Imprimir
Inicio »Opinión  »

La Revolución de los Miserables

| +

  Lisandro Otero, Premio Nacional de Literatura  

Los  síntomas de la conmoción con que despedimos  el  siglo:  micronacionalismo,   unipolaridad,   hegemonismo,  neofascismo, xenofobia,  contradicciones  entre  los  gigantes   industriales, guerras comerciales, son indicadores de la incertidumbre que  nos envuelve  a  todos.  Una parte de la sociedad  contemporánea  es activa  económicamente,  se  mantiene  vigente en  lo  político, controla  poderes,  consume.  Otro  sector,  el  mayoritario,  es pasivo, no tiene autoridad ni ascendencia, no cuenta con acceso a los  rangos de dirección, sus posibilidades  de  desenvolvimiento son  más simbólicas que reales, apenas dispone de  recursos  para sobrevivir. 

Con las revoluciones del pasado siglo, la  aparición del    socialismo,  la  independencia  de  los   países coloniales,  surgieron posibilidades de apertura, se  dibujó  una esperanza que sufrió un reflujo finalizando la centuria.  La globalización  de  la  economía  está  reduciendo  a  los  países agrícolas  a  ser  mercados  dependientes  o  suministradores  de materia prima.   Las  recetas   del   neoliberalismo   deprimen periódicamente  el nivel de vida para equilibrar la oferta  y  la demanda.  Los  marginales,  acorralados,  se  vuelven  hacia  la desesperación. Los fundamentalismos crecen junto con  los fanatismos,  pero  también  con la opresión y las violaciones de la soberanía de los pueblos.  

Los atentados de los extremistas palestinos  pretenden  reivindicar  la  integridad  de  su  patria ocupada  por el expansionismo sionista. Los negros,  los  indios, todos  los desheredados y desvalidos del mundo, las vastas  masas empobrecidas  del  Oriente, los indígenas,  los  repudiados,  los despreciados, los míseros no ven un término a sus  tribulaciones. Algunos, entre ellos, recurren a la violencia, acuden a una feroz agresividad  como  medio de expresión de su  inconformidad. 

La creciente polarización de la miseria y la opulencia es uno de los móviles de esta desestabilización creciente. Hasta ahora   solamente  la  carne de  los  parias   parecía perecible.   Ahora   los opulentos se   han    percatado que   la   violencia puede alcanzarlos. Han advertido que   son  vulnerables.  El terrorismo   es   políticamente    injustificable, humanamente   repulsivo    y casi  siempre  obtiene   resultados opuestos a los que pretende porque atrae más rechazo que respaldo hacia la causa que lo emplea.

Robespierre instituyó el Comité  de Salud Pública para intimidar a los moderados. La guillotina abrió ríos  de  sangre,  pero no evitó que los  Girondinos  tomaran  el poder. El asesinato de Alejandro II, por los nihilistas rusos, no impidió el creciente endurecimiento de la autocracia zarista.  El magnicidio  contra  los Archiduques de Austria, en  Sarajevo,  no logró  la independencia de Bosnia sino que propició el  estallido de  la  Primera Guerra Mundial.  El IRA no ha alcanzado  con  sus atentados y bombas la independencia de Irlanda del Norte. La  ETA no  ha logrado incrementar el apoyo popular a la independencia vasca.  Las religiones mesiánicas, las utopistas, las  milenaristas   apocalípticas -similares a  la secta japonesa que empleó  el gas  sarín en el metro de Tokio-,  pierden base de  sustentación. El terrorismo  es un pobre propagador de ideología,  no  contribuye, como pretende, al despertar popular, no tiene valor  demostrativo alguno y no sirve para desmoralizar a su enemigo. 

Pero hay que ponerse en guardia contra  el uso indiscriminado de esa etiqueta. El neofascista gobierno de Bush ha aprovechado la excusa de una guerra contra el terrorismo para emprender una vasta campaña de dominio mundial, para agredir a los movimientos populares, para desacreditar a todos aquellos que luchan por la soberanía patria, como es el caso de la resistencia iraquí.

La  moderna  sociedad  del mercadismo está llevando a cabo un vasto proyecto de manipulación de  masas.  Una avanzada tecnología electrónica  ayuda  a ejercer una presión ineludible sobre el comportamiento colectivo. Los marginales   se   ven   cada   vez    más desesperados. Solamente tienen ante sí los recursos  de la  violencia.  La historia no ha terminado para  los subdesarrollados,  para  los condenados  de  la  tierra encerrados  en su marginalidad. Las ideologías  no  han cesado    de   existir   y   tampoco    ha triunfado el neoliberalismo. Los conflictos, la agresividad  de  los miserables   continuarán  mientras persistan   las  desigualdades  porque  la   democracia occidental no garantiza la justicia social. Ello ha  otorgado  a nuestra  época  un  carácter de  umbral  de  cambios revolucionarios  similares o de mayor trascendencia y amplitud a los que  tuvimos en el último siglo.

gotli2002@yahoo.com

 

Haga un comentario



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

Lisandro Otero

Lisandro Otero

Novelista, diplomático y periodista. Ha publicado novelas y ensayos, traducidos a catorce idiomas. Falleció en La Habana en 2008.