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Toronto pronostica diciembre cinéfilo en La Habana

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El Festival Internacional de Cine de Toronto se celebra cada septiembre.

En estos últimos cinco años, cuando estuve haciendo la cobertura periodística del Festival Internacional de Cine de Toronto, cada vez fue más notorio que este evento, celebrado desde hace más de cuatro décadas en la primera quincena de septiembre, en la ribera canadiense del Lago Ontario, no solo anuncia los futuros nominados y ganadores del Oscar, sino que también congrega los futuros premios Coral, es decir, las mejores producciones latinoamericanas de cada temporada, esas que atraen centenares y miles de espectadores cada diciembre, en La Habana. Así suele ocurrir, aunque el presidente del festival cubano, Iván Giroud, me alertó esta vez que exhibir en Cuba todos estos títulos depende de contratos y acuerdos, en ocasiones difíciles de lograr, sobre todo cuando se exige un precio muy alto por cada pase, o en el caso de que haya productoras norteamericanas de por medio.

México, Argentina, Chile, Colombia, Uruguay y Cuba fueron algunas de las cinematografías del continente mejor representadas este año, aunque en honor a la verdad debe decirse que fue la azteca la que se robó la mayor atención del público y los especialistas, sobre todo con tres títulos: Roma, Nuestro tiempo y Museo. Las dos primeras adoptan los códigos realistas del más encumbrado cine de autor, mientras que la tercera es una excelente, y compleja, película de género que amalgama drama y comedia, filme de robos y de compadres.

Cercana a ciertos hechos reales (el robo arqueológico más importante de la historia), Museo contribuye a la mayor fama del actor mexicano más internacional, Gael García Bernal, muy bien dirigido por Alonso Ruizpalacios, quien se transformó en promesa cumplida para la filmografía de ese país desde su anterior Güeros (2014).

Realizada en blanco y negro y ambientada en los años 70, Roma es el proyecto más personal del consagrado Alfonso Cuarón (Y tu mamá también, Gravity) y relata el diario íntimo de Cleo, la joven empleada doméstica de una familia de clase media en la colonia Roma, de la Ciudad de México. Mientras atestiguamos los pequeños triunfos y derrotas de la muchacha, y de sus patrones, el guion de Cuarón ilustra la más detallada, trágica y conmovedora radiografía de las entrañas de la nación, desde la noble oda a los invisibles y excluidos, exégesis del heroísmo cotidiano de millones de mujeres. Hace cuatro décadas el cine mexicano envió a La Habana, y fue premiada, Los pequeños privilegios, de Julián Pastor, que abordaba un tema similar, pero Cuarón diseña sus personajes con mucha mayor calidez y hondura. Roma es candidata a los mayores Corales si Netflix, que la produjo, permite que venga.

El rey del cine denso, existencialista y provocativo, Carlos Reygadas (Luz silenciosa, Post tenebras lux) dirige, escribe, produce, edita y protagoniza Nuestro tiempo sobre un escritor y su esposa (interpretada por Natalia López, la esposa en la vida real del realizador) en medio de un rancho pecuario y de una relación matrimonial en crisis. Imágenes deslumbrantes sirven de marco a este acto de franqueza un tanto perturbador, en el cual el espectador, si abandona el regusto por las convenciones genéricas y narrativas, puede adentrarse, temeroso, en la intimidad de esta pareja trastornada por los celos y la inseguridad. Un filme difícil a ratos, como todos los del cineasta, pero excepcional en su hipnótica, casi impúdica parsimonia.

En torno a ciertos secretos innombrables, y las disfuncionalidades familiares, giraban los argumentos de dos de los cuatro filmes argentinos presentados en Toronto: Pablo Trapero (Leonera, El clan) también ambientó en una finca campestre La quietud, que cuenta con un elenco extraordinario (Martina Gusmán, Berenice Bejo, Graciela Borges, Edgar Ramírez) para darle forma, con adecuadas dosis de suspenso, a un oscuro melodrama sobre dos hermanas cuyas complicadas relaciones parecen condicionadas, en parte, por sombras y traumas de un pasado sombrío. Mientras, Sueño Florianópolis, de Ana Katz, opta por un estilo mucho más episódico, distendido, de hiperrealismo observacional, para mostrar, en primer plano dramático, a una familia de clase media de vacaciones, mientras que en el fondo queda el regusto a nostálgica reflexión sobre el paso del tiempo y la fugacidad de los instantes felices.

Más cercanos al cine criminal y al thriller de acción resultaron otros tres largometrajes argentinos, muy correctos y seguramente exitosos: El ángel, Rojo y Acusada. El ángel se ambienta, con riqueza de detalles, al igual que Roma, a principios de los 70 del siglo pasado y se inspira en un personaje real, el asesino en serie Carlos Robledo, apodado el Ángel de la Muerte por su apariencia seráfica, y condenado a prisión, en 1972, por 11 homicidios, 17 robos, una violación, dos raptos y dos hurtos.

También recurre a lo retro, pero con mayor insistencia en definir una época de represión y dictadura, Rojo en la cual el director y guionista Benjamin Naishtat construye una narrativa sutil tanto en lo sicológico como en lo social. Será del gusto de muchos, y para lograrlo cuenta además con la excelencia interpretativa de Darío Grandinetti y Alfredo Castro.

En lugar de mostrar al criminal y sus delitos, Acusada se aparta de la tradicional investigación policial para determinar quién es el culpable, y también elude los procedimientos jurídicos y legales. Las intenciones del realizador y guionista Gonzalo Tobal apuntan más bien a denunciar la mórbida seducción con el crimen o la violencia que explotan los medios de comunicación, particularmente televisivos. Leonardo Sbaraglia, Inés Estévez y de nuevo Gael García Bernal contribuyen a fomentar la solidez narrativa y formal del producto.

Dos películas chilenas, o más bien, con realizadores de ese país, fueron privilegiadas por los especialistas: Tarde para morir joven, de Dominga Sotomayor, se ambienta en 1990, cuando el país intentaba dejar atrás 17 años de dictadura pinochetista, mientras se retrata a un grupo de personajes, fundamentalmente tres jóvenes, Sofía, Ignacio y Lucas. Sus escapadas, sus deseos y pasiones metaforizan, con sutileza, los sueños de concordia y plenitud de toda una nación.

Por otro lado, Sebastián Lelio (Una mujer fantástica, Desobediencia) decidió volver sobre sus pasos y rehacer, en inglés, su exitoso filme Gloria (2013), que elevó al Olimpo histriónico mundial a Paulina García. La historia de feminidad bajo la presión de los años y las frustraciones se traslada a Los Ángeles, se llama Gloria Bell y tiene casi todo el tiempo en pantalla a Julianne Moore en un disfrutable recital interpretativo.

Colombia y Uruguay aportaron un par de películas memorables: Pájaros de verano y Belmonte. Codirigida por la antes productora Cristina Gallegos y el consagrado Ciro Guerra, cuyo El abrazo de la serpiente ganó una inmensidad de premios hace un par de años, Pájaros de verano recurre a las técnicas y personajes reales del documental para conferirle una singular vuelta de tuerca al subgénero colombiano de los filmes sobre el narcotráfico, con la historia de una familia wayuu relacionada con el comercio de marihuana en La Guajira. Valores ancestrales contienden en esta obra que integra sabiamente los códigos del western e incluso la tragedia filial ocasionada por el orgullo, la prepotencia, la ambición y el choque de dos mundos.

En una escala mucho menos épica, y más centrada en el intimismo y la sicología individual, como suele hacerlo el cine uruguayo, Belmonte nos trae de regreso a Federico Veiroj, el autor de Acné y Vida útil, con el acercamiento a un pintor melancólico y talentoso que se debate entre los requerimientos de su vida pública (la próxima exhibición de su obra en el Museo Nacional) y el ámbito privado, pendiente de un divorcio reciente y de su hija pequeña. Gonzalo Delgado, el coguionista usual de Veiroj, interpreta el papel titular, de modo que Belmonte propone una cierta honestidad confesional similar, en alguna medida, a la que se patentiza en Roma y Nuestro tiempo. Solo que en este la confidencia puede tocar o no lo autobiográfico, porque prefiere enfocarse en el difícil balance entre realizaciones artísticas y personales.

Para anunciar la cubana El extraordinario viaje de Celeste García, muy bien aceptada en Toronto, habrá que recurrir a ciertas líneas sumarias, para no adelantar el placer de ver una comedia agridulce que de seguro contará con miles de entusiastas en la Isla: varios cubanos ansiosos de viajar son abducidos por extraterrestres; retorna al cine cubano María Isabel Díaz; se despliega la mejor variante humorística, a ratos tierna, del guionista y escritor Arturo Infante (Utopía); bajo su apariencia jocosa y fantástica se entreteje una parábola sobre la emigración, o, más bien, sobre la irreprimible ansiedad por viajar de muchos; además está una hermosa oda a la inocencia, el perdón y la generosidad en un filme amable y cálido, sin estridencias. Ya lo comprobará usted, en diciembre.

(Tomado de Juventud Rebelde)

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  • gretter dijo:

    y algún comentario sobre estas

    HIGH LIFE
    THE DEATH AND LIFE OF JOHN F. DONOVAN
    Wildlife
    ‘Ha nacido una estrella
    Greta
    Boy Erased
    Quién te cantará
    Shadow
    El reino
    Destroyer
    The Sisters Brothers

    Que lástima que solo viera latinoamericano

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Joel del Río

Joel del Río

Reconocido crítico de cine. Colaborador de varias publicaciones cubanas y profesor en la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños.

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