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Quienes mataron a Couso no le buscaban a él, nos buscaban a todos

En este artículo: España, Estados Unidos, Iraq, José Couso
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11 años después de la muerte de José Couso: Mucho más que Couso

José Couso.

José Couso.

Por Carlos Hernández

¿Hay que perseguir y castigar a quienes asesinan a una persona? Supongo que todos estamos de acuerdo en que sí. Me sigue resultando por ello, muy difícil entender a quienes retuercen la respuesta hasta convertirla en un ‘no’ cuando el nombre de esa persona es José Couso. Comprendo, aunque me repugnen, los motivos que, durante estos 11 años, han llevado a los gobiernos del PP y a algunos dirigentes del PSOE a boicotear las investigaciones sobre el caso: doblar el espinazo ante el poderoso ‘amigo americano’ es algo que llevamos en el ADN desde antes de que Pepe Isbert le intentara dar la bienvenida a Mr. Marshall. Me cuesta mucho más entender a los voceros, esos que están desgastando la palabra ‘España’ de tanto usarla pero que, en esta ocasión, critican al que persigue a los asesinos de un ciudadano español.

La historia del ‘caso Couso’ es la cronología de la infamia. Todos los testigos del hecho, ¡todos!, y todas las pruebas y datos, ¡todas!, han ido confirmando la tesis de la familia: las tropas norteamericanas desplegadas en Bagdad el 8 de abril de 2003 buscaban matar periodistas. Y lo hicieron, en un espacio de menos de tres horas, disparando sobre las sedes de dos televisiones y atacando el centro internacional de prensa ubicado en el Hotel Palestina. Tres periodistas, uno de ellos Couso, murieron en esos ataques. No sé si sirve de algo decirlo, pero yo estaba allí. Nadie ha tenido que contármelo porque lo vi todo.

La investigación judicial llevada a cabo por varios magistrados de la Audiencia Nacional y culminada por el Juez Santiago Pedraz ha podido confirmar estos datos punto por punto. Y lo ha hecho no sólo gracias al relato aportado por los testigos, sino también mediante meticulosos informes periciales, la revisión de decenas de vídeos y el análisis in situ del lugar de los hechos. Los resultados no dejan lugar a dudas: no hubo error por parte de los soldados de Estados Unidos, lo que hubo fue un plan para acallar a la prensa internacional independiente que trabajaba en la capital iraquí. Una acción que está tipificada como ‘crimen de guerra’ por la Convención de Ginebra que nuestro país firmó y, por tanto, se comprometió a acatar.

Junto a la investigación judicial [LEA ÍNTEGRO EL AUTO DEL JUEZ PEDRAZ] ha habido siempre otra realidad paralela, la que escribían tres gobiernos volcados en torpedear las pesquisas. En estos 11 años todos los fiscales, en lugar de ejercer su papel, han trabajado como defensores de los asesinos poniendo todas las trabas posibles en el camino del juez. En 2003 Aznar marcó a Couso como ciudadano de segunda al negarle el beneficio de la duda y considerar palabra de Dios las explicaciones (por llamarlas de alguna manera) de Bush. Un año después cambió el gobierno y algunas formas, pero Wikileaks reveló que varios ministros y la Vicepresidenta socialista también tuvieron a Pepe Isbert como profesor en primero de Diplomacia. Volvió el PP al poder y continuaron las zancadillas. En este organizado despropósito, hasta la Interpol se ‘olvidó’ reiteradamente de cursar las órdenes de búsqueda y captura dictadas por Pedraz contra los tres militares norteamericanos acusados del crimen.

Frenar a los jueces a golpe de ley

Rajoy tenía muy difícil superar las hazañas de sus antecesores, pero lo consiguió sacándose de la manga de su mayoría absoluta una verdadera ley de ‘sobreseimiento’. Dicho más vulgarmente, el Presidente se pasó por el forro la separación de poderes y trató de cerrar ‘a golpe de ley’ unas cuantas investigaciones judiciales que le disgustaban. Ni más ni menos. No es por dar ideas, pero ya que se pone podría modificar con efecto retroactivo la ley de financiación de partidos y parte de la legislación tributaria para forzar a Ruz a dejar de investigar la caja ‘b’ del Partido Popular.

El problema de Rajoy es que su reforma resulta tan enrevesada que está repleta de lagunas. Lagunas que han sido aprovechadas por un juez justo como es Pedraz. El auto en el que justifica su decisión de seguir adelante con la investigación está impecablemente argumentado. El magistrado recuerda que la Convención de Ginebra suscrita por nuestro país, no solo permite sino que nos obliga a perseguir y juzgar casos como el asesinato de Couso. Pedraz subraya que es nuestra Constitución la que dice que estos tratados internacionales no pueden modificarse por leyes puntuales como la aprobada, en contra del criterio de toda la oposición, por el Partido Popular.

Debería estar, por tanto, la batalla ganada por parte de quienes llevamos once años luchando por una idea que va mucho más allá de José Couso. Es fundamental reparar el dolor de una familia que pide justicia, pero aún es más importante defender la libertad de información y de prensa. Porque sí, desde el principio Couso fue mucho más que Couso. Quienes le mataron no le buscaban a él, nos buscaban a todos. Buscaban asesinar a los periodistas que informaban y, de alguna manera, acabar también con los ciudadanos que trataban de saber lo que ocurría en aquel Bagdad recién invadido. Luchar porque se haga justicia en este caso es pedir que se cumpla la ley y que no haya impunidad. Ya sabemos, como describió ‘brillantemente’ el presidente Bush, que “la guerra es un lugar peligroso”, pero ni siquiera en ella está todo permitido. Hay unas reglas internacionales que los países llamados civilizados han suscrito para que sus ejércitos no violen mujeres, no bombardeen hospitales, no asesinen a civiles, no maten a periodistas…

Debería estar la batalla ganada pero no lo está. Rajoy no quiere procesos judiciales que enturbien sus relaciones diplomáticas. Y por ello ha puesto en su punto de mira al Juez Pedraz, como antes hizo con Garzón. Y quizás lo más triste en este caso, es que numerosos ‘colegas’ periodistas hayan vuelto a acudir, prestos al toque de corneta, cargados con toneladas de demagogia. Hace poco, uno de ellos llegó a echar en cara a Pedraz que investigara la muerte de Couso y no la de Julio Anguita Parrado. La respuesta y la explicación de las abismales diferencias que hay entre ambos casos se la podrían haber dado los padres de nuestro llorado Julio. Ellos fueron los primeros en respaldar a la familia de Couso en su lucha. Pero, claro, si les hubiera preguntado a ellos le habrían contado la verdad. Le habrían contado por qué Couso es mucho más que Couso.

(Tomado de El Mundo, España)

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  • Aroldo dijo:

    No sé, entro acá y no hay ni un solo comentario, pero bueno estoy convidando a Carlos P, Avner y otros tantos de mente retorcida a que publiquen algo, a esos que tanto defienden al gobierno que cometió esos crímenes.

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