Un lustro de genocidio y mentira
Tienen que ser muchos los miles de millones de dólares que están corriendo por las cuentas de muchos integrantes de la cúspide del poder en los Estados Unidos para que el gobierno de esa nación persista en la decisión que seguir adelante con una guerra que está haciendo tanto para hundir a la superpotencia y parece estarlo consiguiendo.
Hace un lustro, el presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, batuta en mano, en reunión de triste recordación efectuada en las Islas Azores con los jefes de los gobiernos de Gran Bretaña y España, Anthony Blair y José María Aznar, dispuso, sin apoyo ni aprobación de Naciones Unidas, que la amenaza de las "armas de destrucción masiva" que tenía Sadam Hussein justificaban una "invasión militar" en Irak para eliminarlas.
Aún si aceptamos que el ataque a las Torres Gemelas y al Pentágono del 11 de septiembre de 2001 fuera obra de fanáticos terroristas y no una fabricación endógena decidida, preparada y ejecutada en Washington o por encargo de Washington -como indican muchas evidencias e innumerables sospechas que la gran prensa corporativa estadounidense prefiere ignorar-, es inaudito que la superpotencia se obstine en la guerra.
Al cabo de gastar unos cuatro billones de dólares, perder cuatro mil soldados y soportar no menos de cuarenta mil invalidados por la guerra, ¿cómo puede entenderse que el presidente Bush haya señalado en el quinto aniversario de la invasión que no ordenará la retirada de tropas "para no poner en peligro los logros duramente obtenidos" en el año pasado?
O que el vicepresidente estadounidense, Dick Cheney, dijera el 20 de marzo de 2003, durante una visita sorpresiva a Irak, que la invasión lanzada había sido un "esfuerzo exitoso".
Según una investigación conjunta realizada por el Fondo por la Independencia en el Periodismo y el Centro por la Integridad Pública, durante los dos años previos al ataque contra Irak, el presidente George W. Bush y sus subordinados formularon 935 declaraciones falsas sobre la supuesta amenaza que representaba Sadam Husein.
En el estudio se mencionaron 935 falsedades en discursos, entrevistas y reuniones informativas con la prensa, entre otras modalidades de difusión. En al menos 532 ocasiones, tanto el presidente como funcionarios de su administración señalaron, de manera inequívoca, que Irak tenía armas de destrucción masiva, o intentaba producirlas, o que tenía vínculos con la red terrorista Al Qaeda, o ambas cosas a la vez.
"Está ahora más allá de toda duda que Irak no poseía armas de destrucción masiva o vínculos significativos con Al Qaeda y que el gobierno de Bush condujo al país a la guerra sobre la base de informaciones falsas, que difundió de manera metódica y culminó con la acción militar contra Irak el 19 de marzo de 2003", afirmaron los investigadores que intervinieron en el estudio, según despachos de la agencia AP fechados en Washington DC.
Entre los funcionarios del gobierno estadounidense que, según la investigación, habrían brindado esas declaraciones falsas, además de Bush (que mintió públicamente en 259 ocasiones), figuran en los resultados de la investigación, el vicepresidente Dick Cheney; la entonces asesora de seguridad nacional Condoleezza Rice, actualmente secretaria de Estado; el entonces secretario de Defensa Donald H. Rumsfeld; el entonces secretario de Estado Colin Powell (segundo entre los mentirosos con 244 falsedades); el entonces subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz y los entonces secretarios de Prensa de la Casa Blanca Ari Fleischer y Scott McClellan.
Conciente del impacto de las bajas propias, el mano militar estadounidense, ante la imposibilidad material de ocultarlas, ha ensayado todas las fórmulas posibles para reducirlas sin retirarlas, limitando el desplazamientos de sus efectivos y mediante la utilización en operaciones riesgosas de militares locales o de sus aliados en la guerra, lo que de hecho constituye otro engaño.
Pero quizás lo más alarmante ahora sea que, luego de iniciales esfuerzos del "establishment" por excluir debates en torno a la guerra en Irak y Afganistán de las campañas electorales, el tema no pudo obviarse y la actitud de los participantes en la carrera hacia la Casa Blanca demuestra inequívocamente que la cúpula del poder no tiene entre sus planes retirarse de esa guerra.
Ninguno de los aspirantes a las candidaturas de los dos partidos ha asumido una posición seria y categórica respecto al fin de la guerra con la retirada en breve plazo de todas las tropas ocupantes.
Los aspirantes a la candidatura demócrata, senadores Barack Obama e Hillary Clinton, han prometido retirar las tropas a un ritmo, como máximo, de una o dos brigadas al mes, aunque hay que decir que, a estas alturas de la campaña, nadie daría mucho crédito a cualquier promesa porque se conoce que tales decisiones se toman a un nivel superior de la cúpula del poder estadounidense.
Por su parte, el candidato republicano, John McCain, durante su visita promocional a Bagdad los días 16 y 17 de marzo, se identificó claramente con la intención de mantener la ocupación de Irak y posteriormente ha afirmado, en diversos actos públicos en Estados Unidos, que la mejor manera de poner fin al conflicto es incrementando el número de soldados desplegados en aquel país.
"Creo que los estadounidenses tendrán paciencia suficiente para aguantar hasta el final', dijo el candidato presidencial republicano vendiéndose, como lo ha hecho George W. Bush como "el presidente que necesita el país para tiempos de guerra".
Si desalmadas con la humanidad y con sus propios ciudadanos fueron las mentiras que propiciaron la agresión contra la nación iraquí, no menos crueles pudieran ser las promesas electorales de los candidatos que se conviertan en nuevas mentiras por la insistencia de la élite del poder en no renunciar a la guerra como medio para constituir a Estados Unidos como la potencia dominante en la región y ejercer el control estratégico de sus hidrocarburos.


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