Cruce de espadas

Foto: Archivo
El triunfo de Ramón Fonst en París trae un aire favorable para la esgrima cubana. Apenas tiene 16 años de edad, pero logra imponerse sobre esgrimistas de nombre reconocido. Sorprende por su forma de manejar la espada y las victorias se las anota una tras otra ante el asombro de todos.
Es de elevada estatura, sus piernas son largas y ágiles y con su mano izquierda asesta golpes de arresto sin reparar en los ataques del contrario. Su velocidad impone pavor al adversario.
Fonst revoluciona los cánones espadísticos imperantes, dice David Aizcorbe, cronista de esgrima del periódico El País y campeón centroamericano, que, con el tiempo, seria presidente de la Asociación de Reporters de Cuba. Hasta entonces, afirma Aizcorbe, la espada se practicaba casi como el florete y los tiradores clásicos, en su mayoría, iban a la parada. El cubano se apropió de la lección de los grandes maestros en cuanto a que la esgrima es el arte de tocar sin ser tocado y sorprendía en sus ataques a los rivales al meter su punta por donde quiera que encontrara un espacio, por estrecho que fuera. Esa técnica le dio renombre mundial.
El deporte lo había atraído siempre y sus condiciones físicas lo ayudaron. Vivía en Francia y eso decidió que empezara a entrenarse con el francés Ayat y el italiano Conte, ídolos de la esgrima en el París de aquellos días. Pocos años después sería el cubano quien conquistaría a Francia con sus éxitos sobre los más reputados ases de la espada mundial.
Recorrió Fonst, luego del triunfo de Paris, las principales salas de armas europeas, y, en Madrid, esgrimistas de la talla de Carbonell y Sanz se maravillaron con el juego dificilísimo que el genial cubano había implantado con la espada.
Todas esas noticias llegaban a Cuba y estimulaban la práctica de la esgrima entre nosotros. Pero nadie había visto aquí batirse a Ramón Fonst. Existía verdadera expectativa por verlo, y Fonst vino, cargado de laureles, en compañía de su padre, el hombre que había hecho al campeón obligándolo al ejercicio metódico y bien dirigido de las armas.
La cuestión de honor
Sucedió algo interesante. Tal era la fama internacional de Fonst que muchos maestros de la esgrima pensaron que en cada cubano había un as de la espada en potencia. Eso resultó positivo por ingenuo que pueda parecer. Porque destacados esgrimistas de otros países se instalaron en La Habana, que se convirtió en un verdadero cruce de maestros y campeones. Cobraban sumas exorbitantes por sus lecciones. Hasta el conde Athos de San Malato, autor de uno de los códigos que regían los duelos, estuvo por aquí.
Se multiplicaron entonces las salas de armas. Las hubo en las sociedades regionales españolas y en las de recreo. En los colegios de profesionales; en la sede de la Cruz Roja y en la Universidad de La Habana. En unidades del Ejército y la Marina de Guerra. Los políticos dispusieron de la suya en el Capitolio, y los periodistas en la Asociación de Reporters.
No todos los que acudían a las prácticas de esgrima lo hacían por amor al deporte o por el orgullo de poder representar algún día los colores de su país. Todavía en los años 40 del siglo pasado bastaba con que alguien se sintiera ofendido para que planteara la llamada cuestión de honor. Designaba entonces a sus representantes, que visitaban al ofensor, y este a su vez designaba los suyos. Los padrinos de ambas partes se reunían para pactar las condiciones del lance; lugar y fecha del encuentro, el arma con que se dirimiría el asunto y la forma en que transcurría el enfrentamiento. Era el ofensor, a través de sus padrinos, quien escogía el tipo de arma con que se batirían.
Podía ser la espada o la espada francesa, el sable con punta o sin ella, o con filo, contrafilo y punta… una vez decidida el arma, establecían los padrinos a cuántos reprises sería el combate, lo que duraría cada uno de ellos y el tiempo de descanso entre uno y otro. Si se seleccionaba la pistola –el revólver estaba terminantemente prohibido- se fijaba cuántos disparos se harían los contendientes y a cuántos pasos y si dispararían a discreción o a una voz de mando. La cosa se ponía fea cuando se acordaba que el duelo fuera con todas las consecuencias o a todo juego, como se decía, pero, aun así, los duelistas debían obedecer las órdenes del juez de campo y aceptar sin chistar su determinación de dar por terminado el lance.
Periodistas y políticos
Periodistas y políticos eran de los más retados a duelo y figuraban entre los que más se batían. Entre los primeros, por nuestra cuenta, Wifredo Fernández se batió cinco veces, Santiago Claret, ocho; Muzaurrieta, nueve, y Antonio Iraizos, 16. No existen registros de que Ramón Grau San Martín se haya batido nunca, aunque sí llegó a retar a duelo al director de Bohemia por una información aparecida en la Sección En Cuba, lance que Miguel Ángel Quevedo tuvo la valentía y la elegancia de rechazar. Famoso fue el encuentro del doctor Ricardo Núñez Portuondo, político liberal y médico eminente –lo fue, de cabecera, de Gerardo Machado- en el que propinó a su rival una herida de quince centímetros que lo tajó desde la frente hasta el pecho ante la curiosidad morbosa de unos doscientos espectadores que, para presenciar el lance, se dieron cita en el patio de la clínica Casuso, en la esquina de Toyo.
El maestro José María Rivas, que tenía a su cargo la sala de armas del Capitolio, se especializó en lances de honor y fueron muchos en los que intervino como juez de campo. Puede decirse que no hubo político sobresaliente que no utilizara sus servicios. Entre ellos, Eduardo Chibas que se batió nueve veces con figuras tales como Tony Varona, Alberto Inocente Álvarez y Francisco y Carlos Prío Socarrás, y en todos salió derrotado. Tampoco le sonrió la suerte en su encuentro con el senador José Manuel Casanova, el llamado Zar del azúcar y presidente de la Asociación de Hacendados de Cuba. En esa ocasión Rivas comentó con Chibás que en un duelo no bastaba el coraje, sino que se requería de un poco de técnica. Es preciso, arguyó, seguir con la vista la punta del arma del contrario.
-Mire, Rivas, esa será la preocupación del contrario porque yo no veo ni la punta de la mía –respondió Chibas que padecía de una miopía bárbara y, aunque leve, resultó herido en todos sus duelos.
El récord
El abogado habanero Francisco Varona Murias (1862-1896) fue el hombre que más duelos sostuvo en Cuba; más de cien, de muchos de los cuales dio cuenta en su libro Mis duelos, aparecido dos años antes de su muerte. En la Guerra de Independencia, como integrante de la 2da. División del Quinto Cuerpo del Ejército Libertador, alcanzó el grado de Comandante y murió en combate cerca de La Salud.
Nadie superó sus lances en el campo del honor. Se tomaba como propias las ofensas, aunque no le tocaran. Bastaba que un amigo fuera agraviado y allí estaba Varona Murias para sacar la cara en su nombre.
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Ramón Fonst, uno de los grandes deportistas de Cuba junto a Capablanca. Después del triunfo surgió una constelación de glorias del deporte.
Muchas gracias por este artículo, profesor. Seguro quedan muchas otras historias por contar sobre el tema de los duelos en Cuba
Quería saber cómo puedo acceder a los otros y muchos artículos escritos por Bianchi.