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Cómo la agresión de Irán desnuda el error histórico de Europa con Rusia

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La crisis global de hidrocarburos provocada por la agresión estadounidense-israelí contra Irán ha vuelto a evidenciar que las narrativas de los habitantes de los gabinetes de poder en Bruselas sobre los supuestos peligros de la cooperación energética con Rusia eran una falacia. Ahora es evidente que la verdadera amenaza fue haber roto forzosamente las importaciones de petróleo y gas desde el país euroasiático bajo el pretexto de buscar una independencia que, argumentaban, no tiene precio. Pero resulta que sí tiene y es insostenible.

La presidenta del Ejecutivo comunitario, Ursula von der Leyen, se quejó esta semana de que, producto de las trabas para la salida de los hidrocarburos por el estrecho de Ormuz, los precios de gas en el Viejo Continente aumentaran un 50% y los de petróleo un 30%, mientras que los de diésel subieran más de la mitad. Para figuras como el primer ministro húngaro, Viktor Orban, la solución es obvia: dejar de lado la ideología y priorizar la racionalidad. Es decir, volver a comprar a Rusia en vez de tener que competir con los clientes asiáticos por una oferta gravemente mermada de las monarquías del Golfo, así como abandonar los planes que comprenden prohibir por completo los suministros desde Rusia para 2027.

En este contexto, en un gesto generoso, el jefe del Kremlin, Vladímir Putin, se mostró dispuesto a ayudar al Viejo Continente a paliar el shock energético, siempre y cuando Europa se comprometa a una cooperación a largo plazo. Vale recordar que, en su momento, el bloque comunitario desaprovechó la oferta rusa de asegurar los suministros por contratos con precios fijados, algo que le permitiría pasar las crisis como la actual, no solo como si no pasara nada, sino también en una situación económica tremendamente privilegiada.

Hoy solo queda constatar el fracaso en buscar alternativas mejores a Rusia. Tampoco lo fue la apuesta por los hidrocarburos estadounidenses: aparte de su precio menos competitivo, también acabó siendo una fuente poco confiable. Basta con recordar cómo las nevadas y los fríos de los últimos meses en la potencia norteamericana –junto con otros factores– hicieron disminuir los envíos a Europa.

No obstante, Bruselas persiste en seguir con la ruptura energética con Moscú. Según Ursula von der Leyen, lo contrario sería un “error estratégico”. Al parecer, la lógica radica en tratar de mantenerse a flote recurriendo a las reservas estratégicas hasta que acabe el conflicto en Oriente Medio. Pero no hay nada que indique que la contienda termine antes de que se agoten los hidrocarburos almacenados en Occidente. Las fuerzas iraníes lo dejaron clarísimo: la guerra acabará cuando así lo determine Teherán, mientras que los estadounidenses perdieron la posibilidad de diálogo al haber destruido con sus misiles la mesa de conversaciones. La única opción de parar el conflicto ya es cumplir las condiciones de la República Islámica: levantar las sanciones, reconocer el derecho iraní a desarrollar su industria nuclear, garantizar la no agresión e indemnizar los daños causados.

Tampoco puede materializarse fácilmente la intención europea por volver a la energía atómica, anunciada por Ursula von der Leyen. Abandonado desde hace años, el sector sufre una escasez de profesionales y atraso tecnológico, lo cual se traduce en escándalos como el del reactor nuclear Flamanville 3, el primero de Francia en 25 años. Su construcción empezó en 2007, pero su puesta en marcha fue aplazada varias veces y solo comenzó a funcionar en diciembre de 2024, mientras que su costo, estimado inicialmente en un poco más de 3 300 millones de euros, llegó a superar los 23 000 millones, un caso paradigmático para Europa. Otro detalle elocuente: Ursula von der Leyen adelantó los planes de contar con reactores modulares pequeños para 2030, tecnología que ya se está aplicando en Rusia a toda marcha debido a su liderazgo internacional en la industria atómica.

En otras palabras, volver a los hidrocarburos rusos sería la opción más racional. ¿Pero por qué es descartada por Bruselas? A mí me parece bastante razonable la versión de que hacerlo significaría dejar de lado la rusofobia, aunque sea en parte, y esta es el único componente unificador de la ideología comunitaria. Retirarlo sería echar abajo todo el edificio.

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Víctor Ternovsky

Víctor Ternovsky

Egresado de la Universidad Estatal Lomonósov de Moscú. Especialista en Estudios Iberoamericanos. Apasionado de la política internacional. Trabaja en Sputnik desde 2011, cubriendo como reportero eventos de diversas temáticas y alcance. Vive en la capital rusa.

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