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Saldrá a la venta libro de Diego Maradona sobre México-1986 (+ Video)

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Maradona 1986El libro de Diego Armando Maradona, realizado en colaboración con Daniel Arcucci y editado por Sudamericana, esta semana saldrá a la venta en Argentina.

A 30 años de la consagración en suelo azteca, Diego recuerda el camino a la gloria; y en LA NACION Revista explica por qué su mirada de aquellos días es ahora muy diferente y recrea con el corazón en la mano la que fue, para él, la verdadera final: el partido contra Inglaterra

Aquí, un extracto de algunos de sus pasajes más significativos.

“Les habla Diego Armando Maradona, el hombre que le hizo dos goles a Inglaterra y uno de los pocos argentinos que saben cuánto pesa la Copa del Mundo.”

No sé por qué, pero como me pasó otras veces con otras frases -como aquella de “la pelota no se mancha”, el día del partido homenaje en la Bombonera-, se me ocurrió esa para saludar a mi familia en la última Navidad, la de 2015, la primera que pasábamos todos juntos en la casa de siempre, en Villa Devoto, aunque sin mis queridos viejos, don Diego y doña Tota. Muchos creen, todavía, que esas frases me las escribe alguien. Y no, la verdad que no: me salen del corazón y me vienen a la cabeza. Aquella noche, miré al cielo y les agradecí todo lo que ellos me habían dado en la vida, que fue mucho, mucho más de lo que yo les di. Ellos me dieron todo lo que tenían, todo. Y me bancaron siempre, en las buenas y en las malas. Y mirá que tuve varias malas, eh.

Esa noche, alguien, no me acuerdo quién, me regaló una réplica de la Copa del Mundo. Y ahí, cuando volví a tener en las manos ese trofeo dorado, cuando volví a acunarlo como si fuera un bebé, me di cuenta de que habían pasado casi treinta años desde el día que había levantado la Copa de verdad en México. Y me di cuenta, también, de que esa alegría debe haber sido uno de los mejores regalos que les hice a mis viejos. El mejor regalo. Para ellos y para todos los argentinos. Los que nos bancaron. Y los que no nos bancaron también. Porque al final la gente, toda la gente, salió a festejar. Y me di cuenta, también, de que a medida que pasa el tiempo esa Copa pesa cada vez más. Tres décadas más tarde, esos seis kilos y pico de oro ya parecen toneladas.

Y yo no celebro que otro jugador argentino no la haya vuelto a levantar desde 1986, que quede bien clarito. Sería un traidor si lo hiciera. Como sería un traidor si no contara ahora todo lo que vivimos en aquellos días tal cual me sale, tal cual lo siento. Porque así hablo yo, así habla Maradona. Como voy a decir varias veces en este relato, me han pegado en muchos lugares en todo este tiempo, pero en la memoria no. Y, sí, lo acepto, hay cosas que veo diferentes treinta años después. Creo que tengo derecho.

Yo he cambiado mucho, es cierto, y muchos hablan de mis contradicciones. Pero en algo no cambié ni me contradije: cuando me decidí a jugarme por una causa, lo hice y lo di todo. Por eso digo, hoy, que me hubiera gustado que, tantos años después, Bilardo hiciera por mí lo mismo que en su momento yo hice por él. Nada más. Que se hubiera jugado por mí como yo me jugué por él. Porque él sabe mejor que nadie cómo me jugué en medio de la guerra del menottismo contra el bilardismo y del bilardismo contra el menottismo. Me jugué por una causa que tenía que ser de todos. Puse la camiseta por encima de mis gustos, porque a mí el Flaco me llegaba al corazón, aunque no lo dijera públicamente. El resto está en la historia. Y cada uno lo recuerda como lo siente, como le sale. Por eso digo que esta es mi verdad, la mía. Que cada uno tenga la suya. Lo único que puedo gritar, para que todos escuchen, y lo único que puedo escribir, para que todos lean, es que tampoco me olvido de que, cuando decía que íbamos a ser campeones, me trataban de loco. Bueno, tan loco no estaba, ¿no?: al final, salimos campeones.

La mano de Dios

Si era por los argentinos, teníamos que salir con una ametralladora cada uno y matar a Shilton, a Stevens, a Butcher, a Fenwick, a Sansom, a Steven, a Hodge, a Reid, a Hoddle, a Beardsley, a Lineker. Pero nosotros nos alejamos de ese quilombo. Ellos eran sólo nuestros rivales. Lo que yo sí quería era tirarles sombreros, caños, bailarlos, hacerles un gol con la mano y hacerles otro más, el segundo, que fuera el gol más grande de la historia. Me acuerdo bien. Cuando los periodistas se enteraron de que íbamos a jugar contra Inglaterra en los cuartos de final, evitamos hablar porque sabíamos bien que las preguntas apuntarían más a cómo íbamos a gritarles los goles, si íbamos a hacerle el fuck you a la Thatcher, si le íbamos a pegar una piña a Shilton. Ya sabíamos cómo venía la mano, por eso elegimos mantenernos alejados, serenos. En todo caso, la cuestión iba por dentro. Y les aseguro que, por dentro, ardía. A mí me explotaba el corazón. Pero había que jugarlo. En la previa, el tema de la guerra no pasaba desapercibido. ¡No podía pasar! La verdad es que los ingleses nos habían matado a muchos chicos, pero si bien los ingleses son culpables, igual de culpables habían sido los argentinos que mandaron a los pibes a enfrentar a la tercera potencia mundial con zapatillas Flecha. Uno nunca pierde el patriotismo, pero uno habría querido más que no hubiera habido guerra. Y, en todo caso, que la hubiéramos ganado nosotros. Yo me acordaba bien del ’82, cuando llegamos a España: era una masacre de piernas y de brazos, de todos esos pibes argentinos regados por Malvinas, mientras a nosotros los hijos de puta de los militares nos decían que estábamos ganando la guerra. Entonces, como yo me acordaba perfectamente de aquello, no jugué el partido pensando que íbamos a ganar la guerra, pero sí que le íbamos a hacer honor a la memoria de los muertos, a darles un alivio a los familiares de los chicos y a sacar a Inglaterra del plano mundial. Futbolístico. Dejarlos afuera del Mundial en esa instancia era como hacerlos rendirse. Era una batalla, sí, pero en mi campo de batalla. Yo no le puedo echar la culpa a Lineker. No, no, no, muchachos. Aquello era un partido de fútbol y así lo interpretamos todos. Porque los ingleses fueron caballeros con nosotros. Incluso después que ganamos, ellos vinieron a saludar, vinieron al vestuario a cambiar camisetas. Les digo: a mí me quieren hacer enemigo de Inglaterra y no lo soy. Para mí, que ellos se acuerden de Bobby Charlton, por ejemplo, después de setenta años de no haber pisado una cancha, me emociona. Y, lamentablemente, creo que es una cosa que en la Argentina no voy a ver nunca. Si el Tata Brown fue campeón del mundo y una tarde hace unos años no lo dejaron entrar en la cancha de Estudiantes. De eso hablamos en la concentración, antes de salir. Es cierto que no era un partido más, ¡qué iba a ser un partido más! Desde que nos habíamos enterado de que iban a ser nuestros rivales, nos daban vueltas en la cabeza. Los habíamos ido a ver, contra Paraguay, en el Azteca. Les ganaron fácil. A mí no me sorprendió que pasaran; eran mejores. Contra ellos, nosotros íbamos a jugar por primera vez en ese estadio y al mediodía. Como quedaba a cinco minutos de la concentración, a las nueve y media de la mañana estaba prevista la salida del micro. Pero a las nueve, media hora antes, ya estábamos todos al pie del cañón, como soldaditos. Yo, que siempre duermo como un animal, me había despertado más temprano que nunca. Tenía ganas de que llegara la hora del partido, tenía ganas de salir a jugar y que terminara el palabrerío. Y en el vestuario seguimos con lo mismo. De lo único que hablábamos era de que íbamos a jugar un partido de fútbol, de que teníamos una guerra perdida, sí, pero no por culpa nuestra ni de los muchachos que íbamos a enfrentar. Y creo que eso fue suficiente para entrar a jugar con la carga justa, la necesaria. De eso les hablé yo a los muchachos. Porque estábamos todos cargados, muy cargados. Los rituales los hicimos, como en los partidos anteriores. Yo, antes del vendaje ese que me hacía Carmando, dibujaba un jugador en el piso. Y guarda que alguno lo pisara, guarda… Estaba la Virgen de Luján donde tenía que estar, estaba todo. Hay una foto que siempre recuerdo, muy linda, muy especial. Vamos entrando los dos equipos por una especie de rampa que tenía el estadio detrás de un arco. Había casi 115.000 personas en la cancha, pero yo sólo escuchaba el ruido de los tapones sobre ese piso, medio metálico. Ya no nos hablábamos. Ni entre nosotros ni con ellos. Ya nos habíamos saludado todos, porque antes había algo parecido a una habitación donde nos juntábamos con los rivales. Con Glenn Hoddle yo había jugado el partido de Osvaldo Ardiles, con la camiseta del Tottenham, y tenía buena relación. Pero además los ingleses se lo tomaron con una seriedad y un respeto terrible, como se debía, y nosotros con la misma seriedad y el mismo respeto. Para ellos también era un momento muy difícil. Nos enteramos de que, antes del partido, les había hablado un tipo, creo que el ministro de Deportes, o algo así, para que tampoco se metieran en quilombos con declaraciones y para que no se dejaran llevar por la calentura en el juego. Los jugadores estábamos todos en la misma. La carga estaba afuera, en lo que le podía agregar la gente, los hinchas. Ojo, porque el público lo que quería ver era fútbol también. Pero lo cierto es que la cuestión política estaba jugándose mucho más afuera, entre ellos y entre los propios gobiernos, que entre los jugadores. La política siempre usó al fútbol y lo seguirá haciendo, que no quepa la menor duda. No es lo mismo sacarse una foto con un jugador de pato que con un jugador de fútbol, y eso el político lo sabe y lo sabrá, por los siglos de los siglos. Y no es lo mismo ganar un mundial, tener una selección que gane un mundial y tranquilice las cosas. Hoy, con los ingleses me llevo de maravilla.

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Sé que Peter Reid declaró en un documental que tiene pesadillas con ese partido, que todavía se despierta todo transpirado a la noche. Pero cuando me encontré con él -y no fue una sola vez-, me habló del segundo gol, no del primero. Siempre me habla de ese gol. Él dijo que fue “una obra de arte”, que le daban ganas de pararse y aplaudirme, que no podían frenarme de ninguna manera. Y a mí, personalmente, cara a cara, me dijo algo más, me dijo así: “Yo, cuando vi al potro salvaje que agarró velocidad, no pude más y me tiré al medio, solo. Me entregué”. Si ven el gol de nuevo, como a mí me lo hicieron ver millones de veces, se van a dar cuenta de que eso es cierto. Lo estoy viendo ahora, mientras recuerdo. Ahí está, ahí está cuando Reid me deja. Qué momento. La jugada nace ahí, en el pase de Enrique. Sí, más allá del chiste, el pase del Negro es fundamental. ¿Qué pasaba si le erraba por medio metro, eh, qué pasaba? Yo no la recibía como la recibí y no podía girar como lo hice, para sacarme a dos de encima, a Beardsley y al pobre Reid. En el giro ya me saco a dos, vayan contando, y había quedado Hodge por ahí, pero Hodge no marcaba a nadie. Enseguida se ve cómo Reid me abandona cuando yo ya estoy lanzado, corriendo desde la derecha hacia el arco, dos metros más allá de la mitad de la cancha. Eso es lo que cuenta él del “potro salvaje”, ese momento. Entonces me sale Butcher por primera vez. Yo le amago a irme por afuera y engancho apenas para adentro. Pasa de largo, el inglés, que gira y me empieza a perseguir. Yo lo voy sintiendo a él, atrás, a mi derecha, como si me estuviera respirando en la nuca. Y también los veo a Valdano y a Burruchaga que me vienen pidiendo la pelota por el otro lado, por la izquierda, pero ¡ni loco se la voy a dar, ni loco! Si la pelota la traía yo desde mi casa. Entonces me sale Fenwick. Y acá quiero hacerles un homenaje a los ingleses. Miren que no soy de regalarle nada a nadie, pero si hubiese sido contra otro equipo, ese gol no lo habría hecho, ¡no lo habría hecho! Me hubiesen volteado antes, pero los ingleses son nobles. Fijate, fijate la nobleza de Fenwick, que me tira el manotazo, pero no me lo tira en la cara. Me tira el manotazo a la altura del estómago, lo mismo que si me acunara como a un bebé. Nada. Ni lo siento, además de la velocidad y la potencia que traía… Por eso digo que si hubiese sido contra otro equipo, quizás hoy no estaríamos viendo este gol. Después me leyeron por ahí que él dijo que estaba condicionado por la amarilla del primer tiempo, que tuvo que decidir en un segundo si hacerme foul o no, y que lo expulsaran. Cuando se decidió, me parece, la pelota ya estaba adentro. También dijo que, si me encuentra, no me daría la mano, pero yo creo que sí, que me daría la mano y hasta un abrazo. Butcher sí me tira un patadón. ¡No se imaginan lo que fue la patada de Butcher! Me da abajo, a ver si me podía levantar y tirarme a la mierda. Pero yo llego tan armado ahí que cuando la toco tres dedos para mandarla adentro, me importa tres huevos la patada de Butcher. Lo sentí más en el vestuario el golpe: ¡cuando me miré el tobillo no lo podía creer, lo tenía a la miseria! Como ya lo dije mil veces, en el momento no me acordé de aquello que me había dicho mi hermano el Turco, pero sí me di cuenta de que, aunque sea inconscientemente, algo de eso me había venido a la cabeza. Y a los pies. Porque defino como el Turco me había dicho que hiciera. Así lo conté, en su momento. Resulta que cinco años antes, en el ’81, durante una gira por Inglaterra, en Wembley, yo había hecho una jugada muy parecida y definí tocándola a un costado cuando me salió el arquero… La pelota se fue afuera por nada, cuando yo ya estaba gritando el gol… El Turco me llamó por teléfono y me dijo: “¡Boludo!, no tendrías que haber tocado… Le hubieras amagado, si ya estaba tirado el arquero…”. Y yo le contesté: “¡Hijo de puta! Vos porque lo estabas mirando por televisión…”. Pero él me mató: “No, Pelu, si vos le amagabas, enganchabas para afuera y definías con derecha, ¿entendés?”. ¡Siete años tenía el pendejo! Bueno, la cosa es que esta vez definí como mi hermano quería… Pero la verdad fue que Shilton me ayuda. Lo peor que hace Shilton, como se ve, es que no me tapa nada. A Shilton no le tengo que hacer ningún amague; le tengo que adelantar la pelota nada más… Hizo cualquier cosa menos taparme como un arquero normal. Cuando lo paso, yo ya sabía que era gol: la toco, tac, cortita, tres dedos para que la pelota entre mansita. Y listo. Ahí sí que salí gritando como loco. No necesité mirar al referí ni a nadie. Sabía lo que había hecho. Corrí por la línea de fondo y, cuando llegué al córner, me encontré con Salvatore Carmando, justo con él. Me abrazó y enseguida llegaron todos los demás. Burruchaga, Batista, Valdano, se olvidaron de los retos de Bilardo: “¡Qué gol hiciste, hijo de puta, qué gol hiciste!”, me gritaban. Cuando estuve con Bennaceur, en Túnez, también me confesó algo del segundo gol. Me dijo: -Ese gol también lo hizo por mí, Diego. -¿¡Cómo por usted!? ¿Por qué? -Porque yo podría haber parado la jugada en el comienzo, cuando me reclamaron una falta. Y después, ya en su carrera, dos o tres veces, por foul, pero usted seguía, seguía, y yo lo acompañaba diciendo “¡Ventaja, ventaja!”. Claaaro, ley de ventaja, todo el tiempo. Así que también en eso tuvo que ver el tunecino. Y en esta no se equivocó, no se equivocó para nada. Entendió el juego. Me emocionó mucho que él no estuviera enojado conmigo, porque el tipo, en vez de acordarse del peor error de su carrera, se acuerda de que estuvo en ese partido. ¡Cómo no lo voy a querer! Ese gol para mí tiene música.

Maradona 1986

No, no, yo no soñé nunca algo así. No pude ni soñarlo. Este gol está marcado a fuego. Acá pueden venir los Messi, los Tevez, los Riquelme, y hacer diez goles cada uno. Mejores que ese. Pero nosotros fuimos a jugar un partido contra los ingleses después de una guerra, después de una guerra que todavía estaba muy fresca y en la que los chicos argentinos de 17 años habían ido a pelear con zapatillas Flecha, a tirarles con balines a los ingleses, que marcaban a cuántos iban a matar y a cuántos iban a dejar vivos. Y eso no se compara con nada. Y todo eso los padres se lo contaron a los hijos, y los hijos a sus hijos. Porque ya pasaron treinta años, treinta años. Y lo siguen contando. Entonces, claro, los chicos de hoy están con la Play Station, y yo con la Play Station no quiero saber nada, no me va, porque la Play Station te hace un jugadorcito, no te hace un gran jugador. Pero lo cierto es que todavía hay chicos de 10 años que se tatúan “Maradona”. Y eso, eso es una locura que sólo puede explicarse con un gol. O con dos. Con los goles a los ingleses.

Yo creo que el momento sublime fue ese, que estoy viendo ahora, por primera vez después de tantos años: cuando el árbitro toca el pito y dice que todo termina. Que Argentina termina ganándole a Inglaterra 2 a 1, que termina y queda escrito para siempre que yo hice los dos goles, que termina y quiero llamar a Buenos Aires, otra vez, como aquella vez, para abrazarme con todos.

(Tomado de la nación.com.ar)

Se han publicado 9 comentarios



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  • Sergio dijo:

    México ’86: a 30 años, 30 historias

    01 La zurda de Maradona. Si un Mundial es un estado de ánimo que dura cuatro años calendario, la historia de México ‘86 empieza donde termina su antecesor, España ‘82. Argentina pierde 3 a 1 con Brasil en Barcelona y queda eliminada. Diego Maradona, la gran esperanza del equipo para repetir el título, alterna buenas y malas, no se destaca, no conduce. En ese partido fatídico, lo último que muestra su pierna izquierda es un planchazo descalificador sobre Joao Batista que le cuesta la expulsión a cinco minutos del final. Adiós al sueño y al ciclo de César Luis Menotti como DT de la Selección.

    02 El gancho. Tras varios meses sin sucesor para Menotti, el 24 de febrero de 1983, a las 19.35 , el doctor Carlos Salvador Bilardo estampa su firma en el contrato que lo liga a la dirección técnica de la Selección Argentina desde esa misma tarde hasta el final del próximo Mundial. Fue una elección muy discutida la que hizo la AFA. Diez días antes, Bilardo se había consagrado campeón con Estudiantes del Metropolitano ‘82, luego de vencer a Talleres por 2 a 0. El primer gol de ese partido consagratorio lo anotó un hombre del “doc”, José Luis Brown. Anoten ese nombre.

    03 La cinta. El trabajo de Bilardo, obsesivamente perfeccionista, se ganó una legión de detractores en redacciones y cafés de todo el país. Como DT, su primer golpe de timón fue ofrecerle la capitanía del equipo a quien consideraba el jugador clave: Maradona. Con el diario de 2016 parece un acierto, pero en su momento fue un escándalo. Hasta entonces, la cinta era inamovible del brazo de Daniel Passarella, caudillo del seleccionado campeón del ‘78. Diego lloró en su casa de Barcelona al escuchar la noticia. Al Kaiser no le cayó muy bien.

    04 Las Eliminatorias. Argentina se jugó la clasificación ante Colombia, Venezuela y Perú. Mientras los dos primeros no presentaron obstáculos, los peruanos estuvieron muy cerca de dejar a nuestro equipo fuera del Mundial. En Lima ganaron 1 a 0, con una violenta y pegajosa marca del volante Luis Reyna sobre Maradona. Y en el Monumental, a falta de diez minutos, iban arriba 2 a 1 ante un estadio inquieto. Un rebote empujado a la red por Ricardo Gareca a los 36 minutos acabó el suplicio y mandó a la Selección a tierras aztecas. Paradójicamente, el Tigre Gareca se quedaría fuera de la lista definitiva y vería el Mundial por televisión. En la actualidad, es director técnico de la selección de Perú y pelea por llevarlos al torneo del que aquella tarde los privó. Paradojas.

    05 Tilcara I. En enero del ‘86, Bilardo se llevó 14 futbolistas a entrenar a la Puna para probar cómo contrarrestar los efectos de la altura mexicana. Durante diez días, figuras como Bochini, Ruggeri o Brown jugaron a la pelota en canchas de tierra y piedra contra equipos armados con vecinos del pueblo, con el silencio de los cerros como tribuna. “Allí empezamos a vivir el Mundial”, recuerda hoy el Tata Brown.

    06 Tilcara II. Pero hablar de ese pueblo jujeño es hablar de su maldición. Hasta el menos futbolero la conoce: Argentina no tiene tres estrellas en el pecho porque el plantel del ‘86 nunca cumplió una promesa de volver allá para agradecerle el título a la Virgen de Copacabana de Abra del Corral. Bilardo, un esclavo de las cábalas, jura que jamás prometió tal cosa. Los vecinos, que acompañaban al plantel a visitar a la Virgen, afirman que sí. Este malentendido habría sido el padre del mito. Los años de sequía hicieron el resto.

    07 Las críticas. Antes del Mundial, Daniela Bilardo, en el colegio, era simplemente Daniela. Su madre había arreglado que los profesores no la llamasen por el apellido debido a la saña que había con su padre. En la casa de Daniela había siempre colgado un cartel de “En venta”, para engañar a quienes iban a tirar piedras a la ventana. Así de odiado era el DT de la Selección. El equipo no tenía juego y de México se esperaba solamente un papelón. Algunos familiares de jugadores le tenían tanta confianza al equipo que armaron planes para pasar unos días en Acapulco después de la eliminación en Primera Ronda.

    08 El asado. Uno de los hinchas desencantados con la Selección era el presidente Raúl Alfonsín. En la sobremesa de un asado con colaboradores, le preguntó a su secretario de deportes, Rodolfo O’Reilly, cuándo lo iba a echar a Bilardo. Y O’Reilly, que en realidad venía del mundo del rugby, se dio maña. Aprovechó una entrevista para decir que “la Selección no jugaba a nada”, candidateó a Menotti, consultó con Grondona y hasta habló con algún dirigente de AFA para derrocar al propio Don Julio si éste no quería limpiar a Bilardo.

    09 El blindaje. Mito o no, Bilardo cuenta en su autobiografía que se enteró del intento de golpe por una red de informantes conformada por taxistas y mozos de bares donde se reunían políticos, que solían pasarle data sensible que escuchaban de refilón. Lo cierto es que armó un operativo blindaje con un grupo de periodistas afines que le dieron aire para denunciar la maniobra. Maradona también salió al cruce: “Si echan a Bilardo, que busquen a otros jugadores para jugar el Mundial”. Al final quedó todo en la nada. Faltaban exactamente 80 días para que Alfonsín y O’Reilly vieran al plantel entrar a Casa Rosada con la copa bajo el brazo.

    10 La lista. El 17 de abril, la AFA entregó la lista definitiva. Almirón, Batista, Bochini, Borghi, Brown, Burruchaga, Clausen, Cuciuffo, Enrique, Garré, Giusti, Islas, Maradona, Olarticoechea, Passarella, Pasculli, Pumpido, Ruggeri, Tapia, Trobbiani, Valdano y Zelada. Como si se tratara de alumnos de la primaria, el orden alfabético y no la táctica determinó los dorsales del plantel. Salvo en un par de casos excepcionales. ¿O alguien imagina a Maradona jugando ese Mundial con un 13 en la espalda?

    11 La huida. “Yo siempre digo en chiste que a Ezeiza nuestros familiares fueron a escondidas. ¿Usted no es la mamá de Héctor Enrique? No, yo no”, se ríe a la distancia el Negro. Cantando bajito, como dice el tango, cuerpo técnico y jugadores partieron rumbo al Mundial mes y medio antes del debut. No se trataba sólo de aclimatarse a la altura, sino de escapar del ambiente hostil. Cuando llegaron a México, alguien dijo en joda que “serían los primeros en llegar y los últimos en irse”. En el grupo, la frase se grabó a fuego.

    12 La reunión. Las críticas, los malos resultados, la rivalidad entre Passarella y Maradona, entre menotistas y bilardistas, todas esas tensiones convivían en el seno del plantel. En uno de los peores partidos preparatorios, empataron 0 a 0 con el Junior de Colombia, un club de mitad de tabla, a dos semanas del debut. Esa noche todo explotó. Los jugadores se reunieron en un cuarto en el que se dijeron en la cara todo lo que tenían atragantado y se juraron ganar la Copa. “El nuestro fue un grupo de hombres, que en su momento se dijo las cosas que se tuvo que decir y murió ahí”, recuerda Tapia sin dar detalles. Es que si hay una historia de México que todavía es un misterio fue lo que pasó dentro de ese cuarto. Ninguno de los protagonistas jamás contó qué se dijo en esa charla.

    13 La isla. Ubicado a diez minutos del Estadio Azteca, el predio del Club América fue la casa de la Selección en México. Una casa que le quedó chica. Tanto fue así que debieron armar unos cuartos improvisados en un anexo, a 300 metros de la concentración. Lo llamaron cariñosamente “La Isla”, pero era un galpón: techos que se llovían, un solo baño, camas más chicas que los jugadores. Brown y Passarella, dos de los “isleños”, compartían el cuarto con una parrilla de material.

    14 El debut. El 2 de junio de 1986, a las tres de la tarde de una Argentina que no esperaba nada del equipo, la Selección debutó en el Mundial con un triunfo 3 a 1 ante Corea del Sur. Los goles de Ruggeri y Valdano (autor de dos) serían menos recordados que las patadas karatecas que recibió Diego Maradona.

    15 Búnker. Eduardo Cremasco era un ex jugador de Estudiantes y amigo personal de Bilardo que vivía en el DF y ayudó en la logística de la llegada del equipo. Tenía un pequeño restaurante de carne argentina llamado “Mi Viejo”, al cual el plantel visitó en la previa del debut. Guiados por Maradona, pero más aún por las cábalas, “Mi Viejo” se volvió una parada obligatoria del plantel. Para el local, fue la consagración dentro del mundillo del fútbol. Cremasco murió en 1988, pero Héctor Zelada, ídolo del Club América y tercer arquero del plantel 86, compró el local y mantuvo viva la mística durante muchos años.

    16 Paren de atacar. Italia llegaba como campeón defensor a México, pero corría el riesgo de volverse a casa si perdía con Argentina. A los seis minutos, se puso arriba con un penal dudoso que Altobelli cambió por gol. Sería el único momento en toda la Copa en el que Argentina estuvo abajo en el marcador. Diego lo empató a la media hora con una pincelada, sutil y enigmática, que descolocó a un zaguero y al arquero en un mismo toque. El equipo estaba para cosas grandes. El punta Gianluca Vialli empezó a pedirle a Oscar Garré que dejasen de atacar y firmasen el empate, que “si nos ganan, nos matan a todos”.

    17 Cábalas. Pumpido usó todo el Mundial la misma ropa, Garré se ponía un ramo de ruda en las medias antes de jugar, Tapia se afeitaba el día del partido, Brown atendía un teléfono dentro del vestuario que alguien hacía sonar desde afuera, Giusti enterraba un caramelo en el círculo central previo al pitazo inicial. Es imposible llevar el registro de la cantidad de cábalas, individuales o colectivas, que tenía ese equipo. Pero durante ese mes eran casi tan importantes como saber a quién había que marcar. Argentina cerró la fase de grupos con un triunfo 2 a 0 ante Bulgaria, que le aseguró el primer puesto de su zona.

    18 El hombre de Octavos. En el deporte, algunos nombres quedan asociados para siempre con un partido o una jugada. A Pedro Pablo Pasculli le tocó ir de la mano con el triunfo 1 a 0 ante Uruguay por los Octavos de Final, en el cual hizo el gol. Pero los diarios de la época resaltaron al día siguiente lo mucho que erró el equipo y el punta esa tarde. “Sí, podríamos haber ganado por más, pero lo importante era pasar de ronda, aunque sea medio a cero”, recuerda el 9 desde Italia. Aunque, lo reconoce, otro gol le hubiera arruinado la marquesina: “Y, queda mejor 1 a 0, gol de Pasculli”.

    19 El Capitán. A pesar del gol, Pasculli perdería la titularidad. Maradona fue a charlar con el delantero y a consolarlo. Diego era el líder adentro y afuera de la cancha. Hacía regalos, mediaba en discusiones, peleaba premios con los sponsors para que cobraran todos. “Vos veías al mejor de todos calentarse porque no le salía algo en un entrenamiento y pensabas: ‘Si el monstruo hace eso, ¿qué nos queda a nosotros?’”, recuerda Enrique, a quien Diego le consiguió unos botines nuevos antes del debut.

    20 Iconos. Antes de jugar con Inglaterra, Maradona era uno de los varios llamados a ser “la figura del Mundial”, junto a Platini o Francescoli. Luego de esa tarde, su lugar ya no podía ser otro que el mármol. Minutos 6 y 10. Dos goles. Uno, cuestionado por casi cualquiera que no haya nacido en estas tierras; el otro, un happening de 10.6 segundos que, reproducido como pocas obras en la historia del arte moderno, aún es capaz de conducir electricidad por la piel. Desparpajos de viveza y de talento, dos goles opuestos y hermanados que juntos se volverían tatuajes, canciones, literatura. Más que dos goles, Maradona parió dos íconos.

    21 Las islas. De los 22 argentinos habilitados por FIFA para jugar ese día, quizás para ninguno significaba tanto el rival como para Carlos Tapia. El fantasma de Malvinas, del que ninguno quiso hablar en la previa pero que todos vieron, estaba muy presente en él. “Soy de la clase ‘62, la que viajó a la guerra. Hice el servicio militar en Ramos Mejía, vi a los chicos subirse a los camiones. Creo que no fui porque ya estaba jugando en Primera, pero recuerdo ese silencio. Es una cuestión muy personal, pero festejé más ganar ese partido que el título”, recuerda el Chino. Ese día le tocó entrar a la cancha. En una jugada que lo podría haber sumado al mármol de esa jornada, tiró una doble pared con Maradona y sacó un remate que se estrelló en el palo, recorrió toda la línea y salió. Hoy, sentado en un café de Recoleta, opina que, a lo mejor, fue para bien que no haya entrado esa pelota. “Quizás la vida habría sido distinta para mí si hubiese sido gol. Quizás me vendían más rápido, a otro equipo. Y la carrera que tuve me gustó, no me arrepiento de nada.” Ese remate, infructuoso y exigido, le desgarró la pierna derecha. Fue lo último que hizo en el Mundial.

    22 Perspectiva. Recién finalizado el partido contra Inglaterra, ninguno de los compañeros de Maradona le daría el carácter de antológico al segundo gol del diez. Sí, un golazo, pero nada que no hiciera en cada entrenamiento. Estaban acostumbrados a verlo hacer esas fantasías. En una práctica o en un estadio ante 114.500 personas, era indistinto. “¿A quién tenía de hijo Diego en los entrenamientos? A todos”, se ríe Enrique.

    23 Semi. El plantel cenó en “Mi Viejo” esa noche. Bilardo llegó más tarde, había ido a Puebla para ver el cruce que definía al próximo rival. “Quédense tranquilos, ya estamos en la final”, le dijo al grupo cuando se sentó a la mesa. Dicho y hecho. Otros dos goles de Diego acabarían con Bélgica y sellarían el pase al último partido: Alemania.

    24 REC. Para distender las noches antes de la semi y la final, a Olarticoechea se le dio por agarrar una cámara de video y entrevistar a sus compañeros. “¿Y, estás cagado?”, preguntaba el Vasco, mientras leía un cuestionario anotado en un rollo de papel higiénico. Pero también preguntaba por la familia, por los sacrificios, por lo que significaba estar ahí. Y sus compañeros se iban abriendo. “Ese video es el mejor recuerdo de esos dos meses, cada tanto lo veo”, recuerda. A pesar de esa exclusiva, fue uno de los pocos del plantel que luego del retiro no ejercería el periodismo.

    25 En la palma. Rebobinado. Faltan todavía varios meses para el Mundial de México. En una de sus visitas a los jugadores que están en Europa, Bilardo se lleva a Burruchaga a entrenar a una cancha. El Narigón se para en el medio del área, levanta la mano y le pide a Burru que le tire centros “acá, en la palma”. Burru tira un centro. Tira diez. Cien. Tirará una infinidad hasta el 29 de junio de 1986. Ese día, en una final del mundo, tira quizás el más perfecto de todos. Una rosca que engaña al arquero Schumacher y que le cae en la cabeza a José Luis Brown. El Tata jura que no vio entrar la pelota, que ni bien la impactó supo que era gol. Fue el único tanto que hizo jugando para la Selección.

    26 Coraje y dolor. Parado sobre la Ruta 29 en la entrada a su pueblo natal, Ranchos, el Tata Brown dice que se acuerda cuando era un pibe y caminaba todos los días a ese mismo lugar para hacer dedo, esperando algún auto que lo llevase los 84 kilómetros que hay hasta La Plata para entrenar con Estudiantes. De eso y de mucho más se acordaría también la tarde de la final, mientras se calzaba la camiseta que hoy tiene enmarcada en su living. Esa camiseta, por la que coleccionistas le ofrecieron el valor de una casa en dólares, tiene un agujero en el pecho. A los 5 del segundo tiempo, un choque con Hoeness le luxó el hombro derecho. Y el Tata, que ni muerto salía de esa cancha, mordió la celeste y blanca, le arrancó un pedazo y calzó el meñique a la altura de las tripas para inmovilizarse la mano y seguir jugando. En el cuadro al lado de esa camiseta hoy hay una medalla de campeón del mundo. Pero en la mesa de ese living hay también unas radiografías. Es que actualmente, casi 30 años después, esa vieja luxación sigue molestándole.

    27 Lo gritás conmigo. En los días previos a la final, a Jorge Valdano le pesaba un gol insólito que había errado en la semifinal con el arco vacío. Marcelo Trobbiani, compañero de cuarto en “La Isla”, le levantaba el ánimo haciéndole gritar con fuerza los goles en las prácticas y pronosticando que iba a marcar uno en la final. “Y lo vas a venir a gritar conmigo”, le decía. A los 11 del segundo tiempo, Valdano recibe de Enrique y se escapa por la izquierda. Según cuenta, en esos segundos se acordó de la pifia con Bélgica, de todo lo que le costó llegar hasta esa ocasión de gol, en lo feliz que sería el resto de la vida si esa pelota entraba y en que todo aquello no lo distrajera de lo que tenía que hacer a continuación. Acomodar el cuerpo, tocar de derecha y darle la razón a Trobbiani en todo.

    28 Medalla. Del equipo que fue a México, Bilardo es el único que no volvió con una medalla. La explicación ocurre entre los minutos 74 y 81. Alemania empata con dos córners calcados, dos pelotas paradas como las que el DT trabajó toda la vida, pero que esa tarde lo “madrugaron”. Al “Doc”, su propia medicina. Fue tal la calentura, que aún en la premiación victoriosa se sacó la medalla y la revoleó. Hoy, arrepentido, se trae de souvenir hasta los programas cada vez que va a dar una charla a la FIFA, pero no se anima a pedir que le reimpriman otra.

    29 Campeones. Casi de la misma manera que arranca el gol más recordado de esa Copa comienza su gol final. Maradona recibe de Enrique en el mismo punto geográfico que ante los ingleses, pero en lugar de hacer un slalom irrepetible lanza un pase ídem para Burruchaga, que empieza a correr solo de cara a una portería que le queda a casi 40 metros. No tiene que gambetear a nadie más que al miedo. Faltan cinco minutos para el final, el terreno es desprolijo, el arquero no sale, los nervios lo vienen camiseteando. El dice que solo ve una mancha amarilla, el buzo del portero alemán que no se acerca nunca. De repente está ahí, en la puerta del área, en la puerta de la gloria. Burru: 1,73 cm, 71 kg, 23 años, que supo ser diarero, albañil, que para el primer título mundial de la Argentina había sido uno de los pintores del Monumental, hoy le toca el oficio de darle el segundo título al país. Plata o mierda. Entra. Hay un arquero que achica abriendo aparatosamente las piernas. Y Burru la toca, despacito, como indicándole que siga sola de camino al gol, mientras él rumbea para el otro lado, a contarle al mundo que son campeones.

    30 Tres décadas después. Luego del gol de Burru vino la Copa, la vuelta olímpica en el predio del América, un millón de personas en Ezeiza, el balcón de la Rosada, la película Héroes, la carrera, el retiro, la vida después del fútbol. Para esos hombres sería imposible volver a separar sus apellidos de la gesta. En el cariño de la gente, en el recuerdo, en las anécdotas, pero tampoco en sus corazones. A Brown todavía se le pone la piel de gallina cuando habla de la final. Enrique quiere salir a la cancha cuando escucha el himno en los actos del jardín de su nieto. A Olarticoechea, Ruggeri le sigue agradeciendo un despeje ante Inglaterra cada vez que se juntan a comer en lo de Burruchaga. Pero para la Selección, no habrá otro título. En el medio pasaron 30 años de pálidas. Codesal, la enfermera, el machete de Lehman, el asalto trunco en caravana a Brasil. Passarella y Maradona, los dos capitanes, lo intentaron con el buzo de DT y no pasaron de Cuartos. Ese plantel del ‘86, tan castigado en la previa, tan menospreciado con los años bajo el sospechoso rótulo de “Eran Diego y diez más”, hizo de la adversidad una bandera y combinó el sacrificio con el hambre de gloria, alquimia suficiente para convertir un crack en un iluminado y traer a casa por última vez el oro. El último campeón argentino, la última historia feliz que contar.

    • adh dijo:

      Bueno, muy bueno este comentario, cada vez que veo el partido o imágenes de los partidos contra Inglaterra y Alemania emocionan como la primera vez..
      También me queda la nostalgia del mundial del 90, cómo es posible que un arbitro defina un mundial con un penal.

      • Alemania Campeon del Mundo dijo:

        Hace falta que admita la oscura mano de la mafia tras ese mundial que no es desconocida por nadie, men Alemania lleva eliminando a argentina desde 1990 en 2006 por penales, 2010 4 a 0 marcando records en goles rapidos ect y 2014 con la sangre azul que caracteriza a los messianos, le metieron las cajas………. a y te he ganado 2 finales. 1954,1974,1990, 2014 prestale a maradona un pañuelo para que busque la pelota que mando a sau paulo messi en el tiro libre jajajaj

  • ravecr dijo:

    Que dios te bendiga, como bendijo al equipo Argentino ese día, eres el gran Maradona y te admiro doblemente por lo que fuiste y por tú gran amistad con mi país Cuba y mi comandante Fidel, estoy seguro que tuyo también, gracias Maradona por demostrar en el 86 que Argentina podía en nombre de la América Toda como dijo Martí.

  • Ernesto J. Bernal Valladares dijo:

    GOL DE DIOS…puafff trampa fue con la mano….

  • georkings dijo:

    Bueno ya no tengo que leer el libro pues entre el artículo y el comentario de Sergio no creo que haya mucho más no??

  • andro dijo:

    Para Ernesto J. Bernal Valladares
    lastima que no sepas nada de este deporte estas hablando sandeces del mejor jugador del mundo

    • Ernesto J. Bernal Valladares dijo:

      Fue con la mano…no son sandeces…es la verdad…

  • diabla madridista dijo:

    Mi idolo, sobran las palabras

Se han publicado 9 comentarios



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