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Exquisitez femenil, nueva exposición de Yudit Vidal

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“Incitación de carmín”. Autor. Yudit Vidal. Colaboración: Idalmis Cofiño. Foto. Marianela Dufflar / Cubadebate

“Incitación de carmín”. Autor. Yudit Vidal. Colaboración: Idalmis Cofiño. Foto. Marianela Dufflar / Cubadebate

Las artes manuales y el oficio artesanal han sido tradiciones que se perpetúan de generación en generación en Trinidad, ciudad ubicada en la región central de Cuba.

Durante miles de años, la lencería trinitaria se distingue de las del resto del país, precisamente porque de las manos de las artesanas, que deshilan a mano, bordan y tejen crochet, con puntos únicos de la región, crecen vestidos, tapetes, manteles, que devienen en motivación para la artista de la plástica cubana Yudit Vidal, quien en la tarde del jueves presentó en La Galería Montilla, sita en la calle Oficios de la Habana Vieja, una nueva exposición bajo el título: Exquisitez femenil.

Dedicada al Día de las madres, la muestra propone, detenernos en la obra de reconocidas artesanas, al integrarla a sus piezas de manera magistral. Logrando que la creación tome nuevas dimensiones en las que cada cuadro se convierte en una obra maestra y única dentro de la plástica contemporánea cubana.

Formando parte del proyecto artístico “Entre hilos, alas y pinceles” creado por la protagonista, es esta, la tercera colección.

A diferencia de las anteriores, Yudit asume obras de formato medianamente grande, las dimensiones son aproximadamente entre 169 y 159 centímetros y expone además, cinco esculturas utilizando técnicas: Pastel seco, sanguina y acrílico sobre tela.

Once cuadros conforman la exposición en las que aparece la lencería de Diana Arboláez, Yaimari Enrique, Olimpia Cadalso, Zaida Ramos, Olga Kabanova, Magaly Ramírez, Lucía Jiménez, Adrián Carmona, Julieta Guevara, Denia Lozano, quienes con sus manos y sentido de pertenencia por su Trinidad, fusionándose en las piezas de Yudit, convierten en fiesta de los sentidos cada cuadro y cada escultura, alcanzando con un alto contenido artístico y estético.

La mujer como eje central, su modo de asumir la vida en Cuba, en especial en una ciudad fundada a principios de 1512, por Diego Velázquez. La femineidad, los sueños, esperanzas y sensualidad, que destacan a la mujer de hoy, son cualidades que resaltan a Exquisitez femenil.

Me manera sorprendente, entre tejidos y pinturas, aparecen objetos cotidianos de gran utilidad, en los que no reparamos. Desde los hilos, el lienzo, la pintura y la escultura saltan a la vista utensilios de cocina, zapatos, peines, tijeras, palillos de tendera que le entregan además a la muestra una dramaturgia y un sentido humano, que permite a todos detenerse al menos un instante y dejar la rapidez con que se vive, para mirar por dentro, hacia lo genuino y auténtico de la propuesta.

Tal como dijera en la apertura de la exposición el maestro Nelson Herrera:
“Lo mismo si es carboncillo, óleo, cualquier elemento que deje su huella sobre cartulina o lienzo, ella lo conduce hacia las imágenes soñadas de su morada trinitaria, día y noche, bajo la lluvia y el sol implacable. Yudit, no deja de de crear aunque la techumbre venga debajo de tanta vejez, de tanto viento arremetiendo contra los prejuicios heredados de la colonia, la república, porque ella es la suma de lo cubano en una calle estrecha que la acoge como hija mayor, mujer de valentías, belleza que se escapa entre las piedras. A ella le debemos la continuidad de la historia y la fuerza del presente que teje y teje y pinta y pega y cose sin cesar en sus manos.

Artista de un siglo XXI que no olvida su raíz, su fuente original. Creadora de este tiempo donde todo pasa y todo queda porque lo de ella es soñar un mundo mejor. A ella le siguen otras y otras, seducidas por su pasión y entereza. En sus obras planas y tridimensionales vive. Y despierta la sed del espectador. Hasta que vuele otra vez a sorprendernos”.

Exquisitez femenil, estará expuesta durante todo el mes mayo en La Galería Montilla, en los horarios de 9 a.m. a 5 p.m de lunes a sábados.

“Adolescentia” Mixta/ Lienzo 165x 126 cm. Autor. Yudit Vidal. Lencería: Lucía Giménez. Foto. Marianela Dufflar / Cubadebate

“Adolescentia” Mixta/ Lienzo 165x 126 cm. Autor. Yudit Vidal. Lencería: Lucía Giménez. Foto. Marianela Dufflar / Cubadebate

 La muestra de Yudit Vidal también la conforman 5 esculturas. Foto. Marianela Dufflar  / Cubadebate

La muestra de Yudit Vidal también la conforman 5 esculturas. Foto. Marianela Dufflar / Cubadebate

“Intuición sensual. Mixta/Lienzo 150x 100 cm. Autor. Yudit Vidal. Lencería: Julieta Guevara. Foto. Marianela Dufflar / Cubadebate

“Intuición sensual. Mixta/Lienzo 150x 100 cm. Autor. Yudit Vidal. Lencería: Julieta Guevara. Foto. Marianela Dufflar / Cubadebate

“Ensoñación fastuosa”. Mixta/Lienzo. Autor: Yudit Vidal. Lencería: Adrián Carmona. Foto. Marianela Dufflar  / Cubadebate

“Ensoñación fastuosa”. Mixta/Lienzo. Autor: Yudit Vidal. Lencería: Adrián Carmona. Foto. Marianela Dufflar / Cubadebate

La muestra de Yudit Vidal también la conforman 5 esculturas .Foto. Marianela Dufflar / Cubadebate

La muestra de Yudit Vidal también la conforman 5 esculturas .Foto. Marianela Dufflar / Cubadebate

“Atracción femenil” Mixta/Lienzo. Lencería: Denia Lozano. Foto. Marianela Dufflar  / Cubadebate

“Atracción femenil” Mixta/Lienzo. Lencería: Denia Lozano. Foto. Marianela Dufflar / Cubadebate

Yudit Vidal momentos antes de la inauguración. Foto. Marianela Dufflar / Cubadebate

Yudit Vidal momentos antes de la inauguración. Foto. Marianela Dufflar / Cubadebate

Exquisitez femenil, estará expuesta al público durante todo el mes de mayo. Foto. Marianela Dufflar / Cubadebate

Exquisitez femenil, estará expuesta al público durante todo el mes de mayo. Foto. Marianela Dufflar / Cubadebate

Yudit Vidal, agradeció a todos la presencia. Foto. Marianela Dufflar / Cubadebate

Gran convocatoria tuvo la inauguración de Exquisitez femenil de la artista Yudit Vidal. Foto. Marianela Dufflar / Cubadebate

 

Se han publicado 2 comentarios



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  • Félix Flores Varona dijo:

    FANTASMAS SOBRE LIENZO
    Félix Flores Varona

    Solo tuve que trasponer las puertas de la galería de Yudit Vidal para sentir el influjo de una fuerza desconocida. Algo semejante había experimentado minutos antes en casa de Eusebio y Lía, los cofrades formidables que han unido sus voces para el deleite de muchos y cuya vivienda ostenta el mismo esplendor de los primeros años de la Villa de la Santísima Trinidad. Debe ser el tiempo atrapado en estos cuadros, pienso, y echo un vistazo general antes de acercarme al primero. Ya no tengo dudas: la infinita dimensión de la existencia, atascada por siglos en la ciudad hasta hacerla sobrecogedora, se regodea a su antojo en la obra de la artista.
    Una vez frente al lienzo, leo en el rótulo que pertenece a Detalles coloniales, una serie donde posan al descuido una curia de fantasmas dispuestos a contarle su historia a quien pueda percibirla. Casi me pierdo en la profundidad de la obra antes de distinguir allá, donde termina una callejuela adoquinada, la figura de un ángel errante y enorme que, con un fleje en la mano, hace rodar lo que me parece una llanta en desuso. ¿Quién habrá sido ese niño en vida?, me pregunto, sin esforzarme por indagar, y muevo la vista al cuadro siguiente, ocupado casi en su totalidad por una dama transparente en su entorno colonial. Al observarla, comienzo a presentir su desgracia: no había salido el sol de aquel día aciago, cuando la recogieron muerta sobre el empedrado de la calle. Todavía llevaba, aferrada a sus manos ansiosas, la sombrilla de seda y encaje con la que debió resguardarse del inclemente sereno de esa y todas las noches en que erraba por la villa en busca de un tesoro jamás hallado.
    Para haber pintado este cuadro, Yudit debió estar consciente de cuánto sufrió la muchacha a su paso por este mundo, es mi primera conclusión sobre la obra, y, sin moverme de mi punto de observación, busco, para disipar la sospecha, una señal en el rostro de la artista, sentada tras su buró al fondo del salón. Pero no encuentro la mirada cómplice en su rostro. No hallarla descubierta me induce a seguir escudriñando en el lienzo el pasado de la dama. Advierto entonces que había sobrevivido a una niñez enfermiza con el auxilio de los curanderos más notorios de la comarca; entre ellos, un liberto de confusa nacionalidad, a quien todos tenían por congo, aunque se la pasaba improvisando que de Guinea soy; buena noche, criollo; yo deja mi güesa allá; yo viene hacei caridá. Pero fueron tantos los facultativos llamados a asistir las dolencias de la niña, que jamás se supo cuál pudo adjudicarse el mérito de mantenerla viva hasta que, ya de joven, la señorita, como todos le siguieron llamando, fuera en extremo saludable y se permitiera el retozo en los barracones y las carreras a caballo desbocado por toda la inmensidad del valle.
    La historia me impresiona. Aparto la vista y me dirijo a una mesa en el lado opuesto, donde reposan unas piezas pertenecientes, según leo, a la serie Bicicletas. Me detengo mirando estos originales artefactos que más bien parecen velocípedos pequeños, mitad ciclo y mitad lámpara. Se necesita imaginación, pienso, y sigo el paseo lateral hasta donde me espera el conjunto de criaturas retorcidas que conforman las Entidades místicas, y se me ocurre que, de haber seguido yo las enseñanzas de Oscar Rodríguez Lasseria y Marco Planas —pretencioso que soy—, también habría podido crear mi propio bestiario, sin mucho que envidiarle a este. Pero quién sabe si fueron ellos los que, sin saberlo, me indujeron la mirada distinta para presentir la historia más allá de la pintura, lo que me resulta muy útil en ocasiones como estas en que la curiosidad me clava su arpón en la espalda y me obliga a pasear la vista, una vez más, por el cuadro de la dama, y detenerlos después en el siguiente, donde la misma transparencia fantasmagórica dibuja secciones de un cuerpo masculino con una definición en los músculos solo posible de formular mediante pericia de academia.
    Intuyo la desdicha que, más allá de su esclavitud, persiguió a este titán en vida, pero no dejo que mi pensamiento se adentre en los «detalles», pues para desgracia hay tiempo, pienso, y trato de animarme: Vania Borges, Yudit también pasó la escuela, se me ocurre decir en voz baja antes de seguir percibiendo que el padre de la señorita habría pagado una de sus tantas fortunas atesoradas en bancos y botijas con tal que su hija le hubiera salido distinta. Por lo menos que no fuera tan indulgente con la negrada, especialmente con Francisco José Negrito, ese «relambío» que se le quedaba mirando como si se la quisiera comer y con quien ella, según las domésticas, conversaba más de lo debido. Y hasta le decía vaya usted a saber qué cosas al oído mientras él sólo bajaba la cabeza, se pasaba la mano inquieta por su larga portañuela y miraba de reojo para cerciorarse de que nadie lo estuviera viendo, ni siquiera la señora, quien, con lo recta que era, también se entretenía mirándolo y mordiéndose los labios sin recato alguno.
    De saber que la desgracia no tardaría en llegar, mil veces el padre habría cumplido la promesa de encomendarle la joven a alguna de las tías que tanto habían insistido en tenerla en la villa, al alcance de una educación refinada con artes y labores. Nunca imaginaron que, en su lugar, algún día necesitarían las argucias de un familiar a quien hacían el centro de cuanta comidilla cocinaban las comadres del lugar, con tanta sazón que el olor atravesaba los montes y perturbaba las narices más puritanas del valle. Serían él y su esposa quienes, aceptando una irresistible oferta monetaria que solventara cuantiosas deudas de juego, una madrugada de rocío y neblina, recibirían en su puerta el carruaje cargado de baúles y sombrereras del que descendería, ayudada por el calesero, la desdichada joven.
    No tengo que esforzarme para ver la escena fugaz de la llegada en las imágenes pueblerinas y repetidas de la serie Paisaje envejecido. No hubo transeúntes a esa hora. Nadie vio el carruaje ni su caballo magnífico en medio de la calle adoquinada. Sin embargo, por esos avatares de la vida, coche y bestia están ahora a la vista de todos en este cuadro. Lo observo y me cuestiono, yo, que nunca en mi vida he visto un fantasma, si también los animales y los objetos pueden sobrevivir en el estado espectral que la pintora los exhibe. Sin embargo, oculta, tras la fachada de la casona colonial del fondo, la vida en clausura de la joven bajo la tutela de la tía política, quien, al no tener dama de compañía, mantuvo a la señorita informada sobre las novedades llegadas a la villa y los últimos sucesos acaecidos en el valle, como ese escándalo del negro doméstico a quien el amo lo sorprendió satisfaciendo, en su propia alcoba, los más depravados requerimientos de su ama.
    Al esclavo, extrañado porque el amo no lo hubiese descuartizado en el acto, lo enviaron ese mismo día al corte de caña. Viéndose a salvo, llegó a pensar que el señor estaba convencido de su inocencia, pues había sido la señora quien lo había tomado de la mano, ven acá, negrito bueno, que tú eres el único que me haces y me dejas hacerte las cosas ricas que a mí me gustan, y lo había llevado hasta el lugar; le había bajado los pantalones ella misma, se había arrodillado frente a él, y le había hecho perder los sentidos a tal punto que nunca vio la puerta abierta, ni al amo, completamente mudo, observabando la escena.
    Al imaginar lo que viene, me adelanto hacia otro punto en el tiempo, una serie encabezada por un negro viejo, descendiente, a todas luces, de aquellos que lamentaron estar cortando caña cerca de Francisco José Negrito el día en que cuatro mayorales le prendieron fuego al cañaveral por los cuatro costados, y el hedor a chamusquina y escarmiento se dejó sentir en todos los ingenios del valle. Por suerte, aquí hay otras imágenes más refrescantes, y hasta puedo permitirme el chiste ante estos retratos medievales: Corre, Cosme Proenza, que Yudit te pisa los talones, digo sonriendo, en voz baja. La serie se llama Dicotomía atemporal, y yo también afronto mi dicotomía: adelantarme y disfrutar los Dibujos pastel, donde las flores parecen acabadas de regar, o volver al Paisaje envejecido para lamentar la suerte de la muchacha en clausura.
    Me decido por ella, perturbada desde el mismo momento en que dio por sentado que el negro de la historia era su esclavo predilecto; el mismo a quien ella le había dado órdenes precisas de espérame en el arroyo, negrito malo, que enseguida voy para allá a castigarte por desobediente, y a quien, una vez solos, ella siguió recriminando porque nunca me dices nada sobre esto que me ha crecido, míralas, negrito, y cada vez que me acerco a ti es como si me pusieran una brasa enorme en este lugar, y eso es lo que tú me vas a hacer ahora mismo para quemarme de una vez; sin saber la señorita que, al darle rienda suelta a su antojo, desencadenaría los acontecimientos que la llevaron a perder el juicio. De modo que a ratos procuraba a Pancha, la comadrona, para que asistiera un parto que ya había tenido lugar casi dos años atrás, y sin siquiera tener idea de que a la negra la habían asesinado a cuchilladas pocas horas después de nacida la criatura.
    Trato de encontrar sosiego en Musas al aire, serie que también exhibe «un mundo de contrahechos», y, frente al impresionante retablo, una vez más se me sale el susurro: Sufre, Fabelo, porque algún día compartirás escaño. Y, un poco más allá, la interpretación vidaliana de Heredia y Martí me confirma que pronto he de volver, así que me dirijo al fondo del salón donde, sentada todavía tras su pequeño buró, está la pintora y, a su lado, de pie, Felicia, la incansable representante y curadora.
    Con mucha amabilidad me responden el saludo. Le digo a Yudit que tiene buena vista para la pintura y no parece darse cuenta de lo que le insinúo. Me proporciona su tarjeta de presentación; me despido y camino hacia la puerta. Un último vistazo al cuadro de la dama me la devuelve sin conciencia de que, allá en el valle, el amo de Francisco José Negrito, látigo en mano, azotó a su esposa hasta la muerte. En el acto se volvió loco de remate y se lanzó a una paila de melaza hirviente, lo que me obliga a cuchichear el comentario: Sufran, Esquilo y Sófocles; muérase de envidia, Mr. Shakespeare.
    Al salir a la calle, ya es noche cerrada. Mido los pasos sobre el suelo pedregoso y, al mirar a la distancia, tengo que cerrar los ojos y abrirlos de nuevo un par de veces para darle crédito a lo que veo: un ángel errante y enorme que, con un fleje en la mano, hace avanzar una rueda del tiempo mientras lo sigue un enjambre de ruedas aladas cual avecillas diminutas, salidas todas de los relojes locales que, al paso de los siglos, se resistieron a dar la hora.
    Antes de llegar a la casa de Eusebio y Lía, el instinto me hace mirar hacia atrás y distingo a Yudit en la puerta de la galería, haciéndome una señal de asentimiento para alejarme cualquier duda. Vuelvo la vista al espectro cada vez más grande, y advierto que no guarda relación alguna con los niños de Seres, la serie donde los infantes, al igual que los de Maikel Herrera —sufre, tú también, muchachón—, posan tan felices como los de La Edad de Oro, el cuadro formidable y olvidado de Edward Magnus. Se trata de un mulatico, vigoroso y desobediente como el padre, que no se acostumbró a la clausura y un día salió a la sala, y de allí a la calle por la puerta de servicio, para desatar la ira de la tía y su sentencia lapidaria de nadie pasará el bochorno de salir en busca de un negro bastardo; puedes darlo por perdido, casquivana; razón por la que, sin volver a probar bocado, la señorita calculó el momento en que todos en la casa estuvieran dormidos, y salió a buscarlo, esa y todas las noches por venir, sin la más mínima certeza de que alguna vez lo encontraría.

  • Yudit Vidal faife dijo:

    Gracias Marianela por estar a mi lado, por confiar en mi arte y por la promoción de esta exposición que ha dejado en La Habana un pedacito de mi amor.

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Marianela Dufflar

Marianela Dufflar

Colaboradora de Cubadebate. Master en Relaciones Públicas, Especialista en Comunicación de ARTex, Premio Espacio 2015 de Relaciones Públicas.

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