Del tren de Zanja a La Pelusa

Tren de Zanja. Foto: Archivo.
El tren de Zanja, llamado también de Mariano, llega como una estampa amable del pasado.
Se inauguró en 1863. Salía del paradero de Concha, en la actual Plaza de Carlos III, y rendía viaje en Los Quemados, en el municipio vecino, hasta que en 1884 su recorrido se extendió hasta la playa, donde luego se construyó el Club Náutico. Desde 1914 inició su periplo en Zanja y Galiano.
De esa esquina salía cada 15 minutos y cada una hora a partir de las 12 de la noche, un vagón grande y cómodo, al que se sumaban dos más en horas pico y en días de mucho tráfico. Se trataba de un viaje rápido. El recorrido era de 25,2 kilómetros y el tren demoraba 23 minutos en desplazarse hasta la playa.
Se deslizaba, lento, por Zanja, con paradas obligatorias en Manrique, Lealtad, Belascoaín y San Francisco. A partir de ahí se introducía bruscamente en un túnel que pasaba por debajo de Carlos III. Para salir a la calle desde esa estación, el usuario debía subir por una empinada escalera. Paradas obligatorias eran también las de Infanta, San Martin, parque de Tulipán y Cerro antes de que el tren llegara a Ciénaga. Tomaba entonces la cuesta de Puentes Grandes, bordeaba El Husillo y arribaba al apeadero de Ceiba. Venía después la estación de Buenavista y luego la de Los Quemados, antesala de los apeaderos de Columbia y Pogolotti.
Durante años ese tren dio servicio diario a miles de pasajeros, no solo a aquellos que trabajaban en La Habana y vivían fuera –o al revés- sino a los que querían disfrutar de las playas del oeste de la ciudad y a decenas de adolescentes y jóvenes que preferían los terrenos de La Panadera –ocupados después por el hospital de Maternidad Obrera y edificios aledaños- para sus enfrentamientos y campeonatos de pelota manigüera.
Un día se dispuso que el tren de Zanja dejara de salir. Se le consideró un peligro dada la cantidad de vehículos automotores que circulaban ya por la capital y la ciudad vecina. Las paralelas por donde corría el tren fueron rápidamente levantadas y se desactivaron estaciones y apeaderos. Pese a todo, algunos recuerdos aislados sobreviven de esa estampa amable del ayer.
Almendares Park
El Almendares Park, el parque de Carlos III, como llamaba el gran cronista Eladio Secades a ese estadio de “pelota americana”, se hallaba sobre el área que ocupa hoy la Terminal de Ómnibus de La Habana.
En realidad, ese fue el segundo Almendares Park. El primero se ubicó donde luego se construyó el parque que limitan las calles Lugareño. Luaces, Almendares y Bruzón y donde, en 1957, en ocasión del centenario de la publicación de El libro de los espíritus, se erigió un busto en memoria de su autor, Alán Kardec. Un busto con una historia curiosa que alguna vez contaré en detalles. A alguien una vez se le ocurrió retirarlo del lugar –fue a parar al almacén de una carpintería- y Kardec, sin ley y sin mano, se vengó, de uno en uno, de todos los que lo mantuvieron en la sombra hasta su nuevo emplazamiento en las inmediaciones de la Estación Central de Ferrocarriles.
El Almendares Park (el segundo) tenía un amplio portalón de madera pintado de azul. A la derecha estaban las taquillas para el expendio de las entradas; 50 centavos para la glorieta y 25 para las gradas de sol. Entre el home y la primera base se hallaba el banco de los peloteros que, dividido por un tabique, servía tanto para los visitadores como para los home club. Encima, el palco de la prensa.
El primer Almendares Park fue escenario de los éxitos de José de la Caridad Méndez, El Diamante Negro, en una época en que los negros tenían vedado el acceso a las Grandes Ligas, Méndez se cubrió de gloria al anular a los más brillantes bateadores norteamericanos.
En el segundo Almendares Park jugó, con los Gigantes de Nueva York, el gran Babe Ruth, que palideció en esa temporada frente a tres imparables que conectó Cristóbal Torrente, uno de los más grandes peloteros cubanos de todos los tiempos. Con todo, la serie más importante que se jugó allí fue, se dice, la de 1922-23 en la que el club Marianao se alzó con el campeonato frente al Habana con el apretado marcador de dos carreras por una en el último juego. La novena roja, que contaba con figuras como Adolfo Luque y Miguel Ángel González, no pudo esa vez con la pelota de altos quilates que Merito Acosta hizo jugar al Marianao.
El ciclón de octubre de 1926, el llamado ciclón de 26, derrumbó parte de las glorietas del Almendares Park. Se reconstruyeron, pero ya los días de la instalación estaban contados. Fue potrero a partir de 1930, aunque el Atlético de Cuba celebró allí algunos juegos de fútbol. Después, ni eso. Antes de que en 1952 se emplazara la Terminal de Ómnibus, lo que fue el Almendares Park sirvió de asiento a un barrio marginal llamado La Pelusa.
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Magníficos sus escritos como siempre. Es un placer leerlo cada sábado
Durante más de 20 años de trabajo en el Instituto Técnico Militar "José Martí", antiguo Colegio de Belén, contemplé la zanja por donde decían que circulaba un tren. Imagino que sería parte de ésta ruta que se narra hoy. El desarrollo de otras ciudades del mundo transitó por sumar, en eclecticismo supremo, los más antiguos medios de transporte con los que iban llegando. Hasta hoy vemos tranvías en las más variadas ciudades. Los coches tirados por caballos se ven lo mismo en Bayamo, Camagüey,
Ese mismo es ,en las cercanías de lo que fue el colegio de Belén existían tres paradas .La de Buena Vista ,se encontraba a un lateral de la entrada de Tropicana,hasta hace poco estaba en pié,la escalera que se encuentra a la entrada del ITM, popularmente conocida como la parada de los curas y la de la Ceiba,ya cercana a 51
continuación, la Habana que en Nueva York. Gracias profesor Ciro por tan apasionante crónica.
Muy interesante. Me gustaría conocer más sobre el primer Almendares Park
Una ciudad tan extensa como la Habana, sólo con el uso del tren, metro o tranvía podrá resolver su sistema de transporte urbano.