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Centenario de un patriota

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Por Raúl Leiva Jiménez

El 14 de septiembre último se cumplieron 100 años del nacimiento de Jacobo Arbenz Guzmán, presidente de Guatemala del 15 de marzo de 1951 al 30 de junio de 1954, cuando fue derrocado por un golpe de Estado fraguado por la CIA y el Departamento de Estado norteamericano, que contó además con la participación activa de miembros del Alto Mando del Ejército, sectores antipatriotas, el embajador de los Estados Unidos de América en Guatemala John Peurifoy  y la alta jerarquía del clero católico.

En 1944, año en que fue derrocada la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez en El Salvador, en Guatemala fue derrotada por una huelga general la dictadura de 14 años de Jorge Ubico, punto culminante de una ola creciente de descontento popular. Ubico pretendió junto a elementos de la Fuerza Armada, dejar en su lugar al General Ponce Vaides, un incondicional que capeara la tempestad; pero su esfuerzo resultó infructuoso ante el empuje de las masas y el 20 de octubre de ese año se inauguró un periodo de remanso democrático en Guatemala que duraría apenas 10 años.

Arbenz, quien había sido alumno sobresaliente de la Escuela Politécnica (militar) y ya en ese entonces contaba con el grado de Capitán, tuvo participación destacada en esos hechos. Posteriormente integró junto al Mayor Francisco Javier Arana y el civil Jorge Toriello Garrido una Junta Revolucionaria de Gobierno que aseguró en pocos meses la realización de elecciones libres y la promulgación de una nueva Constitución.

De ese proceso resultó electo democráticamente por vez primera en Guatemala, el Dr. Juan José Arévalo, iniciándose un periodo de reformas en beneficio de los sectores más desprotegidos de la sociedad guatemalteca. Arbenz fue nombrado Ministro de Defensa por Arévalo. Entre los logros más importantes de ese primer gobierno estuvieron la promulgación del Código del Trabajo que regulara las relaciones obrero patronales, la creación del Instituto Guatemalteco del Seguro Social y del Banco Nacional, el surgimiento del Instituto de Desarrollo de la Producción y el crecimiento y ampliación de los servicios educativos.

Jacobo Arbenz se había casado en 1939 con María Vilanova Castro, perteneciente a una acaudalada familia de terratenientes salvadoreños, cuyo padre participó en masacres de campesinos indígenas durante la insurrección de 1932 en El Salvador.

Arbenz experimentó por esos años junto a su esposa un desarrollo de su conciencia social y revolucionaria, influido por lecturas de autores marxistas, el conocimiento del papel jugado por el Ejército Rojo durante la derrota de nazismo en la recién finalizada Segunda Guerra Mundial y su cercanía y amistad con dirigentes del Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT).

Arbenz impulsó y logró aprobar durante su periodo presidencial una reforma agraria, la cual se había convertido en el propósito fundamental de su gobierno, conocedor de la profunda desigualdad y miseria que imperaba en el campo guatemalteco. Con ello se distribuyeron tierras provenientes de expropiaciones a particulares (apenas el 8.9 % del total de tierras censadas en 1950), tierras municipales inscritas y tierras provenientes de fincas nacionales. A la United Fruit Company conocida como la frutera, empresa norteamericana se le expropiaron cerca de 90 mil hectáreas de tierras ociosas.

Ese fue el pecado principal cometido por Arbenz y su gobierno a ojos norteamericanos, particularmente porque los hermanos John Fuster y Allan Dulles, eran, a la vez, accionistas de la frutera, Jefe uno del Departamento de Estado y el otro Director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), y se estaban tocando directamente sus intereses.

Con la intervención norteamericana de 1954 y la complicidad de los terratenientes, se detuvo el proceso de repartición de tierras, se despojó a los campesinos que ya habían recibido, se les reprimió brutalmente y retornó al estado de servidumbre en que vivían, en un país con una economía semi feudal.

Arbenz, a diferencia de Arévalo, era revolucionario y así actuó. El segundo, a pesar de sus méritos indiscutibles no pasó de reformista y después de encendidos discursos en contra de la intervención norteamericana de 1954, fue colaborador del gobierno militar, asesino y represivo de Carlos Manuel Arana a principios de la década de los 70s, fungiendo como embajador en Israel y Venezuela.

Arbenz y sus colaboradores advirtieron el peligro que se cernía sobre su gobierno, trataron de conseguir armas para armar al pueblo pero los Estados Unidos de América y sus gobiernos serviles se negaron a venderles; realizaron una compra en Checoslovaquia que nunca llegó a su destino; en el momento directo de la agresión las órdenes de Arbenz de entregar armas al pueblo fueron incumplidas por los militares que eran ya parte de la conspiración.

La revolución guatemalteca de 1944-1954 surgió en momento histórico desfavorable en América Latina y el mundo, en plena guerra fría donde proliferaban y se exacerbaban las manifestaciones anticomunistas de los gobiernos y las sociedades profundamente conservadoras, acicaladas por la propaganda norteamericana y aquella defensora de los intereses de las oligarquías criollas. La Unión Soviética y sus aliados estaban muy distantes y aún no surgía la revolución cubana para poder recibir apoyos solidarios.

La derrota del gobierno de Arbenz causó una profunda herida en aquellos que lucharon por sacar del atraso, la dependencia económica, cultural y política a Guatemala. Lo que vino después fue una auténtica tragedia, guerra civil, décadas de represión, miles de asesinatos y arrasamiento de comunidades indígenas enteras. Centenares de líderes sindicales, estudiantiles e intelectuales fueron torturados y masacrados. Se desarrolló la dictadura más sanguinaria de la región. Los militares guatemaltecos se ufanaban de que no tenían presos políticos: todos estaban bajo tierra.

La figura de Jacobo Arbenz se agiganta con el tiempo, para juzgarlo y valorarlo hay que conocer y entender el momento histórico que le tocó vivir. Se propuso una gran empresa en un contexto sumamente adverso, su actuar fue congruente con sus ideales y aspiraciones. Fue traicionado por sus compañeros de armas, en los que confiaba. Se caracterizó por su sencillez, compromiso con los humildes y firmeza de lucha por una sociedad más justa y solidaria. Fue un auténtico patriota, soldado del pueblo como le han calificado algunos. Honremos su memoria en este centenario de su nacimiento.

Se han publicado 1 comentarios



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  • Nancy dijo:

    EXCELENTE COMENTARIO, BIEN DOCUMENTADO Y PROFUNDO EN EL ANÁLISIS

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