Laboratorio de Semiótica Crítica: Cátedra Sean MacBride

Foto: Christian Veron/ Reuters.
Esa acusación de “narco-terrorismo” hecha por Donald Trump contra Venezuela, entre otras muchas, constituye un dispositivo semiótico de rendimiento ideológico calculado, cuya potencia performativa excede su aparente simplicidad verbal. Desde la perspectiva de nuestra semiótica crítica, esta denominación no puede analizarse como un simple rótulo descriptivo, sino como una operación estratégica que articula intereses geopolíticos, economías discursivas y tecnologías de producción de sentido orientadas a la construcción de un enemigo legitimador. El signo “narco-terrorismo” no remite a hechos verificables, sino a una arquitectura simbólica diseñada para instalar un marco interpretativo que convierte al Estado venezolano en una entidad paria, criminalizable y susceptible de intervención. Es un signo cargado de vectores semánticos que condensan, en una fórmula impactante, varias décadas de ingeniería discursiva estadounidense sobre América Latina.
Desde un punto de vista científico-semiótico, el término funciona como un “signo complejo de coagulaciones ideológicas”: integra dos núcleos semánticos –“narco” y “terrorismo”– que han sido previamente sobre-determinados por la maquinaria comunicacional y jurídica de Estados Unidos. En la historia reciente, ambos conceptos han operado como justificaciones simbólicas para intervenciones militares, sanciones y operaciones encubiertas. El efecto de fusionarlos es multiplicar su carga afectiva y su valor persuasivo. La estrategia semiótica consiste en explotar el capital histórico de miedo, repulsión moral y excepcionalidad jurídica acumulado por esos términos, trasladándolo hacia un Estado soberano mediante un acto performativo de nominación. No se trata solo de un insulto político, es una “clasificación de guerra”, un signo que habilita un régimen de acciones extraordinarias.
Ese dispositivo semiótico “narco-terrorismo” opera entonces como un “signo operador” que no describe, sino que activa. Produce un marco cognitivo en el que Venezuela aparece como amenaza transnacional. Esta operación se sostiene en la lógica del “enemigo total”, donde el antagonista no es un gobierno específico, sino una entidad que combina crimen organizado y violencia política global. En términos de semiótica crítica el signo se incrusta en la “economía política del imaginario”, donde los medios corporativos actúan como máquinas de reproducción de la nominación, amplificando su efecto hasta convertirlo en un hecho socialmente percibido como evidente. La manufactura de consenso se alimenta de la repetición disciplinada: titulares, discursos, informes y declaraciones se alinean para consolidar el signo hasta desmaterializar cualquier análisis empírico que lo cuestione.
Un análisis riguroso requiere observar la estructura sintáctica de la acusación, se trata de una operación de interpelación directa (“Venezuela es un narco-estado terrorista”), donde el sujeto de la frase (el Estado venezolano) es capturado en un predicado intensivo que elimina matices, procesos y contradicciones. La estructura “S = T” (Sujeto = Terrorista) instala una identidad fija, no una descripción temporal o condicional. El signo funciona así como marca ontológica: Venezuela “es”, esencialmente, una amenaza. Esta esencialización transforma un fenómeno geopolítico complejo en una entidad moralmente condenable. Desde el Laboratorio de Semiótica Crítica, esta operación corresponde a la técnica imperial de “metáforas absolutas”, aquellas que transforman un conflicto político en un relato teológico de bien contra mal.
Tal elección del término también responde a un diseño pragmático orientado hacia la opinión pública estadounidense y sectores de la “clase media” internacional fuertemente colonizados. El uso de “narco-terrorismo” activa en el imaginario social una cadena de asociaciones fuertemente instaladas desde la “Guerra contra las drogas” y la “Guerra contra el terrorismo”, carteles mexicanos, 11-S, ISIS, Afganistán, Colombia paramilitar, y toda la iconografía audiovisual creada por Hollywood y los noticieros. Esta semiosis acumulada es puesta en circulación para construir un enemigo latinoamericano moldeado según las necesidades estratégicas del momento. No importa la ausencia de evidencia; importa la eficacia simbólica.
Desde la perspectiva del Laboratorio de Semiótica Crítica, esta acusación se inscribe en la dinámica del “terrorismo semiótico imperial”, el uso de signos aterrorizantes para disciplinar conciencias y justificar agresiones. Estados Unidos declara “narco-terrorista” a un Estado como parte de un procedimiento de “marcado simbólico” que antecede cualquier acto de presión económica o militar. Se trata de una etapa de la guerra comunicacional que busca preparar el terreno para medidas coercitivas: sanciones, cerco diplomático, operaciones psicológicas, narrativas humanitarias y, eventualmente, incursiones militares. El signo es el primer disparo.
Un análisis denotativo revela la paradoja: Estados Unidos es uno de los mayores consumidores de drogas del mundo, su sistema financiero ha servido sistemáticamente de plataforma para lavado de dinero, y ha operado durante décadas con carteles aliados en diferentes regiones. Sin embargo, la enunciación imperial permite invertir la carga semántica: el acusador se presenta como defensor de la ley global y el acusado como foco de criminalidad. Esta operación semiótica se explica por lo que se denomina “inversiones ideológicas” que son mecanismos donde el poder atribuye al otro aquello que caracteriza sus propias prácticas.
En el nivel connotativo, “narco-terrorismo” proyecta imágenes de caos, clandestinidad, violencia extrema, redes internacionales y amenaza inminente. Su eficacia deriva de la saturación sensorial: el concepto llama al miedo como herramienta política. El miedo es uno de los vectores semióticos más eficientes para colonizar la conciencia. En este sentido, el término produce un efecto de “cierre cognitivo”, el destinatario, invadido por la amenaza simbólica, acepta sin resistencia las medidas que se derivan del diagnóstico oficial.
En el nivel pragmático, la acusación cumple tres funciones: 1. Justificar la intensificación del bloqueo económico, presentándolo no como agresión sino como medida de seguridad global. 2. Deslegitimar al gobierno venezolano en el escenario internacional, reduciéndolo a una entidad criminal sin derecho a autodeterminación.3. Preparar la opinión pública para posibles acciones de intervención, ampliando el margen de maniobra del Poder Ejecutivo estadounidense.
Nuestro Laboratorio de Semiótica Crítica reconoce aquí la construcción de una “ingeniería del consentimiento criminalizante”. Para ello, el discurso se presenta como lucha contra el mal absoluto. Es lo que Buen Abad identifica como “teología comunicacional del imperio”: una narrativa donde Estados Unidos se ubica en el lugar del salvador universal y cualquier resistencia se interpreta como amenaza diabólica. Debe notarse también la dimensión colonial del signo. América Latina ha sido históricamente convertida en laboratorio de nominaciones disciplinarias: “patio trasero”, “repúblicas bananeras”, “estados fallidos”, “dictaduras socialistas”, “amenazas narcoterroristas”. Estas categorías no describen realidades: las producen. Funcionan como tecnologías de subjetivación geopolítica. Desde la ciencia semiótica crítica, entender estas nominaciones es indispensable para comprender la arquitectura simbólica del imperialismo.
Esa acusación de Trump no surge aislada, es parte de una cadena discursiva donde el imperialismo norteamericano fabrica enemigos según sus intereses económicos y estratégicos. La retórica del “narco-terrorismo” busca ocultar las razones materiales del conflicto: control del petróleo, disciplinamiento geopolítico, intervención en los procesos de integración regional y apropiación de recursos energéticos. El signo esconde la estructura. Su guerra mediática es siempre un intento de separar el pensamiento de la realidad material para someterlo a la ideología dominante.
Nuestro trabajo como Laboratorio de Semiótica Crítica debe subrayar la necesidad de desmantelar estas operaciones mediante una praxis crítica de la comunicación. Comprender el signo “narco-terrorismo” no basta, es necesario producir contra-semiosis que devuelvan complejidad, historicidad y materialidad al análisis de los conflictos. El pensamiento crítico es un acto de defensa de la conciencia, pero aislado de la praxis es insuficiente, desactivar el terror semiótico es una forma de emancipación. El signo imperial debe ser desmontado para que la realidad vuelva a hablar con su propio espesor y no bajo el ruido ensordecedor de la propaganda. Y articular nuestros propios enunciados para la liberación.
(Tomado de La UICOM)
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Excelente artículo.
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