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En la Unión está la fuerza

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El 12 de febrero del 2009 se conmemoró el 200 aniversario del que fuera para muchos el mejor y más noble y porque no, el más honesto presidente de los Estados Unidos: Abraham Lincoln.

Pero no podemos perder de vista que no fue un santo de yeso. El mismo hombre que pronunció discursos parcos cargados de frases tan inolvidables como “Si la esclavitud no es un error, entonces nada es un error”, y la singular “Del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, una frase perteneciente a un discurso tan corto que el fotógrafo presente que esperaba inmortalizar el momento en imagen no tuvo tiempo de montar la cámara para lograr su fin, ese mismo hombre fue uno de una gran dicotomía.

Lincoln tenía una predisposición geopolítica de ver ambos lados del entorno por el que atravesaba la nación justo antes de que ascendiera a la presidencia. Tenía 17 años cuando muriera el hombre que más admiraba, Thomas Jefferson, quien había duplicado el tamaño de la Unión al permitir la extensión fatal de la esclavitud hacia los territorios nuevos. Y antes de que Lincoln tomara posesión de su cargo como Presidente, la Unión estaba siendo amputada y mellada a razón de casi un estado semanal.

Tanto que en un momento dado los trenes provenientes de Nueva Inglaterra y Nueva York no podían llegar a Washington D.C. debido al espíritu secesionista del estado de Maryland. Ya para cuando Lincoln muriera los Estados Unidos no solo había sido restaurado como nación, sino que iba camino de convertirse en un poder político e industrial a nivel global. Y algo que nos regresa a lo imponente de la parquedad -hay que recordar que antes de Gettysburg, se decía “los Estados Unidos son”. Después de Gettysburg se diría “los Estados Unidos es”.

Casi pudiera decirse que sin Lincoln no habría nación.

Muchos analistas e historiadores han señalado que el compromiso de Lincoln con la Unión y con la abolición de la esclavitud no eran en sí y para sí la misma cosa. Se conoce que él mismo dijera en su momento que para que pudieran serlo, preservaría la Unión sin liberar a un solo esclavo. De hecho pospuso la proclamación de la emancipación todo lo que pudo y cuando uno la lee, está llena de frases aburridas y manidas tan distintas del estilo al que uno regresa cuando piensa en el décimo sexto presidente de esa nación. Otro detalle digno de señalar es que liberaba a los esclavos de los estados donde no llegaba su ejército, mientras que dejaba la esclavitud intacta en aquellos a donde si llegaba sin reparo. Lentamente fue aceptando que había dado un paso del cual no podía retroceder y al parecer se volvió cada vez más orgulloso de haberlo dado.

Claro, cada caso de avance se bautizaba como “necesidad militar.” Indiscutiblemente que avanzó respecto a su héroe Jefferson quien se oponía en esencia a la esclavitud aunque estuvo comprometido con ella y a extenderla.

La Guerra Civil Norteamericana una vez fue denominada la última guerra antigua y primera guerra de nuevo tipo, porque comenzó con caballería, infantería y cornetas y concluyó con la fuerza despiadada de la artillería mecanizada y las investiduras de hierro. Lincoln tuvo la oportunidad a pesar de sus raíces rurales de abarcar la transición de los Estados Unidos de las casas de madera, en la cual nunca vivió realmente, hasta el colosal mercantilismo e industrialismo que pronto llevó al imperio británico a convencerse de que, apoyando al sistema feudal de las plantaciones de algodón en el Sur era el bando equivocado.

Es una coincidencia histórica que al otro lado del Atlántico ese mismo 12 de febrero del 1809 naciera Charles Darwin, otro gran hombre, otro gran emancipador. Christopher Hitchens, estudioso de Thomas Paine y Thomas Jefferson ha coincidido en el pasado con la veracidad de los recuentos donde se documenta que Lincoln había sido en sus años de adolescente un ferviente admirador de Thomas Paine, de Voltaire y que se había leído las teorías de Darwin mucho antes de que se hicieran notorias.

Quizás es esto último más que otra cosa lo que nos puede llevar a la convicción de que las ideas emancipadoras de este hombre del medio oeste norteamericano, fuera lo que lo llevó a creer más que nada en las leyes universales de la evolución. Algo que explicaría con más claridad precisamente cómo fue que sus pasos hacia la abolición no fue uno de revolución sino de evolución. Lincoln supo reconocer un mal cuando lo tenía en frente, y aunque siempre fue reticente a condenar el sistema de la esclavitud abiertamente, sí estaba seguro de que “no podía perdurar.”

El historiador Richard Hofstadter dijo en una ocasión que Lincoln había practicado el arte del “oportunismo deliberado y responsable”, algo que bien describe el cálculo fino de sincronizar la emancipación con la causa de la Unión, dos hechos que se han ido fundiendo hasta nuestros días hasta convertirse en algo inseparable.

El oportunismo de Lincoln al final tuvo un final ventajoso para la Nación. Hoy esta se vanagloria de los logros de ese oportunismo. Habrá que ver si el actual presidente Barack H. Obama logra conciliar el complemento de valentía y pragmatismo tan necesario en estos tiempos. Habrá que ver si el joven presidente logra unificar una nación tan dividida por tantas razones y durante tanto tiempo. Si, al igual que Lincoln, logra una vez más poner en singular la idea de la gran nación, porque como bien dijo en sus tiempos de senador “no hay una América liberal y una conservadora; ni una América negra y una blanca, ni una asiática y una latina, lo que hay es los Estados Unidos”.

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Margarita Alarcón Perea

Margarita Alarcón Perea

Filóloga y especialista en temas de política internacional, particularmente de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. Es colaboradora habitual de Cubadebate. En Twitter: @Maggichu

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