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El forense que puso nombre a los niños víctimas del terremoto en Venezuela

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Antropólogo forense Yoel Monzón González Autor: Cortesía del entrevistado.

Trabajó 30 días sin descanso en una morgue improvisada en La Guaira. Recibió a madres que llegaban con sus hijos fallecidos, algunos de pocos meses de edad. En medio del intenso olor y el llanto de los familiares, el máster Yoel Monzón no solo aplicó su ciencia: también confirmó que el mayor desafío de un forense no es técnico, sino humano.

“Esta experiencia deja muchos aprendizajes. Nadie está preparado para un desastre como ese, por muy especialista que sea. Cada catástrofe es diferente a otra y constituye un reto para cualquiera. Nos sobrepusimos a lo que veíamos y demostramos que se podía aprender de esas vivencias», cuenta el reconocido antropólogo forense cubano y especialista en Medicina Legal, quien devolvió identidad y dignidad a muchas víctimas del doble terremoto que sacudió parte del territorio de Venezuela recientemente.

“El desastre fue el 24 y nosotros llegamos el 29. Nuestra tarea era recibir a las familias de los fallecidos, que llegaban acompañadas de las autoridades; entrevistarlas para obtener información y cotejarla para determinar si se trataba de sus seres queridos. Eran momentos muy tensos… Algunas víctimas venían fragmentadas, sus cuerpos podían estar putrefactos o calcinados, porque hubo incendios. Otros llegaron con amputaciones porque murieron en los hospitales donde recibieron atención de emergencia.

“En Cuba es poco frecuente trabajar con niños víctimas. En esta ocasión, más del 60 por ciento de los casos que vimos tenían menos de 17 años al morir, algunos apenas pocos meses o dos, tres años de edad”.

Monzón González ha dedicado 23 años a la investigación y práctica en el ámbito de la criminalística y la antropología física, trayectoria que lo ha llevado a trabajar en escenarios complejos. Primero se licenció en Biología y luego hizo un máster en Investigación e Innovación Didáctica de las Ciencias Naturales (Mención en Biología). Ahora está enfocado en un proyecto de doctorado.

Uno de los hitos más significativos de su carrera fue esta intervención en la República Bolivariana de Venezuela, donde su aporte consolidó su prestigio como referente en la antropología forense de la región caribeña y reafirmó el valor humanitario de esta disciplina. Rigor científico, vocación pedagógica y compromiso con la justicia confluyen en su recorrido, que no solo se construye con casos forenses, sino también como escuela y legado.

“Esta experiencia consolidó el perfil de un especialista con capacidad de respuesta en escenarios de desastre y reafirmó el valor de la antropología forense como herramienta esencial en la justicia y la dignidad humana», reiteró a este diario tras su regreso a la Patria.

Su labor no sólo requiere dominio técnico en osteología y antropología física, sino una enorme sensibilidad humana, para devolver tranquilidad a las familias trans constatar su pérdida”, puntualizó.

—¿Cómo supiste que formabas parte de la brigada destinada a Venezuela tras los sismos?

—En Cuba somos dos antropólogos forenses y la cantidad de víctimas que genera un desastre de esa magnitud requiere mucho de la labor de esa especialidad. Desde que conocimos del suceso, nuestro país estuvo dispuesto a enviar personal técnico. El Minsap le dio la tarea a la directora del Instituto de Medicina Legal de formar un equipo de expertos forenses que afrontara la identificación de víctimas en los casos que se requiriera.

“Cuando se nos dio a conocer, al Doctor en Ciencias Dodany Machado Mendoza y a mí, que participaríamos en esa labor humanitaria, manifestamos disposición inmediata. Ese noble pueblo había sufrido muchas pérdidas de vidas y requerían asistencia.

“Ambos nos incorporamos a la Brigada 91 del Contingente Internacional Henry Reeve, formada por un equipo de médicos legistas, antropólogos forenses, especialistas en cirugía general, neurocirugía, cirugía maxilofacial y ortopedia, además de personal capacitado en salvamento y construcción.

“Llegamos de madrugada, nos explicaron lo sucedido y la misión a asumir, y al amanecer hicimos como Martí: sin quitarnos el polvo del camino empezamos a trabajar.

“Nos recibieron las autoridades del Servicio Nacional de Medicina y Ciencia Forense de Venezuela (SNMCFV). Los protocolos de nuestros países son diferentes, porque ellos cuentan con odontólogos forenses y antropólogos forenses, mientras en Cuba se unen ambos saberes; es decir, acá hacemos antropología dental forense.

“Formamos un buen equipo. A los cubanos nos pusieron directamente en el área de recibimiento de los occisos: el primer filtro para darles identidad positiva a partir de rasgos identificables. Al llegar nos impactó ver tantos cuerpos en un estado lastimoso… muy impresionante. Junto a los venezolanos nos dieron la tarea de obtener información distintiva de cada persona para restituir su identidad y dignificarla.

“Fueron jornadas extensas. En ese mes solo descansamos dos domingos, pero desde el principio sabíamos a lo que nos íbamos a enfrentar: esa era nuestro deber con cada familia y con el pueblo venezolano.

“Al terminar, la brigada médica cubana nos otorgó la Medalla 16 de Abril, y la Presidencia de la República Bolivariana de Venezuela nos reconoció con la Medalla Héroe de Venezuela de Segunda Clase, por el trabajo tan intenso y por la afinidad lograda, tanto con las autoridades como con los familiares, que buscaban a los antropólogos forenses cubanos por su demostrada profesionalidad.

Foto: Cortesía del entrevistado.

“Las autoridades sabían que somos miembros del Comité Internacional de la Cruz Roja y de la Sociedad Latinoamericana de Antropología Forense, organizaciones que acudieron allí para apoyar en todo. A partir de nuestras experiencias previas en desastres, los venezolanos evolucionaron y se insertaron en los procesos, lo cual posibilita que en el futuro trabajemos de conjunto con las lecciones aprendidas”.

—Fue duro enfrentar una situación como esta…

—El antropólogo forense casi siempre tiene su fortaleza. Sabes que puedes crear alguna empatía con los familiares y condolerte, pero no ponerte a llorar con ellos porque nuestro rol es la identificación certera. Aunque a veces nos ven como personas frías, no es cierto: tenemos sentimientos y nos duele lo que está pasando, pero nuestra función como científicos tenemos que cumplirla.

—¿Qué caso te afectó más?

—Desde el principio trabajamos con una mujer joven que llegó primero con el cadáver de su mamá y autentificamos que correspondía a su progenitora. A los dos días volvió con los restos de una niña de cuatro años y también confirmamos el parentesco. Al cabo de seis días volvió con otra niña, de seis años. En ese momento ya se apreciaba la degeneración física y emotiva de esa mujer.

“Casi antes de irnos llegó con un niño de 15 años, y eso para mí ya fue muy fuerte porque recordé a mi hijo de 16. Entonces la madre se me acercó y me dijo: sólo me falta encontrar a mi niña de ocho años… Estaba resignada con su situación, pero le preocupaba que ya casi nos íbamos. Finalmente se apareció con su otra niña y ahí sí tuve que “coger un diez” y apartarme unos minutos ante esa realidad tan triste… Me repuse al cabo del rato, pero su caso me llegó hondo como ser humano.

“Así, conocimos varias familias que perdieron casi todos sus miembros…”.

—En medio de tanto dolor, ¿cuál considera el mayor consuelo?

—Llegar a Cuba con el deber cumplido, reconocido por esas familias y por todo el pueblo venezolano. Esta vez dejamos una huella, un vínculo que continuará porque estamos dispuestos a colaborar en cuestiones formativas, académicas y científicas con los antropólogos forenses venezolanos.

“Esas familias que nos ponían las manos sobre los hombros en muestra de agradecimiento y nos buscaban para estar seguros… ese fue el reconocimiento mayor”.

Equipo cubano de trabajo forense en La Guaira en labores posteriores al terremoto. Foto: Cortesía del entrevistado.

—¿Identificaron a alguna víctima cubana?

—Desde que llegamos, los compañeros de la embajada nos alertaron de varios cubanos desaparecidos. Esa misión la teníamos clara. Un día llegaron dos fallecidos: una madre y su niño. El esposo venezolano nos aportó la información.

—La identificación en estas condiciones es un proceso súper complejo…

-Solemos trabajar con los perfiles biológicos y los accesorios y pertenencias en el momento del desastre. Hay varias características individualizadas que se priorizan, a partir de la información familiar.

“En este caso cumplíamos dos misiones: la profesional, identificando cadáveres, y la docente, en el intercambio con los colegas para mejorar el trabajo desde el punto de vista metodológico.

“Muchos cadáveres eran traídos por una persona que se creía su familiar y sucedía que no. Cuando los restos quedaban sin identificar en ese primer filtro operativo los pasábamos al segundo, de estudios antropológicos más profundos”.

—La vocación es decisiva en este oficio.

—Esta es una especialidad compleja, no difícil: todo depende del ser humano. Ampliarla es un reto porque quienes estudian la carrera de Biología en nuestro país se forman en antropología física y rehúyen los conocimientos de la variante forense. Esta es una alta responsabilidad que no admite equivocaciones porque trabajamos para la verdad y la justicia. Eso genera un poco de temor…

“Además, el trabajo de campo no es como en los seriales televisivos, que todo es bonito y se esclarecen los casos. La verdad es que manejas directamente material biológico, como los restos humanos, que desprenden olores. Muchas veces toca manipular tejidos putrefactos, con larvas… esa cara del asunto no siempre se ve en la televisión y en la práctica puede generar repulsión”.

—¿Cómo nació su interés por esta rama desde tan joven?

—Cuando tenía 14 años conocí a profesores muy connotados, como Manuel Rivero de la Calle, para mí una figura de la antropología cuyos libros aún se emplean (también en el SNMCFV vimos uno). Por entonces desarrollé una inclinación hacia la osteología.

“Cuando estudié la especialidad con ese gran investigador cubano nos preguntó qué perfil queríamos. Algunos respondieron que antropología de la nutrición, otros eligieron el deporte y un santiaguero y yo nos decidimos por la rama forense porque nos gustaba.

“Así conocí a profesionales icónicos, como los doctores Héctor Soto Izquierdo y Jorge González Pérez. Parte de mis trabajos de la maestría los hice en el Instituto de Medicina Legal. Me gradué de perito criminalista y comencé a desarrollar en esa área lo estudiado como antropólogo físico con mención en lo forense.

“Paulatinamente crecí a la par como perito criminalista y antropólogo forense. Después decidí pasar a Medicina Legal y en eso estoy actualmente: dirigiendo el equipo de Antropología forense del servicio provincial de Medicina legal de Matanzas”.

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