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Cuba: La ignorancia imperial

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Debo comenzar con unas palabras de gratitud para la Universidad de Queen y para todos aquellos que participaron en la organización de esta Conferencia. Su iniciativa, hospitalidad y excelentes preparativos han facilitado tres días de útiles discusiones en una atmósfera abierta y constructiva.

No fue una tarea fácil. Cualquier intento de considerar a la Revolución Cubana y de analizarla con objetividad plantea retos que desafían la integridad intelectual y, muchas veces, la honestidad y la sinceridad personal.

En un brillante trabajo por el cual nunca podremos agradecerle lo suficiente, Louis A. Pérez Jr. escribió:

“Cuba ocupaba muchos niveles dentro de la imaginación norteamericana, frecuentemente todos a la vez, de ellos casi todos funcionaban al servicio de los intereses de Estados Unidos. La relación norteamericana con Cuba era por sobre todas las cosas servir de instrumento. Cuba – y los cubanos – eran un medio para alcanzar un fin, estaban dedicados a ser un medio para satisfacer las necesidades norteamericanas y cumplir los intereses norteamericanos. Los norteamericanos llegaban a conocer a Cuba principalmente por medio de representaciones que eran por completo de su propia creación, lo cual sugiere que la Cuba que los norteamericanos escogieron para relacionarse era, de hecho, un producto de su propia imaginación y una proyección de sus necesidades. Los norteamericanos rara vez se relacionaban con la realidad cubana en sus propios términos o como una condición que poseía una lógica interna o con los cubanos como un pueblo con una historia interior o como una nación que poseía su propio destino. Siempre ha sido así entre Estados Unidos y Cuba[1].

Esa persistente resistencia a asumir a Cuba como era e ignorar su historia y realidad ha acompañado a ambas naciones durante toda su vida.  Ese fue un inmenso obstáculo para muchos norteamericanos cuando tratan de comprender qué pasó en la Isla hace cincuenta años.  No hubo muchos héroes intelectuales que trataran de saltar esa brecha.

Uno de ellos fue C. Wright Mills, un ser humano poco común, y uno muy ignorado y olvidado. Él incluso escogió hablar como si fuera un cubano en un magnífico libro, al que contribuyó un más joven Saul Landau. Permítanme recordarlo: “Estamos tan apartados que existen dos Cubas – la nuestra y la que ustedes se imaginan[2].”

Durante los años de la indiscutible hegemonía norteamericana en el Hemisferio Occidental, atrapada en las dinámicas de la Guerra Fría, esa imagen de Cuba fue proyectada también hacia otros lados y continúa siendo una tarea difícil determinar con imparcialidad que era y es realmente Cuba, cuales son sus logros y deficiencias.

Hace cincuenta años pocas personas podían haber previsto que Cuba atraería la atención internacional que ha alcanzado. En esos días, cuando estábamos angustiados por la partida de la mitad de nuestros seis mil médicos, nadie en la Isla se atrevía a concebir el establecimiento de un sistema universal y gratuito de atención de salud, mucho menos imaginar que miles de miembros de nuestro personal médico servirían en docenas de países y salvarían millones de vidas en todo el mundo.

En esos lejanos días estábamos preparándonos para iniciar la campaña nacional de alfabetización con vistas a salvar de la ignorancia a la cuarta parte de nuestra población. Ese fue el primer y decisivo paso hacia una profunda Revolución Educacional y Cultural. Una parte importante de la misma fue la creación de la casa editorial estatal, Imprenta Nacional,  que nació con una edición masiva de la más famosa novela de Cervantes. Incluso en esos días quijotescos no previmos que miles de maestros cubanos, con un método cubano, contribuirían a salvar del analfabetismo a millones de personas en tierras lejanas.

Eso se hizo con la participación de millones de cubanos – trabajadores y estudiantes, ancianos y jóvenes, mujeres y hombres – por un gobierno que estaba condenado a fracasar.

Porque Cuba, en esos días, estaba enfrentando una bancarrota total. La gente de Batista había escapado de la Isla llevándose con ellos prácticamente todas las reservas financieras del país en lo que fue probablemente uno de los mayores robos de la historia.

Muchas palabras han sido usadas, durante décadas, para hablar acerca del “embargo” o de las  “sanciones económicas” impuestas por Estados Unidos al régimen revolucionario. Expertos, tanto liberales como conservadores, que han escrito mucho acerca de la política de Estados Unidos hacia la isla, le han prestado muy poca atención al gran robo, el primer y más severo golpe en una guerra económica que ha durado medio siglo.

Los cubanos no solo han contribuido al desarrollo social de otros pueblos. Ellos también han derramado su sangre. Sin el ejemplo único de solidaridad internacionalista de Cuba no existiera ahora una Namibia independiente, Angola no hubiera podido alcanzar su soberanía y la paz, y Sudáfrica no fuera una nación democrática. Contribuimos a su lucha de forma incondicional y sin quitarles nada a cambio.

Cuba ha ganado el reconocimiento de millones en África, América Latina, el Caribe, Asia e incluso en el Pacífico, por lo que hemos sido capaces de hacer en las áreas referidas anteriormente. Si otros, con muchas más riquezas y recursos humanos y técnicos, hubieran hecho algo comparable los objetivos de Naciones Unidas para el Milenio se hubieran alcanzado fácilmente hace mucho tiempo.

Permítanme hacer un paréntesis. Quiero reconocer la presencia aquí de un grupo de maestros cubanos, que están trabajando junto a autoridades y ONGs canadienses en la implementación del programa YO SI PUEDO para el beneficio de aquellas comunidades en Canadá que aún se ven afectadas por el analfabetismo. Esos cubanos son jóvenes, pero ya han acumulado alguna experiencia ayudando a mejorar la educación de otros en Nueva Zelanda, otro país desarrollado.

Pero lo que pasó después de la solución de los conflictos en el sur de África fue quizás más asombroso. Con la disolución de la Unión Soviética, Cuba sufrió el golpe más severo a su economía, perdió sus mercados y socios comerciales y lo que le quedaba en términos de asistencia y cooperación internacional. Más de un tercio de su PIB desapareció de la noche a la mañana.

En ese momento crucial estábamos absolutamente solos sin ningún aliado en la región ni más allá. Y fue entonces cuando Estados Unidos decidió intensificar su guerra económica con la Ley Torricelli en 1992 y la ley Helms-Burton en 1996, ambas, por cierto, todavía vigentes y puestas en práctica mientras estamos realizando esta Conferencia.

En esos años algunos presuntuosos cuentistas se apresuraron a escribir acerca de la inminente desaparición de la Revolución Cubana. Como Torricelli, Helms y Burton, ellos estaban seguros de la fecha exacta de nuestro fin.

Obviamente ellos no escucharon lo que les estaba diciendo ni más ni menos que Henry Kissinger. En la época post Guerra Fría “Estados Unidos” necesita “conocer sus límites”, porque  “lo nuevo acerca del orden mundial emergente es que, por primera vez, Estados Unidos no puede ni aislarse del mundo, ni dominarlo”[3].

Esas palabras fueron publicadas cuando muchos creían en el “fin de la historia” y en un mundo unipolar bajo una y solo una superpotencia, una forma de pensar que puede estar pasando de moda.

Estamos viviendo en una época en que se requiere de una reflexión más profunda. Una época para escuchar, para tender la mano y aprender. Una época para descubrir la realidad y deshacer mitos y prejuicios.

Un rayo de esperanza en esa dirección pareció manifestarse en la llamada V Cumbre de las Américas, celebrada en Puerto España, Trinidad Tobago un par de semanas atrás.

Reunirse con otras personas y escuchar y comunicarse con ellas como iguales es una muy antigua experiencia humana, familiar para todos desde la más temprana infancia. Nadie debe esperar recibir un reconocimiento especial por hacer solo eso.

Nadie excepto si usted pertenece a una nobleza especial, a una categoría superior, a una raza particular que está por encima de todas las demás.

Durante mucho tiempo esa fue la experiencia latinoamericana y caribeña. Nunca nos reuníamos con otros como iguales, salvo cuando lo hacíamos entre nosotros mismos, exclusivamente, sin ningún extraño.

En la Conferencia, con Cuba orgullosamente ausente, todos nuestros hermanos y hermanas de la región se encontraron con el Presidente de los Estados Unidos.

Se ha dicho que la reunión fue histórica, pero sin presentar argumentos sólidos que sostengan esa valoración. Por supuesto que de ella salió un documento sin precedentes por su extensión que los participantes no firmaron y que muy pocos leerán. Además de eso todos parecían sentirse felices por la cordial atmósfera que prevaleció en el encuentro.

El Presidente Obama trató de sacar el mejor provecho a ciertas decisiones con respecto a Cuba que él había anunciado antes de iniciar su viaje. Esencialmente eliminó las crueles restricciones que George W. Bush había impuesto a los viajes de los cubano-americanos y a las remesas que enviaban a la isla, dándole marcha atrás al reloj en este tema, hasta la situación existente en mayo de 2004, una época que, de acuerdo con sus propios cálculos, fue hace mil años atrás.

Es algo irónico que la misma persona que insistió en olvidar la historia y en solamente mirar adelante hacia un futuro de promesas difusas y vagas trate de darle tanta importancia a algo que lo único que significa es un regreso parcial al pasado. Parcial porque él no le devolvió a otros ciudadanos norteamericanos ciertos derechos en esos temas que habían tenido, algunos de ellos, incluso durante los primeros años de W. Bush. Escuchando al Presidente, no puedo dejar de recordar la advertencia de Kierkegard: “La vida se vive hacia adelante pero se entiende hacia atrás”.

Ese es el problema con la historia. Uno puede pretender ignorarla, pero nadie puede vivir fuera de ella. Sostengo que es mas sabio reconocer que la historia existe y aprender de ella.

Cualquiera que hiciera eso se quedaría sorprendido por esas palabras viniendo de Washington, que al mismo tiempo que reiteran la continuación de la agresión económica contra la isla – el “embargo” en su lenguaje edulcorado – dicen que Cuba debe hacer algo para retribuir el generoso “gesto” de levantar esas restricciones a los cubano-americanos, un gesto  que, después de todo, fue dictado por la creciente demanda interna por parte de aquellos afectados, como fue reconocido por el propio candidato Obama.

En otras palabras, Cuba tiene que cambiar y comportarse de acuerdo a los deseos de Washington. Si es acerca de cambio de lo que ellos están hablando, un cambio que ellos puedan realizar en este mismo momento, entonces permítanme ser muy específico.

¿Por qué finalmente Washington no responde a la solicitud formal de extradición a Venezuela de Luis Posada Carriles? La misma fue recibida hace más de cuatro años y no ha tenido respuesta.

Las convenciones internacionales contra el terrorismo son muy claras y no le dejan a Estados Unidos salida alguna. Posada debe ser extraditado para que continúe su juicio por la destrucción en pleno vuelo de un avión civil o Estados Unidos está en la obligación de procesarlo por el mismo crimen “sin ninguna excepción en absoluto.” Extraditar o procesar inmediatamente a Posada, o Estados Unidos continuará violando el Artículo 7 de la Convención de Montreal para la Protección de la Aviación Civil y todos los otros instrumentos legales contra el terrorismo internacional y la Resolución 1373 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas de septiembre de 2001.

Si la retórica acerca del cambio también incluye comenzar a  respetar los principios de justicia y las normas morales, el Presidente no puede seguir ignorando la encarcelación injusta e injustificada de Gerardo Hernández, Ramón Labañino, Antonio Guerrero, Fernando González y René González. Simplemente debe ejercer su autoridad desestimando los cargos fabricados contra ellos y liberar inmediatamente a los Cinco.

Sí, él puede. Lo acaba de hacer la semana pasada con aquellos hallados culpables de cometer espionaje a favor de Israel. En el caso del AIPAC (Comité Americano-Israelí de Asuntos Públicos) hubo un grupo de documentos secretos relacionados con las fuerzas armadas y la seguridad nacional de Estados Unidos. En el caso de los Cinco cubanos, como determinó la Corte de Apelaciones en una decisión unánime en septiembre pasado, no estuvo involucrada ninguna información secreta.

La vergonzosa acusación en contra de Gerardo Hernández – conspiración para cometer asesinato, el infame Cargo Tres de la acusación – nunca pudo ser probada, como lo reconoció el mismo Gobierno de Estados Unidos en una moción de emergencia sin precedente en la historia norteamericana. Solamente un jurado intimidado después de tal reconocimiento por parte de los fiscales pudo hallar culpable a Gerardo, un resultado que demuestra que era imposible realizar un juicio justo en Miami.

El caso de los Cinco cubanos es ante todo y sobre todo el más notorio ejemplo de mala conducta por parte de la fiscalía y el gobierno. Estados Unidos debe liberarlos si es que quiere que creamos que algo fundamental está cambiando en Washington.

La actitud de Estados Unidos es no solo la continuación de una política ilegal, injustificable y fallida. Es también la consecuencia de un profundo error, una falsa percepción de si mismo que fundamenta el papel de Estados Unidos en el mundo. Como dijo un distinguido investigador norteamericano: “la larga sombra que proyecta sobre la historiografía norteamericana su mítico carácter de luchadora por la libertad” es “el mayor de nuestros malentendidos nacionales” que “fijó en la conciencia nacional el idilio de libertad del cual, hasta hoy, la sociedad norteamericana permanece rehén[4].”

Esta falsa auto-representación comienza desde el momento de la separación de las Trece Colonias de Inglaterra y ha sido fabricada por estadistas y políticos e inculcada deliberadamente en las mentes de la población.  Ese esfuerzo estuvo presente en la Declaración de Independencia y en los artículos de El Federalista. Ha sido multiplicado de forma exponencial y exitosa con las modernas tecnologías de la comunicación.

Así es como una persona involucrada de forma notoria en el genocidio en Vietnam y Cambodia pudo escribir acerca del “idealismo norteamericano” como “una expresión de fe de que nuestra sociedad es capaz eternamente de renovarse a si misma, trascender la historia y rediseñar la realidad.” Y él, que fue el autor intelectual del golpe de estado fascista que destruyó la democracia en Chile y torturó y asesinó a miles de personas indefensas, fue capaz de definir ese inventado “idealismo” como la “búsqueda tradicional de Estados Unidos de un mundo en el cual el débil esté seguro y el justo libre”[5]. Una visión como esa es un recordatorio de una expresión atribuida a Otto Von Bismarck: “Dios tiene una providencia especial para los tontos, los borrachos y los Estados Unidos de América.”

Refiriéndose específicamente a Cuba la narrativa oficial norteamericana va más allá de cualquier límite intelectual. Hechos muy bien documentados, en una historia que se nos invita sospechosamente a olvidar, muestran que en fecha tan temprana como 1805, Jefferson abogó por la anexión de la isla. Desde esos días los norteamericanos desarrollaron una narrativa, de acuerdo con la cual ellos tienen derechos especiales sobre Cuba otorgados por Dios, para incorporar la isla a la Unión, para intervenir en los asuntos cubanos y para dictar nuestro presente y nuestro futuro. Todo eso basado en una versión de la realidad que no tiene nada que ver con la verdad, pero promovida por un país al que se le ha hecho creer que tiene una misión y un destino divino y “es eternamente capaz de… trascender la historia y rediseñar la realidad”, ideas  muy apreciadas por los neoconservadores con las consecuencias que todo el mundo conoce. Como dice Lou Pérez, “la capacidad de los norteamericanos para la autodecepción fue superada solamente por su insistencia de que los cubanos, también contribuyeran a la decepción y estuvieran agradecidos”[6]. Pero en tiempos más recientes Estados Unidos ha demostrado una increíble capacidad en tratar de decepcionar y engañar a millones en todo el mundo. Billones de dólares, tomados de los bolsillos de los contribuyentes, han sido dedicados durante medio siglo a una guerra de propaganda contra Cuba que no tiene paralelo histórico, y que abarca prácticamente todas las áreas y medios desde la TV y las transmisiones de radio, filmes, libros, periódicos y revistas, conferencias, hasta millones de copias de libros de caricaturas.[7]

Todo esto hecho en nombre de la democracia, un concepto que no era particularmente del agrado de los fundadores de la República y de los que redactaron su Constitución. La adopción del término y su usurpación para transformarlo en una herramienta de la política imperial vendría mucho después en la historia y en el proceso sería privado de su significación original.

La noción misma de que las instituciones de un país deben reflejar las de sus vecinos es una radical negación de cualquier ideal democrático.

Estamos convencidos que hay que hacer mucho más para avanzar en cuanto a la participación real del pueblo  en cada uno de los aspectos de nuestro sistema de gobierno. En cada uno de los aspectos desde la nominación de candidatos directamente por sus propios electores; el proceso de las asambleas regulares de rendición de cuentas en las cuales los delegados y diputados informan al pueblo y discuten con ellos muchos temas; los despachos – reuniones individuales entre los ciudadanos y sus representantes; las respuestas rápidas y apropiadas a las quejas, críticas y propuestas que los ciudadanos plantean por estas y otras vías; hasta la solución de una gran variedad de problemas o la implementación de iniciativas con la participación directa y la implicación real de la comunidad, en todas esas áreas necesitamos continuar trabajando guiados por el principio fundamental que motiva a todo revolucionario: la insatisfacción con lo que se ha logrado y la permanente lucha para alcanzar objetivos superiores.

Esos esfuerzos no tienen absolutamente nada que ver con un impensable retorno al falso y corrupto régimen del pasado. Imponer al pueblo cubano un régimen de “democracia representativa” no sería un avance en términos democráticos, si no un retroceso. Sería privar a las masas de los derechos y poderes que ellas han conquistado y no darles nada a cambio, excepto palabras, retórica sin sentido de un dogma que no tiene muchos partidarios entre aquellos obligados a vivir con ella.

En vez de copiar una caricatura ficticia, nosotros seguiremos tratando de avanzar en lo que Kelsen describió como la “parlamentarización” de una sociedad que al mismo tiempo debe incluir a todos sus ciudadanos, eliminando todas y cada una de las manifestaciones de exclusión y discriminación por raza, sexo, religión u otro cualquier motivo. No menos, sino más socialismo es la única vía hacia una sociedad más democrática.

Nuestros adversarios gustan de criticar a la Asamblea Nacional que yo tengo el honor de presidir, porque no estamos acostumbrados a los métodos que son comunes en la mayoría de los parlamentos occidentales. No, nosotros no nos permitimos largas jornadas de discursos en frente de las cámaras, cuyos operadores son los únicos oyentes. Sí, nosotros dedicamos un par de semanas a nuestras sesiones plenarias formales.

Pero, créanme, trabajamos realmente duro y nos reunimos muchas más veces durante el año. La diferencia real es que en nuestras reuniones toman parte un número de personas que están completamente ausentes en las actividaes de otros parlamentos. Nosotros no tomamos ninguna decisión importante sin haberla discutido previamente con todos los interesados. Tan pronto regrese de Canadá, por ejemplo, me uniré a mis colegas en las discusiones que estamos celebrando desde abril acerca de los principales temas que trataremos formalmente en nuestra Sesión Plenaria del próximo verano. Estamos haciendo eso en cada provincia y cada municipio del país con la participación de miles de nuestros ciudadanos.

Antes de considerar en diciembre pasado la nueva Ley de Seguridad Social tuvimos miles de reuniones con la participación activa de millones de trabajadores, que discutieron, modificaron y aprobaron por abrumadora mayoría el texto  que fue finalmente aprobado.

Nosotros no queremos imponer nuestro sistema a otros. Tampoco creemos que el nuestro sea la perfecta realización del ideal democrático. Simplemente decimos que en Cuba nos estamos esforzando por desarrollar un proyecto legítimo para contribuir a uno de los más antiguos debates de nuestra civilización, tratando de introducir, lo más posible, la democracia directa dentro de las inevitables formas de representación en una sociedad moderna. Permítanme con toda humildad sugerir que todos aquellos que se consideran a si mismos demócratas deben reconocer que la democratización es un proceso necesario en todos y cada uno de los países y que no existe una cosa tal como “democracia” por imposición.

Yendo atrás en el tiempo, en lo que Norberto Bobbio describe como su “más famoso elogio”, Pericles tenía una idea diferente de la democracia: “vivimos bajo una forma de gobierno que no emula con las instituciones de sus vecinos; por el contrario, somos nosotros mismos un modelo que algunos siguen, en vez de ser imitadores de otros pueblos… se llama democracia porque su administración está en manos no de unos pocos, sino de muchos”[8].

El sistema norteamericano de gobierno fue claramente identificado por sus Fundadores como algo muy diferente de las clásicas y antiguas formas de democracia. “Está claro que el principio de representación no fue ni desconocido por los antiguos ni completamente pasado por alto en sus constituciones políticas. La verdadera distinción entre éstos y los gobiernos norteamericanos radica en la total exclusión del pueblo, en su capacidad colectiva, de cualquier participación en los últimos, y no en la total exclusión de los representantes del pueblo de la administración en los primeros[9].

Tal exclusión fue necesaria “para evitar la confusión y la intemperancia de una multitud”, una visión amenazadora para Hamilton, Madison y sus coetáneos. Tanto era así que ellos sentenciaron: “si los ciudadanos atenienses hubieran sido Sócrates, todas las asambleas atenienses habrían sido, aún así, turbas”[10].

De una aversión tal por las multitudes evolucionó un concepto de democracia que buscó restringir su participación en el ejercicio del poder político y el control de la administración la cual llegó a ser definida como “democracia representativa”. Su fundamento era reducir el papel de las masas, o del populacho, a elegir sus “representantes” y delegar en ellos la soberanía del pueblo. Este enfoque reduccionista ha sido transformado exitosamente en una especie de dogma indiscutible.

Tal éxito es bastante asombroso teniendo en cuenta que el concepto fue objeto de algunas de las más convincentes críticas desde que apareció por primera vez en el mundo occidental. Al tema Jean Jacques Rousseau dedicó algunas de sus más elocuentes páginas. Nadie ha sido capaz alguna vez de refutar sus argumentos acerca de la imposibilidad de una democracia real en sociedades profundamente divididas entre ricos y pobres y  de la falacia  de “delegación de soberanía”, a menos que los “representantes” estén completamente controlados por las masas con un “mandato imperativo”.

Estas aspiraciones igualitarias fueron claramente expresadas entre los Jacobinos y jugaron un papel importante en la intensa y sangrienta lucha de los revolucionarios franceses. Estuvieron también presentes en el proceso que llevó a la independencia de las Trece Colonias y durante las primeras etapas de la República, pero fueron manejadas hábilmente con la retórica de Jefferson y también con la represión de Shays y otras rebeliones, y con instrumentos tales como la Ley contra Disturbios y la Ley de Sedición, piezas legislativas que inauguraron una bien establecida tradición norteamericana.

La noción de “democracia representativa” y su implementación en la vida real ha sido siempre objeto de discusión.

En el siglo XX, el Profesor Hans Kelsen, autor principal de la actual constitución de la República austriaca, le dedicó ensayos específicos y varios capítulos de sus más significativos libros.  En esos importantes textos Kelsen insistió en la falacia de la “democracia representativa”, que para él era solamente una “ficción”[11] . Salvar la distancia entre la democracia ideal con participación directa del pueblo, solo verosímil a niveles de pequeña escala, tales como en la experiencia de la Grecia clásica, y la necesaria representación inevitable en los estados modernos, era solamente posible en lo que él definió como la “parlamentarización de la sociedad”, un sistema por el cual el pueblo a través de una red completa de agrupaciones e instancias – fábricas, escuelas, vecindarios y organizaciones sociales – tomaría parte en el proceso de definición de políticas y control de administraciones.

La discusión acerca de la democracia directa y la representativa y sobre sus diferentes formas y combinaciones ha sido larga y es fuente de un debate rico y vigente. Desde una perspectiva teórica parece ser infundado y bastante ingenuo asumir que alguien haya solucionado la polémica, mucho menos pretender haber alcanzado la realización de la expresión final y definitiva de la democracia.

Tal pretensión solo aparece entre los políticos occidentales, que se presentan a si mismos como los creadores de la sociedad perfecta y predicadores de un nuevo dogma. Ellos se enfrentan a un obstáculo empírico.

Si lo que ellos han producido es la insuperable cumbre de la evolución social, el non plus ultra del desarrollo político, los sujetos de esa sociedad deberían considerarse a si mismos muy felices y sin ningún deseo de cambiar su paraíso. Si la sustancia de tal idílica organización es votar para elegir a sus representantes, emitir el voto debe ser la actividad más importante de sus vidas atrayendo la participación entusiasta y masiva de todos. La vida real parece indicar otra cosa y prueba que lo que realmente motiva a los que abogan por la “democracia representativa” no es la creencia en un dogma sino su uso como instrumento defensivo para proteger de las masas sus intereses.

A medida que el proceso de globalización ha avanzado, de la misma forma lo ha hecho la evidencia del carácter ficticio de la “democracia representativa”. Thomas Friedman, no precisamente un enemigo de ese proceso, ha explicado amablemente cómo su principal rasgo es la impotencia de los seres humanos al enfrentar un mercado y unas fuerzas tecnológicas poderosas y anónimas que deciden e incluso destruyen sus vidas[12].

El otorgamiento de poderes al ciudadano es el corazón de la democracia. La globalización es exactamente lo contrario. Con su avance los países han sido privados de su soberanía y los individuos de su ciudadanía.

La crisis económica global por la que estamos atravesando ahora es la mejor demostración.

A nivel internacional un grupo muy limitado de países, entre ellos los responsables de la crisis, están tomando decisiones  que afectan a todos los otros sin ni siquiera consultarlos. Después de superar muchos obstáculos la Asamblea General de Naciones Unidas se reunirá, al fin, el próximo mes, para discutir la crisis. La Asamblea no debe levantar sus sesiones hasta que podamos encontrar e implementar soluciones. La solución de la crisis no debe dejarse en las manos de aquellos que la han creado

A nivel nacional millones han perdido sus empleos, muchas fábricas fueron cerradas y billones de dólares han sido entregados a los ricos para rescatarlos con el dinero de sus víctimas. Las próximas generaciones nacerán con una carga increíblemente grande que pesará sobre sus hombros por un tiempo imprevisible. Ellas tendrán solamente un consuelo: en estos días dramáticos, sus padres no fueron consultados; ellos no pudieron dar su opinión acerca de lo que estaba pasando.

Ese fue el trabajo de sus “representantes”, los “elegidos” pero irresponsables individuos que habían usurpado los derechos soberanos de sus padres.

Recuerdo los años 90, cuando los cubanos comenzaron a enfrentar el “período especial”, años económicos muy difíciles, justamente comparados por algunos observadores independientes y objetivos, como peores, para nosotros, que la Gran Depresión de los años 30.

En esos días nosotros solamente tomamos una decisión: consultar a cada ciudadano. Fuimos a las fábricas, a las granjas y a los barrios y discutimos ampliamente nuestros problemas con todo el mundo. Y de esa forma, discutiendo y votando, se llegó a un consenso nacional y  decisiones específicas, muchas veces dramáticas, que afectaban a muchos individuos fueron tomadas directamente por aquellos que estaban involucrados.

Al mismo tiempo, reuniones muy diferentes se realizaban en otros lugares con pocos participantes y negociaciones secretas casi concluyeron con la adopción del Acuerdo Multilateral de Inversiones que nunca fue discutido en ningún parlamento nacional (muchos de ellos protestaron por habérseles  ocultado), mucho menos, por supuesto, el AMI fue consultado con los millones de personas cuyas vidas hubiera alterado profundamente.

Los expertos mencionados anteriormente reconocieron que nuestro método fue crucial en ayudarnos a superar la crisis y que gracias a él, incluso en esos días terribles, nuestra situación era mejor que la que imperaba en América Latina[13].

Los regimenes latinoamericanos que fueron tan obedientes al dogma que prevalecía en ese momento han desaparecido, barridos por los pueblos. En un creciente número de países en todo el continente los pueblos están “rediseñando la realidad” y abriendo para si mismos una nueva época, trascendiendo la historia que les fue impuesta, creando una nueva. Este es el resultado de los esfuerzos y sacrificios de generaciones. Fue un camino largo y difícil.

Pero tengo que decir que llegamos a este punto también porque mi pueblo fue capaz de abrir el camino hace 50 años.

[1] “Cuban in the American imagination-Metaphor and the Imperial ethos”, The University of North Carolina Press, Chapel Hill, 2008, p. 22-23.

[2] “Listen, Yankee -the revolution in Cuba”, Ballantine Books, New York, 1969, p.13.

[3] Henry Kissinger, “Diplomacy”, Simon and Schuster, 1994, p. 19 and 834

[4] “A nation of agents – the American path to a modern self and society”, James E. Block, The Belknap Press of Harvard University Press, 2002, p. 184, 236 and 237.

[5] Henry Kissinger, “Years of Renewal”, Simon and Schuster, New York, 1998, p. 1074 and 1078.

[6] Louis A. Pérez Jr., Ibidem, p. 227.

[7] “Psywar on Cuba – The declassified history of US anti-Castro prtopaganda”, Jon Elliston, 1999, Ocean Press.

[8] Thucydides, “History of the Peloponnesian War, II, 37, quoted by Norberto Bobbio in “Democracy and Dictatorship”, University of Minnesota Press, 1989, p. 139.

[9] “The Federalist, a commentary on the Constitution of the United States”, Alexander Hamilton, John Jay and James Madison, The Modern Library, New York, p. 413.

[10] Ibidem, p. 361.

[11] See, for example,, “Teoría General del Estado”, Editorial Labor S.A., Barcelona, 1925 adn “Esencia y Valor de la Democracia”, Editora Nacional, México DF, 1974.

[12] “The Lexus and the Olive tree”, New York, 1999.

[13] “La Economía Cubana. Reformas estructurales y desempeño en los Noventa,” Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas y Fondo de Cultura Económica, 1997.

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Ricardo Alarcón de Quesada

Ricardo Alarcón de Quesada

Doctor en Filosofía y Letras, escritor y político cubano. Fue Embajador ante la ONU y Canciller de Cuba. Presidió durante 20 años la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba (Parlamento).

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