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W. Bush: un “Pato Cojo” o un “Animal Acorralado”

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Cuando escribo este artículo, tres senadores norteamericanos, uno republicano y dos demócratas, han propuesto tres resoluciones no vinculantes para impedir que continúe el envío de tropas a Irak, según el deseo de W. Bush, expresado el pasado 15 de enero, de incrementar sus fuerzas en 21 500 soldados, a los efectos de controlar Bagdad e "impedir que Irán y Siria" puedan continuar enviando ayuda a los insurgentes ("terroristas") que enfrentan a las tropas estadounidenses y a sus aliados títeres.

  Al mismo tiempo, el nuevo secretario de Defensa, Robert Gates, realiza un recorrido por el Medio Oriente, con el objetivo de poner a punto los preparativos para una evidente escalada de la guerra en Irak y, muy probablemente -todavía hay quien lo duda--, dar los toques finales a una agresión masiva a las instalaciones nucleares, militares y gubernamentales de Irán y, casi seguro, a Siria. Tanto W Bush, Richard Cheney, Condoleezza Rice, como el propio Gates, niegan que se trate de preparativos para una agresión, pero los pasos que van dando obligan a creer exactamente lo contrario.

  Esa acción se realizaría en coordinación con la aviación israelí. Es bueno recordar que hace pocos días se anunció que dos escuadrones de cazas F-16 estaban listos para bombardear a Irán en el momento en que recibieran la orden. También, hace unas semanas, el primer ministro israelí, Ehud Olmert, reconoció indirectamente que Israel poseía armas nucleares. Muchos analistas no descartan que durante la última visita de Olmert a Washington se haya tomado el acuerdo de realizar un "golpe quirúrgico" contra Irán.

  Paralelamente, se acaba de anunciar que el portaviones John S. Stenis, con 8 escuadrones de aeronaves de guerra a bordo, ha partido hacia el Golfo Arábigo-Pérsico, acompañado de varios buques de escolta, todos portadores de misiles, algunos con ojivas atómicas. Allí se encuentra ya otro portaviones con sus buques acompañantes. Algunos observadores plantean como posible fecha de la agresión finales de febrero o comienzos de marzo, cuando el John S. Stenis llegue al Golfo.

  Casi simultáneamente, la Oficina de Enlace de Irán en Irbil, ciudad del norte de Irak, controlada por los kurdos, fue tomada por tropas norteamericanas y 5 de los representantes diplomáticos iraníes quedaron retenidos, mientras que uno fue liberado. Eso se parece mucho a una provocación. También se tienen noticias de que comandos especiales norteamericanos, israelíes y británicos han penetrado en Irán para precisar los objetivos militares, realizar sabotajes y contactar a los elementos contrarios al gobierno de Teherán.

  Mientras, el apoyo a la escalada de la guerra en Irak sigue descendiendo de forma sistemática. La última encuesta de Ipsos, señala que sólo el 27% de los norteamericanos apoya la política de W. Bush, y más de un 70% la rechaza. Lo más interesante de la encuesta es que el apoyo ha disminuido sustancialmente entre los fundamentalistas cristianos y llamados los cristianos renovados, la base de sustentación fundamental del gobierno de W. Bush.

  El Congreso, dominado ahora por el Partido Demócrata no puede dejar de tener en cuenta este hecho, aunque, hasta el presente, su proceder ha sido débil, como si temieran enfrentar a un presidente cuya tozudez raya en la locura -entre otras cosas dice cumplir con la voluntad de Dios-- y que todavía cuenta con el apoyo de poderosos sectores de la elite de poder, en especial el llamado lobby judío.

  Algunos observadores señalan -y creo que tienen toda la razón-- que al interior de la clase dominante se desarrolla en estos momentos una fuerte lucha entre los que estiman que supeditar la política de Estados Unidos a los intereses del régimen sionista de Israel no sirve al imperio a corto o mediano plazo, y los neoconservadores, en muchos casos parte del lobby judío, que plantean que esa es la mejor defensa de los intereses imperiales.

  En la llamada prensa del mainstream (corriente principal) como el New York Times, el Washington Post o el Wall Street Journal, las críticas a la política de W. Bush en Irak y su evidente fracaso son cada vez más frecuentes. También se vuelve a retomar el tema de las mentiras dichas para justificar la agresión. En contrapartida, aparecen artículos en los que se defiende la guerra en Irak y algunos, como Norman Pordohertz --el llamado abuelo de los neoconservadores--, piden acabar a sangre y fuego con las corrientes políticas dentro del islamismo y convertirlo solo en una "concha de devotos religiosos".

  Al mismo tiempo senadores y representantes que anteriormente habían apoyado la guerra, como es el caso de Hilary Clinton, han variado su actitud y ahora critican la forma en que ha sido conducida. La mayoría de los ahora críticos aspiran a ser candidatos a la presidencia en el 2008. Solo uno de ellos, el senador republicano John McCain, sigue siendo partidario de un incremento todavía mayor de las tropas en Irak y de "colocar a Irán y a Siria en su lugar".

  Por su parte, W. Bush sigue diciendo que él es el comandante en jefe del ejército, que Estados Unidos está en guerra contra el terrorismo, y que tiene el derecho de tomar las decisiones que estime conveniente para ganar el conflicto. Parece un diálogo entre sordos, pero hasta el presente el Partido Demócrata parece más inclinado a conciliar posiciones que a llegar a un enfrentamiento que podría conducir al impeachment del presidente. Una de las medidas que podría tomar es cortar el presupuesto para la guerra. Pero ello sería aprovechado por los republicanos para acusarlos de abandonar a los soldados norteamericanos en Irak.

  En varias ciudades norteamericanas, sobre todo en Nuevo México y New Jersey, los congresos locales han acordado solicitar que W. Bush y Richard Cheney sean sometidos a un juicio político. Para que esa petición pueda progresar tiene que ser apoyada por un senador o un representante, cosa que hasta ahora no ha ocurrido, pero puede suceder. Aquí es bueno recordar que la speaker de la Cámara de Representantes, Nancy Pelossi, declaró que un juicio político no estaba entre las posibles medidas de los demócratas. Eso, desde luego, no lo decide ella, sino la elite de poder norteamericana.

  Un elemento adicional a la hora de analizar la posición de los demócratas, y también de los republicanos, es que muchos congresistas -se dice que más de un 70%-- dependen de las contribuciones del lobby judío para sus campañas electorales y no desean perderlo. Tampoco ser acusados de antisemitas, calificativo que se aplica a todo aquel que critica la política de Israel con los palestinos o señala que la política exterior estadounidense ha quedado supeditada a los intereses sionistas.

  Esta es, a grandes rasgos, la situación que prevalece al interior de la elite de poder norteamericana, a la que habría que agregar la fragilidad del dólar y los retos que en silencio, pero cada vez con más fortaleza, le hacen otras naciones poderosas, que aspiran a ocupar un lugar preeminente en las decisiones políticas del planeta. O sea, acabar con el unipolarismo que ha prevalecido desde comienzos de la década del 90 del siglo pasado, luego de la desaparición de la Unión Soviética.

  Y todos esos elementos a favor y en contra del gobierno de W. Bush es lo que hace que, para unos observadores el presidente sea un lame duck, "un pato cojo", es decir, condenado a ser sacado del poder y hasta enjuiciado. Para otros, en cambio, esa situación es lo que convierte a W. Bush en un cornered animal, "un animal acorralado" y, por tanto, sumamente peligroso.

  Soy de los que piensa que W. Bush y la cuadrilla neoconservadora que lo sigue o lo dirige, son hoy más peligrosos que nunca, porque no van a aceptar el fracaso de su política aunque tengan que llegar hasta una guerra generalizada en todo el Medio Oriente, lo que afectaría intereses de otras potencias nucleares como China y Rusia que tienen grandes inversiones en Irán. Aunque tengan que utilizar armas nucleares tácticas, cosa que ya fue aprobada por el propio presidente W. Bush, y que podrían provocar grandes pérdidas humanas y secuelas por muchos años, tal y como ocurrió con las bombas de Hiroshima y Nagasaki.

  La tendencia que prevalece, según todo parece indicar, es "huir delante de los acontecimientos", en este caso el fracaso de la invasión a Irak, por medio de una escalada de la guerra en el Medio Oriente. Las consecuencias de semejante paso podrían ser terribles para la economía mundial y para los propios Estados Unidos. Sobra decir que nadie posee la bolita mágica para adivinar, en definitiva, que es lo que va a ocurrir, ni que decisión tomará elite gobernante estadounidense. Lo que sí es evidente es que todas las opciones son peligrosas para la humanidad. Como siempre, los invito a que mediten.

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Eduardo Dimas

Eduardo Dimas

Periodista cubano, especializado en temas de política internacional. Falleció en La Habana en 2008.