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La tragedia natural y la social nos obligan

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Intervención de Roberto Verrier Castro, presidente de la Asociación Nacional de Economistas y Contadores de Cuba (ANEC) y presidente de la Asociación de Economistas de América Latina y el Caribe, e la Inauguración del XII Encuentro Internacional de Economía sobre Globalización y Problemas del Desarrollo, en el Palacio de las Convenciones, el 1 de marzo de 2010. AIN FOTO/ Marcelino VAZQUEZ HERNANDEZ⁄

Intervención de Roberto Verrier Castro, presidente de la Asociación Nacional de Economistas y Contadores de Cuba (ANEC) y presidente de la Asociación de Economistas de América Latina y el Caribe, e la Inauguración del XII Encuentro Internacional de Economía sobre Globalización y Problemas del Desarrollo, en el Palacio de las Convenciones, el 1 de marzo de 2010. AIN FOTO/ Marcelino VAZQUEZ HERNANDEZ⁄

*Discurso inaugural del XII Encuentro Internacional de Economistas sobre Globalización y Problemas del Desarrollo. El autor es Presidente de la Asociación Nacional de Economistas y Contadores de Cuba y de la Asociación de Economistas de América Latina y el Caribe

Quiero que mis primeras palabras sirvan para expresar el espíritu de sobrecogimiento y solidaridad que nos embarga a todos por lo ocurrido en las últimas horas en Chile, hermana nación que hoy sufre las consecuencias de un terremoto devastador de 8,8 grados que, ya sabemos, ha provocado cientos de muertes y millonarias pérdidas materiales. Desde Chile esta vez no han podido llegar voces tan vitales y comprometidas como la de Orlando Caputo, fundador de nuestros congresos y miembro de honor de la ANEC, quien por suerte, no ha sufrido ninguna afectación personal, pero tampoco ha podido viajar a Cuba a causa de la catástrofe.

El drama de Chile se une al que nos provoca hace más de un mes la tragedia de Haití, donde el golpe de la naturaleza se ha sumado con especial crueldad a una larga historia de golpes de otra naturaleza que antes del 12 de enero pasado, habían convertido a la primera República de nuestras tierras, en la más pobre y vulnerable del hemisferio.

Ambas tragedias, la natural y la social, nos colocan frente al espejo de nuestras propias acciones cotidianas y nos obligan a ser más profundos, serios y creativos cada vez en el  obligado tránsito del diagnóstico a la propuesta en el curso de los debates que durante cinco días nos reunirán.

Este XII Encuentro Internacional de Economistas sobre Globalización y Problemas del Desarrollo, inicia sus sesiones bajo el influjo de encontradas señales en el terreno económico, entre las posiciones más optimistas que pretenden demostrar, a partir de indicadores macroeconómicos y pronósticos exageradamente alentadores, que lo peor de la crisis económica global ya pasó; y la terca realidad padecida por millones de personas de todos los confines del planeta, atenazados por la inseguridad de su futuro, la pérdida de sus empleos, el cierre y ruina de pequeñas y medianas empresas, la evaporación de sus ahorros, la desarticulación de la seguridad social y otras protecciones, así como las graves consecuencias que ya todos hemos comenzado a sufrir por los efectos del cambio climático.

La crisis constituye, pues, un tema controvertido, pues no pocos analistas y organismos internacionales la consideran superada, mientras que para otros la recuperación es un mero espejismo. Más allá del debate teórico acerca de si la crisis como fase del movimiento cíclico de la economía “tocó” fondo o no, los hechos son concluyentes en relación con la persistencia de importantes problemas que afectan el desempeño de las economías y el nivel de vida de la población, incluso en la gran mayoría del mundo industrializado, considerado el epicentro de la debacle económica y financiera. Lo que algunos llaman metafóricamente la “tragedia griega”, es una señal que no puede ser ni desconocida ni simplificada.

Dos cuestiones básicas que forman parte del indeseado legado de la crisis son la existencia de millones de personas que no pueden acceder al empleo y los bajos niveles de crédito bancario para financiar el consumo y la actividad productiva. Asimismo, los elevados costos fiscales y financieros asociados al salvataje bancario ejercen una fuerte presión contra las posibilidades actuales y futuras de un mejor ejercicio macroeconómico y de la capacidad de los gobiernos de atender requerimientos de orden social.

Pero los problemas en esta era de la globalización no los podemos reducir siquiera a la difícil perspectiva de cómo superar los actuales avatares económicos del capitalismo, ya sea en un país específico, en un grupo de ellos, o por regiones o niveles de desarrollo.

Para caracterizar otra disyuntiva utilizaré una valiosa reflexión de nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro, promotor y fundador principalísimo de nuestros eventos,  y cito: “Vivimos una época nueva que no tiene parecido con ninguna otra de la historia. Antes los pueblos luchaban y luchan todavía con honor por un mundo mejor y más justo, pero hoy tienen que luchar, además, y sin alternativa posible, por la propia supervivencia de la especie. No sabemos absolutamente nada si ignoramos esto”. Fin de la cita.

El cambio climático constituye hoy gran reto para toda la humanidad, no solo en la esfera ambiental, sino también en los planos económico y social, debido a sus crecientes impactos, tanto los que ya son perceptibles como los futuros. Cada día son mayores las evidencias científicas que confirman que el calentamiento de la atmósfera terrestre es inequívoca, y que las consecuencias más adversas de este reto global se concentran especialmente en las poblaciones más pobres y vulnerables del Tercer Mundo.

Los países desarrollados son los principales responsables de este grave problema, sobre todo si se analiza desde una perspectiva histórica. Las emisiones de gases de efecto invernadero de los países altamente industrializados en la última década, lejos de disminuir, aumentaron en casi 13%, y las de los Estados Unidos se incrementaron en 16% durante ese periodo. Un habitante de la mayor potencia mundial emite como promedio 20 veces más dióxido de carbono que uno de África subsahariana, 17 veces más que uno de la India y cinco veces más que uno de China.

A pesar de las crecientes evidencias acerca del agravamiento de los efectos del cambio climático, los gobiernos de los países desarrollados han mostrado gran incapacidad y ausencia de voluntad política para adoptar compromisos internacionales en esta esfera, en correspondencia con su responsabilidad histórica en la generación y reforzamiento de este problema. Esta fue la causa principal del fracaso de la Conferencia de Copenhague, de diciembre del 2009, donde prevaleció el egoísmo y la indiferencia del Norte industrializado, en particular de los Estados Unidos.

La Conferencia de Copenhague, a pesar de su fracaso y las manipulaciones a que fue sometida, puso de manifiesto, frente a los intentos de los países poderosos por sembrar divisiones y desconfianza, las posiciones de los representantes de los países subdesarrollados, que levantaron una vez más su voz para reivindicar los temas prioritarios para salvar al planeta y garantizar el desarrollo del Tercer Mundo, tales como el respeto al principio de las “responsabilidades compartidas, pero diferenciadas”; la urgencia de adoptar compromisos para reducir las emisiones en los países industrializados, en correspondencia con su enorme deuda ecológica; el requerimiento de recursos financieros nuevos, adicionales y en condiciones preferenciales para enfrentar las inversiones para la adaptación y mitigación del cambio climático; y la necesidad de garantizar la transferencia de tecnologías ambientalmente idóneas a los países subdesarrollados, para enfrentar este reto global entre todos.

“En esas circunstancias -y vuelvo a citar al compañero Fidel- tiene lugar en Haití una catástrofe sin precedentes, mientras en el lado opuesto del planeta continúan desarrollándose tres guerras y una carrera armamentista, en medio de la crisis económica y conflictos crecientes, que consumen más del 2,5% del PIB mundial, una cifra con la que podrían desarrollarse en poco tiempo todos los países del Tercer Mundo y tal vez evitar el cambio climático, consagrando los recursos económicos y científicos que son imprescindibles para ese objetivo”.

Las terribles imágenes del sufrimiento del pueblo haitiano que han continuado llegando a casi dos meses del terremoto que devastó la capital de esa empobrecida nación americana el pasado 12 de enero, son tal vez la expresión sintética más dolorosa de estas contradicciones de la globalización capitalista neoliberal.

Haití es el ejemplo clásico de la polarización y la desigualdad en la distribución de las riquezas que durante más de dos siglos el capitalismo como sistema dominante ha impuesto a la humanidad, y que con frecuencia pretende presentar como la ineptitud de los  pueblos pobres para llegar a ser prósperos y desarrollados.

La lógica de la “libertad” del capital es aparentar que ese es el sistema de las oportunidades para todos, cuando en verdad hay límites invisibles e infranqueables para los pueblos y personas desfavorecidos por el proceso objetivo de acumulación originaria.

José Martí, el Héroe Nacional de Cuba, caracterizó muy bien desde finales del siglo XIX la riqueza espiritual de esa nación, y cito:  “Haití es tierra extraña y poco conocida, con sus campos risueños como en la soledad de flores de oro del África materna, y tal gentío ilustrado, que sin que quemen los labios puede afirmarse que ese volcánico rincón ha producido tanta poesía pura, y libros de hacienda pública, jurisprudencia y sociología, como cualquier país de igual número de habitantes  en tierras europeas, o cualquier república blanca hispanoamericana. Callarlo sería mentira, o miedo”. Fin de la cita.

Los haitianos no son, como se pretende, los responsables del subdesarrollo que agrava los males de ese pueblo cuyo “pecado original” fue producir la primera Revolución por la independencia de la metrópoli colonial y del sistema esclavista y la primera República negra de nuestro continente.

Haití fue también la primera nación libre, bloqueada por la ex metrópoli y saqueada por deudas que debió cobrar en lugar de pagar. Intervenida una y otra vez para imponerle políticos y políticas de todo tipo, fue empobrecida por sucesivos ajustes e imposiciones de libre mercado que desde los años del reaganomic, arruinaron el campo haitiano forzando una emigración interna y externa que no termina y que convirtió a Puerto Príncipe en esa ciudad de precaria urbanidad que hoy es un montón de ruinas, patrullada por militares cuyo verdadero objetivo no parece para nada humanitario ni reconstructivo.

Haití es otra dolorosa prueba de la falacia de los enfoques convergentes que plantean que finalmente, por obra y gracia de las bondades del capitalismo, la riqueza desbordante de unos pocos, en algún día remoto, también beneficiará a los más desgraciados y desfavorecidos.

Y para cerrar esta apelación al estudio profundo de las causas y remedios posibles y duraderos que requiere el hermano pueblo haitiano para salir de su precaria condición económica, la cual constituye un baldón para la conciencia de la llamada sociedad civilizada en los albores de este siglo XXI, quiero hacer referencia a otras frases del Apóstol de nuestra independencia, escritas hace más de 120 años, pero que parecen extraídas de las descripciones recientes de la prensa internacional.

Al describir Martí, en tan lejana fecha como 1889, lo que él llamó “las intrusiones de la política norteamericana en Haití”, expresó el Maestro: “han ido, a estrenarse por aquellos mares, cuatro buques de guerra” y también hizo esta otra referencia que no necesita más comentarios: “…en lo real del caso de Haití, iniciaron los demócratas, a pesar de su moderación, la misma política de conquista de los republicanos”.

Y al referirnos a los Estados Unidos, es oportuno recordar aquí que ese país atraviesa su peor crisis en los últimos 80 años. Una crisis económica  interna, que a pesar del crecimiento del PIB en los dos últimos trimestres del 2009, no implicaría una recuperación inmediata, debido al alto nivel de desempleo, que no permite arribar a la real reactivación económica. Una crisis que además, en el plano externo, se expresa en la incapacidad de Estados Unidos, a diferencia de periodos anteriores, para desempeñar el papel de locomotora de la economía mundial.

Estados Unidos, se enfrentará cuando salga de esta recesión a un enorme endeudamiento público, alto  desempleo y la pérdida de valor del dólar como divisa de reserva.

Para ello también, el presidente estadounidense se propone lanzar una ley que separe los fondos de inversión de los depósitos bancarios, para impedir así que la banca continúe corriendo riesgos con el dinero ajeno. Sin embargo, todas las medidas que ahora pretenden adoptarse, se diseñan sin tocar los astronómicos gastos militares para las guerras,  y con un nivel de déficit fiscal que ha obligado a la creación de una Comisión Gubernamental  que de recomendaciones para su solución.

Entonces la pregunta es: ¿logrará el presidente Obama salir del atolladero en que está, sin tocar el presupuesto militar, sin bajar los déficit y sin obtener aún los niveles de empleo que hacen falta para la recuperación, con una banca que todavía no da los suficientes créditos y que continúa llenándose los bolsillos con el dinero del gobierno y la especulación?

Por supuesto que todo esto tiene y tendrá consecuencias para nuestra región latinoamericana, y en particular para este espacio geográfico en el cual nos encontramos hoy.

Cuba, como Haití en el pasado, también ha tenido que sufrir las consecuencias de proponerse construir una Revolución Socialista, es decir un estado independiente  a solo 90 millas del imperio y por esa osadía nacional sufre todavía y con particular y cínica crueldad la manifestación más duradera de la política agresiva de Estados Unidos: un injusto y despiadado bloqueo económico, financiero y comercial que dura ya más de medio siglo y que, contrario a lo que sugieren los medios de comunicación globales, no ha sido debilitado un ápice por la actual administración de Obama.

Esta política cruel y genocida, se mantiene prácticamente incólume, solo con ligeras variaciones de estilo y algunas flexibilizaciones menos trascendentes, a pesar de los reclamos reiterados de la casi totalidad de los estados miembros de la ONU, que cada año votan en el pleno de su Asamblea General una resolución de condena a esta permanente agresión, no solo contra el desarrollo de la economía de la Isla, sino incluso contra terceros países que negocian con nuestro el nuestro  o quisieran hacerlo.

En el año transcurrido desde nuestro anterior encuentro, nuevos acontecimientos también tuvieron lugar en otra de las batallas más arduas que libra hoy Cuba en el terreno internacional, al cual ustedes no son ajenos.

Se trata de la lucha por la liberación de los Cinco Héroes cubanos injustamente prisioneros en cárceles de los Estados Unidos desde hace más de once años. Fernando González, Ramón Labañino, Antonio Guerrero, Gerardo Hernández y René González, cumplen severas condenas por sus acciones para frustrar planes terroristas contra Cuba fraguados por grupos extremistas basados en territorio norteamericano.

En el proceso de resentencia a tres de ellos, el gobierno estadounidense, a través de su fiscal, reconoció la aberración de las elevadas condenas y repitió en varias ocasiones, públicamente, que estaba sintiendo la presión de la solidaridad internacional y por ello consideraba necesario imponerles sentencias más bajas. Eso nos indica cuál es el camino a seguir, intensificar la solidaridad, para lo cual recabamos toda la ayuda que ustedes puedan darnos, especialmente para desarticular la más cruel y desproporcionada de las sanciones contra ellos, las dos cadenas perpetuas  más 15 años, sanción que sufre Gerardo Hernández Nordelo a quien adicionalmente le niegan la posibilidad de recibir la visita de su esposa Adriana Pérez, como también ocurre con René González y esposa Olga Salanueva.

Pero no todas son malas noticias. En particular, en el tema de la integración latinoamericana y caribeña ha habido significativos pasos de avances en los últimos doce meses.

Acabamos de ser testigos esta última semana, de la histórica decisión adoptada en México, de crear la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, organismo que por vez primera reunirá a las naciones de América Latina al margen de la tutela de Washington.

Como explicó el General de Ejército Raúl Castro Ruz, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba, al intervenir en ese cónclave en nombre de los países de la Alternativa Bolivariana para Nuestros Pueblos de América, la integración es una necesidad para enfrentar la crisis generalizada desatada por el sistema capitalista.

Es evidente que sin los nuevos programas políticos en América Latina, los efectos de la crisis económica sobre la región habrían sido mayores, con consecuencias más negativas sobre sus altos índices de pobreza y desigualdad.

En el quinquenio 2002-2007, Latinoamérica y el Caribe presentaba discretos índices de crecimiento económico, que se vinieron abajo a partir de 2008, y que sólo permiten según CEPAL  augurar una recuperación incierta e insuficiente del 4,1 por ciento para el 2010.

Durante el 2009 la reducción del producto interno bruto fue del 1,8 por ciento en la región, efecto negativo que no resultó superior debido a políticas acertadas en varios países latinoamericanos y caribeños.

Evidentemente la crisis detuvo la tendencia a la reducción de pobres e indigentes que venía produciéndose desde el 2002,  principalmente en países como Bolivia, Brasil, Paraguay y Venezuela, resultados que los analistas atribuyen con razón a los nuevos proyectos políticos que se pusieron en marcha, en nuestra región.

Aquí, por supuesto, hay que lamentar la triste involución que tuvo lugar este año a partir del golpe de estado contra el presidente legítimo de Honduras, Manuel Zelaya, el cual tendrá un reflejo en el deterioro de la economía de esa nación centroamericana y el aumento del sufrimiento de su combativo pueblo, enfrentado a un gobierno nacido de un golpe de estado.

A partir de 2008 los efectos adversos de la crisis económica condujeron a que aumentara el desempleo y a que, como promedio, las remuneraciones reales experimentaran una disminución dañina para los sectores populares. Durante el 2009 en Latinoamérica, la pobreza y la indigencia se elevaron en el 1,1 y en el 0,8 por ciento en relación con el 2008, lo que condujo a que los pobres pasaran de 180 a 189 millones, equivalentes al 34,1 por ciento de la población, y a que los indigentes subieran de 71 a 76 millones, equiparables aproximadamente al 13,7 por ciento de los 550 millones de habitantes estimados para la región.

En esta ocasión nuestra región no estuvo en el epicentro de la crisis, pero se ha visto profundamente afectada, frenándose el crecimiento, dado que los precios de sus productos básicos están fuertemente relacionados, dependiendo de una forma u otra de las exportaciones cuyos precios se desplomaron, depreciándose sus monedas y contrayéndose las corrientes de remesas.

Queridas Compañeras y Compañeros:

Todas estas paradojas de la crisis actual, sus consecuencias y modos de enfrentarla, serán sin dudas las interrogantes que recorrerán nuestras sesiones de trabajo, donde en las discusiones y debates de esta tradicional cita de La Habana, como es habitual, confluyen para el análisis franco, abierto y respetuoso, investigadores y académicos, expertos y representantes de las más variadas tendencias del pensamiento económico, social y político contemporáneo, con el propósito de confrontar sus puntos de vista y de este modo aprender unos de otro, y lo que es más importante: contribuir en lo posible, a construir ese mundo mejor al que aspiran nuestros pueblos.

Cuba está a disposición de esa y de todas las causas justas de los pueblos. Como señalara nuestro Presidente Raúl Castro Ruz, en la reciente Cumbre de la Unidad, al explicar la respuesta encomiable de la comunidad internacional ante el terremoto en Haití y, en particular, de los países latinoamericanos y caribeños:

Cito:

“La solidaridad del pueblo cubano no llegó a Haití con el terremoto. Ha estado presente desde hace más de una década.

En ese tiempo los médicos cubanos habían realizado 14 millones de consultas, 200 mil cirugías, 100 mil partos y 45 mil operaciones oftalmológicas.

Se alfabetizaron 165 mil haitianos, se graduaron de nivel superior 917 jóvenes y cursaban estudios en Cuba 660 becarios haitianos.

En el momento del desastre, se encontraban trabajando allí más de 400 colaboradores cubanos. Nuestros médicos comenzaron a brindar sus servicios desde el primer instante.

Ahora están prestando asistencia médica en el terreno 1 429 colaboradores de la salud, que incluyen 406 médicos residentes, internos y estudiantes haitianos de 5to. año de medicina procedentes de Cuba, además de 224 médicos de 22 naciones de América Latina y el Caribe y 7 médicos de los Estados Unidos, graduados en la Escuela Latinoamericana de Medicina en Cuba, que conforman un gran contingente internacional.

Venezuela, el Presidente Hugo Chávez, con su especial sensibilidad y generosidad, Cuba y los demás países del ALBA se proponen mantener e incrementar ese esfuerzo y están dispuestos a cooperar con todas las naciones, sin excepción alguna, para ayudar al pueblo y al gobierno haitianos, a partir de que contamos con los recursos humanos, la experiencia y la infraestructura inicial apropiada en el terreno.

(…) Les aseguro que la colaboración cubana y su modesto esfuerzo, permanecerán en Haití los años que sean necesarios, si el Gobierno de esa nación así lo dispone”. Fin de la cita.

Hoy los recibimos, con la esperanza de que este Doce Encuentro, por encima de la lógica diversidad, nos acerque más en función de blindar a los preteridos de siempre con las únicas armas que nos interesa desarrollar: las del conocimiento, las de la inteligencia humana, las de la cooperación solidaria, las de la creación de un mundo superior, libre de las crueles ataduras del ciego mercado global, al que hay que ajustarle cuentas antes de que nos haga  desaparecer a todos los habitantes de la pequeña aldea en que la llamada globalidad ha convertido al planeta común.

Me permito recordar lo que nos dijo el fundador de nuestros encuentros en 1998. Fidel, el  mismo Fidel que no ha dejado de estar entre nosotros en los últimos dos años, a través de sus Reflexiones, nos convocó entonces bajo una imperiosa demanda, nos dijo…”hacen falta las ideas que preparen a los pueblos para el futuro, pero luchando desde hoy.  Desde hoy hay que ir formando conciencias, diríamos que nuevas conciencias.  No es que hoy el mundo carezca de conciencia; pero una época tan nueva y tan compleja como esta,  requiere más que nunca de principios y requiere de mucha más conciencia, y esa conciencia se irá formando con la suma, digamos, de la conciencia de lo que está ocurriendo y  de la conciencia de lo que va a ocurrir.  Tiene que formarse con la suma de más de un pensamiento revolucionario y la suma de las mejores ideas éticas y humanas”.


Se han publicado 2 comentarios



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  • Carlos Valdés Sarmiento. dijo:

    De nuevo se demuestra en este congreso que el pensamiento de Martí y el de Fidel cada día cobran más relevancia y actualidad.

  • Luis Domínguez B. dijo:

    La tragedia nos asedia, como que nos obliga, pero además nos convoca a la solidaridad humana. Todos los habitantes del mundo tenemos de una forma u otra una responsabilidad económica, política, social y cultural con lo que pasa en nuestras comunidades, en nuestros países y en el mundo. Los pobres tenemos limitantes como lo que somos y nuestro alcance a modificar conducta y realidades es muy poca, pero como que somos la mayoría del mundo, vamos en definitiva a decidir con nuestras vidas y nuestra actitud el camino al alcance humano necesario. Los pobres que tenemos poco y a veces casi nada, no vemos la gran diferencia entre lo que tenemos hoy y que mañana se nos acorta, la gran diferencia está en los países con gran dezarrollo industrial y tecnológico, cuando la crisis les llega, notan y no se conforman con la diferencia. Las grandes masas de las naciones desarrolladas están abocada y principalmente la de los trabajadores a moverse en convulsión social urgente, sino quieren convertirse en la víctima casi obligada del desarrollo imperial futuro. La concentración cada vez mayor de la riqueza, el pasar de una clase a otra en poco tiempo y de aumentar el número de pobre de una década a otra, va a convulsionar en un tiempo histórico breve al mundo desarrollado. Ojalá no se cumpla de forma violenta la prescripción de Carlos Marx, de que una cadena de revoluciones transformarían el mundo y que se resolvería de una vez y de forma creciente la contradicción entre el capital y el trabajo. La década presente que se inicia en el 2010, pondrá a prueba lo que los estrategas del pensamiento económico burgues buscan. Los remiendo del capitalismo están llegando a su fin, en los siglos de su existencia no han resuelto los grandes problemas de la humanidad.

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Roberto Verrier Castro

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