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Chávez cruza el Rubicón

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  Lisandro Otero, Premio Nacional de Literatura  

Hugo Chávez acaba de cruzar el Rubicón. Igual a César, quien al atravesar  el río de las Galias desafió al poderoso Senado, su reto al presidente norteamericano sobre la permanencia en el cargo no quedará sin resonancia. ¿Quién durará más, Bush en la Casa Blanca o Chávez en Miraflores? Las naciones latinoamericanas no están acostumbradas a oír una voz estentórea y emancipada, con la excepción de  los bramidos de coloso de Fidel Castro que resuenan en América desde hace medio siglo. Los tímidos balidos de las ovejas del rebaño suelen responder  a las bravatas de Washington. Chávez ha osado responder con igual intensidad.

La maniobra de la burguesía ha fracasado. Sus trampas electoreras, sus boletas falseadas, las firmas de fallecidos y las planillas imaginarias, toda esa papelería quimérica, esa estratagema grosera para deponer al Presidente legítimo de los venezolanos ha demostrado ser inútil. Los palafreneros del imperio han erigido barricadas en algunos suburbios aristocráticos como un remanente final de su amotinamiento.  El pueblo se ha lanzado masivamente a la calle para respaldar la constitución.

Chávez ha ido muy lejos en el camino de los pantalones bien puestos. "Si Estados Unidos nos invaden se quedarán sin petróleo", declaró. Ante eso el imperio solamente tiene dos caminos: la intervención directa para castigar al hijo díscolo o el magnicidio. En lo adelante Chávez debe cuidarse muy bien las espaldas, si no lo ha hecho ya. La intrusión armada, tipo Irak, es más difícil. Hallaría un pueblo insurrecto, unas masas combativas en las ciudades, un combatiente en cada montaña, un guerrillero en los meandros de la selva, un jinete  faccioso cabalgando en los llanos. 

Eso ocurriría en un año de elecciones. Bush no puede correr el riesgo de enredarse en un segundo Irak. Necesita un golpe fuerte, breve, contundente, que impresione a los votantes norteamericanos y los convenza de que es un hombre fuerte, el presidente de la guerra, como el mismo gusta denominarse. Si, por el contrario, se le enreda su nueva ocupación foránea con una papa caliente entre las manos, hasta el yanqui más ingenuo quedará convencido de que se halla ante un idiota incapaz que está conduciendo a Estados Unidos a un desastre mundial, lo cual es lo más cercano a la verdad.

Hay que pensar lo que pudiera suceder en una situación de guerra en Venezuela, con los pozos petroleros volados, las refinerías en llamas, los tanqueros hundidos, los muelles de embarque arrasados, los oleoductos destrozados. Imaginemos las colas de automovilistas ante las gasolineras en Estados Unidos, esperando llenar sus tanques para dirigirse cómodamente a comer salchichas con mostaza o simplemente, ir a su trabajo. Bush perdería las elecciones.

Hay un tercer camino que es seguir estimulando la desestabilización. Provocando el caos, inhibiendo las inversiones extranjeras, financiando a la contrarrevolución interna. Pero ese camino ya ha demostrado su inhabilidad para derrocar a Chávez y es harto peligroso en un país petrolero. Ya las declaraciones del presidente venezolano provocaron un alza inusitada en los precios del hidrocarburo. Y eso tampoco le conviene a Estados Unidos que tendría que pagar el sobreprecio de la energía que consume. Cada nuevo paso hacia la inestabilidad venezolana repercute en el mercado y acelera los precios del petróleo, lo cual constituye un drenaje económico que no conviene a la maltrecha economía estadounidense.

Bush se ha buscado un dolor de cabeza insoluble. Sus dos matones de circunstancia: Otto Reich y Roger Noriega deben estar indagando una salida al rompecabezas. Haití tampoco viene a ayudar al cuadro de América Latina: Kirchner en Argentina negándose a pagar la deuda externa al costo de la miseria de su pueblo, Lula buscando paliar el hambre, atisbos de autonomía y pensamiento propio en otras naciones, formación de una opinión pública generalizada  adversa al imperialismo,  maduración de una intelectualidad combativa que busca vías alternativas de expresión. 

Chávez ha sonado el clarín de la segunda independencia. Los pueblos responderán.

gotli2002@yahoo.com

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Lisandro Otero

Lisandro Otero

Novelista, diplomático y periodista. Ha publicado novelas y ensayos, traducidos a catorce idiomas. Falleció en La Habana en 2008.