Herman Hollerith, el genio que revolucionó las estadísticas

Herman Hollerith.
Los censos son una de las manifestaciones sociales y culturales más antiguas de la humanidad. La necesidad de su aplicación, desde fechas remotas, es sinónimo del nivel de complejidad social que fueron adquiriendo nuestras primeras comunidades.
Sus objetivos han variado con el transcurso del tiempo. Inicialmente, se emplearon para contar las poblaciones después de un enfrentamiento con otras o la ocurrencia de un desastre natural; hasta el desarrollo de las primeras civilizaciones, donde se emplearon con fines militares y fiscales. No solo los seres humanos eran objeto del censo, también sus pertenencias.
Para la contabilización emplearon diversas formas, como piedras, pieles, maderas y las paredes de las cuevas. Su aplicación está indisolublemente ligada al desarrollo de las estadísticas.
Censos en la antigüedad
En la Biblia se hace referencia a la realización de varios censos entre la población de Israel y el Imperio Romano. En el libro Números, del Antiguo Testamento, se describe por primera vez el realizado entre los varones mayores de 20 años, para determinar los más aptos para el combate, clasificándolos por clan y familia.
En el Nuevo Testamento, la vida de Jesucristo está rodeada por dos eventos censales. Al momento de su nacimiento, fue ordenado por el emperador Augusto la realización del décimo en el Imperio, con la característica de que cada familia debía contabilizarse en su lugar de origen y no en el de residencia, lo que implicó que María y José se trasladaran de Nazareth a Belén, lugar donde finalmente nacería el niño. El segundo se produjo cuando Herodes ordenó el recuento y asesinato de todos los infantes que debían tener la edad de Cristo, para acabar con la vida del Mesías.
Las grandes civilizaciones de la antigüedad desarrollaron actividades censales. Se conoce que desde el año 3800 a.C aproximadamente, en Babilonia se realizaban periódicamente. La primera dinastía de Egipto realizó uno en el 3050 a.C y en China el emperador Yao ordenó una contabilización general del imperio en el 2238 a.C, por solo citar algunos ejemplos.
Las grandes civilizaciones de América fueron comunidades altamente pobladas, socialmente complejas y bien estructuradas, por lo que el control de su población y bienes fue imprescindible. El gobernante Inca Sinchi Roca ordenó el primer Censo General del Imperio en el siglo XIII. Para ello empleaban el quipu, instrumento popular para llevar las cuentas. Estaba compuesto por una cuerda gruesa de la que pendían otras verticales.

La actividad censal no se detuvo en el mundo durante los siguientes siglos, adquiriendo nuevas herramientas y muestras a contabilizar. En la Europa feudal no se tiene registro de censos de la población, salvo algunas cuentas realizadas por parroquias, todas en espacios limitados, con información muy básica y de dudosa fiabilidad. Para 1719, en Prusia se realizó el primer censo sistemático en Europa, que se fue perfeccionando en el transcurso del siglo.
En América, luego de la conquista europea, aparecen evidencias en las obras de los propios cronistas del recuento de la población aborigen, de las reses y las propiedades. El primer censo colonial fue el que mandó a realizar en el Virreinato del Perú, Pedro de la Gasca, en 1548, y arrojó la impresionante cifra de poco más de 8,2 millones de habitantes. En Norteamérica, el primero se efectuó en la colonia de Nueva Francia, actual territorio de Canadá, en 1666, aunque no incluyó ni a la población originaria, ni a los soldados.
Cuba cuenta con una amplia tradición de censar, y fue uno de los primeros países de América Latina en realizarlo de forma masiva, incluso primero que su metrópolis. Fue durante el gobierno del Capitán General Felipe Fondesviela y Ondeano, marqués de la Torre, que se realizó en 1774, reportando una exigua población de 171 620 habitantes, el 56,4% blancos y el resto “libres de color” y esclavos; constituía junto con Puerto Rico las únicas colonias de América Latina con mayoría blanca. Algunas fuentes plantean que hubo uno anterior, en 1768, pero la mayoría de los especialistas lo dudan, ya que no existen evidencias de su realización, ni de sus resultados.
Herman Hollerith, el genio que revolucionó las estadísticas
La mayoría de los historiadores concuerdan en que a mediados del siglo XVIII surgieron los censos modernos, con métodos, criterios y objetivos unificados en un mismo territorio. Además de contabilizar a la población, medían varios aspectos demográficos, económicos y sociales.
Siguiendo estos parámetros, se considera al efectuado en Estados Unidos en 1790 el primero censo general moderno del mundo, posteriormente imitado por Inglaterra y Francia en 1801 y sucesivamente por el resto de los países del mundo.
Pero realizar uno constituía un serio problema; llegar a computar los datos totales de una población medianamente grande requería varios años, por lo que cuando se conocía la información en ocasiones era inservible para los decisores políticos.
Si hoy se conocen los datos de un censo nacional en cuestión de meses –sin importar su tamaño demográfico– se debe sin dudas a la labor de Herman Hollerith.
Nació en Nueva York en 1860, en una familia de clase media de emigrantes alemanes. Se destacó por ser un alumno brillante e ingresó en la Universidad de Columbia a los 15 años. Se graduó con honores en 1879, como ingeniero en Minas.
Después de trabajar por un tiempo en las minas de Buffalo, su pueblo natal, en 1880 sería invitado por uno de sus profesores de la universidad a trabajar en la Oficina Nacional del Censo de Estados Unidos. Para esa fecha el país estaba enfrascado en un censo nacional, -el cual realizaba cada 10 años-, pero era el más complejo e integral de los realizados hasta la fecha, con un total de 215 cuestionarios, que incluía información sobre las bibliotecas, hogares de ancianos, delitos, entre muchos más.
Si recopilar tamaña cantidad de datos resultaba inmensamente difícil, más lo era computar y analizar toda la información. Finalmente, demoró ocho años en obtener los resultados. Hollerith había comprendido el problema y se empeñó en su solución.
Un hecho lo ayudó a dar el salto definitivo. En 1882 comenzó a dar clases en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, pero inmediatamente se dio cuenta de que el magisterio no era su vocación y en 1884 empezó a laborar en la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos, donde adquirió los conocimientos necesarios y el estímulo para crear y posteriormente patentar su invención.
Sin olvidar los problemas del censo se había empeñado en inventar un nuevo tipo de freno para los trenes y fue precisamente durante un viaje que se le ocurrió la solución.
Los billetes de tren a menudo eran robados, lo que obligó a las compañías ferroviarias a encontrar una manera ingeniosa de vincularlos con la persona que los había comprado. Reflejando en los billetes diversas características físicas los conductores hacían marcajes con un punzón en dependencia del pasajero, ello sin dudas puso en un aprieto a los ladrones, pero Hollerith se había percatado de que era una forma de recopilar información.
Basado en esta experiencia, en la lógica de la Aritmética de Boole y en el telar de Joseph Marie Jacquard, es que Hollerith comprende que debe crear una máquina tabuladora, programarle las operaciones y pasarle las tarjetas para ser perforadas respondiendo las preguntas. Había observando que la mayoría de las respuestas de los censos eran binarias: de sí o no.
De esta manera surgió la máquina tabuladora que empleaba un sistema de tarjetas perforadas eléctricas. Las cartulinas, una vez hechos los agujeros, eran leídas por la máquina. Así era posible realizar el recuento de una forma más rápida y barata. Después de probarla en varias fábricas y ciudades la patentó el 8 de enero de 1889.
Para el recuento de 1890, el gobierno le alquiló a Hollerith las máquinas y las desplazó en todo el país y en apenas seis semanas censaron a los más de 62,6 millones de habitantes que tenían los Estados Unidos y en menos de tres años estuvo procesada y analizada toda la información recopilada en la nación.

Herman Hollerith junto a su invención.
Hollerith continuó perfeccionando su máquina y en 1896 fundó la Tabulating Machine Company, la que en 1911 se fusionaría con otras tres empresas creando la Computing Tabulating Recording Company, que en 1924 cambiaría su nombre a International Business Machines Corporation, la hoy mundialmente conocida por sus siglas IBM.
Con su invención, la humanidad dio un salto sustancial no solo en las estadísticas; con sus resultados agilizó la toma de decisiones de los gobernantes y constituyó uno de los primeros pasos de la informática, de la cual se considera a Hollerith uno de sus padres fundadores.
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Genial de veras. Gracias por el artículo.
Que los malvados, los desagradecidos y los torpes sigan con sus rencores. Sin embargo, hay que reconocer que desde muy temprano los gringos supieron resolver sus problemas y los de los demás. ¡Cuánto les debe la humanidad a los gringos! Y los cubanos más todavía estamos en deuda con ellos. Son acreedores importantes de nuestra independencia y de que hayamos transitado en pocos años de colonia subdesarrollada a nación moderna ¡Qué suerte para los cubanos, hasta el día de hoy y el de mañana, que siempre hemos vivido a 90 millas de los gringos!