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Puerto Rico y el caso de Carlos Muñiz Varela: Retrato de la impunidad

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la contrarrevolucion cubana en puerto ricoPor Manuel de J. González/ Claridad

Cuando el presidente estadounidense Barack Obama anunció la reapertura de relaciones diplomáticas entre su país y Cuba, afirmó que las “políticas” anteriores, dirigidas a promover “aislamiento”, habían fracasado. ¿Realmente se trató de una simple política dirigida a “aislar” a la isla rebelde?

Los que vivimos esa época sabemos que la “política” ejecutada desde Washington hizo correr mucha sangre. Los efectos sobre todo un pueblo –el cubano– fueron dolorosos y en muchas ocasiones sangrientos. Otros pueblos, como el puertorriqueño, también sufrieron las duras consecuencias de esa “política” que se tradujo en asesinatos, ataques con bombas y, para muchas personas, vivir la vida en medio de terror.

La imagen de un avión con 73 personas a bordo volando en pedazos en pleno vuelo, como ocurrió en 1976, por sí solo sería suficiente para resumir el nivel de barbarie que, ya fuere por acción o por omisión, desató la estrategia estadounidense. Aquel acto es, sin embargo, uno más de una lista casi interminable.

De este tema se ha escrito bastante, pero nunca suficiente. Además, casi todo lo publicado hasta ahora se dirigía mayormente a relatar lo ocurrido en el país objetivo de la cadena de agresiones, Cuba. Ahora contamos con un libro que centra su análisis y su relato en otro país que también jugó un papel muy importante: Puerto Rico.

De la autoría del diplomático e historiador cubano Jesús Arboleya y de los cubano-boricuas Raúl Álzaga y Ricardo Fraga, se publicó hace algunos meses La contrarrevolución cubana en Puerto Rico y el caso de Carlos Muñiz Varela, un libro altamente documentado y bien escrito, cuyo contenido supera los temas que resume el título.

Conociendo a dos de los autores, Raúl Álzaga y Ricardo Fraga, quienes han dedicado buena parte de sus vidas a señalar a los responsables del asesinato de Carlos Muñiz Varela y reclamar su procesamiento, era lógico esperar que el fruto de su investigación y su permanente denuncia, tarde o temprano se recogiera en un libro. El que produjeron, sin embargo, va mucho más allá del trágico evento que los marcó para siempre. Además de documentar el acecho y la muerte de aquel compañero del alma, y el encubrimiento que aún perdura, el libro constituye una aportación de primer orden a la historiografía puertorriqueña de la segunda mitad del siglo XX. Es también un testimonio dramático de hasta dónde fue capaz de llegar aquella estrategia desplegada por Estados Unidos durante la llamada Guerra Fría, cuando todo era permitido o tolerado si contribuía a debilitar al “enemigo”.

El asesinato de Muñiz Varela, ocurrido el 28 de abril de 1979, y el bochornoso encubrimiento que hasta ahora ha impedido el procesamiento criminal de los culpables, ocupa los dos últimos capítulos del libro, el VI y VII. Ambos temas han sido ampliamente atendidos por la prensa puertorriqueña y cubana, así como en revistas especializadas y foros académicos, a lo largo de las casi cuatro décadas que han trascurrido. Pero aun para aquellos que han seguido de cerca el tema, los dos capítulos, particularmente el VII, resultan muy reveladores.

La labor de denuncia y la investigación que allí se recoge, laboriosamente recopilada por los autores, nos da un retrato escalofriante e indignante de cómo las instituciones estadounidenses responsables de investigar este tipo de crimen – Departamento de Justicia, Fiscalía federal y el FBI – se juntaron con las puertorriqueñas – el DJ boricua y la Policía – para proteger a los culpables. Allí están los nombres de todos los que diseñaron y ejecutaron el manto protector.

Entre los federales sobresalen el fiscal Daniel López Romo y todos los jefes de FBI en Puerto Rico, desde los que lo dirigieron hace más de 30 años, hasta los más recientes como Héctor Pesquera y Luis Fraticelli. En cuanto a los fiscales puertorriqueños asignados a “investigar”, no vale la pena mencionar a ninguno porque unos fueron claramente encubridores y otros demasiado timoratos o incompetentes.

Y no se trataba de un caso misterioso de difícil esclarecimiento. Desde el día siguiente del asesinato los autores intelectuales, sintiéndose impunes, alardearon públicamente del acto. En cuanto a los autores materiales, sucesos posteriores – como el procesamiento de una banda criminal dentro de la Policía (la del notorio Alejo Maldonado) y la investigación senatorial que esclareció el crimen del Cerro Maravilla – permitieron su identificación, así como la de importantes testigos. Cualquier investigador más o menos competente podía completar el círculo con relativa facilidad. Pero ninguno lo hizo o quiso hacerlo. Tras cuatro décadas, como dijo Mario Benedetti tras el fallecimiento de Pinochet, la muerte ha ido ganándole a la justicia y los autores del vil asesinato solo se han enfrentado al quimérico juicio final que predica la religión.

Volviendo al libro y a su importancia para la historia puertorriqueña, vale destacar los capítulos II, III y IV. El II contiene una exposición detallada de cómo el gobierno de Luis Muñoz Marín y la llamada “izquierda democrática” latinoamericana – José Figueres y Rómulo Betancourt – transitaron desde un apoyo cauteloso a la joven Revolución Cubana hasta la colaboración activa con los grupos violentos que actuaron en o desde sus países. El III, por su parte, recoge un análisis muy valioso de la comunidad cubana en Puerto Rico desde su configuración en la década del ‘60 hasta su virtual integración al pueblo puertorriqueño cincuenta años después.

Mención aparte merece el capítulo IV que, junto con la pormenorizada cronología de actos violentos que se incorpora al final y que cubre 49 páginas, pudiera ser suficiente para todo un libro. Allí encontramos los atentados de los grupos contrarrevolucionarios cubanos en suelo puertorriqueño a lo largo de varias décadas, dirigidos contra empresas o gobiernos extranjeros que se relacionaban con Cuba, contra las organizaciones independentistas o de izquierda, los otros cubanos que simpatizaban con la Revolución o hasta sus propios colegas. En uno solo de esos años se produjeron más de 40 actos violentos que dejaron una larga estela de destrucción y muerte. Aquella guerra contra todo lo que “oliera” a Revolución se desarrolló con la aquiescencia o la colaboración tanto del gobierno federal como el puertorriqueño.

El único “consuelo” que podemos tener quienes conocimos y apreciamos a Carlos Muñiz Varela, es que su asesinato no es el único que queda impune. Ninguno de aquella larguísima cadena de atentados fue seriamente investigado ni mucho menos procesado.

De venta en la Claritienda. El libro será presentando el 3 de noviembre en la Carpa Roja de CLARIDAD a las 7:00 de la noche, por el licenciado Manuel de J. González.

(Publicado en Claridad, Puerto Rico)

Se han publicado 3 comentarios



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  • Hugo Andrés Govín Díaz dijo:

    Queda bien claro que la justicia estadounidense y las agencias de investigaciones estan subordinadas a los dictámenes del SISTEMA. Los mejores ejemplos siguen siendo la protección oficial a Posada Carriles y compinches; la persecución y enjuiciamiento a los antiterroristas que controlaban a esas bandas en Miami y la inactividad con este caso del asesinato del hermano Carlos Muñiz.

    • A.Salomon dijo:

      Carlos M. V. vive en nuestros corazones y se hará justicia en cotra de su cobarde y cruel asesinato .Hasta la victoria siempre!!!

  • Charles Romeo dijo:

    Carlos Muñiz era un joven que impresionaba por su personalidad y que imponia un gran respeto por la seriedad y dedicacion que le prestaba a la funcion que ejercia como vendedor en sus inicios, de viajes a Cuba para cubanos residentes en Puerto Rico via Miami en donde habiams centralizado todos los vuelos hacia Cuba. Cuando me entere en Miami de su asesinato envie un telex a La Habana diciendo que consideraba que debia asistir a su velorio y la respuesta que recibi fue ” que tenia que ir” representando a Havanatur de la cual yo era su agente mayorista exclusivo en los EE.UU. por que para eso me habian enviado a ese pais. Estuve en el velorio y puedo agregar que sus asesinos tuvieron la desfachatez de enviar una corona de flores con un comentario alusivo. Pase un dia en San Juan bajo la proteccion armada de un compañero puertoriqueño que me recibio en la puerta del avion y estuvo conmigo hasta que me dejo nuevamente en la puerta del aviion en que regrese a Miami.

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