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Con Carlos Enríquez en su Hurón Azul

Publicado en: Apuntes del cartulario
En este artículo: Arte, Cuba, Cultura, Historia, Pintura
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En el Hurón Azul se conservan unas 140 obras originales de Carlos Enríquez. Foto: Tomada de Centro Provincial de Patrimonio Cultural de La Habana.

En una finquita ubicada a la vera de la curva del reparto Párraga, más allá de La Palma, en el habanero municipio de Arroyo Naranjo, vivió y murió el pintor Carlos Enríquez.

La adquirió con el dinero que heredó de su padre, que fuera médico del presidente Gerardo Machado, y la bautizó como el Hurón Azul. Allí se conservan unas 140 obras originales del artista, mientras que unas huellas enigmáticas guían al visitante, escaleras arriba, hasta lo que fue el estudio del pintor, cuyas ventanas regalan una vista espléndida del paisaje, tan bien recreado en sus lienzos y en sus novelas, y los vecinos aseguran haber visto a Carlos y a Eva, una de sus esposas, deambulando completamente desnudos entre los árboles.

Cuando se conoce por referencias su vida, uno se lamenta de no haberlo podido hacer personalmente.

Fue uno de los mejores intérpretes del paisaje cubano y un retratista excelente, y legó una visión muy peculiar de cuanto lo rodeaba. Supo hacerse acompañar invariablemente de mujeres muy hermosas, pero era un solitario que vivió poseído de un afán de autodestrucción.

El alcohol, que terminó matándolo, lo destruyó primero como artista. Hablaba sobre la obra de amigos y enemigos empeñándose en fabricar la frase más brillante para infligir la herida más profunda. “Carlos fálico y diablo”, lo llamaba Nicolás Guillén. Era, sin embargo, un hombre generoso. En sus últimos años, cuando ya no tenía nada que dar, regalaba a los amigos que interesaban su ayuda algunos de sus cuadros para que les hicieran dinero. Aun así, decía en un poema Félix Pita Rodríguez, se esforzó durante toda su existencia en hacer creer que era tan malo como Benvenuto Cellini y tan perverso como el Marqués de Sade. Esfuerzo inútil, añadía el poeta, “aunque algunos, a veces. / te lo confieso ahora / al oído discreto de la muerte, / para verte feliz / fingíamos creerte”.

De domingo en domingo

En el Hurón Azul, los domingos, recibía a sus amigos. Recuerda Graziella Pogolotti en su libro Dinosauria soy, que, en esos encuentros, mientras se asaba el puerco y los frijoles cuajaban, el alcohol animaba el tiempo muerto de la espera, y tras la comida opípara, cargaba el ambiente de violencia. “Por temor a las saetas de la maledicencia nadie se marchaba”, dice Graziella.

Un día apareció Eva Fréjaville en el Hurón para dar pie a uno de los incidentes más comentados de la vida intelectual habanera. Estaba casada con Alejo Carpentier, que la trajo consigo a su regreso de Francia, y se decía hija de Diego Rivera, a lo que el gran pintor mexicano, interrogado al respecto por la periodista Loló de la Torriente, respondió que era posible, pero que no se atrevía a asegurarlo. Con el consentimiento de Alejo, su esposa era visita diaria en la finquita de Párraga. Y sucedió lo que tenía que pasar, a espaldas de Carpentier, Eva terminó enredándose con Carlos. Antes o después empezaron a visitar el predio René, un peluquero homosexual, y la lesbiana inglesa Cynthia Carleton, huesuda y pelirroja, cuyo papel será fundamental en el desenlace de esta historia.

Eva se sometió al dominio de Carlos, que era muy machista, cuenta la Pogolotti. La pareja permanecía aislada en la finquita y el encierro prolongado condujo a la fatiga. Cuando ella obtuvo permiso para impartir clases de francés en la Institución Hispano Cubana de Cultura, que presidía Fernando Ortiz, lo hizo bajo la mirada vigilante del marido, que no le perdía pie ni pisada. El narrador Enrique Labrador Ruiz, habitual de el Hurón, se propasó con Eva y se ganó la tremenda golpiza que Carlos, ofendido en su honra, le propinó.

“Eva empezaba a mostrar señales de cansancio y se quejaba con amigos, La fortuna heredada por el pintor se consumía rápidamente mientras se acrecentaba su dependencia alcohólica…”, escribe Graziella. Para arreglar las cosas viajan a México. Continua la testimoniante:

“La reconciliación fue transitoria. La imagen deslumbrante de Tilín García, el hombre a caballo, se resquebrajaba. El triunfador de ayer se hundía lentamente en el bando de los perdedores. Al regreso se reanudaron las celebraciones dominicales, y en las horas tardías de una noche, cuando Carlos se sumergía en los efectos del alcohol, Eva se dejó raptar por Cynthia Carleton. El dolor, la rabia, la impotencia, fracturaron por siempre la vida del artista. Estaba iniciando el descenso a los infiernos. Nada podía hacer, solo cubrir de pintura el hermoso desnudo de Eva, canto a la sensualidad, que ocupaba la puerta del baño. Intentó librarse del rencor con una imaginería de arlequines perversos de influencia surrealista. Trajo de Haití a una dulce y sumisa mulata, de crianza pequeñoburguesa, incapaz de adaptarse al medio. Solitario, Tilín se estaba convirtiendo en Chencho”.

Romancero criollo

Muchas veces pudo el cronista apreciar, en la sala de estar de Pita Rodríguez, en el reparto Almendares, una de las obras esenciales del artista, Campesinos felices, estampa del guajiro cubano de la época: famélico, desdentado, desnutrido, casi un cadáver viviente. El Desnudo de Eva, más allá de la pintura, sigue siendo impresionante. Realizó las ilustraciones de la primera edición de Elegía a Jesús Menéndez de Nicolás Guillén, que marca un momento esencial en la poesía cubana. Su pintura más recordada es El rapto de las mulatas (1938), en la que mujeres, caballos y raptores se funden en una especie de danza ritual que confiere un movimiento frenético a la obra. Esplendidas figuras femeninas poblaron su mundo pictórico, singularizado por el uso del color (azules, malvas, rojos) y de la transparencia. Los caballos y la vegetación de sus cuadros remedan siempre el cuerpo de la mujer. Hay en sus desnudos un disfrute sexual pocas veces visto en nuestra pintura. Carlos gustaba definir su obra como un romancero criollo. Tal definición puede englobar las tres novelas que escribió: La vuelta de Chencho, La feria de Guaicanama y Tilín García. Solo logró publicar en vida la última, en 1939. Las dos primeras verían la luz en 1960.

“El rapto de las mulatas” (1938), de Carlos Enríquez.

Final

Carlos Enríquez se bebió toda una destilería. Las botellas vacías formaban pequeñas montañas en torno a la casa, y con parte de ellas, enterrándolas con el cuello hacia abajo, el jardinero de la finca había ido delimitando los caminos interiores del predio. Sobre el periodo final en la vida del artista nacido en 1901, dijo Loló de la Torriente: “Enfermo y muy debilitado pasó sus últimos años entre las molestias del hospital y la soledad de su finquita. Pero trabajaba… ¡soñaba! Era el mismo Carlos fascinado de los años mozos: frenético, inestable, malhablado, abatido ahora por un mal que lo iba lamiendo. Mordaz, con los ojos desorbitados, desnudaba cuanto se le ponía enfrente: un paisaje o una mujer, aunque hora a hora, minuto a minuto, iba hundiéndose en la nostalgia de un pasado intenso que aún lo zarandeaba…”.

En sus últimos tiempos, las manos le temblaban tanto que apenas podía guiar los pinceles. Un amanecer la sirvienta lo encontró sentado en su sillón, con el radio encendido. Tenía los ojos cerrados y las manos habían dejado de temblarle ya para siempre. Parecía dormido… Ese mismo día se inauguraba una exposición de su obra. Los que llegaron a la galería de la calle Obispo, donde se exhibiría, encontraron la puerta cerrada y un letrero: “Carlos Enríquez ha muerto”. Era el 2 de mayo de 1957.

Se han publicado 8 comentarios



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  • Verónica dijo:

    Excelente. Gracias Ciro Bianchi, muy bueno descubrir que El Hurón Azul es mucho más que las pinturas de Carlos Enríquez.

  • Uno_ahi dijo:

    Carlos Enrique fue y sigue siendo uno de los artistas cubanos mas importantes. Su obra es la mas original y suigeneris entre todos nuestros pintores, aunque ni sea el mas grande ni el mas famoso. Tenia sus defectos, como mismo los tuvo el Beni, Marti, Ciro y quien escribe, pero el que este libre de pecado que lance la primera piedra.

  • Magela dijo:

    Ciro este ha sido uno de sus mejores articulos. No lo dude.

  • Eduardo dijo:

    Tengo el inmenso honor de vivir frente a este emblemático lugar, como bien dice Don Ciro, un lugar lleno de misticismo, el espíritu de Carlos Enrrique se reapira en cada rincón de esa casa. Mis abuelos, mi padre y mi tía lo conocieron personalmente y desde pequeño escuche estas historias que cuenta el maestro Ciro sobre las fiestas, las personas que allí se reunían y todo lo que pasó con Eva. Mi abuelo me contaba que en los últimos años de su vida, el bebía mucho en un bodegón que se encontraba en la esquina de la Calle Norte y la Calzada de San Agustín y que muy tarde en la noche regresaba al Hurón haciendo sigsags por toda la cuadra y que varias veces los vecinos tenían que ayudarlo a llegar a la casa.

  • Martha dijo:

    Excelente. gracias por escribir así... Maravillosa crónica. Felicidades

  • Koma dijo:

    Una vez fui por la UCI con el profe Teddy. Quitando que el lugar es genial, el guía conto muchas anécdotas que hacia que el lugar cobrara vida.

  • Carlos Rodríguez dijo:

    Excelente crónica sobre un gran artista a cubano. Muchas gracias.

  • Arturo Perez dijo:

    La Pintura del desnudo de Eva, que cubría la puerta de su Baño, y que cubrió Carlos Enríquez con pintura, se recuperó, y así mismo se exhibe en El Museo de Bellas Artes, impresionante

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Ciro Bianchi Ross

Ciro Bianchi Ross

Destacado intelectual cubano. Consagrado periodista, su ejecutoria profesional por más de cuarenta años le permite aparecer entre principales artífices del periodismo literario en el país. Cronista y sagaz entrevistador, ha investigado y escrito como pocos sobre la historia de Cuba republicana (1902-1958). Ha publicado, entre otros medios, en la revista Cuba Internacional y el diario Juventud Rebelde, de los cuales es columnista habitual.

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