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La sonrisa helada del imperio

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Tomado de CubaSí

En medio de un debate acerca del más que demostrado financiamiento del gobierno de los Estados Unidos a los grupos contrarrevolucionarios que aparentan accionar políticamente en Cuba, y cuya visibilidad es directamente proporcional a la cantidad de cámaras de los periodistas extranjeros acreditados en La Habana, creo recordar que un escritor español proclamó, con notable prepotencia, algo que intentaba ser un comentario sarcástico y quedó, para quienes conocen su pasado, como una imperdonable indiscreción:

"Yo también soy agente de la CIA".

 No creo que la CIA tenga tantos agentes por el mundo, como podrían indicar las actitudes de quienes favorecen, abierta o encubiertamente, las políticas del gobierno cuyos intereses defiende y promueve, pero sin duda alguna mantiene abultadas nóminas de "colaboradores", "simpatizantes" e "informantes" desde la época de la Guerra Fría, a los que "despierta" cuando hace falta. Muchas veces el tupido entramado de sus redes involucra a personas que no imaginan adónde van a parar sus "informaciones", ni siquiera que están aportando algo que pueda ser conceptuado como "información". En este campo tan resbaladizo, tanto como en el de los planes divinos, puede afirmarse que "los caminos de la CIA, como los del Señor, son infinitos e inescrutables".

Una reciente declaración de un antiguo colaborador de la CIA en Cuba, colaboración expresada en su participación activa y jubilosa en actos terrorista contra el pueblo cubano, acaba de admitir públicamente que detrás de estos actos  violentos y sangrientos siempre estuvo el gobierno de los Estados Unidos. Tal "descubrimiento", para los cubanos, no es nada nuevo, pero viene al caso por que el artículo donde lo reconoció, publicado el pasado 18 de abril en "The Miami Herald", va dirigido a defender y apoyar a Luis Posada Carriles, el monstruo, a quien identifica, con conmovedora ternura, con un huérfano.

"En el año 1978,-escribe Nicolás Pérez Diez Argüelles, que así se llama el autor del artículo "El desamparo de los huérfanos"- cuando funcionarios norteamericanos nos entrevistaron a más de 3000 expresos políticos en la Sección de Intereses de los Estados Unidos en La Habana como condición previa para entrar  en este país, una de las preguntas de rigor era: "¿En alguna ocasión ha participado Usted en un acto  terrorista?". Al escuchar aquella payasada quedé convertido en estatua de sal, y después de una emotiva reflexión mental sobre lo amarga que eran las derrotas, le respondía al amanuense que no era un terrorista, pero que conocía perfectamente de fósforo vivo, C4, blasting caps y mechas, y de manejo de armas, gracias al gobierno de los estados Unidos. El funcionario, supongo que entrenado para una eventualidad como la que se acababa de producir, me respondió con una sonrisa helada, y prosiguió con su próxima pregunta".

Por supuesto que Nicolás Pérez no confrontó ningún obstáculo migratorio para ser acogido bajo el ala maternal del gobierno que lo había entrenado para matar, demoler, y aterrorizar, con tal de traer de vuelta la democracia a Cuba. Por supuesto que jamás ha confrontado ningún apremio legal en los Estados Unidos por su sangriento pasado, distinto a pagar alguna que otra multa de tránsito. Por supuesto que el  funcionario orgulloso, sonriente y maternal del Imperio, no tuvo ningún escrúpulo de conciencia para recomendar que fuese admitido. Por supuesto que Nicolás Pérez, como lo demuestra su artículo en el "Herald", es un  respetable miembro de la comunidad cubana en Miami, capaz de hacer uso del sacrosanto derecho de libre expresión que le concede la Constitución americana. Por supuesto que su escrito va dirigido a defender a un pobre hermano de armas en desgracia, a otro monstruo de la camada imperial.

La credibilidad de los Estados Unidos en su pretendida lucha contra el terrorismo se sostiene poco en numerosos países del mundo, incluyendo los propios Estados Unidos, pero en Cuba se sustenta nada. Anécdotas como la anterior, las que podemos citar por millares, la han destruido para siempre, al menos, mientras no sometan a abierto escrutinio y crítica esta conducta terrorista y demuestren que la han abandonado para siempre, con hechos, no con las melosas mantras conque intentan demostrarnos de que hacen las cosas de manera diferente a como las hacen.

A este Imperio felón, precisamente, es al que Nicolás Pérez reclama principios, consideración y lealtad hacia sus viejas herramientas terroristas:

"A esto podríamos llamarlo el desamparo de los huérfanos. Se trata de cuando el ciudadano de un pequeño país en lucha por la libertad de su pueblo se encuentra en territorio de nadie a merced de los intereses bastardos, caprichos, y sobre todo la hipocresía de las grandes potencias".

Es difícil discernir, en lo que escribe Nicolás Pérez, a qué otras grandes potencias hipócritas se refiere, cuando sus reclamos van dirigidos directamente al gobierno de los Estados Unidos, pero es conmovedor ser testigo de sus reclamos filiales. "Desamparo de los huérfanos", dice, y uno imagina a un par de niños inocentes, en sus pañales, mirando sin comprender la indiferencia y frialdad de una madre que ha sido antes cariñosa. Tan indefensos, tan tiernos, tan inocentes…

Es difícil conciliar la imagen que de si y de su compinche Posada Carriles tiene Nicolás Pérez con las "hazañas" de estos freedom fighters, tan conocidas por los cubanos: aviones civiles destruidos en pleno vuelo con sus pasajeros a bordo, turistas destrozados por una explosión encargada a mercenarios centroamericanos, alfabetizadores torturados y ahorcados, administradores de Granjas del Pueblo asesinados después de coserles la boca con alambre en el Escambray, escuelas quemadas, hijas de pescadores ametralladas en sus camas, diplomáticos secuestrados y desaparecidos…

No la pasa por la cabeza a Nicolás Pérez que sea el gobierno del país para el cual Posada asesinó a tantos el que decida, por si y ante si, a quién llamar terrorista y a quién llamar luchador por la libertad. Y en eso lo comprendemos y hasta le damos la razón. Pero pide demasiado, ni más ni menos que los padres del monstruo lo besen en público, cuando  tanto asco deben vencer para besarlo en privado. A fin de cuentas, y aunque muchos no lo crean, hasta el Imperio tiene estómago.

Todas estas jeremiadas de una contrarrevolución derrotada militar y moralmente en Cuba, causarían risa, de no cargar tantos muertos a cuesta, de no estar vivas  muchas de sus victimas y descendientes.

 Causa risa que quienes amparan y protegen a Posada, pues les pertenece, nos vengan con la estafa de los "cambios pacíficos" y "las transiciones  de algodón" en Cuba, mientras las pezuñas se les adivinan bajo los guantes impolutos, casi de Primera Comunión, con que se presentan.

Cuando creyeron que el C-4 era el argumento con el que podían convencer al pueblo revolucionario, lo usaron a manos llenas. Ahora se disfrazan de corderos y de "luchadores cívicos", porque no les queda más remedio, pero deben tener listos, con escalofriantes detalles, los planes que recojan a quiénes eliminar para que el nuevo orden pueda fructificar en la tierra que los yanquis les entreguen, no importa si arrasada.

 Así actuaron en Santo Domingo, en 1965, cuando invadieron el país, pero no pudieron vencer por las armas a los constitucionalistas, a pesar de que, en un momento determinado tuvieron más hombres y medios en Quisqueya, que en Viet-Nam, incluyendo la 82 División Aerotransportada, la misma que tiene entre sus misiones "ocupar" Cuba cuando su gobierno lo ordene, como si los cubanos estuviésemos pintados en la pared. Cuando creyeron que el pueblo dominicano se había desarmado, concluidas las consabidas negociaciones para la "transición pacífica" y la "reconciliación nacional", comenzaron los asesinatos selectivos de los cuadros y combatientes constitucionalistas. En un breve lapso, más de 350 de ellos fueron asesinados.

Para transiciones y reconciliación queda el ejemplo del M-19 en Colombia. Miles de sus cuadros y combatientes desmovilizados fueron cazados como animales y asesinados, una vez que cayeron en la trampa de los "reconciliadores" y los "pacifistas" de la oligarquía, liquidados por los Escuadrones de la Muerte entrenados por los norteamericanos y los israelíes, de los cuales fue artífice John Negroponte en  Centroamérica e Irak. En este último país, según noticias, más de mil científicos, cuadros y líderes del anterior gobierno han corrido igual suerte que los miembros del M-19 colombiano.

Los caminos del Imperio y la CIA, como los del Señor, en efecto, son inescrutables.

 Llegado el momento, la madre amorosa devolverá sus mimos y el calor de sus brazos maternales a sus criaturas, y secará las lágrimas de sus ojos. Cuando termine el trabajo de los "pacifistas", los "cívicos", y los "reconciliadores", llegará la hora de los monstruos.

 Entonces, con la misma sonrisa helada  conque reciben las confesiones de sus engendros, los funcionarios imperiales entregarán las armas, las máquinas de tortura y las listas, dejándolos en libertad de acción.

Para entonces, nada mejor que tener a mano a alguien de tanta experiencia y lealtad como Luis Posada, The Ripper.

Claro que las noticias que llegan de Irak, y del accionar de la resistencia contra el invasor y los colaboracionistas son capaces de descongelar hasta esas sonrisas, sustituyéndolas por un rictus de amargura e incertidumbre en los rostros imperiales.

 Mucho más cuando recuerdan que los cubanos pelearon 30 años, sin tregua, contra España, y que si bien respetaban la vida de los soldados españoles capturados, eran implacables con los sanguinarios contraguerrilleros cubanos al servicio del colonialismo.

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Eliades Acosta Matos

Eliades Acosta Matos

Filósofo y escritor cubano. Es el autor del libro "El Apocalipsis según San George".