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19 de mayo de 1895: lo que hizo el Maestro

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José Martí

Todos los días, y en especial cada 19 de mayo, son propicios para recordar la exclamación desgarrada, “¡oh Maestro, qué has hecho!”, por la cual —usemos una expresión coloquial llevada a la poesía por Fayad Jamís, acaso el mayor poeta en su generación literaria cubana— “tanto palo” se le ha dado a Rubén Darío, heraldo pionero de las grandezas luminosas de aquel a quien llamó “¡Maestro!”, el que, en un abrazo, le reciprocó el reconocimiento llamándolo “¡Hijo!”. La adolorida estupefacción del autor de Azul… remite al tamaño de la tragedia que en aquella fecha de 1895 ocurrió en Dos Ríos: Cuba perdió su mayor amparo, de gran significación también para el continente y para el mundo, para la humanidad.

Tanto es así, que diversas variantes de aquella exclamación seguirían y aun siguen brotando incluso de pensadores y líderes revolucionarios, alimentadas asimismo por la humana tendencia a especular, que la certidumbre de la tragedia refuerza en este caso. Pero muertes como la de José Martí, y tantas otras, remiten a la convicción que Ernesto Che Guevara plasmó en una carta de resonancias inapagables: “En una revolución se triunfa o se muere (si es verdadera)”. Ese es un hecho probado a lo largo de la historia, una norma cuya dimensión luctuosa no borran las felices excepciones citables.

Tal realidad es consecuencia orgánica de la decisión de lucha, aunque a veces las especulaciones aludidas bordeen, o se adentren de lleno en ella, la búsqueda de una determinada vocación suicida en el héroe. Pero su confesión, “Para mí, ya es hora”, que el 25 de marzo de 1895, “en el pórtico de un gran deber”, hizo Martí a su amigo dominicano Federico Henríquez y Carvajal, estaba (está) llena de vida, no de muerte. Era un niño de pocos años cuando juró para sí “Lavar con su vida el crimen” de la esclavitud —cabría decir: de las esclavitudes—, no “con su sangre”, como tantas veces se ha citado erróneamente la estrofa de Versos sencillos donde aquel juramento encarna una trayectoria vital, que abarca la eventualidad de la muerte, pero no se agota en ella.

El 28 de febrero de 1879, al rendir honor a un poeta fallecido, invocó a la muerte en términos afectuosos —“¡Muerte, muerte generosa, muerte amiga!—, pero para decirle terminantemente: “¡ay! ¡nunca vengas!”. En la víspera de su caída en combate no le dice a Manuel Mercado que cada día tiene deseos de morir. Le expresa la satisfacción que le produce el estar todos los días en peligro de dar la vida en el cumplimiento de su deber. Para correr ese peligro con la resolución con que él lo hizo, se debe estar dispuesto a morir, sí; pero, sobre todo, es necesario estar vivo. Y, para él, estarlo se asociaba al sentido misional de responsabilidad con que preparó la guerra y tomó parte en ella.

Sería injusto atribuirle una inclinación suicida que habría equivalido a un acto de irresponsabilidad impensable en él. Con su incorporación al combate, a la lucha armada en los campos de Cuba, no procuraba complacer a nadie en particular, ni acallar comidilla alguna. Lo guiaba su sentido ético de la existencia en general y, en particular, del liderazgo que merecidamente había alcanzado: “Yo evoqué la guerra”, estampó en la carta a Henríquez y Carvajal citada, y “mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar”. Mucho deber tenía por delante, y la propia contienda se lo ratificaría.

Se ha especulado hasta más de lo justo sobre la entrevista que tuvo lugar entre Antonio Maceo, Máximo Gómez y él en La Mejorana el 5 de mayo de 1895, y sobre la desaparición de las páginas del día siguiente de su Diario de campaña. Se ha llegado a “suposiciones impropias” y “versiones infundiosas desgraciadamente publicadas”, escribió en un trabajo de 1948, “Acerca de ‘La Mejorana’ y ‘Dos Ríos’”, el serio estudioso Manuel Isidro Méndez, cuyo magisterio seguramente sería justo reconocer, y no parece haberse hecho a la debida altura, en los jóvenes de Artemisa —donde se desempeñó como educador— que participaron en los acontecimientos del 26 de julio de 1953.

En el citado Diario de campaña, incluso gráficamente resulta visible que Martí escribió sobre aquella tensa entrevista lo que tenía que escribir, y no fue poco. En su correspondencia de días posteriores, cercanos, lo que muestra con respecto a Antonio Maceo es la admiración que sentía por el bravo guerrero, a quien, en la semblanza que le dedicó en Patria del 6 de octubre 1893, le había reconocido “tanta fuerza en la mente como en el brazo”.

Tal vez nunca aparezcan las páginas que nadie ni nada debió haber separado del Diario, pero tampoco sería descartable que no tuvieran que ver con aquella entrevista. En todo caso, las conjeturas, tentadoras y acaso inevitables, no parecen que tengan mayor peso comparadas con lo que Martí dejó escrito. Si quien arrancó esas páginas, en caso de que haya sido esa y no otra la causa de que desaparecieran, hubiese querido ocultar las fuertes discrepancias puestas sobre “la mesa, opulenta y premiosa”, de La Mejorana, habría tenido que arrancar las muy duras del 5 de mayo, que —por los términos del relato contenido en ellas— cabe considerar escritas al final de ese día, o tal vez al amanecer siguiente, y, aunque respetuosas como suyas, suaves no son.

En el fondo, lo que a veces parece resultar pasmoso de lo sucedido en La Mejorana pudiera vincularse con la idea de que supuestamente entre altos jefes revolucionarios no se producen —o no se difunden— discusiones, controversias, choques de trenes. La vida es otra cosa, máxime en las condiciones de una gesta naciente como aquella, y cuando intervienen jefes con méritos y tesón de mando bastantes para no sentirse movidos a ceder mansamente en sus criterios. De alguna manera, las suposiciones parecen vincularse asimismo con el deseo de que Martí no hubiera muerto en combate, pues cada cierto tiempo se revuelven las conjeturas sobre la presunta decisión de que Martí abandonara el campo de batalla y volviera a la emigración.

Con respecto a ese punto, se deben recordar varias realidades. Una estriba en que Martí no había llegado a Cuba por casualidad, sin obstáculos. Llegó a ella venciendo escollos entre los cuales se debe contar no solo la persecución enemiga, sino también diversas resistencias, tal vez no únicamente la de Gómez y otros de veras interesados en cuidar su vida, cuya importancia conocían. Habría quizás que considerar además la oposición de quienes podían sentirse incómodos ante el líder que, sin currículum de guerrero, llegaba para renovar conceptos y estrategias, y promover una institucionalización democrática enfilada a impedir por igual estorbos civilistas y desafueros del militarismo, que, tanto unos como otros, habían causado graves frustraciones en el movimiento independentista.

En su Diario testimonió lo que sostuvo —rudo, según el mismo— en La Mejorana: era necesario un modo de gobierno en campaña que asegurase la eficacia de la guerra con la necesaria y bien guiada soltura del ejército libertador, y defendió a la vez el funcionamiento republicano. Este sería inalcanzable si el país no estaba representado institucionalmente en la dirección de la contienda, y “la patria”, con “todos los oficios de ella, que crea y anima al ejército”, terminaba “como secretaría del ejército” que tenía el deber de liberarla.

La experiencia le confirmaba a cada paso la necesidad de permanecer en el terreno de operaciones, y no estaría dispuesto a que nadie por voluntad personal decidiera que él —la mayor autoridad política en la guerra mientras no se celebrara la Asamblea constituyente— saliera del país para convertirse en un auxiliador a distancia. A los líderes revolucionarios verdaderos que en el mundo han sido cabría preguntarles si habrían aceptado fácilmente una suplantación semejante, que Martí no rechazaba por prurito jerárquico sino, repítase hasta el cansancio si es menester, por sentido de responsabilidad y capacidad de sacrificio.

El día antes de morir en combate le expone igualmente a Mercado una visión aleccionadoramente democrática y revolucionaria: “seguimos camino al centro de la Isla, a deponer yo, ante la revolución que he hecho alzar, la autoridad que la emigración me dio, y se acató adentro, y debe renovar, conforme a su estado nuevo, una asamblea de delegados del pueblo cubano visible, de los revolucionarios en armas”.

En la cita, deponer no significa ni abandonar ni desistir ni renunciar. Implica someter al arbitrio democrático de la asamblea —que, formada por delegados del pueblo alzado, no de los jefes, debía aprovechar las lecciones de la celebrada en Guáimaro en 1869 y no reproducir sus errores— el modo como organizar el gobierno en armas: “La revolución desea plena libertad en el ejército, sin las trabas que antes le opuso una Cámara sin sanción real, o la suspicacia de una juventud celosa de su republicanismo, o los celos, y temores de excesiva prominencia futura, de un caudillo puntilloso o previsor; pero quiere la revolución a la vez sucinta y respetable representación republicana,—la misma alma de humanidad y decoro, llena del anhelo de la dignidad individual, en la representación de la república, que la que empuja y mantiene en la guerra a los revolucionarios”.

La versión o leyenda de un Martí vestido de civil —¿acaso ya todos los mambises estaban dotados de uniformes reglamentarios suministrados por sastrerías y comercios a su disposición?, ¿era aquello una tropa de extras preparados para el rodaje de una superproducción de un cine que aún no existía?— y listo para embarcar y marcharse al extranjero parece haber cuajado, sobre todo, a base de suposiciones y hasta del mismo deseo de que no hubiera muerto. Pero él dejó claro, el 18 de mayo, hacia dónde se dirigía. Y, si de conjeturas se trata, ¿por qué no pensar en quién habría sido el depositario de la confianza de la Asamblea para que dirigiese la República en Armas, sino el hombre a quien, disgustárase quien se disgustara, las tropas llamaban el Presidente?

Que él mismo, ante reticencias que ese título suscitaba, dijese que lo había rechazado y seguiría rechazándolo, no debe tomarse sino como eso: que rechazaba el título, no las responsabilidades que se derivaran de su misión en la gesta. Ya había mostrado su agudeza para replantear denominaciones, al darle el modesto nombre de Delegado, con tanta carga democrática, al mayor cargo en el Partido Revolucionario Cubano, cargo para el cual fue electo cada año, y del que podía ser destituido en cualquier momento por votación de los clubes que integraban la organización.

En el plan concebido y puesto en marcha por él, la Asamblea de representantes del pueblo visible en la guerra era el poder llamado a decidir cuál sería a partir de ella el papel de aquel partido y de su máximo dirigente. En cuanto al título de presidente, no se lavaba las manos rechazándolo para que otro lo asumiese: “ni en mí, ni en persona alguna, se ajustaría a las conveniencias y condiciones recién nacidas de la Revolución”, escribió a Carmen Miyares el 28 de abril.

Conocía los escollos que la revolución debía vencer, incluida la insuficiente unanimidad en la comprensión de las mayores tareas por cumplir. Junto con sacar del país al poder colonial español, propósito primordial que unía a los combatientes, y erradicar la herencia de la colonia en las costumbres de la nación liberada —fin que exigiría un proceso cultural profundo—, había otras dos misiones básicas, ambas relacionadas entre sí y que no entrarían por igual en la perspectiva de todos: impedir que se consumasen las aspiraciones expansionistas de los Estados Unidos y “fundar un pueblo nuevo y de sincera democracia”.

Por razones tácticas, la primera de ellas se hallaba entre las cosas que —así le dijo a Mercado— habrían de acometerse “en silencio […] y como indirectamente”, porque “de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”. Pero la segunda figuraba entre los propósitos cardinales fijados en las Bases del Partido Revolucionario Cubano.

Esas aspiraciones eran lo suficientemente grandes, colosales, para que Martí —a quien le sobraban inteligencia y honradez para ello— supiera que su deber empezaba con la guerra y en ella, en vez de terminar. No todos los combatientes, no todas las personas que apoyaban el proyecto emancipador tenían igual grado de claridad sobre las maquinaciones imperialistas que se trenzaban en los Estados Unidos y él venía refutando de años atrás por cuantos medios tuvo a su alcance: prensa, tribuna, relaciones personales, epistolario, tareas diplomáticas, todo asumido al servicio de los pueblos de nuestra América.

La prudencia —que a tantos suele arrastrar en ocasiones a complicidades lamentables— no lo movió a silenciar su ideario antimperialista, con el cual preparó la guerra. Sus denuncias de las aspiraciones estadounidenses de apoderarse de las Antillas y dominar a nuestra América toda para usarla en sus confrontaciones con Europa fueron públicas y ostensibles, y se inscribieron en su proyecto de liberación nacional, desde la guerra, como se aprecia en su citada carta testamentaria a Mercado, a quien le explicitó el deber, su deber, por el que estaba dispuesto a morir: “ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber—puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo—de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. El rotundo haré corrobora su resolución de vivir para luchar.

Con fecha 2 de mayo de 1895, en campaña, dirigió un comunicado al gobierno y al pueblo de los Estados Unidos por medio del corresponsal, que lo entrevistó, de The New York Herald. En el texto original —que el poderoso diario mutiló y tergiversó sustancialmente en la versión en inglés, publicada el mismo día en que el héroe cayó en combate—, asoma su convicción de que en una Cuba dominada por la emergente potencia imperialista esta buscaría apoyo para sus fines de dominación generando “sementales para la tiranía”.

En la carta a Mercado, escrita con aquella entrevista en mente, se refirió a “la actividad anexionista, menos temible por la poca realidad de los aspirantes, de la especie curial, sin cintura ni creación, que por disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le pide sin fe la autonomía de Cuba, contenta solo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en premio de oficios de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante,—la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país,—la masa inteligente y creadora de blancos y de negros”.

Esos “prohombres” —que recuerdan los “sensatos patricios” denunciados en 1869 por él en el periódico estudiantil El Diablo Cojuelo— eran los que, en el artículo “Los pobres de la tierra”, publicado en Patria el 24 de octubre de 1894, dijo que abandonaban la patria al sacrificio de los humildes, sobre cuyos hombros querrían sentarse luego. Las actuales derivaciones del autonomismo y del anexionismo se confunden entre sí, o acaban siendo una, como en el siglo XIX aquellas tendencias. Si en particular la segunda sigue careciendo de realidad es también por la mayoritaria y consecuente vocación de soberanía de la patria cubana, y porque al imperio no le interesa anexarse Cuba, sino dominarla en el camino que abrió en 1898, y en el cual mantiene colonizado a Puerto Rico; pero, como la otra, es igualmente nociva por su carácter desmovilizador, antipatriótico, entreguista.

Frente a todo eso brilla el peso del concepto de sincera democracia en el pensamiento y en los actos de Martí. Cuando las fuerzas y los medios (des)informativos dominantes en el mundo usurpan conceptos como democracia, libertad, derechos humanos y otros, y hasta parece haber revolucionarios que rehúyen de esas banderas por temor a confundirse con la propaganda imperialista, resulta especialmente aleccionador Martí. Lejos de renunciar a los ideales democráticos por el uso falseador que hacían de ellos los opresores en Europa, en los Estados Unidos, en nuestra América, en el mundo todo, se encargó de enarbolarlos con la limpieza y la lucidez necesarias para abrirles camino sin confusiones.

Contra las manquedades y los torcimientos que apreció en la política estadounidense, regida por partidos políticos representantes de intereses antipopulares —con rótulos tan intercambiables, y burlados, como republicanos y demócratas—, abogó por una democracia a la que no por gusto antepuso el calificativo sincera con que la definió en las Bases del Partido Revolucionario Cubano. Como sabía que las palabras son necesarias pero no bastan por sí solas, procuró que esa organización, creada por él para preparar la guerra, fuese revolucionaria, democrática y republicana de veras, desde su nombre y el del cargo de su máximo dirigente, y, sobre todo, por una práctica diaria basada en la activa participación de sus integrantes.

De igual modo buscó que Cuba se diera desde la guerra un gobierno que asegurase el camino para fundar una república moral en la que aún habría que dar las batallas para levantar una sociedad justiciera. Sus declaraciones conocidas avalan el testimonio que Julio Antonio Mella recibió de Carlos Baliño: Martí afirmaba que la revolución indispensable no se haría precisamente con la guerra necesaria, sino en la república.

A la contienda llevó Martí el pensamiento emancipador que había fraguado y acendrado a lo largo de su periplo por España, nuestra América y los Estados Unidos, y con su conocimiento de la generalidad del planeta. En particular ante las insuficiencias del independentismo hispanoamericano trazó conclusiones que se sienten presentes en sus reacciones ante lo que apreciaba en los campos de la lucha cubana, ya se tratase de cómo organizar el gobierno de la república en armas, o de la presencia de plata en la silla de montar de un guerrero a quien admiraba y en cuya honradez patriótica confiaba.

En todo se percibe la guía del pensamiento plasmado en “Nuestra América”, ensayo publicado en enero de 1891 que entre sus definiciones sintetiza la causa mayor de las insuficiencias mencionadas, fruto de haberse incumplido en las repúblicas independientes algo que era fundamental para la justicia: “Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”. En la honradez de su vida cotidiana mostró su capacidad no solo para rechazar tales intereses, sino también los hábitos de mando que ellos generan, y que —según lo visto históricamente en el mundo— parecen de más difícil erradicación que aquellos.

Las contingencias de la guerra —con una mal preparada batalla en Dos Ríos el 19 de mayo de 1895— segaron la vida de Martí cuando ni siquiera se había celebrado la Asamblea constituyente que él preparaba con esmero, con el pensamiento necesario para sembrar las bases de una democracia verdadera. La Asamblea, sin él, sería diferente. Con todo, se haría también realidad otra de las previsiones hechas en su carta póstuma a Mercado: “Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad.—Y en cuanto tengamos forma, obraremos, cúmplame esto a mí, o a otros”.

Tal vez esa misma capacidad de indetenible irradiación suscite inevitablemente conjeturas diversas, pero innecesarias para calar en lo que con toda claridad él legó como médula y sangre de su pensamiento revolucionario, fundador, de su ideario antimperialista y generador de democracia sincera, con su sentido ético de la vida. Eso, y más, hizo el Maestro, y desde el trágico 19 de mayo de 1895 su legado no ha dejado ni dejará de hacerlo. Crece.

Se han publicado 13 comentarios



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  • José Antonio Gell Noa dijo:

    EN LA CONMEMORACIÓN DEL 121 ANIVERSARIO DE LA CAÍDA EN COMBATE DEL APÓSTOL, el 19 de mayo de 1895, en Dos Ríos, antigua provincia de Oriente, hoy Granma, tengamos presente a EL MAESTRO José Martí, cuando señaló refiriéndose a los pinos nuevos: “Para los niños trabajamos porque los niños son los que saben querer, porque los niños son la esperanza del mundo”. Por eso nos corresponde a los padres y madres, a la familia, a los profesores y maestros, a las distintas organizaciones de masas, sociales y políticas del país, a toda nuestra sociedad contribuir a la educación de los niños, niñas y jóvenes en la formación de valores patrios y humanos para continuar perfeccionando la sociedad Martiana, Socialista y Sostenible que construimos en Cuba ya que son el futuro de la patria.
    José Martí, El Más Universal de los Cubanos, El Apóstol, El Maestro, en la Dedicatoria a “Ismaelillo”, libro poético y profundo, dedicado a su hijo, expresó algunos pensamientos que es deber de todos los niños y niñas, jóvenes, los hombres y mujeres cubanas de buena voluntad tener siempre presente en nuestra vida cotidiana y como recordación a su caída en combate, por la independencia de Cuba, de cara al sol, el 19 de mayo de 1895: “…Tengo fe en el pensamiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud y en ti…”.
    El pensamiento de José Martí continúa guiándonos en la construcción de la nueva sociedad “…Con todos y para el bien de todos…”.
    !Viva la Revolución Martiana, Socialista y Sostenible que construimos junto al Partido Comunista de Cuba, Fidel, Raúl y el pueblo revolucionario cubano!
    !Viva el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba!
    ¡Cumplamos cada revolucionario lo que nos corresponde de los Acuerdos de VII Congreso del Partido!
    ¡El pensamiento de José Martí está y estará siempre presente en cada una de nuestras acciones!

  • Eduardo González S. dijo:

    Gracias, Profesor Sande. Muy bueno.

  • Juan Carlos Subiaut Suárez dijo:

    Excelente escrito Luis.
    Hermoso homenaje al Maestro en el 121 aniversario de su muerte.
    Deseo añadir el escrito de una persona cercana, como colofón de mi comentario.

    De yugo y estrella fue su efímera vida. Aquel niño, que pronto entendió el dolor del pueblo que tres siglos ha sufrido cuanto de negro la opresión encierra, que tembló de pasión por los que gimen, se inició en un camino sin retorno hacia la libertad.

    Escudado en su amor a la Patria, y armado con el odio invencible a quien la oprime, olvidó sus propias penas para subir los montes altos. Cárcel, cadena y destierro; pero Cuba nos une en extranjero suelo, auras de Cuba nuestro amor desea, y el exilio solo fortaleció su alma independentista.

    Todo el que lleva luz se queda solo, y pocos pudieron comprender sus pasiones. El verso, dulce consuelo que nace alado del dolor, junto a la prosa periodística, el discurso ardiente, sus publicaciones y sus manuscritos conformaron su más íntima compañía.

    Pero el que la estrella sin temor se ciñe, ¡como que crea, crece! Y a Martí lo llamaron sabio, padre, profeta; lo escucharon en el norte y en el sur; lo encumbraron las mujeres y los hombres; le respetó el amigo y el contrario. El vivo que a vivir no tuvo miedo, aprehendió la vida para multiplicarla aun después de su muerte.

    Hizo mucho el Delegado, el Apóstol, el Héroe. Aunó voluntades y borró recelos. Preparó con su mano firme y su voz enérgica una guerra necesaria, porque cuando al paso de la cruz el hombre morir resuelve, sale a hacer bien, lo hace, y vuelve como de un baño de luz.

    Soñó con la paz y la dignidad plena, con la justicia y la equidad, con un mundo donde los que saben querer, los de la Edad de Oro, tuvieran zapatos y no hambre. No era utopía vana ni optimismo extremo, sino la certeza de un mejor mañana para la humanidad, de un futuro con esperanza y equilibrio.

    163 eneros han pasado desde el primer llanto de José Julián, cuando el fulgor del primer amanecer juró escoltarlo hasta su fin, de cara al sol, 121 años atrás. Hoy en su losa no faltan un ramo de flores y una bandera y, en su frente marmórea, la estrella que ilumina y mata.

  • Enrique R. Martínez Díaz dijo:

    MORIR DE CARA AL SOL[i]

    MSC Enrique R. Martínez Díaz

    El lugar era conocido por Dos Ríos, ya que cerca de ese paraje del centro de la llamada Provincia de Oriente, el río Contramaestre une sus aguas al Cauto, el mayor de la isla de Cuba.

    Por aquellas tierras los hombres ya hacía días se enfrentaban armas en mano; los representantes del poder español, trataban de sofocar la rebelión de los hijos de aquella tierra, que rehusaba seguir siendo colonia.

    Aquel 19 de mayo de 1895, fuerzas cubanas y españolas habían trabado un confuso combate; dos hombres a caballo, avanzaron desapercibidos de que entre los arbustos, la infantería española había tomado posiciones; tras una descarga de fusilería, uno de los hombres cayó mortalmente herido. Ese hombre se llamaba José Julián Martí y Pérez.

    Había desembarcado, en frágil esquife, el 11 de abril de aquel año, por un lugar conocido como Playita de Cajobabo, a escasos kilómetros de la Punta de Maísi, extremo mas oriental de la isla, y el mas cercano a la isla de Quisqueya ó la Española, de donde provenían él y los cinco restantes tripulantes del bote, tres de los cuales eran dominicanos: el General Máximo Gómez, César Salas y Marcos del Rosario. Fueron después hacia una casa cercana, donde vivía un campesino llamado Salustiano Leyva, que aunque no sabía a quienes había recibido, los trató con la típica hospitalidad del campesino cubano. Sólo 39 días viviría Martí en esa su postrera estancia en Cuba.

    Sin la increíble labor de Martí, la Guerra de Independencia de 1895 es muy probable que no hubiese comenzado de esa forma, ni que se hubiera logrado la simultaneidad de los alzamientos, ni la unidad que mostraron los independentistas cubanos durante la mayor parte de la guerra. Todo aquello fue fruto de la paciente, serena y detallada labor de organización, persuasión y discreción de aquel hombre de mediana estatura, delicada salud y extraordinarias aptitudes para la literatura, el periodismo y la crítica artística: cualidades ó aptitudes inadecuadas, pudiera pensarse, para conducir a curtidos veteranos hacia una conflagración militar.

    Y fue Martí quien, con su palabra vibrante y su ardoroso tesón; con su dulce persuasión, su cuidadosa y discreta organización, logró lo que otros, con más historia y don de mando, no pudieron lograr en largos años: organizar a los cubanos, logrando la unidad alrededor del Partido Revolucionario Cubano.

    Y fueron las callosas y humildes manos de los tabaqueros de Ibor City y Cayo Hueso; de las laboriosas emigraciones en EE.UU., Santo Domingo, Costa Rica, Jamaica y otros lugares en el extranjero; de la arriesgada y valerosa acción de los independentistas en Cuba, los que prepararon el alzamiento. La mayor parte de los que ayudaron, dieron sus fondos, y se lanzaron a la lucha, fueron hombres de condición humilde: ¡De los tabaqueros, suelen hablar con desdén los que no tienen el valor del trabajo, ni el de ganar con sus manos, sea cual sea la labor, una vida libre y honrada![ii]”;(…) “se viene encima, amasado por los trabajadores, un mundo nuevo”[iii]; (…)”Con los pobres de la tierra, quiero yo mi suerte echar”[iv]

    La Guerra siguió su curso inexorable tras la muerte de Martí, y tras múltiples azares, Cuba fue independiente. Para algunos, la figura de Martí era tan solo una mas entre los muchos hijos de esta bella tierra que vertieron su sangre por hacerla libre. Otros, sin embargo, lo recordaban: cuentan que cuando Carmen Zayas-Bazán, la viuda del Maestro, se encontró con el Generalísimo Gómez una vez terminada la contienda, notó que el egregio hijo de Baní llevaba una medalla con una foto de Martí: a una pregunta de ella, él le contestó que la había llevado durante toda la guerra.

    El propio Gómez inauguraría la estatua del Apóstol en el Parque Central de la Habana, el 28 de enero de 1905. Pero no era la República que había nacido en 1902 la que anhelaba Martí (amordazada por la Enmienda Platt), y su prédica un poco se había perdido; había muchos a los cuales no convenían sus ideas; por eso lo quisieron ignorar primero, y encerrar en inaccesible urna, después. Ya lo decía la célebre clave, escrita a principios del siglo XX: “Martí, no debió de morir, ¡ay, de morir!, Si fuera, el maestro del día, otro gallo cantaría, la patria se salvaría y Cuba sería Feliz”

    Sería mas tarde, cuando la guía de aquellos que lo conocieron, y con el empuje de la sangre nueva, el pensamiento martiano es retomado, y fue sorprendiendo por su amplitud, su entereza y su permanente actualidad, pues no fue un hombre que escribió solo para sus contemporáneos: Martí escribió para la eternidad.

    José Martí no dejó, como dejan algunos hombres, una herencia material importante: dicen que apenas había dejado su leontina para que se le entregara a su hijo si moría; sin embargo, pocos hombres han legado a su pueblo y todos los hombres del mundo (“Patria es Humanidad”) una herencia tan duradera.

    Porque, además del recuerdo que había dejado entre muchos hombres que lo conocieron y compartieron sus luchas, quedó su pensamiento. Quedó una obra política y literaria tan amplia y tan profunda, que ese “misterio que nos acompaña” (como escribió en su momento José Lezama Lima), sigue siendo inspiración para los cubanos, y los demás hijos de lo que el llamó “Nuestra América”.

    Hay quienes han hablado de mística, otros de santidad. Toda la obra de Martí rebosa de un claro humanismo y de un altísimo contenido ético; no hay en él un solo llamado a fomentar odios entre hombres por creencias ó idearios políticos de ningún signo; rompió lanzas contra el racismo en una sociedad lastrada por las divisiones raciales (“Hombre es mucho mas que blanco, mas que mulato, mas que negro. Cubano es mas que blanco, mas que mulato, mas que negro”…”El hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza u otra: dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos”) ; enalteció a la mujer en una sociedad donde ésta era enajenada y marginada ( “No es que falte a la mujer capacidad alguna de las que posee el hombre, sino que su naturaleza fina y sensible le señala quehaceres mas difíciles y superiores” … “Las campañas de los pueblos sólo son débiles, cuando en ellas no se alista el corazón de la mujer”).

    Martí fue latinoamericanista sin ser xenófobo; anticolonialista sin ser antiespañol; antiimperialista sin ser antinorteamericano; procuró organizar una guerra para hacer independiente a Cuba y reforzar la independencia de Nuestra América, sin odios y en donde todos los cubanos y los hombres de bien pudieran buscar la felicidad: ¡Con todos y para el bien de todos! Pocos escritores políticos han sido tan antidogmáticos como Martí. Pocos tan profundos, como en su memorable escrito Nuestra América (1891): “No hay proa que taje una nube de ideas”, “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”; ó en la Lectura en Steck Hall (1880); y la vez, capaces de hablar a los niños con tanto encanto y sabiduría como se lee en “La Edad de Oro”.

    Cuando reclamaba que no lo pusieran a morir en lo oscuro, como un traidor, sino como bueno, de cara al sol, tal vez pensaba en que no se le relegara y se le permitiera ocupar un puesto en la lucha; sabía Martí que en un momento tan trascendental para el pueblo de Cuba como el de la Guerra de Independencia, quien no combatiese armas en mano, difícilmente sería respetado. Por ello partió hacia Cuba, para demostrar que su hombría no era sólo palabras bien hilvanadas.

    Con esa riqueza puesta ante nuestros ojos se nos presenta: con sus ideas, plasmadas en sus libros, en sus poemas, en sus artículos de prensa (especialmente en el periódico Patria, fundado por el 14 de marzo de 1892), en su extensa correspondencia. Los cubanos y todos los latinoamericanos, sus legítimos herederos, podemos y debemos acceder a ese tesoro, que es el verso y la palabra martiana, “arroyo de la sierra “ y “monte de espuma”[v] ; y por sobre todo, por su acento latinoamericano: “(…)Nuestra patria es una, empieza en el Río Grande, y va a parar en los montes fangosos de la Patagonia”[vi]

    Y lo leeremos con el placer y el orgullo de lo nuestro, pues toda su obra nos llena porque:

    Mi verso al valiente agrada:
    Mi verso, breve y sincero,
    Es del vigor del acero
    Con que se funde la espada

    ________________________________________
    [i] No me pongan en lo oscuro, a morir como un traidor; yo soy bueno, y como bueno, moriré de cara al Sol! (Versos Sencillos).
    [ii] Patria, Nueva York, 24 de marzo de 1893
    [iii] Carta a La República, Honduras, 14 de agosto de 1886.
    [iv] “Con los pobres de la Tierra, quiero yo mi suerte echar. El arroyo de la sierra, me complace más que el mar. (Versos Sencillos).
    [v] Si ves un monte de espuma, es mi verso lo que ves; mi verso es un monte y es, un abanico de plumas (Versos Sencillos).
    [vi] “Carta de Nueva York”, La República, Honduras, 1886. Nueva York, agosto 12 de 1886.

  • c d m c dijo:

    Magnífico artículo, gloria eterna a nuestro insigne maestro , que seguirá viviendo y educando hombres y pueblos.

  • yam dijo:

    Estimado Luis Toledo Sande, para nadie es cuestionable la figura de nuestro Apóstol “José Martí”; sin embargo en la prueba de ingreso de Historia de este año 2016 no hubo una sola pregunta respecto al Maestro, en cambio pidieron caracterizar a Francisco Vicente Aguilera, a quien en el libro básico para este examen solo le dedican dos oraciones.¿ Hasta cuándo debemos soportar las pifias y diatribas de la Magistrada?

  • Yordanis Mengana de la Cruz dijo:

    Anderssen nos legaba: “Hay en Martí muchas cualidades por las cuales debemos venerarlo hoy, porque él fue, con juicio distante de la idolatría, de esa riqueza variada que sólo poseen los hombres excepcionales”.
    Su verbo encendido aún nos iluminan, como figura inexpugnable de estos tiempos. Quien se levanta hoy con Nuestro Héroe Nacional se levanta para toda la humanidad.
    A él se deben consejos tan útiles como el expresado en carta a María Mantilla: “Pasa callada por entre la gente vanidosa, deja a otras el mundo frívolo, tú vales más. Tu alma es tu seda.”
    Por eso nuetro pueblo te recuerda y te recordará siempre; más en nuestra indómita Santiago donde reposan tus restos mortales y cuyo privilegio tienen en escoltarte jóvenes militares de nuestra nación…

  • Pedro P dijo:

    Excelente el comentario. De los hechos acontecidos en la famosa reunión de La Mejorana nunca sabremos con exactitud. Disertar sobre ella solo caerá en el plano especulativo. Opino que Martí se equivocó al acudir al frente de batalla. Él no era un militar sino el líder político y patriótico de La Revolución de 1895. Lo hemos idealizado pero a pesar de ser un genio nunca dejó de ser un hombre, perseguido por pasiones y debilidades como al resto de los mortales. Obviamente no era un suicida o irresponsable. Solo Dios sabe los resortes que lo movieron a buscar una muerte innecesaria. Es cierto que su pensamiento ha seguido pero la república que nació casi cuatro años después sufrió su ausencia. Sin dudas la historia de Cuba hubiera sido otra. De todas maneras los cubanos debemos sentirnos orgullosos de compartir nacionalidad con un ser tan superior como José Martí, cuya vida encarna lo más puro y democrático del pensamiento y acción políticos no solo americano sino mundial.

  • Pedro P dijo:

    Rectifico: Es cierto que su pensamiento ha seguido pero la república que nació casi siete años después.

  • I Glez dijo:

    Ojala el acceso internet lo hubiera para todas las ESBU e IPU del pais, ayer me entere por una estudiante de la ESBU Ignacio Agramonte, Reparto Casino Deportivo del municipio Cerro en la capital, q los directivos de su centro no hicieron ningun homenaje al maestro en el aniversario de su caida en combate, estas son las trincheras q jamas podemos abandonar la s del apreparacion patriotica de nuestros niños y jovenes,porq entonces el enemigo las ira ocupando pasito a pasito al ir nosotros cediendo el territorio, ojala q esto no haya sucedido en mas centros del pais, pues seria una situacion preocupante.

  • j cesar dijo:

    Martí es uno de esos hombres-meta..no solo nos deja su pensamiento sino los caminos para pensar y elevarse desde la ternura, es espìritu y carne que se enamora de una muchacha durante trenta minutos en un puerto inglés.Es de hoy y de mañana q es decir de siempre. La primera vez q yo vi a Marti fue en un busto de Jilma Madera, el busto ante mis ojos respiraba como otro ser vivo. Y yo tenia cinco años; desde entonces no me aparto de su respiración y su verso amigo.

  • Mirtha dijo:

    Yam
    Durante muchos años vengo trabajando porque la obra del Apóstol sea luz que ilumine no solo a estudiantes y trabajadores de una universidad sino a todo aquel al que pueda llegar con mi acción. ¿Cuál es la pifia a la que Ud alude? No creo que la ausencia de José Martí en un examen lo sea (de hecho, se confeccionan mas de tres cuestionarios de examen cada año, tengo entendido y quién sabe si en alguna de las que aun no se han aplicado aparezca), y tampoco creo que lo sea pretender evaluar los conocimientos sobre tan insigne patriota como Francisco Vicente Aguilera. Me inclino a pensar que lo sea el hecho de que, efectivamente (porque lo revisé no ahora, sino en su momento) la pifia pudieran ser los dos renglones; sin embargo, creo que el mayor error sería el que algunos profesores no transmitan en justa medida los conocimientos sobre una figura como la que apareció en el temario de examen.
    Me parece que el texto de Historia de Cuba (según su visión) debería entonces tener mas de un tomo para poder recoger con mayor detenimiento la información sobre muchos patriotas que, como Aguilera, se ganaron en la batalla por la Patria el honor de ser conocidos por los estudiantes y SOBRE TODO por su pueblo, ese al que le dedicaron todo.
    En fin, para mi no es un problema la ausencia de nuestro Apóstol pero sí el que se considere que una figura tan importante para transmitir valores de entrega y renuncia por la Patria como ese que murió en la miseria en su entrega total a la causa de la Independencia, no deba aparecer en una evaluación.

  • Pedro Nolasco dijo:

    Manuel Piedra Martel, que llegó a Coronel del Ejército Libertador, tuvo el raro privilegio de estar presente en Dos Ríos y también en el combate en que murió el General Antonio. De hecho, Dos Ríos fué su primer combate.
    Cuenta el Coronel Piedra en su libro ¨Mis Primeros Treinta Años¨ que el día del combate de Dos Ríos él era un joven imberbe, de tez rosada y de constitución física no muy corpulenta. Esto llamó la atención a José Martí que, a caballo los dos, se le acercó y le dijo:
    – Joven, este es su primer combate?
    – Sí, mi Presidente, fue la respuésta.
    – Pues pórtese bien !!, le dijo Martí a la vez que picaba espuelas a su caballo y se perdía entre la humareda de los primeros tiros.

    Quizás en esa corta frase, dicha a un joven soldado, Martí condensó lo que estaba pensando para si mismo: Portarse bien. Bien con la Patria, con los viejos héroes de las guerras anteriores, con los soldados de la guerra que él evocó…..y sobre todo consigo
    mismo.

Se han publicado 13 comentarios



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Luis Toledo Sande

Luis Toledo Sande

Escritor, poeta y ensayista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas y autor, entre otros, de “Cesto de llamas”, Premio Nacional de la Crítica. Mantiene el blog http://luistoledosande.wordpress.com/

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