Héroes de lo cotidiano

Las manos de Félix Cabrera Concepción parecen cinceladas por la madera. Foto Yosdany Morejón.
En un país donde las carencias dictan el compás de la vida diaria existen hombres y mujeres que, sin proponérselo, levantan esperanzas. No aparecen en titulares ni suelen reclamar aplausos, pero sostienen desde la discreción lo más esencial: la vida de un país.
Son cubanos de a pie, de esos que se cruzan en cualquier calle: un cartero que ahora fabrica briquetas, una optometrista que abrió camino para cuidar la visión de los niños y un carpintero que todavía construye casas de tabaco. Los tres comparten un mismo denominador: la dignidad del trabajo bien hecho y la certeza de que, incluso en medio de las dificultades, la luz puede abrirse paso.
El guardián de las casas de tabaco
Las manos de Félix Cabrera Concepción parecen cinceladas por la madera. Anchas, curtidas, con las uñas gastadas de tanto serrucho y martillo, cuentan más que él mismo. Y es que este carpintero del municipio espirituano de Cabaiguán habla poco o casi nada porque deja que el tiempo y las tablas se expresen por él.
A sus 70 años, todavía se encarama en las vigas con la agilidad de un muchacho. Los pies descalzos tantean la madera como quien conoce a ciegas el camino. Lo hace con una confianza aprendida durante más de medio siglo, cuando empezó a levantar casas de tabaco y descubrió que en cada puntal erguido iba también su vida. “Solo una vez me caí”, recuerda sin dramatismos, como si aquello de desplomarse desde lo alto hubiera sido una travesura más de juventud.
Los suyos llevan tiempo suplicándole que deje ya ese empeño. “Viejo, bájate de ahí”, le dicen. Pero él se niega con la terquedad de los hombres que no saben vivir lejos de lo que los define. “Si dejo esto, qué me quedaría”, suelta apenas y basta.
Quienes han visto nacer las vegas saben que las casas de tabaco no son simples refugios de guano y madera. Son templos donde la hoja respira, se seca, madura hasta convertirse en el habano que cruza océanos y devuelve a Cuba prestigio y divisas. Félix lo sabe también, aunque no lo diga: cada clavo que aprieta, cada guano que coloca, asegura el destino de una tradición que se resiste a envejecer.
En el silencio de la vega, solo interrumpido por el canto de un sinsonte, Félix trabaja como quien reza. El serrucho va y viene al compás de la paciencia; la madera cruje, pero obedece. Allí, encaramado en lo alto, parece olvidarse del tiempo, de los años que carga en la espalda, de los temores de la familia. Solo existen él, la madera, y el arte de dar forma a esas casas que nacen del campo y vuelven al campo.
Levantar una casa de tabaco no es un juego de niños. Requiere saber medir la madera casi a ojo, calcular la inclinación del techo para que la lluvia escurra sin dañar la hoja y clavar cada puntal con la firmeza de quien sabe que un error puede echarlo todo a perder. La faena empieza desde la madrugada, con el sol aún tímido, y termina al anochecer, cuando ya las manos arden y el cuerpo pide descanso.
No cualquiera resiste ese trajín. Son jornadas de sudor corriendo a chorros, de espinas en la piel, de músculos tensos por cargar vigas que parecen pesar tanto como un hombre. Félix, sin embargo, se sobrepone a la dureza como quien conversa con un viejo amigo. Tal vez por eso, más que construir casas, las levanta con un respeto casi sagrado, convencido de que allí, bajo ese techo de guano, se juega buena parte del destino del tabaco cubano.
En el pueblo, muchos lo miran como a un maestro. Cada vez que un joven aprendiz se acerca, Félix no duda en mostrarle cómo se encaja una viga o se amarra un guano. “Que aprendan, porque esto no puede morirse”, dice. Y así, sin discursos ni grandes gestos, va sembrando en otros la semilla de un oficio que no solo sostiene al tabaco, sino también a la identidad de toda una comunidad.
Cuando alguien lo mira, es difícil no pensar que Félix es más que un carpintero. Es memoria viva de un oficio que sostiene parte del país. Y aunque sus palabras se queden cortas, sus manos, esas manos de hombre de campo, se encargan de narrar lo que él calla: “Yo seguiré levantando casas de tabaco mientras el cuerpo me responda, porque en cada una late, también, mi propia vida”, concluye.
Arquitectura de la mirada

Adali Dima López Fariña fundó el servicio de optometría en el Hospital Pediátrico José Martí Pérez de Sancti Spíritus. Foto Yosdany Morejón.
En la provincia de Sancti Spíritus, si alguien pregunta por el servicio de Optometría, el camino conduce, tarde o temprano, a un nombre: Adali Dima López Fariña. Ella no solo fue la primera en ejercer la profesión aquí, sino que fundó un servicio que, cuatro décadas después, sigue devolviendo claridad a miles de miradas infantiles.
Adali tiene 61 años, ya está jubilada en papeles, pero no en espíritu. Sigue levantándose cada mañana rumbo al Hospital Pediátrico José Martí Pérez para atender lo mismo a un niño inquieto que a un adolescente que se resiste al parche en el ojo bueno. “No concibo mi vida sin lo que hago”, confiesa.
La Optometría, disciplina de la salud visual enfocada en el cuidado primario de la visión, fue para ella más que un oficio. Desde 1983 —cuando apenas se hablaba de esa especialidad— decidió quedarse en Sancti Spíritus para consolidar el servicio en el Pediátrico. Entonces todo era intuición, horas de estudio y la certeza de que los ojos de los niños no podían esperar.
“Mi labor consiste en hacer refracciones a los infantes, mediciones de los estrabismos, rehabilitación y otra serie de exámenes... Pero, sobre todo, tratar de compensar esas dificultades visuales causadas por ametropías o estrabismos y, en los casos que requieran de un proceder quirúrgico, ayudar a la compensación de la visión binocular”, explica con una serenidad que contrasta con el ajetreo de la consulta.
Los pequeños, dice, son lo máximo y se convirtieron en su razón de ser. La población infantil es agradecida hasta en el proceso de rehabilitación. Y lo ejemplifica con la ambliopía —esa enfermedad que, si no se trata a tiempo, condena al niño a una discapacidad visual permanente—. De ahí su insistencia en orientar a los padres, en recordar que las pantallas no pueden convertirse en niñeras infinitas porque los ojos, como cualquier órgano, también se cansan.
Por ello advierte sobre este enemigo silencioso que se multiplica en los hogares: las pantallas. Tabletas, teléfonos y computadoras —agrega— están obligando a los ojos infantiles a un esfuerzo excesivo, con consecuencias que a veces pasan inadvertidas. Recomienda, entonces, limitar el tiempo de exposición a una hora diaria, porque de lo contrario aumenta el riesgo de fatiga visual, aparición temprana de ametropías y dificultades para el desarrollo de la visión binocular.
A nivel nacional Cuba reconoce que muchas de las causas de baja visión y discapacidad visual en niños —como la retinopatía del prematuro, cataratas congénitas y defectos refractivos como la miopía, hipermetropía o astigmatismo— son prevenibles o tratables si se detectan a tiempo.
El país tiene programas integrados de salud ocular donde la optometría juega un rol clave: en la refracción, en la detección temprana de ametropías y ambliopía, la rehabilitación visual, así como la consulta en servicios oftalmológicos y ópticos.
Más de una vez se ha sentido frustrada cuando un niño no avanza en el tratamiento; pero la regla ha sido otra: verlos crecer, estudiar, convertirse en profesionales plenos. “Ya, tras 43 años de labor, veo adultos que atendí de niños. Médicos, ingenieros, maestros… y saber que no están limitados visualmente me llena de satisfacción”.
Afuera de la consulta, la historia se repite: saludos, agradecimientos, una madre que le recuerda cómo logró que su hijo dejara de tropezar con las paredes. Ella se encoge de hombros, sonríe, y asegura que nunca fue un sacrificio: “Con gusto siempre lo he hecho y lo seguiré haciendo mientras la salud me acompañe”.
Quizás la clave de su éxito está en el modo en que se gana la confianza de los pequeños: canta y habla de muñequitos, les presta un dinosaurio de juguete. “A veces me da más trabajo manejar a un adulto que a un niño”, comenta, con la picardía de quien sabe disfrazar de juego lo que en realidad es una terapia rigurosa.
En su puesto de trabajo, Adali no solo calibra lentes o mide desviaciones oculares; también cultiva la paciencia. Dice que cada infante le enseña algo distinto: el valor de la constancia, la manera de mirar el mundo con curiosidad, incluso la capacidad de convertir un examen visual en un juego. Por eso insiste en que la Optometría no se reduce a fórmulas ni aparatos, sino que lleva un componente humano imprescindible: la empatía.
Esa misma sensibilidad la ha acompañado fuera del hospital. Muchas veces ha sido llamada a las escuelas para orientar a maestros sobre cómo detectar a tiempo problemas de visión, o ha visitado a familias que no encuentran explicación a las constantes caídas de sus hijos. Allí, en la cercanía, ha demostrado que la prevención es tan vital como la cura, porque —como asegura— “no hay nada más gratificante que evitar una discapacidad antes de que aparezca”.
Al final de cada jornada, cuando regresa a casa para mimar al nieto o poner en orden las cosas del hogar, siente que todo encaja: “Cuando no trabajo, me falta el sentido de la vida”, admite. Fundadora, pionera y maestra en el arte de enseñar a mirar, Adali Dima López Fariña dejó de ser solo optometrista. Desde hace 43 años es, también, la arquitecta de las miradas en Sancti Spíritus.
El hombre que cambió las cartas por las llamas

Emilio Ramón Sosa Pérez amasa con sus manos curtidas un combustible distinto que en Fomento nombran briquetas. Foto Oscar Alfonso.
El sol de la mañana se cuela por las rendijas del techo de zinc del taller El Progreso, en el municipio espirituano de Fomento, y dibuja un entramado de luces sobre el polvo negro que flota en el aire.
Allí, entre sacos de carbón molido y el ruido metálico de varias máquinas artesanales, Emilio Ramón Sosa Pérez —64 años cumplidos y un cúmulo de historias— amasa con sus manos curtidas un combustible distinto: las briquetas.
No hay traje de jefe en este taller de la Empresa de Producciones Varias (Emprova) de ese territorio. Emilio se mezcla entre montañas de sisquillo de carbón con la agilidad de quien aprendió a no darle tregua al cansancio. Antes fue cartero, pedaleando bajo el sol para repartir periódicos y cartas; hoy, convertido en hacedor de briquetas, carga sacos, ajusta moldes, supervisa mezclas. Su oficina es el suelo ennegrecido y la satisfacción de ver salir un producto que ayuda a cocinar cuando el apagón se estira demasiado.
“Esto no es más que sisquillo de carbón, con almidón de yuca y agua”, explica mientras señala la máquina donde las masas oscuras se transforman en bloques compactos. El procedimiento parece sencillo, pero detrás hay horas de sudor y cálculos.
La inestabilidad del servicio eléctrico incide en la elaboración de este carbón artesanal; aun así, la labor no se detiene. Aunque el compromiso productivo ronda las 20 000 briquetas mensuales, las restricciones actuales solo permiten alcanzar unas 11 000.
El destino de esas piezas negras va mucho más allá del taller: se distribuyen en tiendas de la propia empresa y llegan a centros escolares, hospitales, tabaquerías y, sobre todo, a los hogares. En un contexto donde el gas escasea y la electricidad se esfuma con frecuencia, la briqueta se vuelve un aliado inesperado: no echa humo, arde parejo y permite cocinar durante horas sin el sobresalto de quedarse sin fuego.
A veces Emilio siente el peso de los años, sobre todo cuando la pala se resiste o la palanca exige fuerza. Pero enseguida se endereza. “Me gusta el trabajo —dice con franqueza—. Aquí somos como una familia y hasta la yuca que usamos la sembramos nosotros mismos”. Esa autosuficiencia, nacida más de la necesidad que de la abundancia, es parte de la fórmula que mantiene vivo al taller.
No siempre resulta fácil: la materia prima debe buscarse lejos, el secado se traba con las lluvias, y la demanda supera con creces la capacidad productiva. “Nos paran en la calle para preguntarnos si ya hay briquetas”, sonríe Emilio, consciente de que su oficio, antes invisible, se ha vuelto vital en tiempos de apagones.
Quizás el secreto de este hombre no esté en la técnica, sino en la fe que pone en cada bloque de carbón reciclado. Sabe que cada briqueta es más que un trozo compacto: es comida que hierve, es café que no falta, es la certeza de que, aun en la oscuridad, siempre habrá una llama encendida.
En el taller El Progreso no existen relojes fijos. La jornada puede empezar de madrugada o al mediodía, según lo marque la electricidad. “Aquí no hay hora —aclara Emilio—, lo mismo venimos a las cinco de la mañana que a las doce de la noche, pero la meta es que el plan salga”.
La experiencia le ha enseñado a improvisar soluciones. Cuando el aserrín resultó inviable porque llenaba las casas de humo, recurrieron al sisquillo, un desecho de carbón que otros desprecian. Cuando el precio de la yuca encareció la mezcla, decidieron sembrarla en dos pedacitos de tierra cercanos al taller. La creatividad, aliada de la necesidad, terminó convirtiéndose en parte del éxito de la fórmula.
Sin embargo, Emilio insiste en que lo más duro no es el calor ni el polvo, sino perder la producción cuando el tiempo no coopera. Tres días de lluvia bastan para echar por tierra la tanda de briquetas recién hechas, pues aún esperan por tecnología que no acaba de materializarse. “Eso es tiempo perdido y esfuerzo que se va —lamenta—, pero volvemos a empezar, porque la gente lo necesita”.
Aun así, la motivación no decae. Emilio, quien una vez recorrió calles con cartas y periódicos, ahora transita otro reparto: el de la esperanza. Porque en cada briqueta late una respuesta a la crisis energética y una muestra de cuánto puede hacerse cuando la voluntad se mezcla, como el carbón con la yuca, en un bloque compacto de resistencia y futuro.
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Por eso Cuba siempre va hacer libre
Por que en su pueblo aguerrido viven Los hombres y las mujeres mas valientes del mundo.
Los que cada dia dicen DaLE VAMO ALLA y se levantan con un corazon en el medio del pecho para vencer dia dia las dificultades del dia a dia
Los de a pie.
Viva Cuba por siempre.
La fuerza joven para estas duras tareas el relevo se nos esta poniendo difícil . repensar en como dar solución a esta dificultades de fuerza de trabajo , porque no tendremos agricultura sostenible para los tiempos y el sostén económico del país..