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72 corazones. La vergüenza aún supura

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Por Ricardo Ramírez Arriola

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Catorce mujeres y cincuenta y ocho hombres latinoamericanos: guatemaltecos, salvadoreños, hondureños, ecuatorianos y brasileños; cruzaron el estado de Tamaulipas camino al sueño estadounidense…

Es poco lo que puedo decir desde mi zona de confort, frente al testimonio de nuestros defensores y defensoras, migrantes y familiares, que día a día construyen dignidad.

Comparto simplemente algunos datos y reflexiones, recogidos en el desempeño fotoperiodístico, desde el orgullo de ser también migrante y aprender todos los días de mis hermanos.

Quiero empezar con una cita, un comentario al libro Enterad las cadenas de Adam Hochschild, publicado en el blog Lecturas de África.

“Hubo, pues, que humanizar al esclavo, hacer ver a la gente que –pese al lastre de la historia y de la costumbre- también él era un ser humano. Esa fue la labor inicial del movimiento abolicionista. Las vívidas descripciones que hicieron sus miembros sobre la captura de esclavos en África, las penalidades sufridas a lo largo del “pasaje intermedio” y las condiciones insoportables que les aguardaban en las plantaciones eran modos de aproximar al inglés medio a la situación real de otro ser humano sufriente, caído al pie del camino. Los testimonios de esclavos liberados como Equiano también fueron decisivos para abrir ojos y oídos. Pero el peso de las imágenes fue fundamental. El cartel con el diagrama que mostraba el interior de un barco negrero con 482 esclavos depositados en hileras y apretujados como sardinas en lata causó un impacto devastador en aquellos que lo contemplaron (el zar Alejandro I dijo que la visión de aquel grabado le había provocado más náuseas que el mar)”.

Del tiempo de aquellos acertados diagramas que le provocaron náuseas al zar a nuestros días, en los que mis colegas nos sorprenden con sus imágenes digitales, han pasado casi dos siglos, pero lamentablemente la explotación sigue siendo la misma. Ya no hacen falta barcos negreros para ir a comprar o capturar esclavos a África con el fin de trabajar en plantaciones, mover engranajes y brindar servicios. Definitivamente nos hemos modernizado, se han racionalizado las distancias y redistribuido los traspatios. Actualmente contamos con una combinación perfecta para cumplir con el mismo cometido: la yunta conformada por el hambre y la televisión.

Lo más terrible en este símil entre la lucha de los esclavos africanos y los abolicionistas, en el siglo XIX, con la lucha de nuestros migrantes y sus defensores, en el siglo XXI, es la lógica del pensamiento y del mercado, rectores del sistema. Ayer, como hoy, se habla de la mujer y el hombre como mercancía con un valor de cambio, mercancía humana, deshumanizada, sustituible, desechable.

Hablo de “nuestros” migrantes porque los “nuestros” no son iguales a “otros”, o al utópico “todos” escrito en el papel. La migración no es el problema per se; así lo demuestran las visas H2A de “invitados” para los trabajadores agrícolas temporales; así lo confirma la obligada necesidad de mano de obra barata –más allá de los estándares legales- en Estados Unidos y Canadá. Migrantes también son Shakira, Lionel Messi, Arjona, Salma Hayek, Jorge Ramos, Carlos Peña –de Latin American Idol-, los futbolistas Marvin Chávez de Honduras y Hugo Ernesto Pérez de El Salvador… o los cubanos que llegan a los Estados Unidos. El problema es quién migra. Porque en el traspatio, los derechos se aplican con discreción: ya sea cultural, racial, político, étnico, de origen, pero sobre todo económico. Si se alcanza poder y éxito, socialmente se podrá perdonar el color de la piel, la estatura, el origen, “la falta de cultura”, lo “oscuro” que nos recuerda la pobreza, la miseria y la suciedad… habrá posibilidad de convertirse en “alguien”, “original”, “diferente”, “alternativo” o cool; no ser invisible; ser ciudadano… pero ciudadano todo el tiempo, porque para muchos paisanos la promesa de ser ciudadano solo aparece en víspera de unas buenas elecciones. No es lo mismo pedir limosna siendo moreno, de un metro sesenta, indígena, de manos callosas, a ser blanco, de metro ochenta y tres y ojos azules. El primero pide limosna por muerto de hambre, por flojo, por fracasado. El segundo pide apoyo, posiblemente por ser víctima colateral de un lamentable error económico, de una reciente crisis global. Estamos frente a la criminalización de la pobreza. La pobreza que los pobres no generaron.

Navegamos entre las aguas del doble discurso, la zanahoria y el garrote; la libertad y el sometimiento; la democracia y la imposición; el derecho y la impunidad; la inclusión y la exclusión; la hipocresía. Una construcción de pensamiento enferma, donde la lógica y la coherencia son espejismos, salvo contados ejemplos. A falta de otros referentes y contrapuntos desde que se nos liberó de “la historia” y las colectividades y se nos devolvió “la libertad”, la individualidad y, de ganancia, el individualismo; el doble discurso y la incoherencia se han convertido –incluso en contra de nuestra voluntad- en nuestro propio eje, en nuestro discurso y lógica. Gracias a un sentimiento de culpa y un buen tratamiento psicológico casi todos lo hemos absorbido, interiorizado, hecho nuestro. Como quien dice “nos metieron un gol, pero no ganaron el partido”, retomando las palabras de un campesino ixil, en Guatemala, con relación a la anulación de la condena que ahí se dictó por genocidio.

En medio de estas corrientes hegemónicas neoliberales, el viaje de nuestros migrantes -el ejercicio del derecho al libre tránsito- se dibuja como la punta del iceberg, como la parte más luminosa; luminosa porque se requiere valor, coraje y heroísmo para emprender el camino e intentar no únicamente sobrevivir. El viaje de nuestros migrantes es simplemente el termómetro y el espejo de nuestras realidades, divididas y contrastantes. Los ríos, los caminos, La Bestia, el tren del Diablo, los contenedores, los tráileres, los dobles fondos… se convierten en dolorosas vitrinas donde, de manera condensada, quedan expuestos los problemas estructurales de nuestros países exportadores de mano de obra, de mercancía humana; naciones expulsoras de sus propios hijos.

Según la Organización Mundial de la Salud,  a partir de diez homicidios por cada cien mil habitantes se considera una situación de epidemia. En 2011, la tasa nacional de homicidios en México fue de 24 por cada 100.000 habitantes, la de Guatemala de 40 por cada 100.000 habitantes, la de El Salvador de 72 por cada 100.000 habitantes, y la de Honduras de 86.5 por cada 100.000 habitantes. A esto hay que sumarle los índices de pobreza y extrema pobreza y el contraste en los indicadores de los ingresos promedio mensual en cada país de la región, que según instituciones nacionales de censo y estadística, entre 2010 y 2012 fue de: 234 dólares en Honduras; 250 dólares en Guatemala; 271 dólares en El Salvador; 667 dólares en México; mientras que en Estados Unidos fue de 3,558 dólares. Obligar, en este marco de hambre, violencia y pobreza, a no ejercer el derecho a la movilidad es simplemente atentar contra el natural instinto de sobrevivencia y conservación.

Se requiere desesperación, pero también valor, heroísmo y amor, para emprender el viaje sabiéndose invisibles -hablamos del siglo XXI, no del XIX- y sujetos a sufrir, según indican los compañeros de la prensa: abandono, acoso, acusaciones falsas, agotamiento, agresiones, agresiones sexuales, ahogamiento, amenazas, amputaciones, angustia, apaleos, asaltos, “aseguramiento”, asesinato, asfixia, atestiguar delitos y atrocidades; ausencias, ayuno, baleos, caer bajo las ruedas de La Bestia, calcinamiento, chantaje, choques eléctricos, cobro de cuotas, criminalización por parte de las autoridades y de la ciudadanía, deportaciones al país de origen, desaparición forzada, descuartizamiento, deshidratación, desinformación, despedazamiento, disolución en ácido, ejecución, emboscadas en las paradas nocturnas de La Bestia o en los caminos; encerramiento en casas de seguridad, bodegones o campos de concentración; endeudamiento, enganchamiento, engaño, enterramiento vivo o muerto en fosa clandestina, entrenamiento obligado en manejo de armamento; esclavitud, esclavitud sexual, explotación, extorción, “extravío”, feminicidio, frío, frustración, golpes o “calentamiento”, hacinamiento –en ocasiones por meses; hambre, hostigamiento, hostilidades, humillaciones, impotencia, incertidumbre, incomunicación, infiltración, insolación, investigación por parte del crimen organizado;  levantamiento, mendicidad forzada, miedo, mutilaciones, obligación a luchar hasta la muerte, con piedras o a tiros con fines “recreativos”; obligación a construir túneles, obligación a convertirse en “halcón” o sicario, obligación a enterrar a víctimas del crimen organizado, obligación a limpiar casas de seguridad, obligación a matar, obligación a pedir limosnas o cobrar cuotas –charolear-, obligación a practicar canibalismo, obligación a prostituirse, obligación a trabajar en laboratorios, obligación a trabajar en la siembra y cultivo de estupefacientes, obligación a violar, ofensas, pagar “con cuerpo”; pago a polleros, pago o “cooperación” a maquinistas y garroteros de La Bestia; pago de cuota para subirse al tren, pago de “peajes” para pasar el río, pago de rescate, privación de libertad, reclusión, reclutamiento forzado para el sicariato, reclutamiento inducido, robo, secuestro, ser tirado del tren, ser vendida, ser víctima de la complicidad entre el crimen organizado y las autoridades; ser víctima de la obstaculización de la justicia y la protección de los victimarios; soledad, suicidio evitando ser atrapado, tortura, trabajos forzados para pagar la deuda con los coyotes, tráfico de órganos, trata de personas, tratos crueles, inhumanos y degradantes; vejaciones, vigilancia, violaciones, violaciones al debido proceso, violaciones tumultuarias, violencia de género, violencia psicológica. Silencio.

Palabras. Verbos de una geografía de impunidad habitada por coyotes, crimen organizado, encubridores, enganchadores, extorsionadores, halconcillos, halcones, infiltrados, mareros, ordeñadores, orejas, policías: municipales, preventivas, estatales y federales coludidos con el crimen organizado; polleros, reclutadores, agentes: aduaneros, de la Procuraduría General de la República, de las procuradurías, de la Marina, del Ejército, del Grupo Beta, del Grupo de Respuesta Operativa, del Instituto Nacional de Migración, funcionarios o taxistas corruptos o coludidos con el crimen organizado; zetas, zetitas

Un simple listado de acciones que dibuja la presencia de cerca de setenta mil ausentes; palabras que habitan nuestra prensa y cotidianidad, donde “los testimonios de los sobrevivientes rebasan con creces los límites de la imaginación” y entierran con la práctica la letra de las Constituciones Políticas de nuestros países, acuerdos y convenciones internacionales, incluidos, irónicamente, los enunciados del preámbulo del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

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Estamos imbuidos, consciente o inconscientemente, en esta corriente hegemónica de pensamiento y mirada, que nos seduce e invita a la clase política y a la sociedad civil a ser indiferentes y cómplices, a pasar por alto este revelador escaparate de tejidos rotos, de valores y principios trastocados y alterados.  Es más cómodo invisibilizarlo; insensibilizarnos y vacunarnos antes de cuestionarnos el fracaso de un sistema de exclusión e impunidad en el que, para millones de mujeres y hombres, el único recurso para sobrevivir es migrar, escaparse. ¿En dónde estamos parados?

Al Estado y las instituciones financieras les preocupan los migrantes únicamente cuando disminuye el flujo de las remesas. ¿Derechos? ¿Garantías? Son ciudadanos de tercera, solo generadores de riqueza. Las remesas de los 33.6 millones de personas de origen mexicano que viven en los Estados Unidos, de los cuales 11.6 millones nacieron en México, significan la segunda fuente de divisas después del petróleo. En 2012 significó 22 mil 445.75 millones de dólares, mientras que el turismo rondaba en los 12 mil millones. Para Guatemala, El Salvador y Honduras, las remesas significan la principal fuente de divisas de sus economías. Un millón trescientos mil guatemaltecos, dos millones ochocientos mil salvadoreños y un millón de hondureños, en su mayoría indocumentados en los Estados Unidos, son pilares fundamentales de sus economías.

Pero nuestros migrantes, esos pilares -anónimos e insignificantes- no solo aportan a sus comunidades de origen; también lo hacen, cotidianamente, al país de destino. Un ejemplo: según datos de la Oficina del Censo de Estados Unidos, el 70% de los mexicanos mayores de 16 años se desempeña como mano de obra activa, en todos los campos de la economía estadounidense. Los mexicanos también aportan a los Estados Unidos un millón seiscientos cincuenta mil profesionistas con grado universitario y 450 mil con maestría o doctorado, sin contar a los setecientos mil veteranos de guerra que han brindado su aporte a la siempre floreciente industria militar estadounidense.

¿Cómo serían nuestros países y sociedades si ese capital humano hubiera contado con las condiciones propicias para aportar su potencial, energía, valor y creatividad en sus propias comunidades?

La migración va a continuar mientras no haya cambios estructurales, pues el instinto vital para sobrevivir afortunadamente está habitado de terquedad, esperanza y utopía. La construcción y reforzamiento de bardas, la contratación de veinte mil nuevos agentes para la Patrulla Fronteriza, el uso de tecnología de vigilancia avanzada, aviones no tripulados, detectores de imagen térmica, sistemas electrónicos de verificación de empleo y monitoreo de entradas y salidas del país, sólo beneficiará a la industria estadounidense. Combinar las medidas del norte con la impunidad local; con indiferencia, omisión y complicidad en los países exportadores de mano de obra; con amenazas y falta de apoyo a los albergues, a las defensoras y defensores de migrantes y derechos humanos, a la aplicación oportuna de la justicia; sólo ahondará el dolor, la conflictividad, las contradicciones y la explosividad social.

La migración –retomando una imagen del Padre Alejandro Solalinde- como el agua, siempre buscará la forma de alcanzar su cauce.

Cuando nos acercamos a la línea del tren, a La Bestia, o a los albergues de migrantes, lo primero que impacta, y no puede ser de otra manera, es el amasijo de sentimientos: dolor, esperanza, muerte, impunidad, convicción, abuso, coraje y solidaridad; amasijo que se mueve cotidianamente a través de miles de kilómetros, enseñándonos un norte más allá de las geografías.

Pequeñas grandes historias, silenciosas y heroicas, que no pueden ser enterradas en el olvido y la indiferencia, porque ninguno de nuestros migrantes, es anónimo.

Los abrazos se reencuentran.

Desde Guatemala y Brasil, el doloroso testimonio de las familias de nuestros muertos en San Fernando, y su clamor de justicia.

Tribunal Permanente de los Pueblos (TPP) Capítulo México
Eje de Migración, Refugio y Desplazamiento,
Preaudiencia: Militarización de las fronteras, criminalización y desaparición forzada de migrantes en tránsito.

Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF)

Ciudad de México, 19 de agosto de 2013.

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(Tomado de 360 grados)

Se han publicado 6 comentarios



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  • Amauris Domínguez Meriño dijo:

    Muy buen articulo.
    Meditabundo quedo, espero, parto.

  • Enrique dijo:

    BUEN TRABAJO, DEJA PENSANDO Y DESEANDO ESOS CAMBIOS QUE PERMITAN A TODOS LOS HABITANTES DEL PLANETA VIVIR DIGNAMENTE, SIN AMENAZAS EN FAMILIA. YA SE VISLUMBRAN TENUES LUCES EN EL LEJANO HORIZONTE, NECESARIO APURARNOS.

  • mayra dijo:

    Muy buen artículo, hace pensar, hace falta que ocurran cambios radicales que permitan a las personas vivir con dignidad sin tener que someterse a la incertidumbre de la peligrosa migración.

  • granito de arena dijo:

    Sería muy bueno que quienes hacen tanto ruido con la migración de los cubanos hacia Occidente leyeran este magnífico trabajo. Sobredimensionan la migración cubana como si fuera un fenómeno solo de Cuba. Les pregunto si después de sobrevivir lo que se describe en este artículo, suponiendo que el inmigrante navegue con suerte y pueda llegar al paraíso soñado, ¿habrá para ellos una Ley de Ajuste?, ¿tendrán la oportunidad al año de estancia en los EE.UU. de obtener la residencia?, ¿por qué a los cubanos sí y a otros no?, ¿son tan bien recibidos los haitianos que allí llegan?. Muchas preguntas se pueden hacer, para llegar siempre a la misma conclusión: en el caso de los cubanos la migración es estimulada por los EE.UU. para denigrar al Estado cubano.

  • waldo sixto dijo:

    en cuba muchos jovenes se marchan por mar y lo seguiran haciendo,emigrancion habra siempre…

    • Hylian-Shield dijo:

      si quieren emigrar a algun pais les puedo enseñar la cancion del vuelo

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