Lonja del Comercio

Un edificio impactó a La Habana de comienzos del siglo XX. Los que desde fuera seguían su construcción, en el espacio que fue de la Casa de Aróstegui, antigua residencia de los gobernadores españoles y del Cabildo habanero, frente a la Plaza de San Francisco, apenas deban crédito a sus ojos y no pocos de los que lo veían dudaban de que un inmueble de tantas plantas lograra mantenerse en pie. Cuando al fin quedó concluido y abrió sus puertas al público, en 1909, el asombro no tuvo límites. Un verdadero acontecimiento. No se trataba únicamente de la más alta de las construcciones acometidas hasta entonces en la capital, sino que nuestro primer “rascacielos” estaba dotado de elevadores capaces de subir hasta lo más alto, cuando los ya vistos en La Habana, en hoteles como Pasaje e Inglaterra, eran para un solo piso.
Lo curioso del asunto es que aquel inmueble destinado a Lonja del Comercio tenía solo cinco niveles. Más curioso aún resulta constatar que, aunque sus fines actuales están muy lejos de los que animaron su construcción, dicho edificio mantenga todavía su nombre original. La Lonja sigue siendo la Lonja.
Contra el Art Noveau
Ubicado en lo que fue el centro comercial por excelencia de La Habana colonial, ese edificio fue un proyecto de los arquitectos Tomas Muir, español, y el cubano José Toraya que, opuesto al art noveau que se imponía en la arquitectura habanera de la época, se empeñó en animar un estilo más severo que podría considerarse como una resurrección, más ornamentada, del neoclásico del siglo XIX.
No debe haber sido solamente su condición de edificio alto y el empleo de elevadores lo que deslumbró a los habaneros que vieron construir la Lonja.
Durante el periodo de la primera ocupación militar norteamericana (1899-1902) no se construyó en la capital ni en el resto del país un solo edificio oficial o público, salvo el excelente de la Escuela de Artes y Oficios, en la calzada de Belascoaín ente Maloja y Sitios.
Todo lo demás que los ocupantes construyeron fueron barracas de madera para sus tropas en el campamento de Columbia y en la loma de la universidad. No caminó mejor la arquitectura privada. Esta, por reacción de desprecio a todo lo español, imitó servilmente la arquitectura norteamericana de la época al erigir casas de madera o ladrillo, frágiles e incómodas, de bajo puntal, sin patio interior, con ventanas de guillotina, barandas de madera y torrecillas recubiertas de zinc pintado de rojo…
Felizmente, decía Emilio Roig citando al arquitecto Leonardo Morales, el comején, los ciclones y el aire oxidante del mar acabaron pronto con esos “castillitos” que infestaban El Vedado y La Víbora. Llegó después la etapa catalana y más tarde la resurrección del clasicismo, bien asimilado por arquitectos cubanos como Centurión y Cabarrocas.
Toraya, sin embargo, fue otra cosa e imprimió un sello personal a los edificios que proyectó. Además de la Lonja son obras suyas el edificio del primer Banco Nacional de Cuba, que no fue nacional ni cubano, en la esquina de Obispo y Cuba, y el de la antigua Cámara de Representantes, en Oficios y Churruca.
¿Por qué Lonja del Comercio?
Lonja quiere decir tira larga y poco gruesa. Alude también al atrio de un edificio y en algunos países se llama así al cuero descarnado a punta de látigo. Pero lonja equivale asimismo a edificio público que sirve de mercado, centro de contratación o bolsa de comercio.
El edificio que se encima sobre la Plaza de San Francisco fue el centro donde los comerciantes –importadores de víveres, almacenistas al por mayor y detallistas en general- pudieron reunirse para efectuar sus transacciones. Allí se contrataban los precios de los víveres de importación y de producción nacional y se procuraba que el abastecimiento de artículos de primera necesidad cubriera todo el territorio nacional.
Los comerciantes celebraron sus reuniones habituales en los propios muelles hasta que en 1878 surge la Lonja de Víveres que da paso, diez años después a la Lonja de Víveres de La Habana, que sesionó ya en la casa de Aróstegui, que compró la Lonja en 1892.
La denominación de Lonja de Víveres resultó insuficiente cuando en 1907 la entidad decidió dar cabida a empresarios e industriales de otros rubros y no solo a los comerciantes de ese giro. Ya por entonces habían adquirido, por 800 000 pesos, el terreno para su nuevo edificio. Se inauguraría solemnemente el 28 de marzo de 1909, con la asistencia del mayor general José Miguel Gómez, recién estrenado entonces en la Presidencia de la República.
En sus áreas se establecerían puestos o muestrarios del ramo de los víveres y sus anexos. Las partes del local no destinados a ese fin, a la administración de la entidad ni a las operaciones propias del edificio, podrían arrendarse o puestas, de alguna manera, a reportar ganancias, pero dando prioridad a objetivos estrictamente comerciales.
El capital social de la Lonja fue, en 1907, de 100 000 pesos oro. Dividida dicha cantidad en mil acciones de cien pesos cada una. Para ser accionista resultaba indispensable ser contribuyente del Estado como comerciante, banquero o almacenista de víveres. Ningún socio podría poseer más de cincuenta acciones. Las utilidades de cada año se repartirían entre los accionistas después de destinar el 20% de las ganancias al mejoramiento de la empresa y a la atención del edificio.
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Excelentes artículos...necesario en estos tiempos. Gracias.
Admirador de Ciro y de sus incalculables conocimientos, mis respetos.......La Cuba prospera de aquel entonces.
Una construcción muy linda y cuidada, con una ubicación perfecta
Siempre me ha encantado esa edificación.. muy hermosa la verdad y muy bien su reparación
Todo lo que esta al rededor de la plaza es bello yo estado en conciertos en la iglesia menor de San francisco ,ver mis alb.en FB jose maria montereydel sol