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EE.UU: lavado de cara en aguas de maremotos

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El presidente estadounidense, George W. Bush, despertó del feriado navideño en su rancho de Texas, adonde al parecer llegaron tarde las terribles noticias e imágenes de la catástrofe humanitaria en el sudeste asiático.

La fría recepción de la Casa Blanca a las secuelas del terremoto y las réplicas de los maremotos que afectaron a 11 países asiáticos y del este africano se contrapone ahora a la agitación en Washington.

No es para menos, más de 150 mil muertos y unos cinco millones de damnificados explican la gravedad del asunto y justifican la intervención internacional en apoyo a esas naciones.

Pero tras el cambio de actitud de la administración Bush hay más de un propósito, incluso geopolíticos, escondidos tras las poses solidarias y humanitarias que ahora asume Estados Unidos.

Y es que la ocasión se pinta más que propicia para una operación de lavado de cara, o limpieza de imagen, en una región donde buena parte de la opinión pública rechaza la política exterior del gobernante, en particular la guerra contra Iraq.

En varios de esos países ocurrieron masivas manifestaciones contra la agresión a Bagdad y de repudio a los bombardeos y los llamados daños colaterales del Pentágono.

Sólo se precisa ver la lista de países afectados para entender el gran despliegue de medios de guerra que Washington ha puesto a disposición de las operaciones de rescate, evaluación y ayuda.

Indonesia, Sri Lanka, India, Tailandia, Malasia, Myammar, Bangla Desh e Islas Maldivas, en Asia. Somalia, Tanzania y Kenya completan el trágico listado.

Hacia varias de esas naciones se movieron barcos de la armada estadounidense en la zona del Golfo Pérsico, así como contingentes de soldados del Pentágono.

El propio Bush anunció el desplazamiento del portahelicópteros Abraham Lincoln, como parte de una iniciativa de Washington que intenta, otra vez, desplazar a la Organización de Naciones Unidas (ONU) en su papel de coordinador internacional.

Basta recordar que Indonesia es uno de los países con mayor población musulmana del planeta, y donde existen movimientos guerrilleros separatistas que Washington tiene en su listado de terroristas.

Algo similar ocurre con otros grupos armados en Sri Lanka, Tailandia y Malasia.

En Somalia, donde perecieron más de 70 personas por el fenómeno natural, Estados Unidos tiene una cuenta pendiente desde la pasada década, cuando debió retirar sus tropas de ocupación en franca desbandada.

Más al sur, en Kenya y Tanzania las embajadas de Estados Unidos fueron objeto de atentados dinamiteros. Esos países se incluyen en los "60 ó más oscuros" puntos del planeta a los que Bush amenaza con agredir con su doctrina de ataque preventivo.

Al final del camino, la ayuda que estos países necesitarán a corto y mediano plazos pudiera ser condicionada a una alianza con Estados Unidos en la alegada cruzada antiterrorista y de apoyo a la guerra en Iraq.

Para apuntalar las presiones sobre esos gobiernos se orquesta una campaña mediática en que los grupos insurgentes en esas naciones resultan acusados de impedir el acceso a la ayuda.

En una reciente y publicitada ceremonia, Bush se presentó como el paladín de la generosidad. Desde la mansión ejecutiva anunció el nombramiento de los ex presidentes George Bush, su padre, y William Clinton para coordinar la recaudación de la ayuda.

En su discurso el mandatario apenas hizo una mención a la ONU, que desplegó desde el primer momento una febril actividad para enfrentar una de las peores catástrofes naturales de su historia.

Luego de titubear, finalmente la Casa Blanca ofreció 350 millones de dólares a las naciones afectadas. Pero el presidente norteamericano subrayó que su país tendrá un papel fundamental en las operaciones de socorro, en una franca competencia con el organismo mundial.

Entretanto, el secretario de Estado, Colin Powell, viajó al sudeste asiático acompañado del gobernador de Florida, Jeb Bush, hermano del presidente. El propio jefe de la diplomacia reconoció que el gobierno de Estados Unidos tardó en comprender la magnitud del desastre.

Powell asistirá el jueves próximo a una cumbre de los países azotados por el terremoto y los "tsunamis" que fue rápidamente citada y preparada por ONU y en la cual Washington intentará decir la última palabra.

A fin de cuentas, Estados Unidos busca lavar en las aguas de los maremotos su deteriorada imagen entre los pueblos musulmanes, cosechada con la agresión y ocupación de Iraq.

También, de paso, ejercer nuevas presiones sobre la ONU y su secretario general, Kofi Annan, cuyo vocero, Fred Eckhard, ha dicho que la organización internacional no debe ser suplantada.

Mientras, la catástrofe en el sudeste asiático abre las puertas a la presencia militar del Pentágono y acerca a las tropas estadounidenses a nuevos blancos de la cruzada antiterrorista de Bush

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Orlando Oramas León

Orlando Oramas León

Periodista cubano, subdirector del diario Granma.