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Bajo la mirada de 80

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Dicen que es un lugar donde la tundra se encuentra con el mar, que se congela seis meses del año y cierra la bahía Nushagak. Mi abuela diría que está donde el diablo dio las tres voces, y para colmo con un frío que pela. En la pequeña villa de Dillingham, en Alaska, apenas viven 2 400 personas, sustancialmente pescadores, y dada las condiciones climáticas y el casi aislamiento -toma 90 minutos en un avión de hélice llegar desde Anchorage, la capital del estado- cualquiera diría que es uno de los lugares más tranquilos del planeta. Y dicen también que lo aislado e insignificante del lugar es el motivo por el que residen allí esos escasos centenares: quieren que los dejen solos y en paz. Aunque en los meses de la temporada de pesca, el pueblo se anima, y crece la tasa de "criminalidad" con riñas producto del alcohol y las drogas. En cifras exactas de los últimos tres años: tres homicidios, seis muertes sin clasificar y 271 asaltos.
Pero el desasosiego invade ahora sus escasas calles y casas desde que llegó allí la guerra contra el terrorismo y 80 cámaras de seguridad prepararon a la aldea para el combate.

Según un corresponsal de Los Angeles Times, una cabeza de robot asomó sus dos ojos en la Main Street (Calle Mayor o Principal), o mejor dicho los dos lentes que destacan en la brillante caja blanco-metálico que unos trabajadores instalaron allí en enero pasado. Luego aparecieron en lo alto del edificio de la Alcaldía siete cámaras más que rotan 360 grados para vigilar todo el perímetro.

Como racimos crecieron en grupos de seis sobre dos postes del alumbrado en el muelle de carga, y otras más en el cuartel de bomberos y en el puerto de las barcas.

Dicen también que a mediados de febrero ya había 60 cámaras observando el poblado y el Departamento de Policía de Dillingham está a punto de instalar 20 más, que para eso ha empleado 202 000 dólares de una subvención otorgada por el Departamento de Seguridad Interna (Homeland Security Department).

Que no digan luego que no pudieron prevenir un ataque terrorista, aunque en realidad, nadie conoce que Al-Qaeda haya amenazado ni tan siquiera a uno de los dillinghameses. Pero si mi abuela viviera allí, y hubiera perdido la razón, comentaría: Por si las moscas… y haría tertulia junto a 29 ancianas amigas para mirar ellas también a los ojos de la cámara que les toco en suerte.

Porque así lo describió el antiguo alcalde Freeman Roberts: "una cámara por cada 30 residentes". Los de Dillingham son ahora la gente más vigilada de esta Tierra. A unos ni les interesa, y hasta se gastan la broma: "Mejor sonríe. Estás en cámara". Pero otros andan furiosos y a punto de unirse para que las autoridades citadinas echen abajo a las indiscretas espías. "¿Es amenazante, no?", dijo Roberts, quien es capitán de barcaza, y anda por el pueblo en su vagoneta espiando a las cámaras que lo espían a él…

Lo considera una invasión a la privacidad, algo espeluznante y ya tiene recogidas 219 firmas en apenas unos pocos días para que derriben los cíclopes de dos ojos. Pero el Consejo de la Ciudad, que aprobó su instalación, tiró la petición aduciendo que Roberts no había seguido los procedimientos legales: las firmas debían ser de votantes registrados. ¿Roberts? Insiste, pues no cree que a Bin Laden le interese atentar contra los nativos alaskenses que pescan salmón o derribar algunas de la descoloridas cabañas de cedro.

Sin embargo, el jefe policiaco Thompson arguye como si fuera el mismísimo agente OO7: "Rusia está a unas 800 millas por este rumbo… Estamos más cerca de Rusia que de Seattle". E imagina que los tipos malos consiguen un arma nuclear allí, donde están pobremente guardadas, la ponen en un contenedor, emplean a criminales organizados, "quizá mafiosos", arreglan que lo recoja un barco a vapor que deja la carga en el puerto de Dillingham, con papeles fraudulentos para que sea desembarcado en Seattle… Una dramática pausa teatral de Thompson precede al onomatopéyico "Booooom", y siguió narrando al corresponsal de Los Angeles Times: "¿Exagerado? Mi criterio es que nosotros le pagamos a gente como yo para que piense en ‘y si…'."

Por eso el Departamento de Seguridad Interior que el año pasado falló en prevenir el desastre del Katrina, dio sin embargo a Alaska 16 millones de dólares para la guerra contra el terrorismo.

Y así sigue el juego a las mentiritas, cuando el El Paso, Texas, el encuentro podría ser al duro, pues allí tienen a un terrorista de carne y hueso, en una celda no precisamente de castigo, y litigando qué hacer con él porque entró "ilegalmente" a Estados Unidos. Con Luis Posada Carriles se podrían ahorrar hasta el dinero de los ojos vigilantes, envíenlo a Venezuela para que lo juzguen por el asesinato de 73 personas cuando en 1976 organizó la voladura en pleno vuelo de un avión comercial cubano, y para que responda por su actividad como represor y torturador cuando formaba parte de la tenebrosa policía política conocida como DISIP. Sin embargo, hay amparo para Posada.

Casos y cosas de un extremo a otro en el imperio del W. Bush.

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Juana Carrasco Martín

Juana Carrasco Martín

Periodista cubana y jefa de la página internacional del diario Juventud Rebelde.