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Menos hambre no es suficiente

En este artículo: África, Asia, Economía, FAO, Hambre
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África subsahariana ha hecho modestos avances en los últimos años pero sigue siendo la región con mayor prevalencia de subalimentación.

África subsahariana ha hecho modestos avances en los últimos años pero sigue siendo la región con mayor prevalencia de subalimentación.

Por José Graziano da Silva, Director General de la FAO, Kanayo F. Nwanze, Presidente del FIDA, y Ertharin Cousin, Directora Ejecutiva del PMA

Cada año tomamos una instantánea del progreso mundial en la lucha contra el hambre crónica. Este año el panorama es mejor, pero todavía no es lo suficientemente bueno.

Entre 2011 y 2013, unos 842 millones de personas sufrieron hambre crónica según “El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo”, un informe conjunto publicado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA) .

Esta cifra representa un descenso respecto a los 868 millones de hambrientos en 2010-2012, y una reducción del 17 por ciento desde la medición de 1990 a 1992. A pesar de lo significativo que pueda ser este progreso, no puede ocultar la cruda realidad: aproximadamente una de cada ocho personas sufre hambre.

La gran mayoría de personas subalimentadas, 827 millones, vive en países en desarrollo, mientras que 16 millones viven en países desarrollados. Es inaceptable que en un mundo de abundancia, se le niegue a cientos de millones de personas su derecho más fundamental a no padecer hambre. El único número aceptable es cero.

Una de las duras realidades que subraya el informe es que, a pesar de los progresos globales realizados en la reducción del hambre, persisten marcadas diferencias entre regiones con muchos países que quedan muy atrás. África subsahariana ha hecho modestos avances en los últimos años pero sigue siendo la región con mayor prevalencia de subalimentación (24,8 por ciento).

En Asia occidental no se aprecia ninguna mejora notable, mientras que Asia Meridional y África del Norte han sido testigo de un lento progreso. Asia Oriental, el Sureste de Asia y América Latina, en cambio, han experimentado un mayor alivio del hambre extrema, con reducciones significativas en el número y la proporción de personas que padecen hambre.

La seguridad alimentaria depende de una serie de factores. Si bien la disponibilidad de alimentos es importante, es el crecimiento económico equitativo y el acceso de los pobres al empleo lo que mejora el acceso a alimentos nutritivos. El informe muestra que el transporte, la comunicación, el agua potable, el saneamiento y la atención sanitaria y prácticas de alimentación adecuadas, también son cruciales para reducir el hambre crónica y la desnutrición.

Teniendo en cuenta que el 75 por ciento de las personas más pobres del mundo vive en zonas rurales y que dependen principalmente de la agricultura como medio de vida, fomentar el crecimiento inclusivo significa invertir en agricultura. Se ha demostrado que esta inversión es capaz de generar dividendos en la reducción de la pobreza. Se estima que el crecimiento en agricultura es cinco veces más eficaz para reducir la pobreza que el crecimiento en cualquier otro sector. Y que en África subsahariana, es 11 veces más eficaz. Dado que los pequeños agricultores producen hasta el 80 por ciento de los alimentos disponibles en esa región y en algunas zonas de Asia, existe también un evidente impacto en la seguridad alimentaria.

El crecimiento económico que llega a grandes partes de la población puede reducir la pobreza, lo que conduce a la mejora de la seguridad alimentaria. En Ghana, el crecimiento económico equitativo contribuyó a sacar a unos 5 millones de personas de la pobreza en tan sólo 15 años, y menos del 5 por ciento de la población ha sufrido desnutrición entre 2011-13.

Sin embargo, este crecimiento no siempre es suficiente para asegurar que todos tengan lo que necesitan para vivir una vida sana y productiva. En muchos casos, a pesar de la reducción del hambre, se deteriora la situación nutricional, por ejemplo, con aumento de la prevalencia del retraso en el crecimiento infantil. La ingesta inadecuada de vitaminas y otros micronutrientes, altas cotas de enfermedades, agua insalubre, un pobre saneamiento y deficientes prácticas de alimentación de los niños pobres en las etapas clave de su crecimiento causan serios problemas de salud a casi 2.000 millones de personas en el mundo. Se necesitan mayores esfuerzos con un enfoque global para combatir la desnutrición.

Hace trece años, los líderes mundiales establecieron una serie de objetivos de desarrollo que se deben cumplir para el año 2015, conocidos como los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM).

Bajo el ODM 1, que tiene como objetivo erradicar la pobreza extrema y el hambre, el mundo se comprometió a reducir a la mitad, entre 1990 y 2015, la proporción de personas subalimentadas.

Sólo quedan dos años y 62 países ya han alcanzado este objetivo. 22 de ellos también han logrado una meta más alta, establecida durante la Cumbre Mundial sobre la Alimentación de 1996 celebrada en Roma, de reducir a la mitad el número absoluto de personas que padecen hambre en el mismo período de tiempo. Pero que ese logro se extienda a todo el mundo requerirá una acción sostenida y urgente.

Los países tienen que hacer frente al hambre y la mala nutrición mediante la integración de la seguridad alimentaria y la nutrición en sus políticas públicas y destinando los recursos necesarios.

Instamos a los gobiernos, organizaciones y líderes de la comunidad en todas las regiones para que el crecimiento económico sea más inclusivo a través de políticas destinadas a los agricultores familiares que fomenten el empleo rural; fortalezcan la protección social; incrementen las iniciativas para mejorar la diversidad de la dieta y la salud del entorno, sobre todo para las mujeres y los jóvenes, y promuevan la gestión sostenible de los recursos naturales y los sistemas alimentarios .

Solo con un esfuerzo sostenido y compromiso a largo plazo seremos capaces de llegar mucho más allá de las metas de los ODM para interrumpir completamente el ciclo del hambre extrema, la desnutrición y la pobreza que ahoga el potencial de las generaciones futuras.

Mejorar es bueno, pero cuando se trata de hambre, mejorar no es suficiente. Hay 842 millones de razones para no perderlo de vista.

Se han publicado 1 comentarios



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  • Bertha Elena dijo:

    Leyendo el Informe Mundial sobre Desastres 2011-Hambre y malnutrición supe que Amartya Sen es el premio Nobel de economía de 1998. Él explica que el hambre no se define por que no haya suficientes alimentos que comer, sino porque algunas personas no dispongan de suficientes alimentos para comer.
    Se entiende mucho mejor cuando se conoce cada año se produce una cantidad de alimentos a nivel global capaz de satisfacer a todos los humanos del planeta y que sin embargo, cada noche cerca de mil millones de niños, hombres y mujeres se acostaron hambrientos; como se ve, no fue porque no hubiera alimentos qué comer, sino por no poder disponer de ellos.

    Para la idea de satisfacción debe ponerse el apetito aparte y asociarse con la incorporación al organismo de la cantidad de calorías que este necesita para desarrollar eficientemente las funciones vitales.
    Según un informe de la FAO y el Banco Mundial en 2011 sobre el estado de la agricultura y la alimentación global, existían en ese momento 1.000 millones de personas en el planeta sufriendo hambruna. De esa cantidad horripilante de personas hambrientas, el 70% eran mujeres.

    Pudiera parecer que el hambre tiende una plomada niveladora entre los humanos pero no es así sino todo lo contrario; incluso con el estomago vacío, las tradiciones culturales y religiosas por los que se guían las sociedades, numerosas por lo que se ve, siguen funcionando discriminatoriamente y establecen jerarquías a la hora de consumir lo que se disponga en la familia o comunidad: en franco favorecimiento a los varones, las mujeres y las niñas comen de últimas; la norma es que se les reparte menos que a ellos, comen sus sobras, o no comen.
    En otros muchos casos, voluntariamente se privan de los alimentos para garantizar que los hijos no pasen hambre. Esta alimentación inadecuada, explica el informe conjunto, compromete su salud, especialmente cuando están embarazadas o lactando.

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