Teoría del odio

En el odio de la clase opresora se coagulan -y sinceran- todas las patologías del capitalismo. Es uno de sus espejos más nítidos. Su trasparencia. Es odio “refinado”, que se ha sofisticado, instrumentalizado y maquillado (minuciosamente) hasta parecer, incluso, “amor al prójimo” o filantropía para anestesiar, con palabrerío moralista, instituciones y jurisprudencias, las insurrecciones populares. Mientras los odiadores ponen cara de “buenos”.
Odio pasteurizado para reconfigurar el escenario general de la vida sobre un tablero mañoso donde: el debate capital-trabajo ocurra como cosa fuera del control de las empresas; el papel de los trabajadores parezca independiente de la realidad capitalista; y, además, el trabajo parezca una actividad individual e independiente al margen de las “leyes” económicas del capitalismo. Emboscadas para ocultar el odio a los trabajadores; para no pagarles el seguro social ni derecho laboral alguno. Para minimizar “costos” y dar por muerto el pago de horas extras, viáticos y otras remuneraciones consideradas como derechos adquiridos. Odio disfrazado de modernidad administrativa. “Nada es lo que parece”. Odio inoculado como “cultura” del burocratismo.
En el relato de las burguesías el “odio” reviste galanuras de época muy cómodas para la apropiación del producto del trabajo. Con el beneplácito de algunos “expertos” en teorías semióticas, y de sus jefes, surge una corriente desenfrenada cargada con “nuevas clasificaciones” para el odio, donde reina -sin tapujos- la idea de que es condición de los seres humanos odiarse a sí mismos con odio funcional y contra su propia clase… en las “apps”, los teléfonos móviles… “gerencialmente” y por cuenta propia… Determinismo del odio que no tiene horarios. No permitas que los noticieros burgueses te convenzan de odiar a tu propio pueblo. No te tragues el odio oligarca como si fuese tuyo.
Es odio con determinación de clase expresado como pasión que cancela razones. Rompe los nexos humanos solidarios y fija códigos de alianza sectaria. En algunos casos se convierte en “placer” inconfeso. Así se desliza en la vida cotidiana y “embriaga” o cuanta forma expresiva le está cerca, objetiva y subjetivamente. Se ha vuelto parte del paisaje y transita los diarios, los noticieros, los cancioneros, las películas, las historias de amor, las relaciones familiares y, desde luego, las relaciones jurídicas y las de producción. Donde menos lo imaginas habita, todo o en partes, el odio de clase convertido en moral de época.
Sobrevivimos en un escenario planetario infestado por odios de todos los géneros. Es una Cultura, Política y Comunicación del odio y para el odio a diario, el odio condensado y odio compartido, hilvanado, cambiante, tenso, entre la vigilia y los sueños; odio que sirve para conjugar la práctica de mil conductas envenenadas por sus entrecruzamientos. Odio de clase, de “raza”, de género, sexual, político, ontológico… el odio que nos inunda con sus umbrales y nos distancia de los otros entre convulsiones antidemocráticas, conservadoras y de castigo que aparecen en todas partes y a toda hora en forma de violencia, rabia, impotencia, desesperación y autoritarismo de derechas.
Es cierto que el odio es viejo compañero de los seres humanos. Su vigencia sigue siendo avasallante y empeora en las condiciones históricas de conquista, coloniajes, guerras o revoluciones. Se recrudece en las relaciones de dominación y explotación o en los intentos que los pueblos hacen por emanciparse, pero no por eso hemos de aceptar fatídicamente que somos animales odiadores por naturaleza, aunque debamos responder con toda claridad hasta dónde se ha infiltrado el odio en nuestras vidas y si nos ha convertido en sus esclavos bobos en plena “modernidad” marcada por Auschwitz, Hiroshima y Gulag.
El odio cancela la igualdad, la libertad, la tolerancia, el respeto a la dignidad y a la autonomía del otro. Es impensable una sociedad igualitaria y digna mientras haya gente produciendo odio y vendiéndolo como uno de los más grandes negocios de la Historia. Y es que el odio subsiste tanto en los medios como en los fines del capitalismo agazapado en sus formas originarias de racismo, integrismo religioso, étnico o nacionalista en espera de su maquillaje (a veces televisivo o cinematográfico) para intoxicar las relaciones sociales. De un modo u otro, cerca o lejos está entre nosotros (a veces dentro) el odio de clase. Incluso el odio entre hermanos, compañeros y camaradas. Es imprescindible entender su naturaleza, sus raíces, causas y efectos… combatir un tema de tal complejidad en sus más diversas facetas y su impacto en las visiones y conductas deformadas por las ideologías del odio (racistas, sexistas, integristas que la fomentan) y, derrotarlo… en y con todo lo que tengamos a mano, incluyendo la literatura, las artes, el cine y los “mass media”.
Otra cosa es el recurso del concepto “odio” para enfatizar las posiciones de lucha contra-hegemónica y por la emancipación definitiva de nuestros pueblos y, entonces, el “odio” adquiere una dimensión semántica de combate no contra las personas sino contra los sistemas de dominación , exclusión, aniquilamiento y envilecimiento de la humanidad. Por eso insistió Antonio Gramsci en su “odio a los indiferentes”. Por eso lo convirtió en una declaración de principios, de fines y de posiciones.
Hay que llamar a todos los frentes dignos, y en pie de lucha, a frenar la propagación del discurso del odio contra migrantes y contra todos los grupos llamados “minoritarios”. Contra el odio a los líderes sociales, a los movimientos emancipadores a los mandatarios de las naciones progresistas. Contra el odio desatado y cultivado en las “redes sociales”. Frenar el odio generalizado para amenazar a la voluntad democrática de los pueblos. Contra el odio para sofocar el disenso legítimo, la libre expresión popular, el derecho a vivir sin violencia… y, además, exigir que cesen las operaciones con mecanismos “trolls”, “bots” (o como quieran llamarlos) por donde transita el odio de clase y la violencia burguesa disfrazada de “libertad de expresión”.
(Tomado de Cubaperiodistas)
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sin la mas minima intencion de demeritar el articulo, creo que el odio no es algo propio del capitalismo sino del ser humano. en el feudalismo los ricos odiaban a los pobres. en el esclavismo ni hablar, esclavisados y obligados a trabajar a veces hasta la muerte. y del socialismo no voy a hablar, solo dire que un socialista no soporta a in imperialista (y viceversa) ahi lo dejo...
El odio, recurso de los sietemesinos y miserables de todos los tiempos, el odio hoy es entre otros tal y como aquí dice, el objetivo de los medios al servicio de los odiadores y aunque hay mas personas ajenas a es vil sentimiento que aquellos que lo practican lamentablemente hay más medios de difusión masiva en manos de los odiadores que en manos de los que no odian, y como sería tonto ignorar el efecto de la acción de estos medios, vemos día a día como se siembra el odio entre hermanos.
La vida y el tiempo me han llevado a conocer a cubanos, que hoy no fueran ni tan siquiera seres humanos si no fuera por la Revolución, que sacó a sus padres de la miseria y la ignorancia, que los educó y cuidó su salud y hoy estos, que viven aquí dentro y allá afuera odian la mano que les dió de comer, todo porque un día no le dieron la pacotilla que quisieron, porque es eso lo que los motiva o simplemente que todos los pueblos tienen gente de este tipo que si les dan la oportunidad serían represores y torturadores de sus hermanos.
Buen artículo, pero demasiada gramática de palabras escogidas y enrevezadas que hacen menos potable la lectura e interpretación de lo escrito. Esta publicación es para todos, no para un grupo selecto de lectores de alto conocimiento del idioma español.
El odio es una herramienta (o arma) muy poderosa en manos de quien quiera hacer daño, y es bastante fácil propagarlo y alimentarlo. Ojo con eso. Buen artículo. Hay que saacarlo más allá de esta única página