Torreones habaneros

Torreón de la Chorrera - EcuRed
Cuando se alude a las fortalezas coloniales habaneras se olvidan siempre las que quedaron en el camino, demolidas en algunos casos para facilitar el ensanche de la ciudad o la construcción de plazas, calles y avenidas y nuevas urbanizaciones.
Tales son los casos de la batería de San Lázaro, próxima a la caleta del mismo nombre, hoy desaparecida también, que cruzaba sus fuegos con los de la batería de Santa Clara y con los del castillo de La Punta; la batería de San Nazario, en la loma de la Universidad, cercana al castillo del Príncipe y muy cerca de ella, la de Santa Clara, sobre la elevación que ocupa ahora el Hotel Nacional, y cuyos fuegos se cruzaban con los de La Punta y el Morro. Sin olvidar el cuartel defensivo de Las Ánimas, donde se erigiría el hospital de infecciosos del mismo nombre, terrenos en la actualidad ocupados por instalaciones del hospital pediátrico de Centro Habana, y la batería de Reina, de forma redonda, donde hoy halla el Parque Maceo, que sustituyó a la antigua batería de San Lázaro.
VISITANTES REALES
El castillo de la Real Fuerza fue la primera de las fortalezas españolas que se construyó en La Habana, y una de las primeras en el continente. Le siguieron, en orden cronológico, La Punta y el Morro, Atarés, la Cabaña y el Príncipe. De ellas, la Cabaña, por su posición estratégica dominando la ciudad, la bahía y el canal de entrada del puerto, su cercanía y enlace con el Morro, sus más de 700 metros de largo y su sólida construcción, fue, en su época, la más importante de las fortalezas americanas y la más estimable de la Isla.
En 1633 vienen a La Habana el capitán general marqués de Cadereyta y el almirante Carlos de Ibarra. Traen la encomienda real de inspeccionar el estado de La Punta y el Morro y también del muy discutido castillo de la Real Fuerza. Recorren los visitantes dichas fortalezas, valoran zonas de la villa aun sin fortificar y, en reunión con oficiales radicados en la ciudad, acuerdan introducir determinadas enmiendas constructivas en los castillos visitados y recomendar la construcción de torreones en las desembocaduras de los ríos La Chorrera y Cojímar que sirvieran “para impedir que por esos lugares se realizaran desembarcos de enemigos que pudieran internarse de tal manera en la ciudad, sorprendiendo a sus moradores y defensores, y sin que resultaran efectivos hasta esos sitios los fuegos de La Fuerza, La Punta y el Morro.”
Se fijó en 20 000 ducados el costo de cada torreón, cantidad que fue asumida por vecinos de lugares cercanos a los sitios donde se emplazarían las nuevas edificaciones, que solo en 1646 comenzaron a erigirse.
DESTRUIDOS
Los 15 o 20 milicianos destacados en La Chorrera fueron los primeros en enfrentarse a la flota mayor y mejor equipada que hasta entonces había cruzado el Atlántico.
Corria el mes de junio de 1762 e Inglaterra, una vez más en guerra contra España, llegaba a la Isla con intensión de poner sitio y apoderarse de La Habana. El 7 de junio quisieron los ingleses abastecerse de agua en la desembocadura del Almendares y debieron enfrentar el rechazo que les hicieron los milicianos de La Chorrera, al mando del coronel de milicias habanero José Luis Aguiar, que con valor denodado demoraron tres días el desembarco enemigo. El 10 recibieron órdenes de abandonar el torreón, ya destruido casi completo por el fuego inglés y trasladarse hasta el sitio que ocuparía la batería de Santa Clara. También fue destruido el torreón de Cojímar.
Tras la salida de los ingleses, en 1763, ambos torreones fueron reconstruidos en forma de rectángulos abaluartados, con dos pisos, por lo que no pueden considerarse torreones, sino como pequeñas fortalezas que, popularmente, son conocidas como castillitos.
Queda, sí, como un “cronicón de piedra”, como le llama Álvaro de la Iglesia en una de sus Tradiciones cubanas, el torreón de la caleta, llamado también de San Lázaro (siglo XVII) destinado al uso y resguardo de los vigías que velaban la llegada de los barcos.
Escribe el historiador José A. Treserra:
“Se apostaban los vigías y su construcción bastante fuerte les protegía al mismo tiempo de cualquier ataque, a la vez que su altura permitía hacer señales de peligro que podían ser vistas desde la población, sin tener que marchar hasta ella para dar aviso de barco enemigo a la vista”.
HOY
Ya en la República se dio usos diversos a esos castillitos. El de La Chorrera fue sede del Servicio de Inteligencia Naval. Allí estuvieron detenidas Lydia y Clodomira, valerosas mensajeras de la Sierra Maestra apresadas en el reparto Juanelo, de La Habana y pasadas por las mazmorras de la 9na. Estación de Policía, donde esbirros de Esteban Ventura Novo las sometieron a cruentas torturas. En La Chorrera, donde el sanguinario Emilio Laurent se había comprometido a hacerlas hablar, lo que no consiguió, desaparecieron para siempre. Nunca se han localizado sus restos, de seguro arrojados al mar.
En la actualidad, los castillitos de La Chorrera y Cojímar son instalaciones de fuerte atracción turística. El de Cojímar, hasta donde conoce este cronista, se preparaba como museo de sitio.
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Admirable el trabajo de Ciro Bianchi con sus investigaciones y haber sido testigo de muchos acontecimientos en Cuba, rescata y saca a la luz crónicas de época de gran valor cultural e histórico que deben ser guardados y divulgados como tesoro de la cultura nacional.