exigencias de la coyuntura, al tiempo que se mantenía una firmeza inclaudicable en los principios, le granjeó una enorme confianza entre sus compañeros para tomar las decisiones adecuadas en cada circunstancia. Así lo expresaba Armando Hart, en carta a Celia Sánchez a finales de 1957: “él tiene una extraordinaria capacidad para comprender cuándo políticamente debemos hacer planteamientos de tipo radical”.[1] La mayoría de los cubanos experimentamos también, a lo largo de las décadas de la Revolución en el poder, la seguridad de que, sin importar la envergadura de las dificultades que enfrentáramos, Fidel siempre sabría qué hacer y nos conduciría a la victoria.
Su excepcional talento para realizar correcciones necesarias y giros sobre la marcha a estrategias políticas ya decididas, y de manejar con inteligencia sus ritmos y tiempos, lo asemeja a otro grande del siglo XX, Vladimir Lenin, reconocido también por su habilidad dialéctica, como en las Tesis de Abril, para operar cambios tácticos repentinos y no seguir líneas rectas en la consecución de objetivos revolucionarios. Bien podría aplicarse al líder cubano la semblanza que hizo Trotsky de Lenin: “aquel estratega revolucionario que sabía orientarse de un modo genial a la vista de cada situación (…) era un genio, un perfecto genio humano, lo cual no quiere decir que fuese una máquina calculadora que funcionase de un modo infalible. Lo que ocurría era que los errores que él cometía eran muchos menos de los que cualquier otro hubiera cometido, puesto en su lugar”.[2]
La dimensión mayúscula en todo cuanto hacía fue advertida en Fidel por uno de sus amigos más cercanos y queridos, el escritor colombiano Gabriel García Márquez, quien lo definió como alguien “incapaz de concebir ninguna idea que no sea descomunal”. Hacer una revolución como la cubana, en medio de las condiciones y obstáculos que enfrentó, con los objetivos que se propuso, no podía ser otra cosa que una idea descomunal. No era un proyecto que pudiera hallar cabida dentro de moldes normales o lógicos, tenía que expandir al máximo las fronteras de lo posible. Y esa ha sido una marca permanente de la revolución cubana: proponerse metas y objetivos muy superiores a los que parecen permitir las condiciones materiales.
El mejor homenaje a Fidel en su centenario es seguir concibiendo ideas descomunales para mantener y profundizar esta revolución fuera de lo común.

Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. Foto: Roberto Chile.
Notas:
[1] Carta de Armando Hart a Celia Sánchez, 6 de diciembre de 1957. Fondo Armando Hart Dávalos, Archivo de la Oficina de Asuntos Históricos de la Presidencia de la República.
[2] Trotsky, León: Mi vida, Editorial Verbum, Madrid, 2019, p. 501.
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