La reelección difícil de George W. Bush
La posibilidad de que la pesadilla mundial que ha significado el gobierno de George W. Bush no se extienda con las elecciones de noviembre del 2004, ha comenzado a tomar cuerpo en las últimas semanas, luego de que la aprobación de su gestión presidencial cayó a un mínimo de 52% frente a un 48% que la rechaza.
Tras los atentados del 11 de septiembre las opiniones positivas habían llegado hasta el 82% , y en los días engañosamente triunfales del inicio de la guerra contra Iraq, menos de cuatro meses atrás, la aprobacion de los encuestados superaba el 70 por ciento.
En parte ello se debe al reciente despertar de los políticos del Partido Demócrata, quienes habían estado amordazados desde septiembre de 2001, cuando el gobierno de Bush logró que toda crítica a su administración fuera percibida como antipatriótica y contraria a los intereses de la seguridad nacional.
Ahora, cuando las elecciones se sitúan en un horizonte visible, están acosando al Presidente por los datos falsos que utilizó para justificar la invasión a Iraq y comenzaron a dar a conocer puntos de vista muy críticos sobre la responsabilidad del gobierno republicano en temas tales como el desempleo, el estancamiento de la economía y el desenfrenado crecimiento del déficit fiscal.
En los meses que restan para que el Partido Demócrata elija su candidato, una decena de aspirantes bombardearán a Bush diariamente con una multitud de argumentos de extraordinaria sensibilidad popular, como la muy riesgosa y costosa permanencia de no menos de 150 mil soldados en Iraq, al mismo tiempo que sus familiares sufren las consecuencias de un interminable período de crisis económica.
Es previsible que la prensa, que también durante dos años estuvo prácticamente silenciada, y los movimientos sociales, que han sido reprimidos con cierta eficacia por el perverso ambiente de feroz nacionalismo, ante cada cadáver que regrese de Iraq recordarán que los norteamericanos fueron llevados a la guerra y a la muerte mediante el engaño y la manipulación de la opinión pública.
Por lo pronto, un periódico tan emblemático e influyente como The New York Times acaba de apuñalar las pretenciones releccionista de W. Bush al publicar la semana pasada una nota editorial en la que afirma "que la ocupación de Iraq por parte de Estados Unidos y Gran Bretaña debe finalizar, y aún se desconoce cuando la Casa Blanca admitirá que esa guerra fracasó y es imposible ganarla". ¿Cuánto tiempo, cuánto dinero y cuántas más pérdidas de vidas humanas son necesarias, para que el Gobierno del presidente Bush abandone esta campaña?, preguntó el rotativo.
A lo anterior se suma que el ex vicepresidente Al Gore aseveró hace unos días que la manipulación de los datos y la imposición de tesis basadas en falsas evidencias no se ha limitado a la política exterior, sino que lo mismo ha estado sucediendo en la política económica.
Los opositores, por ejemplo, pueden citar decenas de discursos en los cuales Bush, con franco tono propagandístico, aseguraba que los voluminosos recortes de impuestos provocarían muchas nuevas inversiones, muchos nuevos puestos de trabajo y crecimiento de la economía, pero viene ocurriendo todo lo contrario y los presagios son desastrosos.
A tono con el editorial del New York Times, los adversarios electorales de Bush criticarán sin descanso la ilusión creada en torno a que los aliados de Estados Unidos contribuirían significativamente con dinero y soldados para culminar la invasión contra Iraq. La realidad es que, frente a la escalada de resistencia iraquí, los muertos son casi exclusivamente norteamericanos, mientras los contribuyentes estadounidenses pagan por la guerra no menos de mil millones de dólares semanales.
De manera que Bush se presentará a las elecciones de noviembre de 2004 en condiciones mucho peores que las de su padre en 1992, cuando este perdió los comicios por los problemas económicos del país, a pesar de haber obtenido en 1991 una victoria fácil sobre Iraq, que además fue realmente respaldada en hombres y recursos por cerca de 30 países.
Ahora le quedaría al hijo una sola carta: la de presentar a los opositores del partido demócrata como incapaces de ejercer un liderazgo fuerte frente a las amenazas contra la seguridad nacional.
Sin embargo, puede que no sea muy difícil demostrar que la crecida inseguridad que padece el pueblo estadounidense se debe más a las acciones del gobierno que a las conspiraciones terroristas.
Será el momento en que se queme la última carta de W. Bush, porque, en verdad, los halcones del gobierno, además de tratar de aprovechar la coyuntura para acentuar el dominio imperial sobre el mundo, han hecho bien poco para ganar su guerra contra el terrorismo y en particular contra los que ellos definieron como enemigos principales: Osama Bin Laden y el grupo Al Qaeda.
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"Lo más importante para nosotros es encontrar a Osama Bin Laden. ¡Es prioridad número uno y no descansaremos hasta que lo encontremos!", dijo George W.Bush el 13 de septiembre del 2001.
"Yo no sé en dónde está... Para serles perfectamente honesto, verdaderamente no le dedico mucho tiempo a él... La realidad es que él no me preocupa mucho", dijo el presidente, el 13 de marzo del 2002.


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