El relato del lector: Una memoria agradecida

Junio de 1991, campamentos de refugiados saharauis en la desértica y meridional provincia argelina de Tinduf. Mi madre, una joven de 24 años, daba largos paseos entre dolores de contracción. Las mujeres ancianas esperaban para asistir el parto con los conocimientos primitivos adquiridos a base de ensayo, tradición y error; y eran muchos los errores y pocos los efectos positivos que se podían atribuir a lo aprendido de esa forma, en medicina hace falta algo más que buenas intenciones y tradición. El parto se prolongaba y los dolores se hacían cada vez más fuertes. Ante la incertidumbre, la desesperación, el miedo, la enorme nada que se extendía alrededor de las precarias jaimas (tiendas de campaña), la única salida fue siempre rogar a la divinidad, con o sin resultado.
Alguien, de repente, tuvo la idea de mentar al “médico cubano”: ese hombre que venía de un lugar muy lejano que casi nadie sabía situar en un mapa porque, entre otras cosas, en aquel desierto no había mapas ni apenas papel. De aquel país solo se sabía que su presidente tenía una barba muy larga y que estaba empeñado, junto a su pueblo, en ayudar a los pueblos oprimidos como el nuestro. Parecía que tenían una ideología que les indicaba actuar así, pero, en realidad, no teníamos ni idea. En el desierto más grande del mundo no había libros ni ideas políticas, ni médicos, ni escuelas; solo tradición, religión y un rey dispuesto a exterminaros con sus ejércitos para quitarnos la tierra de nuestros ancestros.
¿A qué clase de religión o a qué clase de Dios rezan esos cubanos para querer ayudar al oprimido perdedor en lugar del opresor, como hacían todos los países poderosos que conocíamos?
Unas horas más tarde —no se sabe exactamente cuántas, puesto que apenas había vehículos y casi ni relojes—, y a pesar de las reticencias de algunas ancianas, guardianas de lo que siempre se había hecho, mi madre se presentó ante aquel médico que trabajaba en un edificio construido con adobe, repleto de insistentes y acosadoras moscas, en medio de aquella nada llamada “Sáhara” (desierto, en árabe). El desierto es como el mar: enorme, sin límites, bello pero implacable, liberador pero traidor; vacío de vida, parecía que había desarrollado el instinto de arrebatar el alma de quien lo recorría y vivía en la primera ocasión que se le presentaba, que generalmente coincidía con una debilidad material o espiritual del vivo. Era como el mar, sí, pero sin peces, sin islas, sin médicos, sin cultura y sin rescates: solo una milenaria historia de náufragos.
Unas horas más tarde, el médico que venía del país del señor con barba, con la religión y el Dios extraños, obró su milagro, siempre acompañado de una larga lista de “sines” que le imponía el hostil medio y la guerra de un poderoso y despiadado enemigo colonialista: sin medicamentos, sin aparatos médicos, sin asistentes calificados, sin productos de higienización, sin espacios adecuados… Solo contaba con unos primitivos fórceps y una idea muy clara del motivo y las convicciones que explicaban su presencia en aquel remoto lugar, muy lejos de su casa, de su familia, de su pueblo. El niño —yo— lloró; estaba vivo, y la madre también. Esa vez el desierto había perdido la partida de su macabro y milenario juego de la muerte. Envuelto en un turbante cedido por algún generoso desconocido, me llevaron, junto a mi madre, a casa. Las reticentes quedaron sorprendidas: ¡habían vuelto vivos a pesar de haber retado a la tradición!
El niño creció y se convirtió en adolescente, estudiante, y los limitados recursos del lugar no le permitían avanzar. Y, de nuevo, el señor con barba apareció en la historia de mi vida. Me dieron una beca para estudiar en Cuba; al fin supe dónde estaba ese lugar, y no solo en un mapa sino en la más estricta de las realidades geográficas: su calor húmedo, su Caribe, su acento, su arroz congrí, su café, su chícharo y su azúcar marrón, que nunca había visto antes…
Cursando estudios en el IPUEC 28 Amistad Cuba-RASD, se me ocurrió preguntarle a un profesor —el de Historia—, un abnegado revolucionario cubano y profundo conocedor del marxismo-leninismo:
¿Por qué nos ayudáis si vosotros tenéis tan poco?
A lo que me contestó:
Porque solidaridad no es dar lo que nos sobraba, sino compartir lo poco que tenemos; se llamaba internacionalismo proletario, nos lo enseñó Fidel.
No pregunté nada más; solo pensé en aquellas palabras un buen rato, algo que repetí durante años.
Pasaron los meses, las clases, las lecturas, las convivencias, las conversaciones y la adolescencia en aquel puzzle de contradicciones y opiniones que era, y es, la sociedad cubana, y que nunca me dejó de fascinar. La patria de Martí y Fidel, del pueblo cubano, me enseñó muchas cosas además del internacionalismo proletario: la solidaridad, la crítica, la honestidad, la lealtad, la moral revolucionaria, la rectitud, el respeto a la ciencia y la verdad y un largo etcétera. Todas y cada una de sus enseñanzas han amoldado alguna parte de mi personalidad, incluyendo las que suponen confrontar, incomodar y renunciar a beneficios por no saber callar, por no ser capaz de renunciar a guardar y defender la verdad y la razón de lo que pienso que es justo, como Cuba no ha dejado de hacer desde 1959.
Al final entendí que lo que impulsaba a ese pueblo, a Fidel, no era una religión ni ningún Dios, no se trataba de ninguna superstición o superación de lo terrenal en búsqueda de lo divino. No se trataba de hacer el bien en la tierra para encontrar la recompensa en el paraíso. Era, llana y simplemente, la más genuina y desinteresada de las humanidades: ser y existir rebeldemente frente a un mundo lleno de mezquindades y miserias humanas; ser un revolucionario comunista cubano.
Desde entonces, una inexplicable comunión me une a ese pueblo y a ese señor con barba, a sus símbolos, mitos y héroes: al Ché y a Raúl, a Camilo y a Ciro Redondo, a Roberto “el Vaquerito” y a otros tantos héroes anónimos que, con sus cuerpos, ejemplos y vidas, constituyen los pilares de la patria soberana frente al imperio yanqui. Honor y gloria a ese pueblo que resistió y resiste a los cantos de sirena del imperio; porque el que vende su patria por oro, al final se queda sin patria y sin oro, y se convierte en un paria.
Escribo estas palabras apenas cumplidas las primeras 24 horas del nacimiento de mi primer hijo, Fidel, que ha adelantado tres semanas su llegada a este mundo para hacerla coincidir con el centenario del natalicio del humanista más generoso que ha conocido la hispanidad.
A mi Fidel le transmitiré la cultura, la ciencia, la verdad y la razón que he vivido y aprendido junto al pueblo de Cuba para que, en libertad, elija qué pensar y qué ser, tal como me enseñó —nos enseñó— el señor con barba.
“Un pueblo bien instruido, un pueblo preparado, un pueblo que sabe defenderse, no hay quien le imponga una dictadura por ningún concepto.”
Fidel Castro Ruz
Cordialmente,
Una memoria agradecida.
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VVIVA FIDEL, VIVA NUESTRA HEROICA CUBA, NUESTRA PATRIA.
Gracias por el artículo. Hace una descripción muy detallada de nuestra sociedad y de la grandeza de nuestro comandante. Mucha salud para su Fidel.