Siéntete escritor y participa en la VI edición del Concurso de Microrrelatos

La fuerza de la palabra y el poder de decir mucho en poco vuelven a ser convocatoria en estas páginas digitales.
Cubadebate, Ocean Sur, el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales, Egrem, invitan a participar en la sexta edición del Concurso de Microrrelatos, que se organiza desde 2017 en el marco de la Feria Internacional del Libro de La Habana.
Haz, de este reto, la oportunidad de compartirnos tus mejores letras. ¡Participa! Los ganadores obtendrán una colección de novedades literarias de varios sellos editoriales, presentes de los organizadores y la posibilidad de publicar tu obra en nuestro sitio web.
¿Cómo convertirte en ganador/a?
Solo debes escribir un texto que no exceda los 1 000 caracteres (sin contar los espacios), a través del cual podamos descubrir al escritor que habita en ti. La temática, libre. No existen barreras entre el papel y tu imaginación.
Que la creatividad, el talento y la originalidad sean tus mejores credenciales a la hora de redactar un cuento, el inicio de una novela o testimonio para la actual convocatoria.
Deja tu propuesta como un comentario en esta entrada. El plazo de admisión concluye el 30 de abril, fecha en que concluye la XXX Feria Internacional del Libro de La Habana. Serán seleccionados tres premios. Los resultados se darán a conocer el 16 de mayo próximo.
Contactaremos a los ganadores mediante el correo electrónico que registren al enviar el comentario con su obra.
¿Quiénes integran el jurado?
-Iraida Calzadilla Rodríguez, periodista cubana. Doctora en Ciencias de la Comunicación y profesora de Periodismo en la Universidad de La Habana
-Roger Ricardo Luis, periodista cubano y profesor del Instituto Internacional de Periodismo "José Martí", de La Habana.
-Claudia Alejandra Damiani Cavero, escritora , ilustradora, diseñadora y profesora de diseño . Graduada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso.
-Junior Hernández Castro, periodista cubano. Profesor de Periodismo impreso de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana.
Que el miedo no se apodere de ti y anímate a participar. Saca a ese escritor que llevas dentro…
- Científicos chinos descubren dos nuevos minerales de la Luna
- Netanyahu revela que se sometió a tratamiento para cáncer de próstata
- Accidente de tránsito frente al Pentágono dejó 23 heridos, 10 de ellos del Departamento de Guerra
- La Unión de Periodistas de Cuba se suma al movimiento “Mi firma por la Patria”
- Procesan por sabotaje a implicados en robo de aceite dieléctrico en Jatibonico
- ir aNoticias »
- Cubadisco 2026 anunciará sus nominaciones este 24 de abril
- Escritor mexicano Gonzalo Celorio recibe el Premio Cervantes 2026
- Gloria Martín: El perfume de una época decisiva (+ Videos)
- Literatura de resistencia contra las brutalidades sionistas
- Michael: Un biopic sobre Michael Jackson supervisado por su familia
- ir aCultura »

Los baños:
El 3 de marzo cumplí 50 años. Me fuí con mi Jevita a tomar unas cervezas al hotel del Prado. En la barra estaba puesta la pelota nacional. Después de la segunda cerveza en la terraza exterior voy al baño por primera vez y se escuchaba una algarabía, habían cambiado el canal para carreras de caballos, cuando regreso comento a mi Jevita que el baño de hombres estaba de lujo, se descargaba solo y salía un aroma delicioso, además del aire caliente para secarse las manos. Ella también va al baño de mujeres:
- No hace falta apretar nada para el gel, solo poner la mano debajo y las puertas de los cubículos son de espejos, todo está apagado, cuando la abres se encienden..
Ella contándome del baño de mujeres y yo mirando la gente saltando en la barra, me tomo como la sexta cerveza y salgo apurado a vaciar el tanque, estoy en ese trance placentero sacudiendo el cuerpo, un escalofrío tras otro, cierro los ojos, levanto el cuello esperando el descargue automático, balanceándome del talón a la punta, sintiendo el aroma divino, suspirando intensamente y de repente me veo sobresaltado a una voz que decía:
- Qué clase de caballo!
Salí tropezando la puerta y ya en la mesa:
- Estos baños están escapaos!
Amor…
Y a pesar de todo lo quería. Y quizás precisamente por esto no entendía…
¿Que había hecho? ¿Por qué los golpes, el maltrato…? ¿Por qué los gritos cargados de furor?
No entendía….
Y a pesar de todo estaba ahí, en su puerta, bajo la lluvia, después de tantas horas.
Esa presencia querida desbordaba la casa, y esperaba, presentía que abriría y debía estar ahí, demostrando lo que llenaba su corazón…
El ruido del picaporte alertó, la respiración se aceleró, los latidos corrieron cual desborde tormentoso y lo vio, y no pudo resistir…
No pudo aguantar….
Se acercó rápidamente, a pesar del temor, mojada, cansada… Abrió sus ojos apasionados, la cola y ladró.
Un semblante de felicidad lo acompañaba mientras caminaba entre la gente. Se sabía protegido. Unos minutos antes le había abierto la ventana de su hombro a la " Soberana" "Abdala".
Cosas de los dioses
Según los ancianos de la sexta generación, la creación de Troke fue obra mística de dioses infames. Fornitud había quebrantado el primer mandamiento de Dezeus que prohibía todo contacto directo con terrícolas, reservándose la procreación santa al vínculo conyugal con las diosas o semidiosas de la Casa Dezeus, una especie de burdel sagrado con el permiso del Divino Consejo Supremo (DCS).
La casa disponía de innumerables chicas de todas las razas con rasgos finos, cuerpo esbelto y senos firmes de cualquier tamaño, nalgas bien sólidas, salientes y redondas so-bre talladas piernas tonificadas. Como elemento común y definitivo; embriagador aroma a hembra limpia.
El dios que deseara formar familia con alguna de las doncellas de Dezeus debía solicitar el servicio y pagar la contribución que el jefe fijase. Aporte que no variaba en su modalidad, pero si su cuantía. Cada chica costaba entre cien y trescientos horas sagradas en las que Dezeus disponía a su antojo del comprador. Y los deseos de Dezeus eran sorprendentes. Desde labrar la tierra, hacer labores domésticas; hasta compartirse él mismo con el solicitante y la prometida en su alcoba. En la que solo las partes conocían lo que allí sucedía.
Cuando Fornitud se interesó por adquirir mujer, Dezeus dispuso en automático que trescientas horas sagradas de íntima compañía no eran suficientes. Turbado por el afro-disíaco físico virgen del demandante, dispuso que se sometiera al DCS la modificación del primer mandamiento y se ampliase el precio de sus chicas hasta cuatrocientas cincuenta horas. Agregándose que la virginidad eclesiástica pasara a ser propiedad suya y que solo él, el dios Dezeus, podía consumirla antes de toda consumación de matrimo-nio con las doncellas que estuvieran en oferta.
En menos de cuarenta y ocho horas, el DCS aprobó por rotunda unanimidad la modificación de la norma sometida a debate. Dezeus se encargó de que un manojo de secretos que poseía de sus miembros acelerara los términos del análisis.
Al publicarse en las nubes oficiales lo dispuesto por el consejo, Fornitud tomó la decisión de abandonar el terreno sagrado y rechazando su condición eterna, bajó a Troke. Para ese entonces tierra inhóspita donde conoció a Gesica, una hembra de piel blanca y pelo rubio. La viva esfinge de la fertilidad vuelta mujer. La dama que le envenenó la existencia y le provocó un orgasmo físico y mental a primera vista nunca antes vivido.
La unión sexual de Gesica y Fornitud reventó las luces sagradas de la tierra santa. La oscuridad ocupó todos los espacios. El libertinaje de Dezeus se conoció como el deto-nante de la “traición” de Fornitud. Los hombres se formaron juicios morbosos sobre el imperio de los dioses y a riesgo de ver develados sus secretos, el DCS tomó la iniciativa. Despojaron a Dezeus de su nombre y su pene divino. Lo condenaron a vivir entre terrícolas en condición de semidiós invisible con un coto de vida de tres mil años. Período en el que como buen perro huevero se encargó de fomentar la barbarie, el fornicio desenfrenado, el incesto, el divorcio y la bigamia acompañada de la violación de la especie entre sí. Así Dezeus fue venerado por la mayoría de los trokianos que hicieron de sus versículos la religión oficial, dedicándose la iglesia protestante únicamente a la formalización de matrimonios.
El carpintero:
Nació con extremidades largas y flacas en la Isla grande del Caribe. Al principio fue difícil porque se perdía de repente corriendo de un impulso, los padres desesperados lo buscaban por cielo y por tierra, gracias a Dios siempre volvió a casa, vivía en un asentamiento de una planta baja cerca de la ciudad. Aprendió de su padre el oficio de cortar madera, no hacía otra cosa que eso y correr. Después su familia voló a tierras lejanas y él se quedó solo, los isleños se asombraban de verlo trabajar y correr. Le decían el loco:
- Por qué no te largas de aquí? Eres el único de tu familia que no se fue, si yo fuera tú ya me habría ido de aquí hace rato, tú puedes volar también
- A mí me gusta correr
- No seas come mierda chico!
Hasta que comenzó a mirar el horizonte, vendió hasta su pico de trabajo que cuidaba como oro. Un día se desapareció. Al mes llegó la noticia:
"Rescatan a pájaro carpintero a una milla de los cayos, iba impulsando una tabla de cedro con sus patas y le dió gracias a sus alas que utilizó de sombrilla para no derretirse del intenso sol.."
- A qué tú no sabes quién se fue?
- El carpintero? Voló el pájaro
- Negativo, se hizo una tabla
- Con vela?
- Se fue corriendo chico!
- No? Pájaro loco!
Se incrementó la competencia, buena rivalidad candela.
Te quiero, Abu
Líam es un niño de cinco años y medio. Es hijo de madre soltera. Desde que nació estuvo en los brazos de su mamá y los abuelos maternos, a quienes pronto comenzó a llamar Aba y Abu. Entre ellos se desarrolló un inmenso amor.
Pero llegó la covid-19 y la familia tuvo que separarse geográficamente por precaución. Los abuelos regresaron a Cuba. No obstante, esto no impidió que la pandemia se llevara a Aba y dejara a Abu en malas condiciones.
Después de año y medio sin verse físicamente, la mamá y Líam pudieron visitar a Abu. Se le había explicado al niño que Aba estaba en el cielo mirándolos, cuidándolos a todos y que estaba feliz, pero él tenía sus dudas. Quería ver con sus propios ojos si Aba no estaba.
Fue una semana repleta de felicidad intensa. El niño y Abu siempre estuvieron juntos, como si el acompañamiento y el amor se pudieran almacenar de alguna manera para seguir disfrutándolos después de que tuvieran que separarse de nuevo. Y repetía varias veces al día, «Te quiero, Abu».
Llegó la despedida. Cuando Líam vio por el cristal trasero del carro que la imagen de su Abu se iba alejando, rompió a llorar y dijo a Mamá, entre sollozos: Si a Abu le sucede lo mismo que a Aba, ¿no lo veré más?
Amigos.
Eternos amigos desde bien pequeños, casi como hermanos. Solíamos jugar por largas horas sin denotar aburrimiento. Aquella tarde de Domingo, nuestro vecino de mayor edad, arengaba y provocaba con sus palabras el enfrentamiento entre mi amigo y yo, por un instante cegó nuestra percepción del concepto de amistad y por complejos de inferioridad y de empañar nuestra imagen de hombres niños, caímos en las garras de la confrontación literal, solo la imagen de nuestro pacto de amistad, de las incontables horas pateando un balón, de las pescas y partidos de béisbol, nos hicieron reflexionar en lo que estábamos haciendo mal, nos unimos como Voltus V y logramos vencer las ideas beligerantes del vecino, lo hicimos retroceder en sus intensiones y demostramos que siempre prevalecería la amistad. No todos logran actuar de esa manera.
Anisa.
Estudiaba en la misma universidad alemana donde yo realizaba un postgrado de mi especialidad. De ella sólo conocía el nombre y su origen árabe.
En mi primer intento de presentarme reaccionó con un gran salto hacia atrás.
– No toques mi cuerpo – dijo en un alterado inglés.
El roce diario e intereses comunes nos unieron. Con sorpresa descubrimos que el traje social que nos arropaba, no nos hacía sustancialmente diferente.
Los fines de semana era encuentro obligado visitar el centro de la ciudad, aún dividida por el muro de Berlín.
– ¿Qué estilo arquitectónico es ese? – me preguntaba. Poniéndome a prueba una y otra vez.
Ella amaba los inmuebles notables de la urbe.
– Es una arquitectura clásica – afirmaba con timidez, al recordar de forma someramente los estilos arquitectónicos alemanes.
La última vez que la vi, recuerdo con aflicción, trotaba sobre el andén, en desigual competencia con el creciente movimiento del tren, en un nostálgico, y ahora sé, definitivo adiós.
Una injusta e interminable guerra es causa de dolor y muerte en su país, destruyendo su vital espacio edificado.
Por desgracia, nada sé de ella. Ojalá se encuentre a salvo.
Microrrelato ( Título: Sin pertenencia)
Al amanecer, a esa hora en que nacen y mueren los hombres, la vi venir despacio, como arrastrando los pies, el alma deshabitada y lágrimas en los ojos. No era ella, ya no me pertenecía.
Era un juego de canicas, o de bolas como se conoce aquí. Las redes sociales se habían encargado de promocionar el juego. Las noticias se suscitaban una detrás de otra y las expectativas iban creciendo en la medida que se acercaba el comienzo de aquel evento, tan esperado por todos. Ya los participantes se encontraban listos. De los dieciséis en competencia se había seleccionado al de las canicas azules para inaugurar el juego, el cual observó con detenimiento a los miles de expectadores que vitoreaban a su alrededor. Entonces concentró su mirada en el círculo central, y confiado en su destreza, se dijo: “Todo acabará pronto”; y lanzó la bola sin percatarse que microscópicas piedrecillas le obtaculizaban el paso. La bola comenzó a rodar y las cámaras de las redes sociales siguieron su trayecto hasta que esta se detuvo muy cerca de su destino. Hubo un segundo de silencio. Luego llegó el clamor, y con el clamor la siguiente bola.
Llegó, se sentó como todos los días; y cuando miró a su lado se dio cuenta que había encontrado todo lo que estuvo esperando desde lejos.
A buscar.
La atormentada A buscaba con afán la manera más corta y gentil de acercarse a la Z; pero aquellos chaperones puntos suspensivos, lo hacían todo, mucho más difícil.
Mi hijo es gay
Hacía días que se veía muy preocupado, casi ni comía, parecía un animalito asustado que se esconde ante el enemigo. No sabía que hacer y se decidió a compartir con ella sus preocupaciones.Se sentó a su lado y reclamó su atención.
-Escucha porque yo necesito decir esto o me va a explotar mi cabeza. Ella a su lado explora su rostro con la mirada tratando de descubrir lo que tanto le preocupaba.
-Mira es que no se cómo voy a decirte esto. Se queda callado piensa un poco y suelta de un tirón.
-"Mi hijo es gay"
Estoy casado con una superheroina.
Llegó el momento en que pensé tener frente a mí a un optopudus, mi esposa se reconfiguraba en segundos, de madre amorosa con la niña que requería mimos, se convertía en atenta nodriza de leche del pequeño tragón que ambicionaba su seno. Sus considerados compañeros de trabajo le facilitaron las condiciones para laborar a distancia cuando expiró la licencia y había que ganar algo extra para poder llegar jadeando al fin de mes. Mi mujer limpia, cocina, lava, plancha y en sus ratos libres vuela al hacerme el amor. Tengo que ayudar a esta mujer, me dije, atrás queden las recomendaciones de mis abuelos y mi soberbio padre, lo siento, ellos estuvieron siempre tan ciegos que no fueron capaces de disfrutar la vida al lado de una ninfa alada como la mía. Yo si soy afortunado, una superheroína me enlazó a su yunta y me ha enseñado a agregar matices a los colores de la vida. Junto a mi amante cómplice todo puede ser posible, hasta la dicha. Dijo un sabio que la fe es la falta de evidencias ante lo desconocido y yo digo que amar puede convertir la inopia en fortuna.
Radican una denuncia ante un inusual hurto y sacrificio ilegal, de cuyo querellante solo conocemos se apellida Monterroso, el cual asegura que: “Cuando despertó, al dinosaurio se lo habían comi`o con papas…”.
Mi relato.
Enamoré una bella muchacha en varias ocasiones recibiendo siempre la misma cariñosa y delicada respuesta, NO.
Todavía hoy me acuerdo y se me han olvidado muchas que me dijeron, Si.
Rosa rota
Se llenó de hojas y de verde el rosal antes de llegar la primavera.
Se pobló de espinas el ramaje para defender las yemas de donde se desplegarán, días más tarde, los aterciopelados pétalos de las futuras rosas.
De entre todas ellas, una se irguió más alta y elegante. Su capullo creció más grande y más rojo. Extendió su fragancia por el jardín desde las alturas del rosal, sobresaliendo orgullosa por encima de sus hermanas.
Pero la belleza es frágil y su esbelto tallo tenía en su finura y ligereza también su debilidad.
La tormenta, inclemente y brutal, empapó la total geografía del rosal. El viento agitó con furia las hojas , sus ramas y las rosas, hasta que de no aguantar más su apostura, se quebró el tallo de la más hermosa, que quedó colgando mirando hacia el suelo.
Ya nunca podrá ver el azul del cielo, tan sólo el marrón de la tierra y el de las hojas secas.
Yo la vi colgando de su tallo tronchado y el agua que almacenaron sus pétalos empapados de lluvia, caía a la tierra como si fuesen lágrimas de pena.
ER
QUIEN dice que pude olvidarme de aquella vez que fuimos a la estrella azul tomados de la mano o del beso que nos dimos aquella mañana de sábado urgando en lo más ondo de nuestras almas, quien dice que tus manos rozando mis labios fueron a parar al recuerdo , si todavia siento en la piel la enor me satisfaccion que provocaba mirarte, aún siento el amor que tuvimos los dos, porque no era solo de mi parte era amor de dos y para dos , que nuestras palabras una por una están presentes, recuerdas al mirarnos sentíamos pasión , así me siento hoy, más enamorada que nunca, emocionada porque sé que me piensas como lo hago yo, que en tus manos está el recuerdo de aquella tarde cuando me enseñabas a amar porque nada de lo anterior fue mejor que aquel instante.Recuerdas tus primeras sonrisas, yo las llevo muy dentro y hay de quien olvide su primer amor, ese que llega sin pensar arrancandote el alma, que te eleva, que te baja,que te dice quien eres y te hace saber que no te conoces, que el amor tiene el poder ,que la palabra amar abarca más que ojos mojados en la despedida, que corozón latiendo en el encuentro, el amor es vivir, es respirar, es volver a nacer. Hay de quien olvide su primer amor, porque todo lo ha olvidado y sin amar no se puede estar, amamos a nuestros hijos, a nuestros padres a nuestros amigos y también por que no a nuestros rivales aquellos que hacen que nos esforcemos más para ser mejores. Solo quiere que sepas que nunca te olvidaré ya que me hiciste muy feliz, que la distancia enciende hogueras y nunca un viento fuerte logra apagarlas, aquí te espero, aquí con mis letras dedicadas al amor, aquí en este bello atardecer.
No recuerda que para nacer tuviera que romper las paredes del huevo que lo mantenía aprisionado y aislado del mundo exterior y de la luz.
Cuando los días de idas y venidas de sus padres trayendo calor y alimento le dieron suficiente energía, elevó la cabeza sobre las paredes de su nido y solo entonces fue consciente de que vivía en lo alto de una torre de un pueblo cualquiera en algún lugar de las tierras riojanas.
A su altura vio el campanario de la iglesia. Abajo, los rojos tejados de las casas, de los que sobresalían oscuras chimeneas de tantos años de vomitar hacia el cielo los humos de los hogares.
En la lejanía, los campos amarillos en el estío del verano y las suaves ondas del terreno que se pierden donde el horizonte funde la tierra y el azul del cielo.
Apenas llegaban hasta su torre los sonidos del ajetreo humano que observaba desde lo alto. Sus oídos se llenaban de los trinos de los gorriones que vivían en las capas exteriores de su enorme nido de años, y del chirriar constante de los vencejos, que danzaban como enloquecidos en una espiral de vueltas y revueltas, persiguiendo y atrapando al vuelo los alados insectos que les sirven de alimento.
El tañir periódico de las campanas, el crotoreo de sus padres con el pico, el silbido del viento y el estruendo de las tormentas estivales completaban el repertorio musical de su mundo cotidiano.
La luz del amanecer anunciando un nuevo día y el horizonte enrojecido de las puestas de sol al atardecer eran un espectáculo para sus ojos, que observaban el ritmo de los días desde su privilegiada atalaya.
Siguió creciendo y ejercitando sus músculos ajeno al vértigo, para él inexistente, hasta que, de tanta impaciencia por romper los límites de su existencia, se lanzó al vacío. Sintió que el aire que se deslizaba entre las plumas de sus alas desplegadas lo mantenía en las alturas avanzando, subiendo o bajando y girando sobre los tejados, sobre los campos, sobre el río.
Inauguró con su primer vuelo los días de su nueva independencia, la misma que algún día lo impulsará a construir un nuevo nido en una nueva torre o campanario, para ampliar, así, el mundo de las cigüeñas.
YO NO QUIERO SER BONITA
A veces…cuando me siento triste, me preparo algo de comer.
La primera vez que se miró en el espejo, percibió que se parecía mucho a ella, pero su padre hablaba de ella con desprecio, ¿cómo se iba a alegrar de parecerse a alguien tan despreciable? Entonces se afligía al verse, y no se sentía bonita
Cuando reconoció por primera el color de su piel, preguntó:
_ ¿Papá, yo soy negra? – preguntó con la mirada triste y comparando su piel con la de su padre.
_ Si, como la desgraciada esa – contestó, con cara de odio y desprecio.
Entonces odió ser negra, no quería ser como ella, y cuando le decían así se entristecía. Evidentemente todo lo que implicaba ser como ella, era malo y molestaba a su padre.
Un día, mientras su papá la vestía para salir la niña reprochó:
_ ¡Papá, esta ropa no me gusta!, ¡todo me lo compras azul!, ¡ya parezco un macho!, a las niñas de mi aula no la visten así, ¿por qué no me vistes como a ellas? —dijo con cara de decepción.
_ Bueno, si la perversa de tu madre, no te hubiera abandonado, ella se ocuparía de estas cosas, pero puedes irte con ella, a ver si lo hace mejor, que seguramente no sabe nada, esa nunca se ocupó de tus hermanos, va a ocuparse de ti —contestó cruelmente, alzando la voz y con cara de odio.
La niña comenzó a llorar, su papá no soportaba verla llorar e intentó consolarla, con cara de arrepentimiento por lo que había dicho:
_Ya, no llores, que te pones fea—le dijo mientras le secaba las lágrimas—, yo te quiero mucho, mas que todo en la vida, no te hace falta que ella te quiera, te prometo que te voy a comprar ropa bonita, igual que las niñas de tu aula—fingió una sonrisa en el rostro.
_ Yo no quiero ropa bonita, ni quiero ser bonita—contestó la niña sollozando—¡yo quiero que ella me quiera! —exclamó con gesto explicativo. ¿Por qué no me quiere? —preguntó con ojos de angustia, los ojos que había heredado de su madre.
Su padre no le supo dar respuesta, se quedó en silencio mirándola con desconsuelo por unos minutos, hasta que se le ocurrió:
_ ¿Tienes hambre, quieres que te prepare algo rico de comer? —le preguntó afirmando con la cabeza.
_ Sí. –respondió.
GIRASOL SIMPÁTICO
No es amigo de las sombras y, por eso, prefiere vivir y crecer junto a sus hermanos en los campos despejados.
Pasa las noches y los días oscuros cabizbajo, ceñudo, como si estuviese enfadado con la luna y con las nubes.
Pero como su vida transcurre en el verano, la mayor parte de los días se despierta con los primeros rayos de sol del alba.
Le encanta el sol; tanto lo admira, que ha conseguido imitar su forma y su color.
En los soleados amaneceres se despereza lentamente, estirando su cuerpo y levantando su cabeza para ganar altura y prepararse así para el nuevo día.
No necesita gafas de sol. Mira directamente al astro rey con sus pétalos de amarillo intenso desplegados, y no dejará de observarlo hasta que, en un nuevo ocaso, sus últimos rayos desaparezcan en el horizonte.
Las abejas que vienen a lamer su cara se pasean por ella, mordisqueando aquí y allá para extraer su polen.
Nadie sabe si le provocan cosquilleos con sus lenguas y sus patitas, pero, aunque así fuera, él las toleraría porque, a través de ellas, se perpetua su estirpe.
Cuando llega a la plenitud de su vida y está listo para la cosecha, entrega generosamente al mundo en sus pepitas los minerales y vitaminas que extrajo de la tierra y del sol.
Una soleada mañana, pedaleando entre trigales y viñedos, apareció ante mí un precioso campo de amarillos girasoles.
El sol calentaba mi espalda y miles de ellos, ordenados como soldados de un ejército, me miraban mientras avanzaba.
Una tibia brisa se levantó y meció sus cabezas con un ligero balanceo. Los amarillos pétalos temblaban como manitas diciendo «hola».
Llamadme loco si queréis, pero, en ese instante, yo levanté mi mano para corresponder su saludo.
BURRITA PASTORA
El establo comienza a sonar como si una orquesta de cascabeles estuviese afinándolos, minutos antes del comienzo de un concierto.
Con las primeras horas del día se desperezan las ovejas, que ya intuyen su próxima salida matutina y esperan, ansiosas, los sonidos que delatan la llegada del pastor y sus dos inseparables perros, auténticos sargentos de campo, que no permitirán que el ejército de lanudas pierda la formación y la ruta durante todo el día.
Compartiendo comida y cama, una tranquila burrita pasa los días y las noches con las ovejas, como si de una de ellas se tratara; pero es más grande, más alta, con largas orejas, con pelo y rabo largo, no viste cascabel y tiene mucha más paciencia que sus compañeras enlanadas.
Se integró al rebaño en su adolescencia con muestras de rebeldía, pero ha terminado por convertirse en una pieza esencial en él.
No saldrá del establo en la forma que lo hacen las ovejas: atropellándose en la puerta como si el campo hubiese anunciado las rebajas.
Es lista, conoce el oficio y aprecia las caricias físicas y verbales del pastor, que pasará las manos por su lomo y su frente y con un «vamos, burrita buena», la vestirá con las alforjas que cargarán lo necesario para aliviar el frío, el hambre y la sed del hombre que la premiará cada día, al terminar la jornada, con una ración extra de delicioso forraje y unas palmaditas cariñosas en sus nalgas.
Ya está en marcha la tropa, hay que salir al campo abierto atravesando alguna calle o pequeña carretera. Todas conocen su puesto en esos momentos. Nuestra burrita no duda en encabezar la marcha, conoce la salida, el pastor se lo permite y, con su cayado, será seguido por las ovejas apretadas, cabizbajas. Los perros, nerviosos, esperan la voz o los gestos del hombre. Se mueven con cautela o como rayos en función de las órdenes de las cuales distinguen, por la diferencia del tono, hasta la importancia y su premura.
Las calles y las carreteras terminan, los pastos llegan, el rebaño se abre y relaja. Comienza el almuerzo de hierbas y pajas bajo el cielo y el sol riojano, y no se detendrá hasta llegar a un rio o un abrevadero.
Esta burrita tiene sus preferencias. No le gustan las mismas hierbas. Se mueve con independencia sin alejarse demasiado. Acude a la vera del pastor si este la reclama para beber o comer de las alforjas. Se diría que ha interiorizado el ritmo del rebaño; de su dueño conoce hasta las horas del almuerzo o el apremio de su sed.
Si alguna vez se aleja demasiado, alguno de los perros le refrescará las ideas y la meterá en vereda como si de una oveja grande se tratara.
La jornada tendrá su tiempo de sesteo a la sombra, cuando sea posible, e irá terminando a medida que los rayos solares se vayan inclinando, con el retorno a casa antes del anochecer.
Ya en el establo la desvisten y con su ración de grano en el buche, quién sabe si no soñará que conversa con las ovejas, comentando las incidencias de la jornada o, simplemente, soñará paisajes, verdes pastos y ríos o, quizás, a su cerebro dormido llegará algún rebuzno que le recuerde el origen de su especie.
EL DESTINO
De eso, del destino, nos habla Silvio Rodríguez en su canción Causas y azares.
En dos frases hace la crónica inventada de sus personajes:
«Cuando Pedro salió a su ventana
no sabía, mi amor, no sabía
que la luz de esa clara mañana
era luz de su último día».
«Cuando Juan regresaba a su lecho
no sabía, oh, alma querida,
que en la noche lluviosa y sin techo
lo esperaba el amor de su vida».
Ni Pedro ni Juan, Silvio sí, evidentemente, sabían qué les depararía ese día el destino.
Hasta el momento, solo sabemos que todo lo que nace tiene un final. Y en ese intervalo se desarrolla la trama de la vida y de los acontecimientos que se encadenan desde el origen hasta el último acto.
Obviamente, vamos conociendo partes de nuestro destino y solo del último momento hablarán aquellos que sigan viviendo.
Pero también hay gentes que afirman que nuestro destino está ya escrito de antemano en algún lugar y que no podemos evitarlo.
Esta afirmación «solo» tiene un par de respuestas imposibles: ¿quién lo escribió? ¿Dónde está escrito?
Para esas preguntas, solo pueden tener como respuesta su convicción personal, por lo que, ante la falta de evidencias, la imaginación responde.
¡¡¡Poderosa imaginación del ser humano que nos hace soñar, pero no nos demuestra nada!!! Continúa Silvio:
«Cuando acabe este verso que canto,
yo no sé, yo no sé, madre mía,
si me espera la paz o el espanto;
si el ahora o si el todavía».
Yo tengo pensado, queridos míos, tomarme un cafecito cuando acabe este cuentito que escribo, pero tampoco sé si llegaré hasta ponerle el punto final.
Y, si lo pongo, quizás me tome el café. Y quizás mañana también os cuente cuál fue mi destino de hoy o, quizás, mañana solo lo sepáis vosotros porque, como dice Silvio:
«Las causas me andan cercando
cotidianas, invisibles.
Y el azar se me viene enredando
poderoso, invencible».
QUE BRILLE LA LUNA
Desde hace millones de años permanece en el mismo sitio. Igual que el primer día en que el primer humano alzó la vista hacia el cielo y la vio inmóvil, flotando solitaria en el vacío, como un fascinante disco brillando en la negra noche.
A lo largo de la historia de la humanidad, su presencia tuvo una importante influencia en todos los pueblos y culturas:
Fue un faro para los viajeros nocturnos.
Un cronometrador para los granjeros.
Un localizador para marineros en el mar.
Para algunas creencias hasta fue un dios.
Su calendario de 28 días se utilizó en el Paleolítico para medir el tiempo.
Su ciclo lunar representó el eterno retorno. La vida después de la muerte, la resurrección.
Los avances científicos nos permiten conocer no solo su aproximado origen y su importancia fundamental en nuestras estaciones y mareas, sino también su gris y desolada superficie, su inexistente atmósfera, su bombardeada geografía.
Un mundo, en definitiva, hostil para la humanidad que quisiese vivir sobre su suelo.
Y, sin embargo, el paso del tiempo no ha silenciado totalmente los mitos creados sobre ella:
dependiendo del estado de ánimo o de las creencias de los que la contemplan y la han contemplado desde milenios, puede ser mágica, inquietante, evocadora, sangrienta, triste, serena, silenciosa, enigmática, pálida…
Los poetas seguirán inspirándose en ella al contemplarla.
Los amantes, ante una gran luna llena en un cielo despejado, se sentirán más fundidos aún en un mismo sentimiento.
Y yo me pregunto: ¿quién, a pesar de todo lo que conocemos sobre ella, puede sentirse impasible ante su presencia en una noche despejada, cuando la luna se acerca lo máximo a la Tierra y la vemos más grande y más brillante que nunca?
Ese astro que nos acompaña y condiciona nuestra existencia puede ser solo una gran masa de roca, tierra y minerales sin vida en nuestro espacio exterior, pero su presencia nocturna incendió la imaginación de las mujeres y hombres que nos precedieron milenios atrás y seguirá haciendo soñar a las mentes más sensibles ahora y en el futuro. Por tanto: ¡que brille la luna!
CUENTO FANTÁSTICO
La dejaron una tarde, tal y como se abandona un mueble viejo, para que los funcionarios del ayuntamiento, enterradores de los despojos ciudadanos, la retiraran en su cotidiana ruta nocturna.
Circularon, uno tras otro, los transeúntes del atardecer a su lado, indiferentes, impasibles, ajenos a su presencia que, apoyada contra el mástil de una farola, los miraba pasar con sus grandes ojos azules, ahora marchitos y sin color, quizás de tanto mirar el mundo pasar desde su jaula de cristal.
Esa misma tarde, Mario llegó a casa cansado del vértigo que le producía últimamente su trabajo de burócrata en la oficina de correos. los días clasificando cartas, telegramas y paquetes postales se sucedían con tediosa similitud. Ya no sentía la curiosidad de sus comienzos cuando las direcciones de los destinatarios de lejanos países le evocaban ensueños de excitantes viajes y aventuras.
Vivía solo en su apartamento al que, cada vez más de tarde en tarde, acudía algún amigo a pasar la velada entre mates y conversaciones profundas o mundanas, dependiendo del momento y la actualidad.
Hacía tiempo, además, que nadie le visitaba ni que él se preocupara por buscar alguna compañía que lo sacara de la monotonía de su vida diaria. Es más, se había adaptado a su vida solitaria y la libertad que ella le proporcionaba.
Acostumbraba a cenar temprano y, después, bajaba a caminar por su barrio hasta que la iluminación callejera lo libraba de la oscuridad en que el ocaso del día lo iba sumergiendo.
Fue entonces que vio su cara iluminada por la tenue luz cálida, amarilla, de la farola donde la habían dejado unas horas antes.
Los brazos caídos, el cuerpo fino, las piernas largas, los pies descalzos y esa expresión de su cara; su mirada, sí, era sobre todo su mirada, a la que la luz nocturna le daba un aire de tristeza y melancolía, lo que realmente le impresionó.
Nadie la había visto tal y como él la veía ahora. No supo cuánto tiempo se quedó, inmóvil, contemplándola, y cuando salió de su ensimismamiento ya no podía seguir caminando, dejándola allí abandonada.
Entró en su apartamento llevándola en sus brazos, la dejó apoyada sobre el sofá de la sala y se metió en la cama ya cerca de la medianoche.
La contempló de nuevo al amanecer mientras desayunaba y supo, antes de salir para la oficina, lo que su nueva «compañera» necesitaba.
No perdió ni un minuto, nada más terminar su jornada, para salir, entre presuroso y excitado, a recorrer algunos comercios de la ciudad antes de llegar a casa y sentarse frente a ella.
Comenzó por lavarla cuidadosamente y, cuando finalmente terminó, se apartó un poco y paseó su mirada por las uñas pintadas de los pies, su vestido nuevo del color de la primavera entallado en su cintura, sus manos cuidadas, su melena lavada y delicadamente peinada, su cara maquillada, sus labios pintados.
Sintió el brillo de su mirada recuperado y, sin dejar de contemplarla, se le humedecieron los ojos.
La sentó cuidadosamente en el sillón de la sala; las piernas cruzadas, las manos sobre el regazo, la cabeza altiva. Una leve sonrisa en sus labios y su mirada que parecía abarcar toda la estancia.
A Mario le pareció ver en su figura el mejor adorno de su casa, se sentía orgulloso de su trabajo de restauración. «Nunca ese maniquí —pensó— habría lucido tanto en su escaparate». Una y otra vez la miraba al sentarse, al caminar por la sala, al salir y entrar de la habitación. Ella siempre bella, siempre sonriendo.
Se fue a la cama y, antes de apagar las luces, como en una acción involuntaria, musitó un «buenas noches» dirigido a la mujer de cartón-piedra que lo observaba desde su sillón con su leve sonrisa y su mirada clara.
Hace mucho tiempo que no he vuelto a hablar con Mario. No sé nada de su vida, tan solo recuerdo que la última vez que nos vimos me contó que le encantaba llegar a casa cada día y encontrarse siempre la dulzura de Mariela —así había decidido llamarla— reflejada en su semblante.
EL CUENTACUENTOS
Ese día, después de una larga caminata, el albergue de mi aldea daba hospitalidad a un variopinto grupo de peregrinos que iban en dirección a Santiago de Compostela.
Ellos suelen comentar que descolgar de la espalda la mochila, quitarse las botas, meterse bajo la ducha y ponerse ropa seca son tres grandes placeres después de devorar kilómetros y empaparse en sudor.
Me gusta observar la plaza cuando salgo a pasear. Es el centro neurálgico y punto de reunión más concurrido, cuando no hay fútbol en la televisión del único bar que sigue abierto.
La chavalería la usa como terreno de juego, los más viejos matan el tiempo charlando mientras los observan recordando su niñez y algunos peregrinos se relajan sentados en los bancos públicos antes de su cena comunitaria que les preparan Carmina y Manuel, dos hospitaleros enamorados del camino.
Cuando llegué esa tarde, me llamó la atención ver un nutrido grupo de niños sentados en cuclillas sobre el suelo, formando un semicírculo alrededor de un banco ocupado por un hombre de barba y pelo blancos, vestido con una boina negra en la que llevaba, prendida de un costado, una pequeña concha que delataba el motivo de su presencia esa tarde en la aldea.
La escena ya estaba siendo observada a la distancia por casi todos los que allí se congregaban. Me acerqué con indisimulada curiosidad e inmediatamente comprendí lo que estaba ocurriendo. El hombre debía llevar ya un rato hablándole a los niños que lo rodeaban cuando, haciendo una pausa, les dijo: «Pero… quizás os estoy aburriendo con mi historia, ¿no, chicos?
«Oh, ¡no, por favor!, siga contando»; rogó al unísono el coro de niños embelesados con el relato que estaban escuchando.
El más singular peregrino que yo había conocido se recostó sobre el respaldo de un banco de la plaza frente a la iglesia, conteniendo su orgullo a duras penas con una casi imperceptible sonrisa.
Cuando de nuevo se curvó hacia ellos, después de una estudiada pausa, y comprobó que ninguno estaba distraído, continuó el relato.
Nunca había presenciado nada igual: no solo era su voz la que hablaba; también lo hacían su cara, sus ojos, sus manos, su cuerpo entero atrapando a su infantil audiencia con la flauta de Hamelin de su historia y de sus gestos.
Los más pequeños no aguantaban quietos en el suelo y se levantaban o movían los brazos, la cabeza o el cuerpo acompañando nerviosos el discurrir de la aventura de la que ya se sentían protagonistas.
Por mi cabeza pasaron de un plumazo todos los cuentacuentos que en el mundo han sido. Desde el primero, que lo hizo al lado de la hoguera en la entrada de una cueva, hasta este peregrino en el centro de mi aldea.
En pleno siglo XXI, la esencia de la manada reunida ante uno de los suyos incendiando su imaginación se había vuelto a repetir.
Cientos de miles de años no pasan en balde. En lo más recóndito de nuestro cerebro anida aún el recuerdo de los orígenes.
Cuando terminó, los niños se quedaron callados contemplándolo unos segundos y enseguida los chiquitines aplaudieron.
Se levantó el peregrino, lo saludé con una sonrisa y se fue hacia el albergue, convencido y feliz de haber sembrado la semilla de los sueños de esa noche en los niños de mi pueblo.
Mañana, cuando se levanten para ir a la escuela, el cuentacuentos ya estará caminando y, quién sabe si no se repetirá la escena en otro pueblo o en otro albergue.
GOTA DE ROCÍO
En los amaneceres, el sol asoma su cabeza sobre las alturas de los montes y comienza a esparcir sus rayos de luz sobre la tierra.
El aire saturado de vapor de agua formó nubes de niebla en la madrugada, que abrazan cada rincón del valle por donde camino esta mañana.
Más tarde, el calor del sol terminará por deshacer el velo blanco que ahora cubre prados y caminos.
Pero el frío de la noche aún no se ha disipado y la niebla ha dejado gotas de agua colgadas de las hojas, de la hierba, de las telarañas y de las flores.
Esferas cristalinas, lágrimas suspendidas, diminutos espejos cóncavos de la mañana apoyados en la superficie de las hojas o unidos por hilos invisibles de sus vértices y de los hilos de seda de las telarañas.
Son bonitas las mañanas en las que todo aparece cubierto por pequeñas gotitas de rocío que le dan al día que comienza un brillo especial.
Pequeños animales sacian su sed con ellas y si en los campos de Euskal Herria volasen los colibrís, podríamos verlos frotándose las plumas de su pecho contra las gotas de roció de las hojas, para darse el primer baño del día. Pocas cosas pasan desapercibidas a la sensibilidad de los poetas.
Mientras camino por campos de hierba y se empapan mi pantalón y mis botas del fresco rocío, viene a mi recuerdo la tierna y poética canción de Silvio, de la que dejo aquí para vosotros su primer verso:
«La gota de rocío
del cielo se cayó
y, en ella, el amor mío
la carita se lavó…».
CANCIÓN DE OLVIDO
Ando como perdido en los recuerdos de su presencia a mi lado caminando.
Anduve en el camino persiguiendo su estela y canté en las noches de albergue y peregrinos pensando en ella.
Y, entre sus pasos y mis canciones, me fui enamorando hasta de su sombra.
Quise retenerla entre mis brazos, pero ella fue aire que se escurre entre los dedos.
Quise asaltar su corazón, pero resultó ser atalaya inexpugnable.
Pero ya no canto ahora por amor o por despecho, que lo hago por expulsar mi pena del pecho.
Sé que el tiempo curará las heridas de mi alma enamorada.
Y caminaré por otras avenidas y abrazaré otros vientos y asaltaré otras atalayas.
Porque ya no canto ahora por amor o por despecho, que lo hago por expulsar mi pena del pecho.
No es corto el olvido, quizás nunca lo haga. Quizás sueñe que, de a ratos, camino con su sombra.
Y, quizás, otra ilusión distraiga mi añoranza.
Solo sé que ahora ya no canto por amor o por despecho, que lo hago para expulsar mi pena del pecho.
EL MANANTIAL DEL PAN
En la mitología griega, las ninfas (diosas femeninas) tenían en las náyades a sus divinidades dedicadas a los cuerpos de agua dulce (ríos, pozos, fuentes, arroyos, manantiales, lagos…). Las náyades que cuidaban y protegían los manantiales eran llamadas pegeas.
En la base norte del monte Toloño, la naturaleza ha creado un capricho. Está allí antes que las mujeres y los hombres, antes que las religiones y antes que los dioses que ellos inventaron.
Los griegos habrían afirmado que una pegea, a la que habrían dado nombre, era la guardiana del manantial.
Otras gentes y creencias habrán creado sus propias supersticiones, pero el agua, ajena a las especulaciones humanas, ha fluido allí por milenios, fluye ahora y lo seguirá haciendo mientras el monte exista y las nubes lloren.
Cuando lo vi por primera vez, encapsulado entre 4 paredes de piedra caliza, como una pequeña y profunda piscina, mi primera impresión tuvo que ver con la transparencia del agua reflejando en su superficie, como un cristal, todo lo que le rodea: el azul del cielo, sus muros de piedra, el verde de las plantas y el color de sus flores.
Si detienes más la mirada, observarás las burbujas de aire que afloran del subsuelo, junto con el agua, y ascienden a la superficie dando pequeños giros, como si fueran diminutas pompas de jabón.
Algunas plantas silvestres han colonizado gran parte del manantial y el conjunto te invita a contemplarlo admirando el fluir del agua desde las profundidades del subsuelo y desde tiempos remotos.
No puedo saber qué le inspirará a un poeta este manantial, porque yo no lo soy.
Pero puedo imaginar a un enamorado queriendo convertirse en burbuja de agua, fluyendo para formar el torrente, que se precipitará cada día sobre el rodete que hará girar el molino de la panadería cercana.
Y, después, soñará convertirse en grano que la piedra transformará en harina y el panadero en el horneado pan que, más tarde, morderá su amada.