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Chopin en Chucho Valdés, un tributo desde el jazz

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El pianista y compositor cubano Chucho Valdés en los estudios Ojalá durante la grabación de la canción "Haití Volverá".

El pianista y compositor cubano Chucho Valdés en los estudios Ojalá durante la grabación de la canción "Haití Volverá".

El pianista Jesús (Chucho) Valdés y su nueva agrupación, Los mensajeros afrocubanos, ofrecieron en La Habana un concierto con Chopin como hilo conductor de dos universos sonoros de paralela riqueza.

Fue un tributo, desde el jazz, al genio polaco en el bicentenario de su natalicio; una manera de incorporar su música a la improvisación de un género aglutinador, de expansiva libertad. Un Chopin en quien Valdés se reconoce, como heredero de un legado innovador  de la técnica moderna del piano.

Su caligrafía musical, opinó, fue la más perfecta de su tiempo.

El teatro Auditorium Amadeo Roldán, sede de la cita, estaba repleto hasta el tope de un público que acudió la víspera a una doble convocatoria: dos aniversarios fundidos en la noche habanera, el de Chopin y el de la Misa negra con la que Valdés presentó credenciales hace 40 años en el Festival de Jazz Jamboree, en Polonia.

Desde entonces, en plena juventud,  fue incluido en el círculo privilegiado de los cinco mejores pianistas del mundo, junto a Oscar Peterson, Herbie Hancock, Chick Corea y McCoy Tyner.

El programa echó a andar con él al piano dando la señal de partida para que la música se deslizara por senderos ardientes con un conjunto de pieza breves, de arquitectura perfecta y  espontaneidad aparente, impulsada por el delirio del arte: Changó, con Dreiser Durruthy, señoreando en el tambor batá pespunteado por una voz espléndida.

Luego, Danzon, Zawinul  s mambo, Begin to be good, Los pasos de Chucho, New Orleáns. Mayra Caridad Valdés irrumpiendo en el escenario con dos temas: Ayer, un bolero de Ñico Rojas, y el frenesí de una Obatalá asumida en un inicio desde la humildad  para luego desgranarse en una gradación  en permanente efervescencia.

Desde su reino en el piano, Chucho Valdés incitando a su corte celestial de mensajeros ,  hilando un juego de retos y complicidades, un desafío gozoso, provocándose unos a otros, disfrutando cada uno de la entrega del otro, aceptando el reto para devolverlo con creces sin romper la magia de una música solo posible con el concurso apasionado de todos.

Por momentos parecía una jam sesion en una de esas altas madrugadas en que los jazzistas, olvidados del mundo, tocan para sí mismo, desasidos de todo lo terrenal, por el solo placer de lanzar al viento una parcela de sus propios sueños.

Chucho Valdés de nuevo al piano para interpretar uno de los valses chopinianos. De no conocerse la identidad de su autor, afirmó, podría acreditarse a un compositor moderno de jazz, por su concepción melódica y armónica.

Es para mi un orgullo ser parte de este festejo por su bicentenario, declaró.    Con toda humildad, Federico, allá vamos   . Y el vals, aprehendido desde su identidad mestiza, surcó el teatro en un viaje íntimo, con sus variaciones, secundado por la levedad fugaz de la batería de Juan Carlos Rojas y la trompeta privilegiada de Reinaldo Melian, a intervalos.

Para cerrar, llegó el turno de la Misa negra, compuesta por Valdés en 1969 de un solo golpe de respiración, antecedido por una investigación exhaustiva. La misa yoruba, con sus cuatro movimientos, tal como se interpreta en las ceremonias religiosas de raigambre africana transculturadas en la isla.

En primera fila, en el auditorio, la embajadora de Polonia, Marzena Adamczyk. Hace 40 años, siendo una muchacha, había asistido, deslumbrada, al estreno de la Misa Negra en Jamboree.

Y la Misa se hizo cuerpo presente en el Amadeo Roldán. Una vez más el diálogo fecundo de los instrumentos. La poesía, en brazos de la música, asomando su rostro.

(Con información de Prensa Latina)

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