Campanas de la Catedral

La fachada de La Catedral de La Habana constituye uno de los ejemplos cimeros del barroco neoclásico. Foto: Enrique González (Enro)/ Cubadebate.
¿Es cierto que don Martín de Andújar, cuando talló en madera la imagen de San Cristóbal que se conserva en la Catedral de La Habana, introdujo en el pecho del santo una carta en la que rogaba al patrono de la ciudad misericordia para su alma?
Esa imagen, por su peso excesivo para sacarla en las procesiones, tuvo que ser mutilada, por lo que, decía Eusebio Leal, fue San Cristóbal el primer habanero partido al medio.
De la Catedral de La Habana, legos y entendidos elogian su fachada que es, afirmaba Alejo Carpentier, “música convertida en piedra”, mientras que para José Lezama Lima se trataba de un templo que se ubicaba “en la zona del primer hechizo habanero, en el lugar más bello y armonioso de la urbe”. Aluden asimismo a su piso de baldosas de mármol negro y blanco, a sus ocho capillas laterales, entre las que sobresalen la de Santa María del Loreto, consagrada antes de que la Catedral fuese Catedral, y la capilla llamada del Sagrario, con entrada independiente. También se refieren los estudiosos al monumento funerario, obra del escultor español Antonio Medina, que, en la nave central del templo, guardó las supuestas cenizas de Cristóbal Colón y que fueron llevadas a España al cesar la soberanía española en la Isla.
Sobresalen las obras escultóricas y de orfebrería del altar mayor y su tabernáculo, ejecutadas en Roma, en 1820, por el italiano Bianchini, los tres grandes frescos del ilustre pintor italiano Perovani, y las copias de maestros como Rubens y Murillo, entre otros, que hizo Vermay a pedido del obispo Espada.
No existen noticias acerca del proyectista de la Catedral. Se sabe, si, que la actual fachada del templo es obra del arquitecto gaditano Pedro Medina, que trabajó en el Palacio de los Capitanes Generales y el arco de Belén, entre otras obras de importancia. Resalta la asimetría de sus dos torres, notoriamente desiguales, y la concavidad de su muro.
De un valor enorme
De todo eso se habla, pero muy pocos aluden a las ocho campanas del templo, todas de un valor enorme, y de una de las cuales, en particular, afirmó un obispo que valía más de mil vidas como la suya.
Una de esas campanas fue fundida en 1647, y lleva la firma del artista fundidor, además de una inscripción de garantía que únicamente poseen las más reputadas campanas del mundo. Dice: “D. V. M. Eleverenter. PS:A. L 72”. Pesa 165 arrobas, esto es, más de 4 000 libras. Otra, relativamente joven, data de 1762, fecha en la que los ingleses ocuparon La Habana, al frente de cuyo obispado estaba entonces Pedro Agustín Morell de Santa Cruz. Tiene dos metros de alto, seis pulgadas de espesor y debajo de ella 14 hombres pueden encontrar refugio. De todas las campanas del templo, la más reciente data de 1804.
Figura entre ellas la famosa campana del ingenio azucarero Maynicú, cedida a la Catedral, como una reliquia histórica, por el propietario de esa fábrica, don Pedro Iznaga. Se supone que sea una de las campanas más antiguas llegadas a Cuba.
La más interesante de todas corresponde a 1343 y desde el trinquete de madera y el techo de guano de la capilla primitiva donde estuvo emplazada, en la demolida Parroquial Mayor, hasta el sólido campanario de la Catedral donde hoy se encuentra, ha resistido todas las calamidades, desde ataques corsarios hasta adversidades climáticas.
Se fundió el 22 de agosto del año mencionado, mucho antes del descubrimiento de la Isla. Se nombra Nuestra Señora de la Caridad y Remedios, tiene un peso considerable y supone que llegó por el puerto de Santiago de Cuba en fecha no precisada y fue trasladada a La Habana en 1519. De manera que la ciudad, aseveran especialistas, tiene el privilegio de conservar una joya medioeval auténtica.
En 1538 el trinquete que la sostenía resultó incendiado durante un ataque pirata y la campana cayó de su soporte. Lo mismo sucedería en 1741, cuando la explosión en el puerto de La Habana del navío Invencible, desastre que dejó en estado calamitoso a la Parroquial Mayor. En 1762 los ingleses que ocuparon La Habana reclamaron, como parte del botín de guerra, las campanas de todos los templos de la ciudad. El obispo Morell se negó a entregarlas y en alusión a esta, en particular, expresó al ocupante: “Mi vida vale muy poca cosa, pero si tuviera algún valor es bueno que ustedes sepan que esa campana vale más que mil vidas como la mía”.


Gracias Ciro, muy interesante su articulo sobre las campanas de la catedral habanera, como todos los que hace, soy fiel lectoras de todos.